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Full text of "El gaucho Martin Fierro"

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EL   GAUCHO 


MARTIN  FIERRO 


POR 


JOSÉ    HERNÁNDEZ 


DÉCIMA  QUINTA  EDICIÓN 


CON   UN    TOTAL  DE  64.000  EJEMPLARES    EQUIVALENTES  A  6«  EDICIONES  DE  MIL  NLMEROS  CADA  UNA 

DESDE    1872    HASTA   1894 


PRECEDIDA  DE  VAkIOS  JUICIO:?  CRÍTICOS 
Y  ADORNADA  CON  CINCO  LAMINAS  Y  EL  RETRATO  DEL  AUTOR 


CASA    EDITORA    Y    DEPOSITO   GENERAL 

LIBRERÍA  «MARTIN  FIERRO» -147,   BOLÍVAR,  147 

# 

1894 


11 77 


BUENOS  AIRES— IMPRENTA  DE  MARTIN  BIEDMá-,  BOLÍVAR  "535 


V 


\BRA/t 


OCT  161968 


^ITVOFlfi^ 


JOSÉ  H,  NDEZ 


ADVERTENCIA  EDITORIAL 


Al  ofrecer  al  público,  esta  vez,  la  décima  quinta  edición  de  la  «Ida  y 
Vuelta  de  Martin  Fierro»,  creemos  de  estricta  justicia  consagrar  algunas  pala- 
bras, al  más  extraordinario  triunfo  de  publicidad  que  registran  nuestros 
anales  bibliográficos. 

La  presente  edición  de  dos  mil  ejemplares,  viene  á  integrar  la  asombrosa 
oifra  de  SESENTA  Y  CUATRO  MIL:  hecho  sin  precedente  en  estos  países 
americanos,  y  muy  raro  también  en  los  Estados  Europeos  de  origen  latino. 

Aquí,  en  Buenos  Aires,  la  ciudad  de  más  movimiento  intelectual  del  Nuevo 
Mundo,  no  conocemos  resultado  semejante,  ni  aun  tratándose  dn  aquellas  obras 
políticas,  literarias  ó  económicas,  que  lograron  alcanzar  gran  boga. 

La  vasta  circulación  de  Martin  Fierro,  ha  sido  un  verdadero  acontecimiento 
pare  el  comerciante  de  libros,  para  el  crítico  moralista  y  sobre  todo  para  esa 
clase  -ocial  más  directamente  interesada  en  la  obra  de  nuestro    popular    poeta. 

Millares  tras  millares  ha  colocado  sin  dificultad  el  Editor  de  cada  Edición, 
en  medio  de  la  sorpresa  que  experimentaba,  al  recibir.  1  •  telégrafo,    pe- 

didos -pie  le  hacían  de  diversos   puntos  de  la  campí: 

La  crítica  nacional  y  extranjera,  se  ha  ocupado  extensamente    del    análisis 

de  esta   produción  rigurosamente  americana,    aprecié  u    altos    conceptos, 

ooru"  uno  de  los  trabajos  que  más  honor  hacen  a  la  literatura  de  este  Continente. 

POj  en  la  campaña  del  Rio    de    la    Plata,  es    donde    ha    hallado    Martin 

Fierro  su  mas  entusiasta  acogida. 

Desde  el  mas  humilde  hasta  el  mas  encum¡  e  sus  habitantes,  lo  salu- 

daton  y  recibieron  como  al  redentor  que  asoma    después    de    largo    tiempo  de 
sufrimieu 

En  efecto,  cualquier  observador  dotado  siquiera  de  sentido  común,  advierto 
qne  el  Sr.  Hernández,  sirviéndose  de  una  forma  literaria,  al  parecer  trivial,  hace 
en  Martin  Fierro,  la  historia  de  los  infortunios  de  nuestro  gaucho,  penetrando 
oon  pensamiento  de  filósofo,  hasta  en  lo  mas  íntimo  de  la  azarosa  vida  de  una 
oíase,  que,  bajo  la  dominación  colonial,  como  bato  la  dominación  republicana, 
solo  ha  vivido  víctima  obligada  de  todo  género  de  abominaciones. 

De  ahí  la  inmensa  popularidad  de  que  goza  en  las  comarcas  rurales  el 
libro  del  señor  Hernández,  porque  no  es  como  las  obras  de  Asearabi  ó  de  Del 
Campo,  simples  obras  de  entretenimiento,  sino  el  estudio  social  mas  completo, 
mas  exacto  y  mas  bien  intencionado  que  80  ha  llevado  á  cabo   entre  nosotros. 

Hasta  que  punto  habrá  influido  la  aparición  de  Martin  Fierro  en  el  me- 
joramiento de  aquella  clase,  sería  interesante  saberlo. 

Desde  p]  centro  semi- civilizado  de  la  población  rural,  pasando  por  el  ran- 
oho,  ha  •  ■'•nfines   pampeanos  donde  se  encuentra  el    fortín,    en  todos   los 

medios  en  <pie  *a  <-uc\ientra  nuestro  asendereado  gaucho,  se  ha  de  sentir,    esta- 
mos seguro*.  Ir  mas  ó  menos  influencia  de  esa  aplaudida  producción. 

Y  •  omprpnd  reo. 

Sesenta  y  cuatro  mil  ejemplares  desparramados  por  todos  los  ámbitos  de  la 


TT ADVERTENCIA  EDITORIAL 

campaña,  han  constituido  la  lectura  favorita  del  hogar,  de  la  pulpería,  del  sol- 
dado y  de  todos  los  que  tenían  á  la  mano  un  ejemplar  de  Martin  Fierro. 

Más  aún:  en  algunos  lugares  de  reunión,  se  creó  el  tipo  del  lector,  en  torno 
del  cual  se  congregaban  gentes  de  ambos  sexos,  para  escuchar  con  oido  ate  uto, 
esa  genuina  relación  de  la  vida  gauchesca. 

Por  todo  esto,  creemos,  pues,  en  el  éxito  constante  y  feoundo  de  las  soc«- 
sivas  ediciones  de  Martin  Fierro,  porque  apartándose  completamente  de  la  tra- 
dición literaria  que  dejaron  Ascasubi  y  Del  Campo,  siguió  solo  nociones  propias 
vías  mas  rectas  é  inspiraciones  que  tenían  su  base  en  el  sentimiento  popular. 
La  musa  de  Martin  Fierro  no  ha  sido  vengadora,  ni  se  ha  preocupado  solamente 
del  prestigio  urbano,  á  costa  de  la  simplicidad  de  nuestros  compatriotas  de  chi- 
ripá y  bota  de  potro. 

Careciendo  de  espacio  suficiente  para  recapitular  hoy  cuanto  se  ha  dicho 
acerca  de  la  presente  obra  y  del  autor,  debemos  limitarnos  á  hacer  una  breve 
mención  de  los  juicios  emitidos  últimamente,  felicitándonos,  r.u  nuestra  condición 
de  Editores,  de  poder  inscribir  en  estas  páginas  preliminares,  nombres  que  son 
un  timbre  de  la  inteligencia  argentina. 

El  señor  don  José  Manuel  Estrada,  en  un  brillante    estudio  que    hace    del 

Sueblo  argentino,  bajo  el  título  de  «Defectos  de  la  vida  social»  en  las  págin»* 
e  la  Revista  Argentina,  dedica  al  Sr.  Hernández  las  líneas  que  vamos  á  copiar: 
sin  embargo  de  que  diferimos  respecto  al  cargo,  comparativamente  de  incorecto, 
que  formula  contra  nuestro  poeta. 

Dice  asi,  aquel  distinguido  escritor: 

«No  es  de  maravillarse.  Ni  Hidalgo,  ni  Ascasubi,  ni  mucho  menos  Del 
Campo,  han  llegado,  entre  nuestros  poetas  populares  y  gauchescos,  á  !a  altura 
filosófica  en  que  toc;i  el  versificador  mas  incorrecto  de  todos,  D.  José  Hernan- 
dos. —  Martin  Fierro  es  el  tipo  culminante  del  gaucho,  es  decir,  el  producto 
mas  completo  de  una  sociabilidad  injusta,  operando  sobre  una  naturaleza  ingé- 
nitamente poderosa  y  activa.  Pero  precisamente  por  ser  extraordinario  como  la 
poesía  lo  requiere,  no  puede  guiarnos  en  los  estudios  sociales  sino  subjetiva  y 
elementalmente. » 

Sin  pretender  iniciar  disputa  alguna,  sobre  la  razones  que  tenga  el  Sr.  Es- 
trada, para  encontrar  solo  gran  altura  filosófica  y  poca  corrección  (literariamente 
hablando)  en  la  obra  de  que  nos  venimos  ocupando,  seáuos  permitido  recor- 
darle que  la  obra  del  Sr.  Hernández,  es  la  pintura  al  natural  de  cierta  comu- 
nión social,  no  bien  estudiada  todavía,  que  vive,  siente  y  se  expresa  en  un  len- 
guaje peculiar,  en  el  cual  no  deben  prevalecer  ciertamente  las  reglas  gramati- 
cales,  sino  el  pensamiento  que  la  anima.  En  nuestra  humilde  opinión,  mucho 
perdería  en  este  caso  la  personalidad  del  gaucho,  si  las  filosóficas  inspiraciones 
del  autor  de  Martin  Fierro,  hubieran  tenido  que  ajustarse  á  los  preceptos  de 
Bello,  de  Salva  y  de  la  Academia.  No;  el  estilo  original  que  campea  en  esa 
obra,  es  el  que  se  ha  debido  emplear,  para  que  así  pueda  revelarse  toda  entera, 
intus  et  in  ente,  la  gráfica  figura  del  gaucho  cisplatino. 

El  Dr.  D.  Nicolás  Avellaneda,  acreditando  siempre  sus  inclinaciones  y  sus 
altas  dotes  literarias,  encontró  también  oportunidad  de  manifestar  las  impresio- 
nes que  dejara  en  su  espíritu  Martin  Fierro,  y  en  una  caita  literaria  que  rü 
la  luz  pública,  dice  así  a  su  interlocutor. 

«Siga  escribiendo,  soltando  con  espontaneidad  su  vena,  matizando  la  obser- 
vación propia  ingenuamente  reproducida,  con  recuerdos  comunes  á  todos,  y  M 
tendrá  pronto  en  cuanto  á  la  difusión  de  su  palabra  escrita,  sino  un  rival,  tal 
vez   invencible:  Martin  Fiero.  ¡g 

En  lo  oue  toca  á  este,  es  casi  inmosible  alcanzarle.  Uno   de    mis    cHeataa, 


ADVERTENCIA  EDITORIAL TU 

almacenero  por  mayor,  me  mostraba  ayer  en  sns  libros  los  encargos  de  los  pul- 

Íeros  de  la  campaña: —  «12  gruesas  de  fósforos—    Una    barrica   de    cerveza — 12 
rueltas  de  Martin  Fierro — 100  cajas  de  sardinas.» 

Pero  nada  se  hace  sin  trabajo,  y  se  lo  digo  por  vía  de  ejemplo,  aunque  se 
trate  de  los  escritos  más  espontáneos  y  populares. 

La  difícil  facilidad  de  que  todos  hablan,  debe  encerrar  una  verdad  cons- 
tante y  general,  cuando  tanto  se  ha  vulgarizado,  á  pesar  de  ser  esta  frase  ex- 
traída de  un  arte  poético  y  de  pertenecer  á  Boileau.  Más  de  un  renombre  de 
cab'ldo  quedaría  sorprendido  si  se  dijera  que  hay  á  veces  mayor  estudio  en  una 
página  de  Martin  Fierro,  que  en  uno  de  sus  alegatos  forenses. 

¿Qué  ha  estudiado  Martin  Fierro?  Antes  de  conocer  sus  habitudes  literarias  y 
de  revisar  su  biblioteca,  ya  lo  sospechaba,  y  lo  he  confirmado  después  por  su 
propia  confesión  y  por  la  inspección  de  sus  libros.  Ha  estudiado  como  Cervan- 
tes, los  proverbios  de  todos  los  pueblos  y  de  todos  los  idiomas,  de  todas  las 
civilizaciones,  es  decir,  la  voz  misma  de  la  sabiduría  como  los  llamaba  Salomón. 
Ha  recojido  la  médula  del  cerebro  humano. 

¿Cómo  dejarían  de  ser  populares,  cómo  dejarían  de  circular  como  la  luz  y 
el  aire,  las  sentencias  ó  los  dichos  que  no  son  sino  gauchescos  en  sus  formas,  pero 
que  pertenecen  al  habla  de  todos  los  hombres,  después  de  miles  de  años? 

Hé  ahí  explicado  el  secreto  de  la  popularidad  de  Martin  Fierro;  hé  ahí  por 
qué  hoy  sus  dos  libros  han  recorrido  por  la  América  que  habla  nuestro  idioma, 
de  tal  manera,  que  lo  habrían  enriquecido  si  hubiera  podido  preverse  este  caso 
único,  estipulando  la  reciprocidad  de  la  propiedad  literaria  que  hoy  no    existe. 

No  puedo  ponerme  al  habla  con  mi  amigo  el  doctor  Larsen,  que  se  ha 
ausentado  á  otras  regiones,  estudiando  el  árabe;  pero  apenas  sea  posible  comu- 
nicar con  él,  he  de  pedirle  que  estudie  los  diálogos  de  Martin  Fierro  y  que 
despojando  los  dicho*  de  sus  expresiones  locales,  los  restituya  á  sus  verdaderos 
autores,  es  decir,  al  Coran,  al  antiguo  Testamento,  al  Evangelio,  á  Confusius  é 
á  Ef.ieteto..  Estos  dos  últimos  son,  sobre  todo,  los  autores  predilectos  de  Martin 
Fierro,  y  sus  dicharachos  gauchos,  no  vienen  á  ser  en  el  fondo,  sino  proverbio» 
chinos  ó  griegos. 

Así,  se  ha  descubierto  últimamente,  por  la  comprobación  de  los  estudios 
filológicos,  que  la  fábula  de  La  Fointaine  no  es  de  Fedro  o  de  Esopo,  es  decir, 
ni  latina  ó  griega,  sino  que  fué  .contada  ahora  miles  y  miles  de  años,  á  las 
primeras  generaciones  índicas  que  crecían  al  pió  del  HimaJaya. 

•>e  Vd.  como  nuestro  amigo  Hernández,  este  don  supremo  de  recojer  lo 
que  es  popular,  depurándolo  y  trasmitiéndolo  bajo  nuevas  formas,  para  que  lo 
sea  aún  más.  Sabe  Vd.  como  él,  sermones,  cuentos,  máximas,  proverbios  y  solo 
le  falta  entregarse  naturalmente  á  la  corriente,  para  sobrenadar  sobre  la  onda»... 

Muchas  y  muchas  otras  transcripciones,  altamente  favorables,  podríamos 
seguir  haciendo;  pero  basta  á  nuestro  propósito  las  anteriores,  agradeciendo  en 
la  parte  que  nos  corresponde,  el  aliento  que  nos  comunican  los  que  juzgan  digna 
de  todos  los  afanes,  esta  obra  que  entregamos  hoy  al  público,  y  que  esperamos 
ha  de  continuar  recorriendo  el  itinerario    que    comienza    en    nuestra    bulliciosa 

rópoli  y  termina  allá  en  el  espacio  de  las  gramíneas,  de  los  arroyos,  del 
caballo  y  del  guucJw,  señor  de  la  región. 

Los  Editores. 


Señor  D.  José  Zoilo  Migueas. 


Querido  amigo: 

Al  fin  me  he  decidido  a  que  mi  pobre  Martín  Fierro,  que  me  ha  ayudado  algunos  mo- 
mentos a  alejar  el  fastidio  de  la  vida  del  Hotel,  salga  a  conocer  el  mundo,  y  allá  va  acogid» 
al  amparo  de  su  nombre. 

No  le  niegue  su  protección,  Vd.  que  conoce  bien  todos  los  abusos  y  todas  las  desgracias  de 
que  es  victima  esa  clase  desheredada  de  nuestro  país. 

Es  un  pobre  gaucho,  con  todas  las  imperfecciones  de  forma  que  el  arte  tiene  todavía  entre 
ellos,  y  con  toda  la  falta  de  enlace  en  sus  ideas,  en  las  que  no  existe  siempre  una  sucesión  ló- 
gica,  descubriéndose  frecuentemente  entre  ellas,   apenas  una  relación  oculta  y  remota. 

Me  he  esforzado,  sin  presumir  haberlo  conseguido,  en  presentar  un  tipo  que  personificara 
el  carácter  de  nuestros  gauchos,  concentrando  si  modo  de  ser,  de  sentir,  de  pensar  y  de  expre- 
sarse que  les  es  peculiar;  dotándolo  con  todos  los  juegos  de  su  imaginación  llena  de  imáfcr.es  y 
de  colorido,  con  todos  los  arranques  de  su  altivez,  inmoderados  hasta  el  crimen,  y  con  todos  ¡os  im- 
pulsos y  arrebatos,  hijos  de  una  naturaleza  que  la  educación  no  ha  pulido  y  suavizado. 

Cuantos  conozcan  con  propiedad  el  original,  podrán  juzgar  si  hay  o  no  semejanza  en  la  copia. 

Quizá  la  empresa  habría  sido  para  mi  más  fácil,  y  de  mejor  éxito,  si  sólo  me  huí  ntesto 

hacer  reir  a  costa  de  su  ignorancia,  como  se  halla  autorizado  por  el  uso,  en  este  genere  de  com- 
posiciones; pero  mi  objeto  ha  sido  dibujar  a  grandis  rasgos,  aunque  fielmente,  sus  costumbres, 
sus  trabajos,  sus  hábitos  de  vida,  su  índole,  sus  vicios  y  sus  virtudes;  ese  conjunto  que  constituye 
el  cuadro  de  su  fisonomía  moral,  y  los  accidentes  de  su  existencia  llena  de  peligros,  de  ir 
de  inseguridad,  de  aventuras  y  de  agitaciones  constaiiies. 

Y  he  deseado  todo  esto,  empeñánd.ome  en  imitar  ese  estilo  abundante  en  metáforas,  que  el 
gaucho  usa  sin  conocer  y  sin  valorar,  y  su  empleo  constante  de  comparaciones  tan  i  orne 

frecuentes;  en  copiar  sus  reflexiones  con  el  sello  de-la  originalidad  que  las  distingue  y  el  ti  ate  sombrío 
de  que  jamás  carecen,  revelándose  en  ellas  esa  especie  de  filosofía  propia,  que  sin  tsh  nde 

en  la  misma  naturaleza;  en  respetar  la  superstición  y  sus  preocupaciones,  nacidas  y  fomentadas 
por  su  misma  ignorancia;  en  dibujar  el  orden  de  sus  impresiones  y  de  sus  afectos,  que  él  encubre 
y  disimula  estudiosamente;  sus  desencantos ,  producidos  por  su  misma  condición  social,  y  esa  in- 
dolencia que  le  es  habitual,  hasta  llegar  a  constituir  una  de  las  condiciones  de  su  espíritu;  en  re- 
tratar en  fin,  lo  más  fielmente  que  me  fuera  posible,  con  todas  sus  especialidades  propias,  ese  tipo 
original  de  nuestras  Pampas,  tan  poco  conocido  por  lo  mismo  que  es  difícil  estudiarlo,  tan  erró- 
neamente juzgado  muchas  veces,  y  que  al  paso  que  avanzan  las  conquistas  de  la  civilización,  va 
perdiéndose  casi  por  completo. 

Sin  duda  que  todo  esto  ha  sido  demasiado  desear  para  tan  pocas  páginas,  pero  no  se  me  puede 
hacer  un  cargo  por  el  deseo,  sino  por  no  haberlo  conseguido. 

Una  palabra  más,  destinada  a  disculpar  sus  defectos.  Páselos  Vd.  por  alto,  porque  quizá 
no  lo  sean  todos  los  que,  a  primera  vista  puedan  parecerle,  pues  no  pocos  se  encuentran  allí  como 
copia  o  imitación  de  los  que  lo  son  realmente. 

Por  lo  demás,  espero,  mi  amigo,  que  Vd.  lo  juzgará  con  benignidad,  siquiera  sea  porque 
Martín  Fierro  no  va  de  la  ciudad  a  referir  a  sus  compañeros  lo  que  ha  visto  y  admirado  en  un 
25  de  Mayo  u  otra  función  semejante,  referencias  algunas  de  las  cuales,  como  el  Fausto  y  varias 
otras,  son  de  mucho  mérito  ciertamente,  sino  que  cuenta  sus  trabajos,  sus  desgracias,  los  azares 
de  su  vida  de  gaucho,  y  Vd.  no  desconoce  que  el  asunto  es  más  difícil  de  lo  que  muchos  se  lo  ima- 
ginarán. 

Y  con  lo  dicho  basta  para  preámbulo,  pues  ni  Martín  Fierro  exige  más,  ni  Vd.  gusta  mucho 
ie  ellos,  ni  son  de  la  predilección  del  público,  ni  se  avienen  con  el  carácter  de 
Su  verdadero  amigo — 

José  Hernández. 

Buenos  Airas,  Diciembre  de  1872 


JUICIOS    CRÍTICOS 


SOBRE 


MARTIN    FIERRO 


^-•••-^ 


Sr.   D.  Jo*/1   llcr^nvrfpz. 
Estimado  Señor: 

Hace  algún  tiempo,  bajo  el  peso  de 
mi  rudo  golpe  para  mi  corazón,  recibí 
un  liUro  suyo.  Me  fué  imposible  enton- 
óos agradecerle  su  atenci  raba 
con  el  pesar  de  esa  deuda,  cuando  me 
he  encontrado  con  «La  Vuelta  de 
Martin  Fierro». 

Si  tuviera  el  ánimo  predispuesto  á 
escribir  esas  cosas  que  solo  nacen  es- 
pontáneamente, sir  que  la  voluntad 
mas  decidida  pueda  engendrarlas,  ha- 
bría arrojarlo  sobre  el  papel  mas  de  un 
reflejo  de  las  impresiones  que  su 
trofas  han  despertado  en  mi  alma. 

He  ensayado  y  no  puedo;  quiero  por 
lo  menos  er.  esta  desaliñada  carta,  de- 
cirle que  he  leido  su  lib^o,  de  un 
aliento,  sin  un  momento  de  cansancio, 
deteniéndome  solo  en  algunas  coplas. 
iluminadas  por  un  bello  pensamiento, 
casi  siempre  uegligentement<a  envuelto 
en  incorrecta  forma. 

Algo  que  me  ha  encantado  3n  su  es- 
tilo, Hernández,  es  1?  ausencia  absolu- 
ta de  pretensión  por  su  parte.  Hay 
cieña  lealtad  delicada  en  el  espíritu  de! 
poeta  que  se  impone  una  forma  hu 
milde  y  que  no  sale  de  ella  jamás,  por 
mas  que  lo  aguijoneen  las  galanura*- 
del  estilo.  —  Usted   ba    hectio    versos 


gauchezcos,  no  como  Ascasnbi.  para 
hacer  reir  al  hombre  cult<  i  ^.uaje 

del   gaucho,  sino  para  reflejar    en    si 
idioma  de  éste,  su  índole,  sus  pasiones, 
sus  sufrimientos  y  sus  esperanzas. 
to  mas  intensas  y  sagradas,  cuanto  mas 
cerca  están  de  la  naturaleza. 

¡Que  se  han  vendido  m  I  mil 

ejemplares  de  su  libro,  me  dice  alguien 
asombrado!  —  Es  que  los  versos  de 
«Martin  Fierro»  tienen  un  objeto,  un 
fin,  casi  he  dicho  una  misión. 

No  hay  allí  la  eterna  personal! 
del  poeta,  sobreponiéndose  en 
mo  !'.  itación  de  ese  corazón  co- 

lectivo que  se  llama  humanidad. 

Donde  hay  una  ni  hombres, 

el  drama  humano  es  idéntico. — E 
«Martin  Fierro»  se  <•  t  la  mis- 

ma tristísima  poesía,  la  misma  filoso- 
fía desolada  que  en  los  versos  do  Caikn 
Aljuni,  cantados  en  los  albores  de  la 
Listona  humana*  ó  en  las  estrofas 
Leopardi,  elevándose  en  el  dintel  de 
nuestro  siglo  como  un  presagio  funesto 
para  los  hombres  del  porvenir. 

Reúnase  en  una  noche  tranquila  un 
grupo  d°  gauchos  alrededor  de  un  fo- 
gón y  léaseles,  traducido  por  Vd.  y  en 
fersos  propios  del  alcance  intelectual 
de  esos  hombres,  el  Ótelo  de  Shakes- 
peare. Tengo  la  profunda  convicción 
que  el  espantoso  estrago  que  los  celos 
causan  en  el  alma  del  Moro,    desoer- 


JUICIOS    CEITICOS 


tara  una  emoción  mas  grave  en  el  co- 
razón d«l  gaucho,  que  en  el  del  inglés 
que  oye  silencioso  la  soberbia  trajedia; 
cómodamente  arrellenado  en  su  buta- 
ta  de  Queen's-Theátre. 

Hace  bien  en  cantar  para  esos 
desheredados;  el  goce  intelectual  no 
solo  es  una  necesidad  positiva  de  la 
vida,  para  los  espíritus  cultivados,  sino 
también  para  los  hombres  que  están 
cerca  del  estado  de  naturaleza.  Un  gau- 
cho debe  gozar,  al  oir  recitar  las  tristes 
aventuras  de  «Martin  Fierro»,  con  igual 
intensidad  que  Vd.  ó  yo  con  el  último 
canto  del  Giaour  ó  con  las  < Noches» 
de  Musset.  Y  esta  secreta  adoración  que 
sentimqs  por  esos  altísimos  poetas,  el 
gaucho  la  sentirá  por  Vd.,  que  lo  ha 
comprendido,  que  lo  ha  amado,  que 
lo  ha  hecho  llorar  ante  los  nobles  arran- 
ques de  su  propia  naturaleza,  tan  des- 
conocida para  él.  No  "se  puede  aspirar 
é  una  recompensa  mas  dulce. . . 

Lo  he  dicho  al  principio  y  se  lo 
repito:  su  forma  es  incorrecta.  Pero 
Vd.  me  contestará  y  con  razón,  á  mi 
juicio,  que  esa  incorrección  está  en  la 
naturaleza  del  estilo  adoptado.  La  cor- 
rección no  es  la  belleza,  aunque  gene- 
ralmente lo  bello  es  correcto. 

En  esta  estrofa  por  ejemplo.  Habla 
Vd.  de  la  mujer,  de  su  alma  siempre 
abierta  á  la  caridad  y  agrega: 


Yo  alabo  al  Eterno  Padre, 
No  porque  las  hizo  bellas. 
Sino  porque  á  todas  ellas 
Les  dio  corazón  de  madrel 

Ese  verso  es  de  estirpe  real,  mi  ami- 
go.— Aunque  la  estrofa  que  lo  precede 
y  los  dos  primeros  versos  de  aquella  á 
la  que  esa  cuarteta  pertenece,  harían 
la  desesperación  de  un  retórico,  la 
idea  salva  aquí  todo. 

Por  ahí,  al  final,  en  el  precioso 
canto  de  contrapunto  entre  Martin  Fie- 
rro y  un  negro,  encuentro  otra  perla, 
que  se  la  trascribo  de  memoria.  Es 
uno  de  esos  versos,  que  una  vez  leí- 
dos se  instalan  en  el  recuerdo,  al  lado 
de  los  huéspedes  mas  queridos. 

Habla  el  negro: 

Bajo  la  frente  mas  negra 
Hav  Densamiento  V  hav  vid*. 


La  gente  escuche  tranquila 
No  me  hagan  ningún  reproche 
También  es  negra  la  noche 
Y  tiene  estrellas  que  brillan. 


—¿Cuál  es  el  canto  de  la  noche? 

La  noche  por  cantos  tiene 
Esos  ruidos  que  uno  siente 
Sin  saber  de  donde  vienen. 

Y  esta  estrofa  que  califico  de  ad- 
mirable, que  bastaría  para  reconocer 
un  poeta  en  aquel  que  la  ha  escrito,  y 
que  al  mismo  tiempo  es  una  completa 
sinfonía,,  imitativo  de  los  vagos  rumo- 
res de  la  noche  en  nuestros  campos 
desiertos. 

Son  los  secretos  misterios 
Que  las  tinieblas  esconden — 
Son  los  ecos  que  responden 
A  la  voz  del  que  dá  un  írito,— 
Como  un  lamento  infinito 
Que  viene  no  sé  de  donde! 

Y  aquí,  ante  esa  belleza,  raí  acuer- 
do de  Estanislao  del  Campo,  que  tiene 
en  su  Fausto  mas  de  una  nota  arran- 
cada á  la  misma  fibra. 

No  acabaría  de  citar  mi  amigo:  pero 
basta  para  manifestarle  mi  impresión. 

Tengo  curiosidad  de  saber  qué  vida 
habrá  llevado  Vd.  para  escribir  esas 
cosas  tan  lindas  y  tan  verdaderas,  que 
no  se  trazan  al  resplandor  de  la  pura 
y  abstracta  especulación,  pero  que  se 
aprenden  dejando  en  el  camino  de  la 
vida  algo  de  si  mismo:  los  débiles,  la 
la  lana,  como  el  carnero;  los  fuertes, 
sus  entrañas,  como  el,  Pelícano .  .  . 

No  le  digo  ni  la  mitad  de  lo  que 
quisiera;  pero  no  he  de  concluir  sin 
apretarle  fuerte  la  mano  y  pedirle  crea 
en  la  verdadera  estimación  que  siente 
por  talento — 

Su  affmo.  S.  y  amigo 

Miguel  Cañé. 
Marzo  12  de  1879. 
«El  Nacional»  Buenos  Aires  Marzo  22  de  1879 


Señor  José  Hernandcx. 

«Martin  Fierro»  es  una  obra  y  un 
tipo  que  ha  conquistado  su  título  de 
ciudadanía  en  la  literatura  y  en  la 
sociabilidad  argentina. 


SOrJKE    MARTIN    FIERRO 


XI 


Ese  iibro  faltaba  á  mi  biblioteca 
americaua,  y  el  autógrafo  de  su  autor 
de  qu-  viene  acompañado,  le  dá  do- 
ble mérito. 

Agradezco  las  palabras  benévolas  de 
que  viene  acompañado,  prescindiendo 
de  otras  que  no  tienen  certificado  en 
la  república  platónica  de  las  letras. 

Su  libro  es  un  verdadero  poema  es- 
pontáneo, cortado  en  ia  masa  de  la 
vida  real. 

Hay  en  él,  intención,  filosofía,  vue- 
los poéticos  y  bellezas  vas, 
qne  señalan  la  tercera  ó  cuarta  forma 
que  este  género  de  literatura  ha  re- 
vestido entre  nosotros 

Hidalgo  será   siempre   su    Homero, 
porque  fué  el  primero,  y  como  V«. 
D  su  poética  que  ha  con 
eado  Vcl.  en  esto  rsos: 

cPorque  yo  canto  opinando 
cQue  es  mi  modo  de  cantar*. 

Ascasubi   marchando  tras  sus    hue- 
llas, poniendo  al  gancho  en  | 
de  la  civilizado:),  '-saltando  su    r 
patri'  impo  ha< 

dolo  juzgar  las  ol  irte  y  la  so- 

ciedad con  su  en;  'pío,  marcan 

rmediarii 
•o  de  mi  modo  de  juzgar  y  d* 
interpretar  este  género  de  poesía. 

itrará  el  ejemplo  y    la  teoria   en 
las  composiciones  y  en  la  nota  comple- 
mentaria   que    Vd.    encontrará   en    el 
que  le  remito  en  retribución  del 
suyo. 

h  que  Vd.  lpa  mi  nota  err 
no  extrañará  qne  le  manifieste  con  fran- 
queza, que  creo  que  Vd.  ha  abusado 
un  poco  del  naturalismo,  y  que  ha 
exajerado  el  colorido  local,  en  los  ver- 
sos sin  medida  de  c  ne  ha  sembrado 
intencionalmeute  sus  paginas,  así  como 
»on    ciertos  barb  que    no  eran 

indispon  ara  poner  el    libro  al 

alca:  'ido  el   mmdo,  levantando 

la  inteligencia  vulgar  al  nivel  del  len- 
guaj'  e  se  expresan  las  ideas  y 

os  sentimientos  comunes  al  hombre. 
No  estoy  del  todo  conforme  con  sn 
filosofía  social,  que  deja  en  el  fondo 
áel  alma  una  precipitada  amargura 
«in  el  correctivo  de  la  solidaridad  so- 
eial.  Mejor  es  reconciliar  los  antagonis- 


mos por  el  amor  y  por  la  necesidad 
de  vivir  juntos  y  unidos,  que  hacer  fer- 
mentar los  odios,  que  tienen  su  causa, 
mas  que  en  las  intenciones  de  los  hom- 
bres, en  las  imperfecciones  de  nuestro 
modo  de  ser  social  y  político.  Sin  em- 
bargo, tai  como  es,  creo  «que  no  se  ha  da 
llover  el  rancho»  en  que  su  libro  se 

Felicitando  á  Vd.  por  el  singular 
éxito  que  ha  alcanzado  su  libro,  \  <|tie 
atestiguan  sus  numerosas  y  oop  ^as 
ediciones,  me  es  grato  suscribirme  de 
usted 

Su  compatriota — 

Bariolomé  Mitre. 
Buenos  Aires,  Abril  14  do  1 


Sefior  D.  José  Hernández. 

Estimado  Señor: 

Después  de  haber  recibido  su  libro, 
he  aguardado  un  ú\f 

m   el  que  pudu-ra   di>¡ 
s  horas  par» escribirle  con  deter- 
sión. Veo  que  ese  dia  no  llega,    y  no 
ro  quedar  á  descubierto  por    mas 
tiempo  con  Vd. 

L''  pido  así  que  acepte  la  expresión 
do  mi  agradecimiento  por  el  envió  de 
su  libro,  que  ha  recorrido  ya  toda  la 
América  Española,  y  que  ha  sobrepa- 
.  a  cualquier  otro  li- 
bro pnblieado  en'  iros. 

inútil  agregar  otro  comentario  A 
■omentario  esplendido  de  un  éxito 
sin  rival. 

Soy  su  affmo.  servidor  y  compatriota. 


N.  Avellaneda. 


Mayo  9  de  1879. 


Lima,  Mayo  5  de  18711 

Señor  D.  José  Hernández. 

Buenos  Aires. 

Muy  Sefior  mió: 

Hace  años  que  mi  difunto    y  exce 
lente  amigo  D.  Juan  Maria  Gutierres 
me  remitió  la  primera  parte  de  su  be- 
llísimo «Martin  Fierro»    que    leí    oon 


AJLi 


JD1U1US    UKITIUOS 


aucho  agrado.  Mis  poetas  predilectos 
tan  sido  siempre  lo--  que  como  Vd. 
lacen  gala  de  sencillez  y  no  andan 
rebuscando  conceptos. 

Hoy  he  recibido,  con  una  amable 
iedicatoria  de  Vd.  las  partes  primera 
f  segunda  de  su  libro,  que  enrique- 
cerá mi  modesta  biblioteca  americana. 
Doy  á  Vd.  las  gracias  por  el  obsequio 
y  por  los  benévolos  elojios  con  que 
me  favorece. 

El  delicadísimo  Antonio  de  Trueba 
Bnvidiaria  á  Vd.  las  páginas  49  y  si- 
guientes déla  2a parte.  El  contrapunto 
entre  el  payador  negro  y  «Martin»  es 
magnifico.  Igual  aplauso  tribute  al  ca- 
pítulo 32  en  que  «Martin»  aconseja  a 
sus  hijos — Allí  hay  filosofía  sin  relum- 
brón y  verdadero  sentimiento  poético  — 
Son  dos  cuadros  de  pluma  de  maestro. 

La  poesía  popular  que  cultivaron 
Hidalgo  y  Ascasubi,  está  llamada  á 
ejercer  positiva  influencia  sobre  la  mo- 
ralidad del  pueblo.  Consagrarse  á  ella 
como  Vd.  lo  hace,  es  ejercer  un  Sa- 
cerdocio. No  desmaye  Vd. 

Hace  años  que  he  dejado  de  rendir 
oulto  á  las  musas,  por  consagrarme 
a  registrar  apoliliado  infolios  históri- 
oA.  Pero  siempre  leo  con  gusto  ver- 
sos, cuando  ellos  campean  el  espíritu 
que  en  ios  de  Vd.  me  encanta. 

Reiterando  á  Vd.  mis  felicitaciones 
por  el  buen  desempeño  de  su  «Martin,» 
me  es  grato  ofrecérmele  muy  de   co- 
razón, como  su  amigo  afectísimo. 
Ricardo  Palma. 

Por  conducto  de  la  Legación  Perua- 
na, en  Buenos  Aires,  podría  Vd.  man- 
dar un  ejemplar  de  su  obra  á  la  bi- 
blioteca, de  Lima,  donde  hay  un  salón 
destinado  solo  á  libros  americanos:  La 
República  Argentina  apenas  figura  con 
300  volúmenes  entre  cerca  de  4.000 
correspondientes  alas  demás  secciones. 

Ll  « Nacional»  —  Buenos  Aires,  Julio  7  de  1879 


Señor  D.  José  Hernández 

Lima,  Abril  de  1880. 
Primo  mió  y  querido  amigo: 
Por  mi  hijo  Julio  he  sabido  con  pena 
que  Vd.  no  recibió  la  carta  en  que  le 
¿aba?  un  millón  de  eracias  v   felicita- 


ciones, anunciándole  haber  llegado  á 
mis  manos  el  precioso  obsequio  con 
que  Vd.  me  favoreció:  la  segunda  par- 
te He  su  bellísimo  poema,  «Martin 
Fierro.» 

En  Lima  ha  tenido  entusiasta  aco- 
gida esta  publicación,  cuyas  bellezas 
poéticas  deleitaran  á  los  lectores  le 
todas  latitudes;  pero  solo  á  nosotros, 
hijos  de  ese  país  mágico  del  fantasi  ta 
lenguaje,  nos  será  dado  gustar  con  «a 
deliciosísimo  sabor,  el  colorido  local  de 
esas  gráficas  imágenes  que  hacen  de 
este  libro  una  serie  de  cuadros  plásti- 
cos de  sorprendente  verdad. 

— Estoy  encantado  con  el  «Martin 
Fierro»  de  Hernández- díjome  uno  de 
los  primeros  literatos  de  Lima. 

— Y  sin  embargo  —  respondí  —  para 
ustedes;  ese  hermoso  poema  es  Ros 
en  Berbería. 

— Porque? 

— Porque  la  mitad  de  sus  bellezas 
son  para  ustedes  sánscrito:  no  las  coui- 
prenderán- 

— Pues  yo  las  percibo  mv"  bien. 

— Error!   0  sino  espliquenjt  V  i.  esta 

Nos  retiramos  con  Cruz 
A  la  orilla  de  un  pajal, 
Por  no  pasarlo  tan  mal 
En  el  desierto  infinito, 
Hicimos  corno  m)   bendito 
Con  dos  cueros  de  bagual. 

— Pues  claro:  en  lo  del  bendito  ex- 
presa la  prontitud  con  que  arreglaron 
las  pieles  de  ese  animal. 

Y  cuando  le  hube  explicado  el  pro- 
blema de  la  frase,  picóse  enormemente 
y  no  me  ha  perdonado  aquella  expli- 
cación. 

Espero  que  á  estas  horas  estará  V. 
escribiendo  otro  libro  como  este,  que 
es  como  una  golosina:  una  vez  gus- 
tado, se  anhela  otro  semejante. 

Saludamos  á  V,,  Julio  y  yo,  y  le 
estrechamos  cordialmente  ¡a  mano. 

De  Vd.  prima  y  afetitwraa  amiga. 
Juana  M.  Gorriti. 


Señor  D.  José  Hernández 

Estimado  compatriota: 
Me  pide  Vd,  un  lugar  en  mi  biblio- 
teca para  su  c Martin  Fierro >,  que  ha 
llegado  tan  suavemente  á    su    edición 
undécima. 


SOJBKE    MARTIN    FIERRO 


xin 


Qmero  antes  de  colocarlo  con  el  ho- 
nor debido  á  su  bizarría,  expresar  á 
los  motivos  del  placer  que  me  ha 
causado  su  héroe. 

En  primer  lugar  es  hijo  lejítimo  de 
Vd.,  a  quien  profeso  aprecio  antiguo. 
Luego,  él  se  me  presenta  con  su  garbo 
de  jinete  criollo,  con  la  originalidad 
de  su  pintoresco  lenguaje,  y  con  el  odio 
mas  franco  a  la  opresión. 

A  mi  me  encantan  esos  tipos  mode- 
lados por  la  naturaleza,  cuando  sus  fa- 
cultades nativas  no  han  sido  alteradas 
aún  por  una  civilización  que  suele  ser 

re  Vd.  las  cualidades  de    los 

las  de  los  campesinos  de 

ó  con  su  oíase  proletaria, 

rá  Vd.  que  toda  la    ventaja    está 

(ido  de  nuestra  raza  genuina  que 

grabado  en  su  pecho  varonil    el 

de  la  América. 

Hay  en  ese  representante  primitivo 

de  nuestra   nacionalidad,    una   mezcla 

singular  de  astucia  y  de  candor.  Pero 

na  entre  los  afectos  de   su    alma 

la  idolatría  de  su  independencia. 

La  Pampa  convida  á  la  libertad.  Su 

Qsion  inmensa,  su    aire    puro,    no 

han    sido    creados    aisladamente    paia 

los  esclavos. 

Pero  el  desierto  incita  también  á  la 
melancolía,  y  cuando  el  payador  canta 
en  la  guitarra,  no  es  extraño  que  sus 
endechas,  sean  tristes,  no  solo  por  los 
males  amargos  de  su  condición,  niño 
porque  cede  á  la  influencia  del  espec- 
táculo que  le  rodea.  El  aislamiento 
aumenta  esta  propensión,  y  se  com- 
prende que  al  caer  de  la  tarde,  aquel 
Boltaria  tal  vez  sus  lágrimas  al  arroyo, 
cuyas  aguas  se  deslizan  como  las  horas 
de  su  humilde  existencia. 

Si  no  hubiese  en  sus  costumbres  y 
en  su  suerte,  elementos  de  interés  dra- 
mático, V.  los  habría  hallado  en  sus 
inspiraciones  frescas  como  las  florecillas 
silvestres  que  matizan  nuestra  llanura. 
Pero  otra  consideración  mas  trascen- 
dente reeslta  de  los  versos  de  «Martin 
Fierro.  Ella  se  liga  con  uno  de  los 
problemas  fundamentales  de  la  socia- 
bilidad en  el  Rio  de  la  Plata. 

Las  promesas  de  la  revolución  no 
«e  han  cumplido  todavía  para  loe  hijos 


del  Pampero.  El  rancho  de  paja  no 
basta  á  protejer  á  quien  lo  habita?. 
Quién  tendrá  derecho  de  asombrarse 
que  un  ser  privado  de  los  goces  mas 
puros  de  la  vida,  y  de  cultivo  intelec- 
tual, apele  á  su  acero  para  defenderse, 
ó  vengarse,  y  á  su  ájil  caballo  para 
huir? 

Pero  me  aparto  de  la  peligrosa  cor- 
riente de  tales  recuerdos,  para  felicitar 
á  Vd.  por  la  pintura  fiel  de  esa  porción 
poco  estudiada  del  pueblo  argentino. 
Cuando  Vd.  describe  algunas  esce- 
nas, de  esas  que  no  tienen  nunca  mas 
testigos  que  las  estrellas,  ni  mas  coro 
que  las  aves  salvajes,  se  sentirá  uno 
tentado  á  las  correrías  agrestes,  para 
sorprender  acaso  en  el  fondo  del  llano 
el  misterio  del  destino  de  una  parte  no 
menos  olvidada,  que  noble  de  la  hu- 
manidad. La  simpatía  que  despierta  se 
aviva  cuando  se  piensa  que  asistimos 
á  su  rápida  extinción  y  cuando  su  asi- 
milación con  razas  exóticas  cambia  esa 
fisonomía  que  solo  á  la  poesía  es  dado 
perpetuar. 

Así  el  empeño  de  Vd.  será  saludado 
por  úlidad  y  por  el  patriotis- 

mo. !  dos  invocan    los    uúmenei 

mas  propicios  al  genio  en  sus  vuelda 
mas  atrevidos. 

ro  Vd.  se  ha  contentado  con  im- 
provisar después  del  mate,  dulces  tro- 
vas á  la  sombra  del  amoroso  ombú,  i 
allá  en  la  cresta  de  una  loma.  Yo  en- 
vidio la  fortuna  con  que  Vd.  embellecí 
tradiciones  que  se  perderían  en  medie 
de  las  perturbaciones  de  nuestra  época, 
sin  el  talento  y  el  corazón  que  les  di 
vida,  y  las  graba  profundamente  en  la 
literatura  y  en  la  historia. 

José  Tomás  Guido. 

Buenos  Aires,  Noviembre  16  de  1878. 


Señor  D.  José  Hernández. 
I 

Mi  amigo:  Le  prometí  á  Vd.  últi- 
mamente manifestarle*  mis  impresio- 
nes sobre  su  «Martin  Fierro», y  paso 
4  hacerlo. 

Está  demás  anticiparle   que   yo   na 


XIV 


JUICIOS     CRÍTICOS 


puedr»¡  ni  debo  emitir  un  juicio  crítico 
acerca  de  eso  libro  con  que  Vd.  ha 
enriquecido  nuestra  literatura  Nacional. 

Imagínese  Vd.  que  á  cualquiera,  á 
H.,  á  mí,  se  le  ocuriera  hacer  algunas 
de  esas  indicaciones  que  se  suelen  de- 
jar caer  sobre  un  autor  con  todo  el 
peso  del  sentimiento  paternal  que  las 
inspira;  (el  sentimiento  paternal  (sic) 
suele  traducirse  en  palos  aplicados  sin 
ninguna  ceremonia)  analizar  el  bagaje 
literario  de  su  libro;  apuntar  incorre- 
oiones;  someter  al  bueno  de  «Martin 
Fierro»  al  tormento  de  esas  mil  reglas 
y  preceptos  que  los  críticos  nunca 
acaban  de  inventar,  porque  esto  les  da 
eterno  pretosto  para  disertar  sobre  el 
modo  cómo  se  han  desnaturalizado  las 
unas  ó  violado  las  otras. 

Todo  esto  sería  música  celeste. 
Cualquier  criollo  estaría  tentado  á  res- 
ponder lo  que  le  respondió  uno  al 
caballero  inglés  que  le  preguntaba:  ¿Do 
you  Icnoio  xohere  is  Cochabamba  sf.reel? — 
si  no  dijera  demasiado  con  estas  pa- 
labras: amigo  es  matarse;  nosotros  he- 
mos leido  á  «Martin  Fierro»  en  once 
le'>-'i*  diferentes. 

Hó  aquí,  mi  amigo  Hernández,  el 
mejor  juicio  acerca  de  su  libro.  Once 
ediciones  de  un  libro  son  como  para 
llenar  de  orgullo  á  un  autor  en  Bue- 
nos Aires.  Vd.  solo  puede  blasonar  de 
ello.  Ni  la  Constitución  Argentina  ha 
merecido  este  honor.  Se  ensayó  dos 
veces  en  1811,  se  varió  en  1815,  en 
1817,  en  1819,  en  1826  y  en  1853-1860: 
ocho  publicaciones  mi  amigo-  Su  «Mar- 
tin Fierro»  le  lleva  tres  todavía:  y  reco- 
rre á  caballo  la  llanura,  las  pulperías  y 
los  ranchos,  haciendo  por  la  vida,  esto 
es,  por  otras  tantas  ediciones. 

II 

Y  se  va  lejos,  se  hunde  en  el  Sud — 
en  ese  Sud  de  tiernos  y  dolorosos  re- 
cuerdos para  el  gaucho,  donde  este  se 
deja  ver  todavia  arrogante  y  hermoso 
como  ahora  cincuenta  años,  cuando 
imponía  su  voluntad  y  su  ley  á  todos 
aquellos  á  quienes  en  vano  clamó,  du- 
rante otros  tantos  años,  para  que  lo 
■acaran  del  misero  desamparo  en  que 
vivía. 


Porque  el  gaucho, — y  esto  es  lo  qut 
hace  buscar  con  cierto  amor  todo  libre 
que  á  él  se  refiere, — tiene  su  noche  ec 
nuestra  historia:  noche  larga  sin  otra 
luz  que  la  de  las  cuatro  estrellas  que 
indican  ese  Sud  en  nuestra  Pampa.  Su 
huella  ha  sido  2a  del  martirio  abnega 
do, — su  vida  la  del  combate  con  U 
adversidad,  su  destino,  el  de  los  eterna- 
mente desheredados,  su  único  consuele 
el  desierto  inmenso,  que  siempre  revi 
vio  bajo  sus  plantas,  prodigando  á  sí 
rey  deventurado  sus  flores,  sus  brisa: 
y  sus  aguas  para  que  recuperara  sus 
fuerzas,  allí  á  la  sombra  del  ornbú,  bajo 
el  cual  se  levantó  alguna  vez  su  rancho 
de  paja  en  que  desapareció  con  su  mu- 
jer y  con  sus  iiijos! 

Es  un  poema  de  lágrimas  que  sok 
el  Pampero  ha  recojido flores  sil- 
vestres de  rara  fragancia  que  sepulte 
el  progreso  que  pretendemos  cimentar 
con  remedios  de  civilizaciones  ageuas, 
y  que  amenaza  privar  al  gaucho  hasta 
del  consuelo  de  ver  en  un  dia  i 
el  espectáculo  de  nuestras  libertades 
arraigadas,  de  nuestros  derechos  d 
ficados,  de  nuestra  prosperidad  asegura- 
da por'las  que  el  gaucho  luchó  durante 
cincuenta  años  con  su  lanza  y  á  caballo 

III 

Sigamos  al  gaucho,  mi  amigo,  siga 
moslo  en  esa  noche  tristísima  para  é: 
y  vergonzosa  para  nosotros En- 
cierran misterios  tan  íntimos  y  tan  mal 
comprendidos  los  senos  generosos  de 
esa  Pampa,  donde  el  gaucho  ^  nació 
como  rey  y  donde  apenas  vivip  come 
cuervo! Tanta  melanconía  mez- 
clada con  cierto  amor  á  la  patria  qut 
conquistamos  con  ellos,  cae  al  fonde 
del  alma  al  evocar  el  recuerdo  de  esa 
noche! 

A  principios  de  este  siglo  el  gancho. 
con  ser  que  ya  había  guerreado  er 
nombre  de  su  patria  contra  los  ingleses 
era  el  mas  desamparado  de  la  suerte  j 
de  los  hombres.— Después  del  esfuersc 
de  su  patriotismo,  solo  le  quedaba  1« 
inclemencia  del  desierto,  al  cual  no  de- 
jaban los  bienes  relativos  de  que  go- 
maban los  hombres  de  las  ciudades 

Eeauerido  constantemente    uara    ^ 


SOBRE   MARTIN   FIERRO 


XV 


servicio  militar  que  demandaba  nuestra 
guerra  de  la  Independencia  ¿dónde  se 
dio  una  batalla  en  la  que  el  gaucho  no 
lanceó,  acuchilló,  baleó  y  venció  á  los 
españoles,  haciendo  gala  de  ese  heroís- 
mo temerario  que  es  el  aliento  podero- 
so de  su  alma,  algo  como  carne  de  su 
carne?  ¿Donde  no  estuvieron  Güemes  y 
Lavallrf,  Necochea,  Balearse,  Pringles, 
Lamadrid,  Suarez,  Olavarría  y  tantos 
otros  brazos  armados  constantemente 
en  defensa  de  la  República? 

La  Independencia  se  iba  logrando, 
el  bienestar  se  acariciaba,  se  comen- 
zaba á  gozar  algunos  bienes,  y  entre 
tanto  ¿que  participación  tenia  el  gau- 
cho en  este  nuevo  teatro  de  la  demo- 
cracia, que  él  habia  contribuido  á  ci- 
mentar? 

Ninguna:  seguía  siendo  soldado,  ni 
hogar,  ni  familia  que  lo  ligara  á  la  pa- 
tria ingrata  que  lo  habia  engendrado 
para  sacrificarlo,  especie  de  Saturno 
que  bebia  sin  saciarse  la  sangre  de 
■us  hijos. 

La  desgracia  suele  tener  sus  paroxis- 
mos. El  alma  estalla  frenética  desgar- 
rando con  salvaje  complacencia  los 
sentimientos  que  algún  dia  le  sirvieron 
de  consuelo  para  borrar  de  si,  hasta  el 
recuerdo  de  la  esperanza  maldita,  que 
agotó  las  lágrimas  y  marchitó  las  fi- 
bras. 

El  infortunio  del  gaucholo  tuvo  tam- 
bién. La  ocasión  le  fué  propicia  y  él 
la  aprovechó  para  dar  rienda  suelta  á 
sus  instintos  y  sus  furias. 

Al  despuntar  el  año  20,  los  gauchos 
recoman  el  desierto  en  todas  direccio- 
nes, para  aproximarse  en  medio  á  su 
desventura,  y  librar  juntos  ese  combate 
tremendo  que  debía  perpetuarse  en 
nuestro  pais  hasta  que  triunfara  la  idea 
que  ellos  estamparon,  sin  conocerla,  en 
las  banderolas  rojas  de  sus  lanzas  hú- 
medas con  sangre. 

La  representación  que  asumían  Ra- 
mírez, López,  Bustos  y  después  Facun- 
do y  Aldao  en  otras  Provincias,  la 
asumió  Rosas  en  la  de  Buenos  Aires. 

Radicado  en  la  campaña  «sacrifican- 
«do  comodidades  y  dinero,  haciéndose 
«gauoho,  hablando  oomo  tal,  haciendo 
«lo  que  los  gauchos  hacían  protejiéndo- 
«los,  haciéndose  su  apoderado,  cuidando 


«de  sus  intereses,  &,  &,  &,»  según  el  mis- 
mo Rosas  lo  ha  expresado  en  una  confi- 
dencia-el  descendiente  de  los  Condes  de 
Poblaciones  fué  como  una  Providencia 
que  surjió  de  las  entrañas  de  la  Pampa 
en  favor  de  los  gauchos,  que  miraban 
con  indecible  asombro  ese  hombre  para 
ellos  extraordinario,  y  que  era  su  pro- 
pio engendro  y  que  ya  los  había  hecho 
brillar  sobre  todos,  conduciéndolos  á 
ahogar  la  anarquía  en  esa  ciudad  de 
Buenos  Aires,  que  nunca  habia  tenido 
un  eco  de  consuelo  para  ellos. 

Rosas  llegó  á  ser  el  gran  señor  de  la 
campaña.  El  teatro  era  muy  vasto; 
pero  la  admiración  y  el  cariño  hacia 
su  persona  era  llevad?,  en  alas,  por  los 
gauchos,  de  pulpería  en  pulpería,  donde 
templaban  sus  guitarras  para  cantar 
sus  alabanzas  á  ese  gaucho  hermoso  y 
arrogante  que  protegía  sus  hogares  y 
los  hacía  felices  dejándolos  vivir  d 
trabajo  al  lado  de  sus  hijos.  Cómo 
pues  el  corazón  déla  campaña  no  había 
de  abrirse  con  la  espontaneidad  de  ¡a 
flor  del  aire  para  elevar  á  llosas  al 
Gobierno?  ( 

Rosas  adoptó  en  provecho  de  su  Go- 
bierno fuerte,  la  idea  en  nombre  do  la 
cual  los  gauchos  y  sus  jefes  vinieron  á 
atar  sus  potros  al  pió  de  la  'Pirámide 
de  Mayo  en  1820.  La  federación  qu*< 
une  á  todos  los  argentinos  bajo  el  glo- 
rioso pabellón  de  Mayo,  ha  sido  pues 
la  venganza  que  tomaron  nuestros  gau- 
chos. La  devastación  y  los  males  que 
esto  ha  causado  antes  de  asentarse 
para  siempre,  están  compensados  con 
ese  infortunio  cruento  del  gaucho  que 
también  es  hijo  de  esta  tierra,  y  con 
el  porvenir  venturoso  que  esa  federa- 
ción nos  depara  si  sabemos  perseverar 
en  los  propósitos  que  desde  1862,  que- 
daran librados  al  patriotismo  de  los 
pueblos  argentinos. 

IV 

Tal  es  el  tipo  histórico  y  social  de 
su  «Martin  Fierro». 

El  ha  ido  desapareciendo  á  medida 
que  se  han  ido  extendiendo  y  perfec- 
cionando los  principios  qu9  el  gaucho 
proclamó  y  sostuvo  durante  nuestras 
nereeriiiaciones  v  contiendas 


XVI 


JUICIOS     CRITICO? 


Pero  su  condición  no  ha  mejorado 
en  razón  de  esos  progresos.  Todavía 
lo  abate  su  infortunio,  porque  todavía 
tenemos  mucho  desierto  desamparado 
y  todavía  tenemos  alguna  barbarie  en- 
mascarada en  la  República. 

Todavía  el  gaucho  llora  la  triste  suer- 
te que  le  cabe  en  la  campaña,  donde 
subsisten  para  él  los  rigores  que  han 
desaparecido  para  los  demás. 

Estos  rigores  de  su  suerte  mezqui- 
na, esta  desgracia  es  lo  que  canta  Vd. 
tomando  á  la  Pampa  como  teatro  y 
á  un  payador  valiente  y  generoso  co- 
mo protagonista. 

¿Cómo  la  ha  hecho  Vd? (Aquí 

debía  empezar  el  juicio  crítico.)  Ya 
queda  dicho  al  principio,  ya  lo  han 
dicho  las  once  ediciones  de  su  libro. 
Permítame  Vd.,  pues,  que  no  añada 
mas  á  lo  que,  sobr3  el  particular  han 
dicho  las  personas  competentes  que 
han  leido  su  libro,  tributándole  á  Vd. 
los  elogios  que  merece  su  bien  corta- 
da pluma  para  esta  clase  de  literatura, 
tan  poco  explotada  entre  nosotros,  á 
pesar  de  haber  tenido  precursores 
como  Hidalgo,  Lavardén  y  Ascasubi, 
Del  Campo,  el  famoso  Anastasio  el 
Pollo  y  Vd.,  son  los  únicos  que  la 
han  cultivado  en  nuestros  días.  Ambos 
han  obtenido  lauros  que  mañana  fi- 
gurarán en  nuestros  fastos  literarios 
como  frutos  opimos  del  esfuerzo  no- 
bilísimo que  tiende  á  perpetuar  en 
nuestra  historia  el  tipo  original  y  es- 
forzado del  rey  de  los  desiertos  ar- 
gentinos. 

Son  los  votos  de  su  amigo 

Adolfo  Saldiaa. 
S/C.  Noviembre  1G  de  1873. 


— *-.<>•"*■ 


El  Gaucho  Martin  Fierro.  —  La 
vuelta  de  Martin  Fierro. — Poe- 
mas campesinos  por  José  Her- 
nández. 

A  pesar  de  nuestra  afición  por  la 
lectura,  no  conocíamos  el  primero  de 
estos  poemas,  hasta  hace  pocos  días, 
en  que  su  autor  tuvo  la  bondad  de 
•aviárnoslo,  despertando  tal  interés  en 


nuestro  corazón,  que  inmediatamente 
buscamos  el  segundo,  cuyo  mérito,  como 
obra  de  observación,  corre  pareja  con 
el  del  anterior,  aun  cuando  no  suscite 
la  misma  curiosidad,  por  la  reproduc- 
ción de  escenas  análogas. 

El  gaucho  Martin  Fierro  ha  produ  - 
cido  un  fenómeno  de  publicidad  en  la 
República  Argentina,  pues  sus  once 
ediciones  han  alcanzado  á  la  fcifra  ex- 
traordinaria de  60,000  ejemplares. 

Un  libro  que  despierta  tan  vivo  anhe- 
lo, debe  tener  algún  mérito  escepcio- 
nal,  porque,  de  otra  manera,  no  habí  ia 
salido,  como  muchos  que  conocemos, 
de  los  anaqueles  de  las  librerías. 

El  señor  Hernández  ha  explotado  el 
venero  inexhausto  de  las  costumb;  ■...-. 
populares,  poniendo  en  acción  tiros 
nacionales,  desdeñados  por  la  genera- 
lidad de  nuestros  escritores,  haciénr 
los  vivir,  obrar,  y  sufrir  en  su  medio 
social,  y  colocando  al  mismo  tiempo, 
el  dedo  sobre  las  llagas  gangrena' 
que  consumen  á  una  gran  parte  de  la 
familia  argentina. 

Martin  Fierro  es  la  personificaron 
verdadera  del  gaucho  de  la  panria, 
condenado  al  servicio  forzoso  de  las 
armas,  desheredados  de  todos  sus  de- 
rechos de  ciudadano  perseguido  por  ta 
autoridad  civil,  oprimido  por  la  auto- 
ridad militar,  explotado  por  los  nego- 
ciantes aventureros,  aflijido  por  el  ha  La- 
bre y  la  desnudez  en  los  campamentos 
de  la  frontera. 

Diferenciase  cMartin  Fierro»  de  otros 
gauchos  creados  por  nuestra  literatura, 
en  que  él  no  es  un  personaje  pura- 
mente cómico,  sino  un  héroe  dramáti- 
co, en  el  que  aparecen  de  tiempo  en 
tiempo,  los  reflejos  de  la  gracia  anda- 
luza, manifestados  por  medio  de  un 
estilo  pintoresco,  salpicados  de  imáje- 
nes  y  de  comparaciones  originales  en 
las  cuales  asoma  un  ingenio  nativo, 
una  suspicacia  propia  de  quien  está 
acostumbrado  á  desconfiar,  y  una  ins- 
piración silvestre,  pero  poética,  que 
lo  inclina  á  cantar  alegrías  y  dolores. 
El  señor  Hernández  ha  querido  con- 
servar intencionalmente  los  defecto* 
del  lenguaje,  de  construcción  y  de  mé- 
trica en  los  sentidos  versos  de  su  poema. 
No  estamos  do  acuerdo  con  su  ma- 


SOBRE    MAKTIN    FÍEKBO 


2.YU 


aera  de  entender  el  arte,  porque  oree- 
mos qne  la  verdad  no  está  reñida  con 
la  beÜeza,  y  que  es  posible  conservar 
la  originalidad  de  un  tipo,  sin  herir 
•1  oído  con  las  desafinaciones  del  ver- 
so incorrecto- 

£1  ideal  del  arte  consiste  en  imitar 
la  naturaleza,  mejorándola  en  la  me- 
dida de  nuestras  facultades. 

La  obra  que  nos  ocupa  es  el  fruto 
de  la  observación  de  las  costumbres 
campesinas,  estudiadas  en  la  estancia, 
en  la  pulpería,  que  es  el  club  del  gau- 
cho, y  á  la  luz  del  fogón,  al  rededor 
del  cual  improvisa  todas  las  noches  su 
hogar,  aquel  que  no  tiene  un  palmo 
de  tierra  propia,  en  la  ilimitada  ex- 
tensión que  riega  con  su  sangre. 

Por  eso  la  expresión  es  vigorosa, 
original  el  giro  de  la  frase,  y  nueva  y 
hasta  sorprendente,  la  imagen  con  que 
al  parecer  dá  formas  tangibles  á  sus 
pensamientos. 

No  se  nos  oculta  que  el  libro  del 
aeñor  Hernández  contiene  un  peligro, 
que  sería  conveniente  que  el  hiciera 
des.  parecer,  luego  que  se  diera  cuenta 
cabal  de  su  importancia. 

Aun  cuando  es  verdad  que  la  con- 
dición del  gaucho  es  abominable,  lo 
que  hasta  cierto  punto  explica  sus  exce- 
sos, la  enumeración  de  sus  hazañas,  el 
elojio  de  su  valor,  ejercitado  en  riñas 
aangrientas,  debiera  contrapesarse,  en- 
señándole á  condenar  los  extravíos  de 
su  sensibilidad. 

Está  demostrado  que  las  narraciones, 
rodeadas  de  circunstancias  poéticas,  de 
toda  clase  de  crímenes,  desde  el  suici- 
dio hasta  el  duelo,  y  desde  el  duelo  has- 
ta el  asesinato  vulgar,  producen  una  es- 
pecie de  epidemia  moral,  que  se  traduce 
en  otras  tantas  ofensas  a  las  leyes  divi- 
nas y  humanas,  si  no  las  multiplican. 

En  hora  buena  que  se  condene  los 
abusos,  y  se  disculpe  ante  los  jueces 
que  la  sociedad  se  ha  dado,  los  extra- 
víos a  que  pueden  conducir  la  falta 
de  educación  y  las  injusticias  de  que 
on  hombre  puede  ser  objeto. 

Pero  la  misión  del  escritor  filosófi- 
co, del  moralista  que  pone  libros  en 
nanos  del  pueblo,  oonsiste  en  conde- 
nar no  solo  á  quien  oprime,  sino  al 
•prinudo  qne  á  su  vez  abusa  ds  su  fuer- 


za, y  huyendo  de  sus  enemigos  se  con» 
vierte  en  enemigo  de  sus  semejantes. 
El  señor  Hernández,  que  indudable- 
mente posee  las  aptitudes  necesarias 
para  hacerse  escuchar,  tiene  una  alta 
misión  que  desempeñar,  ensanchando 
su  esfera  de  cronista,  haciéndose  maes- 
tro de  los  gauchos  que  lo  leen  con 
avidez,  inspirándoles  aversión  al  pu- 
ñal, repugnancia  a  la  sangre,  levan- 
tando, en  una  palabra,  su  nivel  moral 
abriéndoles  horizontes  que  su  vista, 
habituada  a  explorar  la  pampa,  no  ha 
descubierto  todavía. 

La  tarea  debe  comenzar  por  ensa- 
ñarles a  conocer  á  Dios,  mostrándoles 
que  la  compañía  de  una  buena  con- 
ciencia y  la  esperanza  en  el  cielo,  mi- 
tigan los  sufrimientos  y  obligan  a  amar 
a  los  hombres. 

3u  héroe,  dotado  de  una  resistencia 
física  que  supera  á  la  de  la  mayor 
parte  de  los  hijos  de  la  naturaleza, 
sería  doblemente  amable  y  poderoso, 
si  adquiriera  esa  fuerza  moral  que  do- 
mina las  pasiones,  y  encadena  la  car- 
ne al  espíritu. 

La  oportunidad  nos  parece  propicia 
para  llevar  á  cabo  un  empeño  tan 
generoso. 

El  perseguido,  en  vez  de  buscar 
asilo  en  las  tolderías,  hoy  puede  encon- 
trarlo en  las  ciudades,  en  las  colonias, 
en  las  tareas  agríenlas  que  han  venido 
á  modificar  las  condiciones  sociales  de 
los  campos  dominados  por  el  pastoreo, 
que  convertía  á  los  gauchos  en  bedui- 
nos, y  a  los  beduinos  en  siervos,  que 
ignoraban  que  existieran  hombres  bue- 
nos y  compatriotas  justos. 

El  señor  Hernández,  que  ha  tenido 
el  poder  de  hacernos  derramar  lágri- 
mas con  la  descripción  de  la  tapera 
del  rancho  de  Martin  Fierro;  que  ha 
sabido  tocarnos  la  fibra  mas  delicada 
del  sentimiento  con  aquella  tierna  des- 
pedida del  vagabundo  á  las  últimas  po- 
blaciones cristianas,  está  llamado  á 
combatir  con  éxito  las  preocupaciones 
del  gaucho  contra  sus  paisanos  de  las 
ciudades,  contra  sus  prójimos,  blancos, 
negros,  nacionales  ó  extranjeros,  aho- 
gando en  su  corazón  el  odio  con  las 
semillas  del  amor. 

Mientras  que  el  campesino  errante» 


XVIII 


JUICIOS    CRÍTICOS 


perseguido  por  sus  delitos,  asilado 
entre  los  indios,  arrojado  de  las  tol- 
derías por  otra  ola  de  sangre,  no  ma- 
nifieste al  regresar  á  su  pago,  como 
Martin  Fierro,  el  arrepentimiento  fe- 
cundo del  hombre  religioso,  no  debe 
dar  por  terminada  su  labor  el  poeta 
á  cuyos  cantos  consagramos  estas  lí- 
neas, hijas  de  la  admiración  é  inspi- 
radas por  el  deseo  de  verlo  á  la  ca- 
beza de  una  cruzada  regeneradora. 

ti*  América  del  Sur»   Marzo  9  de  1879. 


El  Gaucho  Martin  Fierro,  es  tam- 
bién una  lección,  es  decir,  lo  que  debe 
«er  la  poesía:  una  moral  además  de  un 
Wte,  so  pena  de  ser  inútil,  ó  peor  aún, 
perversora.  Ese  poema  es  un  pequeño 
curso  de  moral  administrativa  para  el 
oso  de  los  comandantes  militares,  co- 
misarios pagadores,  y  cuantos  tienen 
que  hacer  con  el  pobre  gaucho.  Allí 
están  fotografiados,  estigmatizados  to- 
dos los  malos  patriotas,  en  imágenes 
verosímiles  y  verdaderas.  Poner  en  la 
picota  á  los  malvados,  es  tanto  mas 
meritorio,  cuanto  de  mas  alto  se  les 
baja  para  hacer  en  ellos  la  justicia 
popular. 

Muchas  leyes  y  disposiciones  hay 
tendentes  á  mejorar  la  suerte  del  pai- 
sano de  nuestraj  campaña,  pero  dudo 
que  ninguna  sea  mas  eficaz  que  esos 
cuadros  en  que  el  abuso  no  dá  contra 
mna  ley  muerta  sino  contra  una  cari- 
catura viva;  porque  como  se  ha  dicho 
bien,  «el  ridíoulo  es  lo  único  que  te- 
men los  que  ya  no  tienen  pudor  ni 
remordimientos.»  Y  en  este  concepto 
estamos  muy  distantes  de  dar  al  autor 
de  Martin  Fierro  el  consejo  que  el  ar- 
ticulista de  la  Tribuna  de  Montevideo. 
«A  Montero  cuando  concluyó  su  cua- 
dro Los  Funerales  de  AtahuaJpa  le  di- 
jeron en  Florencia  y  por  labios  muy 
autorizados,  que  no  pintara  mas.  No- 
sotros sin  ser  mas  que  admiradores, 
diríamos  á  Hernández,  que  se  perpe- 
túe solo  con  Martin  Fierro. 

Nosotros  le  diríamos  por  el  contra- 
rio, que  á  imitación  de  Mr.  Laserre, 
aunque  su  Martin  Fierro  fuese  obliga- 
do á  borrar  su  nombre  como  El  Diablo 


Rosado  de  aquel,  sigua  su  ejemplo  pu- 
blicando El  Hijo,  El  Nieto  y  el  Biznieto 
de  este  Diablo  Rosado  destinado  á  ha- 
cer que  no  roben  al  paisano,  que  no 
lo  traten  como  á  bestia  de  carga,  que 
respeten  en  él  al  ciudadano  y  al  her- 
mano ya  que  no  al  hombre  de  corazón 
y  al  valiente. 

Esa  es  la  gran  misión  de  la  poesía: 
la  mejora  moral.  Y  por  fijarnos  solo  en 
el  género  de  la  poesía  de  «Martin  Fie- 
rro», esa  fué  la  regla  de  su  fundador, 
que  no  lo  es  Ascasubi,  como  preten- 
de el  articulista  de  La  Tribuna  de 
Montevideo,  sino  Hidalgo,  según  pue- 
de verse  por  sus  bellos  versos  en  la 
Lira  Argentina  impresa  en  Londres  en 
1824,  si  bien  Ascasubi  y  Estanislao  del 
Campo  han  cultivado  con  ventaja  al 
género,  lo  mismo  que  hoy  Hernández. 

Si,  siga  haciendo  cuadros  como  éste, 
que  son  la  pura  verdad  en  boca  de 
Martin  Fierro: 

Y  andábamos  de  mugrientos, 
Que  el  mirarnos  daba  horror; 
Les  juro  que  era  un  dolor 
Ver  esos  nombres,  ipor  Cristo) 
En  mi  perra  vida  he  visto 
Una  miseria  mayor. 

Yo  no  tenia  ni  camisa 
Ni  cosa  que  se  parezca; 
Mis  trapos  solo  pa  yesca 

Me  podían  servir  al  fin 

No  hay  plaga  como  un  fortín 
Para  que  el  hombre  padezca. 

Poncho,  jergas,  el  apero, 
Las  prenditas,  los  botones, 
Todo,  amigo,  en  los  cantone» 
Fué  quedando  poco  á  poco; 
Ya  me  tenían  medio  loco 
La  pobreza  y  los  ratones. 

Solo  una  manta  peluda 
Era  cuanto  me  quedaba — 
La  habia  agenciao  á  la  taba 

Y  ella  me  tapaba  el  bulto — 
Yaguané  que  allí  ganaba 
No  salía ni  con  indulta 

Y  pa  mejor  hasta  el  moro 

Se  me  jué  de  entre  las  manos—* 

No  soy  lerdo pero  hermano, 

Vino  el  Comendante  un  dia 

Diciendo  que  lo  queria 

«Pa  enseñarle  á  comer  grano.» 


¿Quién  es  el  gancho?  He  aquí  su  re- 
trato, por  el  que  cualquiera  lo  reco- 
noce al  momento:  he  aauí  e!  formada» 


SOBRE    MARTIN    FIERRO 


XIX 


bis  oargo  contra  loa  que  han  podido 
y  debido  tratar  á  los  hijos  del  país  al 
menos  como  á  los  inmigrantes. 

«Él  nada  gana  en  la  paz 

Y  es  el  primero  en  la  guerra- 
No  le  perdonan  si  yerra, 

Que  no  saben  perdonar,— 
Porque  el  gaucho  en  esta  tierra 
Solo  sirve  pa  votar. 

Para  él  son  los  calabozos, 
Para  él  las  duras  prisiones, 
En  su  boca  no  hay  razones 
Aunque  la  razón  ie  sobre; 
Que  son  campanas  de  palo 
Las  razones  de  los  pobres. 

SI  uno  aguanta,  es  gaucho  bruto— 
SI  no  aguanta,  es  gaucho  malo — 
Déle  azote,  déle  palo! 
Porque  es  lo  que  él  necesitan — 
De  todo  el  que  nació  gaucho 
Esta  es  la  suerte  maldita. 

Complementan  el  cuadro  porción  de 
pinceladas  de  mano  maestra  sobre  la 
▼ida  y  los  sentimientos  del  gaucho; 
por  ejemplo,  entre  otras  muchas  para 
las  que  no  hay  ya  espacio  en  estas 
páginas: 

«Yo  no  tengo  en  el  amor 

§uien  me  venga  con  querellas; 
orno  esas  aves  tan  bellas 
9ue  saltan  de  rama  en  rama — 
o  hago  en  el  trébol  mi  cama. 

Y  me  cubren  las  estrellas. 


»•« 


Ninguno  me  hable  de  penas 
Porque  yo  penando  vivo 

Y  naides  se  muestre  altivo 
Aunque  en  el  estribo  i 
Que  suele  quedarse  á   pié 
El  gaucho  mas   álvertido. 

Ísnta  esperencia  en  la  vida 
lasta  pa  dar  y  prestar, 
Quien  la  tiene  queW 
Entre  sufrimiento  y  Tin 
Porque  nada  ensena  tanto 
Como  el  sufrir  y  el  llorar 

Viene  el  hombre  el    '  i  al  mundo 
Cnartiancn.  i  ,  ¡  .  sp<  -  uiza, 

Y  á  poco  andar  ya  lo  alcanzan 
Las  d  á  empujones; 
ijué  pucha!  que  trae  liciones 
El  tiempo  con  sus  mudanzas! 

En  resumen:  tal  vez  Aniceto  el  Gallo 

sienema.'  laucha;  Anastasio 

dio  mas  estética  para  nosotros  que 

•nteade:;  >(o;  pero 


Martin  Fierro  piensa  mas  como  el  gau- 
cho, y  los  gauchos  encontrarán  siempre 
que  si  se  ha  hecho  pueblero  y  á  veces 
su  fraseología  podría  dejar  que  desear 
algo,  su  corazón  y  su  espíritu  están  sa- 
turados indeleblemente  de  los  dolores  y 
de  las  injusticias  con  que  la  civilización 
por  no  ser  todavía  bastantemente  oris- 
tiana,  ha  perseguido  á  la  barbarie  por 
ser  demasiado  débil. 

«La  Biblioteca  Popular»  de  Buenos  Airea, 
dirijída  por  el  Dr.  Miguel  Navarro  Viola. 


MARTIN  FIERRO 

Jamás  obia  alguna  ha  alcanzado  en 
nues.tro  país  tanextraord¡  ;mla- 

ridad  y  no  menor  triunfo  que  el  que 
ha  aloanzado  este  poema  del  S.-  D. 
José  Hernández,  sn  autor. 

Los  diarios  de  Buenos  Aires,  nos 
hacen  saber  que  se  ha  publicado  la 
undécima  edición,  enriquecida  con  los 
variados  juicios  críticos  que  se  han  es- 
crito por  personas  competentes  sobre 
esta  obra,  edición  que  viene  ademas 
adornada  con  varias  láminas  y  con  el 
retrato  de  su  autor,  el  Sr.  Homar 

tampoco,  se  habrá  publicado 
urí  libro  que  á  la  vez  que  conquistaba 
tanta  popularidad,  consiguiese  desper- 
tar tanto  interés  y  simpatía,  al  extremo 
de  agotarse  completamento  la  décima 
edición  que  se  había  hecho  da  esa  obra, 
y  de  que  la  undécima  que  acaba  de 
hacerse  se  haya  solicitado  y  disputado 
con  interés  por   algunas   librerías   de 

esto  solo  lo  que  prueba 
la  gran  popularidad  é  interés  que  ha 
despertado  este  poema. 

« .Martin  Fierro»  ha  cruzado  el  Océa- 
no, con  su  inmensa  fama  y  populari- 
dad, y  alcanzado  otros  triunfos  en  Eu- 
ropa, en  donde  se  ha  publicado  en 
varios  periódicos  precedido  de  gran- 
des elogios. 

Allí,  como  aquí  también,  notables 
críticos  se  han  ocupado  de  este  poema 
en  que  el  autor  tan  bien  ha  sabido 
copiar  al  hombre  de  nuestra  campaña, 
oajttiiP'to  sus    dolares   y    desventura* 


iX 


JUICIOS    CRÍTICOS 


como  sus  alegrías  con  tanta  exactitud 

Ír  belleza,  que  es  imposible  dejar  de 
eerlo  mas  de  una  vez. 

No  es  pues  de  extrañar  que,  con  tal 
popularidad,  la  nueva  edición  que  aca- 
ba de  hacerse  por  la  libreria  <  La  Nue- 
va Maravilla»  de  Buenos  Aires,  alcan- 
ce también  el  mismo  resultado  que 
los  anteriores. 

A  lo  dicho  podríamos  agregar,  que 
«1  señor  Hernández,  tiene  ya  concluida 
la  segunda  parte  de  este  poema,  es 
decir  «La  vuelta  de  Martin  Fierro  del 
Desierto»  cuya  publicación  debe  ha- 
cer en  breve. 

A  qué  decir  el  interés  con  que  ha 
de  ser  leida  y  buscada  esta  segunda 
parte  de  «Martin  Fierro»? 

iLa  Capital»— Rosario,  Octubre  11   de  1878. 


Sr.  D.  José  Hernández. 

Estimado  Señor  y  amigo: 

He  leido  y  releído  con  placer  la 
original  y  preciosa  historia  de  Martin 
Fierro,  con  que  ha  tenido  la  bondad 
de  obsequiarme. 

Es  una  bellísima  obra,  y  lo  mejor 
que  he  visto  en  su  género. 

Su  lectura,  interesante  por  la  ver- 
dad de  los  cuadros,  por  la  sencillez  y 
naturalidad  de  la  narración,  por  la 
ternura  del  sentimiento,  por  la  propie- 
dad del  colorido,  nada  deja  que  desear 
al  lector  ilustrado,  ó  cuyo  gusto  no 
esté  pervertido  por  las  de  las  novelas 
inmorales  y  absurdas  de  que  está  pla- 
gada nuestra  sociedad. 

Martin  Fierro,  es  una  creación  ver- 
dadera, de  que  debe  enorgullecerse  la 
literatura  de  su  país,  y  que  acaso  no 
será  comprendida,  ni  estimada  en  lo 
que  vale,  porque  no  debe  su  existen- 
cia á  un  nombre  inglés,  francés  ó  yan- 
kee,  á  unos  de  esos  nombres  de  cele- 
bridad acaso  inmerecida,  pero  ruidosa, 
que  atestan  el  mundo  de  necedades,  y 
que  el  mundo  recoje  y  aplaude  como  si 
fueran  bellezas  reales. — Por  qué  esta 
fatalidad?  porque  nadie  se  croe  ilustra- 
do si  no  habla  de  lo  que  no  entiende,  si 
no  aplaude  lo  que  es  desatinado  y  ab- 


surdo, pero  que  tiene  el  raro  mérito 
de  haber  nacido  muy  lejos  del  país,  y 
de  autor  estrepitoso  y  extranjero. 

Los  yankees  nos  dieron  á  este  res- 
pecto un  ejemplo  digno  de  imitación, 
pero  que  por  ser  bueno  no  imitaremos. 

Tuvieron  un  escritor  nacional,  Fe- 
nimore  Copper,  que  con  sus  sencillas 
novelas  dio  impulso  á  su  naciente  li- 
teratura. Esas  novelas,  puramente  lo- 
cales, y  destituidas  de  la  intriga  del 
argumento  y  del  brillante  estilo  que 
caracteriza  á  las  francesas,  entre  nos- 
otros, hubiesen  muerto;  entre  los  yan- 
kees vivieron!! 

Los  yankees  tuvieron  el  buen  sen- 
tido de  comprender  su  mérito,  de  mi- 
rarlas como  parte  de  su  genio  y  de  su 
gloria,  de  honrarse  y  de  enorgullecer- 
se con  ellas,  y  elevándose  á  la  cate- 
goría de  bellas  obras,  las  esparcieron 
por  todos  los  países;  y  hoy,  Gsas  no- 
velas al  parecer  tan  simples  y  modes- 
tas ocupan  un  lugar  distinguido  en 
todas  las  bibliotecas  públicas  y  par- 
ticulares de  los  dos  continentes. 

¿Y  de  qué  trataban  esas  novelas? 
precisamente  de  lo  que  trata  Martin 
Fierro;  de  la  naturaleza,  de  la  vida,  del 
carácter  y  costumbres  de  un  pueblo 
nuevo — ¿Y  valen  mas  los  cuadros  de 
esa  naturaleza,  de  esa  vida,  de  esas 
costumbres  trazó  la  pluma  educada 
de  Fenimore  Copper,  en  prosa,  que 
lo  que  la  inculta  de  Martin  Fierro  tra- 
za con  tan  graciosos  y  sencillos  ver- 
sos? Nó!  ¿Porqué  entonces  esa  diferen- 
cia? Porque  Copper  nació  en  un  país 
donde  se  tiene  orgullo  en  ser  yankee, 
y  en  preferir  lo  propio  á  lo  ageno;  y 
Martin  Fierro  en  otro,  en  donde  se 
tiene  orgullo  en  ser  necio;  donde  casi 
es  vergüenza  haber  nacido  en  él,  y  en 
donde  se  desdeña  lo  de  casa  por  bue- 
no que  sea,  para  tomar  y  aplaudir  lo 
ageno  aunque  no  valga  nada. 

Este  triste  y  doloroso  paralelo  entre 
la  suerte  de  lo  nuestro  y  de  lo  ageno, 
me  indujo  á  leerlo  de  nuevo,  temiendo 
que  la  sorpresa  de  la  novedad  en  el 
primer  momento  hubiera  exajerado  mis 
apreciaciones,  pero  estas  se  robustecie- 
ron, y  me  dieron  por  resultado  las  si- 
guientes, que  someto  al  criterio  de 
cuantas  personas  sensatas  lo  vean. 


SOBRE    MARTIN    FIERRO 


XXI 


Martin  Fierro  no  solo  es  un  tipo  ca- 
racterístico de  la  población  semi-nó- 
made  de  la  República  Argentina,  ó  sea 
de  la  basa  de  su  nacionalidad,  puesto 
que  es  la  mas  numerosa,  que  con  ella 
se  obtuvo  su  independencia,  con  ella 
as  cuenta  para  mantenerla,  y  con  ella 
■•  guardan  las  fronteras  contra  los  in- 
dios, motivo  mas  que  suficiente  para 
que  tuviera  las  simpatías  de  todas  las 
gentes  ilustradas;  sino  que  es  también 
otra  cosa  mas  elevada — Para  el  vulgo, 

{>ara  los  que  no  comprenden  lo  que 
een — y  entre  estos  hay  mucha  gente 
de  pro — solo  es  una  historia  gauches- 
ca, buena  euando  mas  para  ser  canta- 
da en  las  pulperías  y  fogones  de  cam- 
paña, pero  indigna  de  ocupar  por  un 
momento  los  ocios  de  las  altas  y  serias 
inteligencias,  que  con  su  vanidad  y  su 
ignorancia  honran  y  dirijen  el  país. 
Para  estas  gentes,  que  con  decir: — 
«los  gauchos  no  inventaron  el  vapor, 
ni  el  telégrafo  (cosas  que  tampoco  in- 
ventaron ellos),  los  gauchos  se  van»  — 
creen  haberlo  dicho  todo,  Martin  Fie- 
rro no  tiene  ni  puede  tener  importan- 
ña,  pero  para  los  que  saben  leer,  para 
toe  que  comprenden  lo  que  leen,  la 
tiene  y  grande. 

Para  estos  es,  primero  y  antes  que 
todo  un  gran  pensamiento  humanitario, 
una  lección  ae  Gobierno  administra- 
tivo, que  todo  hombre  verdaderamen- 
te serio  é  ilustrado,  debe  tomar, 

Martin  Fierro  pertenece  á  esa  clase 
desventurada  que  en  la  República  Ar- 
gentina ha  sustituido  á  la  negra,  ex- 
tinguida ya,  en  los  trabajos  y  sacrifi- 
cios de  sangre  y  de  vida,  en  beneficio 
exclusivo  de  las  mas  elevadas  ó  mas 
ambiciosas  de  la  sociedad. 

Guando  hubo  que  pelear  por  la  inde- 
pendencia nacional,  ella  lo  hizo,  y  con 
su  sangre  la  conquistó!  Ya  obtenida, 
vinieron  las  guerras  extrajeras  y  volvió 
á  derramarla  mientras  duraron.  Termi- 
nadas éstas,  y  mientras  otras  no  vienen, 
a»  el  guardián  exclusivo  de  las  fronte- 
ras, donde  diariamente  se  halla  ábra- 
los oon  el  hambre,  la  miseria  y  los 
indios;  guardando  las  fortunas  de  los 
grandes  hacendados,  y  la  riqueza  pú- 
blica, y  este  es  el  mas  penoso  y  te- 
rrible de  los  tributos  que  paga  a  una 


organización  social,  por  la  cual  se  sa- 
crifica, y  de  la  que  no  recibe  por  re- 
compensa, mas  que  tropelías,  insultos 
y  desprecios. 

¿Hay  que  reforzar  la  guarnición  de 
la  frontera?  Se  hace  una  arreada  de 
estos  desgraciados,  ni  mas  ni  menos 
que  como  en  otro  tiempo  se  hacían 
las  correrías  de  las  yeguadas  y  gana- 
dos baguales.  Se  les  acechan  como  á 
bestias,  en  las  reuniones,  en  las  carre- 
ras, en  los  bailes,  y  se  cae  repentina» 
mente  sobre  ellos.  Los  mas  diestros  ó 
previsores,  escapan;  pero  el  mayor  nú- 
mero queda,  y  sin  atender  á  súplicas, 
ni  á  miramientos  de  razón  ó  de  jus- 
ticia, los  arrancan  á  los  brazos  de  sus 
mujeres,  de  sus  hijos,  á  sus  pocos  bie- 
nes que  quedan  perdidos,  y  reunión- 
dolos  á  otros  tomados  del  mismo  modo, 
los  llevan  á  las  fronteras. 

Es  preciosísima  la  descripción  que 
hace  de  la  cacería  en  que  lo  agarra- 
ron y  de  la  que  solo  daremos  come 
muestra,  la  1*,  2a  y  6*  estrofas: 

Cantando  estaba  una  vez 
En  una  gran  diversión; 

Y  aprovechó  la  ocasión 
Como  quizo  el  Juez  de  Paz.— 
Se  presentó,  y  ahí  no  mas 
Hizo  una  arriada  en  montón. 

Juyeron  los  mas  matreros 

Y  lograron  escapar— 
Yo  no  quise  disparar — 

Soy  manso— y  no  habia  por  qué— 
Muy  tranquilo  me  quedé 

Y  ansí  me  dejé  agarrar. 

Formaron  un  contingente 

Con  los  que  en  el  baile  arriaron — 

Con  otros  nos  mesturaron 

Que  habian  agarrao  también — 

Las  cosas  que  aqui  se  ven 

Ni  los  diablos  las  pensaron. 

¿Es  razonable,  es  digno  este  modo 
modo  de  proceder? 

¿Hay  equidad,  hay  justicia  en  hacer 
pesar  exclusivamentes  sobre  estos  des- 
venturados, un  servicio  que  debia  pesar 
igualmente  sobre  todos  los  ciudadanos 
ó  que  mejor  aun,  debia  ser  heeho  por 
tropas  de  línea? 

¿Hay  equidad,  hay  justicia,  en  tener- 
los indefinidamente  en  la  frontera,  don- 
de ouando  no  mueren,  ó  huyen,  se  en- 
vejecen, mientras   sus   familias  se  di- 


XXT1 


JUICIOS    CRÍTICOS 


suelven,  y  sus  pocos  bienes  se  pierden? 
hay  dignidad,  hay  justicia,  en  tenerlos 
sin  paga  y  hambrientos  en  desiertos  in- 
hospitalarios, donde  el  sol  los  abrasa, 
el  frió  los  hiela  y  el  indio  los  diezma? 
Pero,  ¿es  solo  esto  lo  que  sufre  el 
pobre  paisano?  Nó!  hay  algo  que  es  mu- 
cho peor,  y  es  el  trato  bárbaro,  inhu- 
mano que  reciben  de  su  gefes,  de  los 
axiales  son,  no  soldados,  sino  esclavos. 

Y  qué  Indios — ni  qué  servicio 
Si  allí  no  habia  cuartel- 
Nos  mandaba  el  Coronel 

A  trabajaren  su  chacras, 

Y  dejábamos  las  vacas 
Que  las  llevara  el  Infiel. 

Yo  primero  sembré  trigo 

Y  después  hice  un  corral, 
Corté  adobe  pa  un  tapial 
Hice  un  quincho,  corté  paja— 
La  pucha  que  se  trabaja 

Sin  que  le  larguen  ni  un  rial. 

Y  es  ¡o  pior  ae  aquel  enneao 
Que  si  uno  anda  hinchando  el  ¡orno 
Se  le  apean  como  plomo... 

iQuíen  aguanta  aque!  infierno! 


Pero  aun  hay  mas,  y  es  quej  ocu- 
pándolos en  estos  trabajos,  ni  los  ar- 
man, ni  los  instruyen,  ni  los  disciplinan, 
de  modo  que  cuando  los  bárbaros  lle- 
gan, se  encuentran  tan  nulos  y  tan 
incapaces  de  medirse  con  ellos,  como 
lo  estaban  al  dejar  sus  familias,  lo  cual 
explica,  esas  continuas  y  sangrientas 
derrotas. 

¿Es  digno  de  un  pueblo  culto,  es 
honroso  para  un  gobierno  que  se  dice 
ilustrado,  que  esto  suceda? 

Y  no  hay  que  decir  que  el  pueblo  y 
el  Gobierno  lo  ignoran,  pues  hasta  loa 
ciegos  y  sordos  lo  saben.  ¿Por  qué 
Bucede,  pues?  porque  el  pueblo  culto  su- 
mergido en  la  molicie  y  los  goces,  mira 
con  apatia,  con  culpable  indiferencia 
las  lagrimas  y  los  sufrimientos  que 
corren  y  se  padecen  en  lo  que  llaman 
fango  de  la  sociedad;  y  á  los  que  go- 
biernan, les  es  corto  el  tiempo  para 
las  exigencias  de  la  fortuna  y  de  la 
vanidad.  ¡Los  Presidentes,  los  Minis- 
tros, ocuparse  de  los  dolores,  de  los 
infortunios  de  tales  gentes!  seria  as- 
queroso; indigno  de  su  carácter  y  de 
«u  ilustración! 


Martin  Fierro  al  contar  sus  desdi- 
chas, las  tropelías  é  injusticias  de  que. 
es  viotima,  y  que  lo  arrojan  á  la  va- 
gancia y  al  crimen,  cuenta  las  de  to- 
da su  raza,  y  las  cuenta  de  un  modo 
que  las  hace  ver  y  palpar. 

Tuve  en  mi  pago  en  un  tiempo 
Hijos,  hacienda  y  mujer, 
Pero  empecé  á  padecer 
Me  echaron  á  la  frontera, 
lY  que  iba  á  hallar  al  volver? 
Tan  solo  hallé  la  tapera. 


Aparcero!  si  usté  viera 
Lo  que  se  llama  cantón. .... 
Ni  envidia  tengo  al  ratón 
En  aquella  ratonera — 

De  los  pobres  que  allí  habla 
A  ninguno  lo  largaron. 
Los  mas  viejos  resongaron 
Pero  á  uno  que  se  quejó, 
En  seguida'lo  estaquisroo 
Y  ía  cosa  se  acabó. 

En  la  lista  de  la  tarde 
El  Gefe  nos  cantó  el  punto, 
Diciendo:  «quinientos  juntos 
«Llevará  el  que  se  resierte, 
«Lo  haremos  pitar  del  juerte 
«Mas  bien  dése  por  dijunto». 


Y  qué  Indios— ni  qué  servicio, 
Alli  no  habia  ni  Cuartel- 
Nos  mandaba  el  Coronel 

A  trabajar  en  sus  chacras 

Y  dejábamos  las  vacas 
Que  las  llevara  el  Infiel. 

Vo  primero  sembré  trigo 

Y  después  hice  un  corral. 
Corté  adobe  pa  un  tapial, 
Hice  un  quincho,  corté  paja..-. 
La  pucha  que  se  trabaja 

Sin  que  le  larguen  ni  un  rial. 

Y  es  lo  pior  de  aquel  enriedo 

Que  si  uno  anda  hinchando  el  tome 
Se  le  apean  como  un  plomo..— 
iQuien  aguanta  aquel  infierno! 


Y  andábamos  de  mugrientos 
Que  el  mirarnos  daba  horror; 
Les  juro  que  era  un  dolor 
Ver  esos  nombres,  por  Cristal 
En  mi  perra  vida  he  visto 
Una  miseria  mayor. 

Yo  no  tenia  camisa 

Ni  cosa  que  se  parezca; 

Mis  tramos  solo  oa  vezca 


«OBRE   MARTIN    FIERRO 


XXIII 


Me  podían  servir  al  fin..... 
No  hay  plaga  como  un  fortín 
Para  que  el  hombre  padezca. 

Poncho,   jergas,  el  apero, 
Las  prenditas,  los  botones, 
Todo,  amigo,  en  los  cantones 

{ué  quedando  poco  a  poco, 
'a  me  tenían  medio  loco 
La  pobreza  y  los  ratones. 

Solo  una  manta  peluda 
Era  cuanto  me  quedaba, 
La  había  agenciao  a  la  taba 

Y  ella  me  tapaba  el  bulto — 
Yaguané  que  alli  ganaba 
No  salia ni  con  indulto. 

Y  pa  mejor  hasta  el  moro 

Se  me  jué  de  entre  las  manos- 
No  soy  lerdo pero  hermano 

Vino  el  comendante  un  dia 

Diciendo  que  lo  quería 

«Pa  enseñarle  á  comer  grano». 

Afigúrese  cualquiera 
La  suerte  de  este  sn  amigo, 
A  pié  y  mostrando  el  umbligo, 
Estropiao,  pobre  y  desnudo, 
Ni  por  castigo  se  pudo 
Hacerse  mas  mal  conmigo. 

Ansí  pasaron  los  meses 

Y  vino  el  año  siguiente, 

Y  las  cosas  igualmente 
Siguieron  del  mesmo  modo- 


Entre  cuatro  bayonetas 
Me  tendieron  en  el  suelo- 
Vino  el  mayor  medio  en  pedo 
Y  allí  se  puso  á  gritar, 
«Picaro,  te  he  de  enseñar 
«A  andar  reclamando  sueldos». 

De  las  manos  y  las  patas 
Me  ataron  cuatro  cinchones— 
Les  aguanté  los  tirones 
Sin  que  ni  un  ay!  se  me  oyera. 


Martin  Fierro  nos  cuenta  en  estos  ver- 
sos con  nn  candor,  con  nna  verdad  ad- 
mirables, «1  origen  y  desarrollo  desús 
desdichas,  la  causa  primera  y  única  de 
su  vagancia  y  sus  delitos. 

Tenia  rancho,  hacienda,  mujer,  hijos, 
y  era  feliz. — La  autoridad  lo  arranca  de 
sn  hogar,  lo  arrebata  á  sus  afecciones, 
lo  lleva  á  la  frontera,  al  desierto,  al  frió, 
*  los  tormentos,  á  los  peligros,  para  que 
oon  su  valor  y  su  sangre  defienda  la 
•ociidad,  siempre  agredida,  ó  amena- 
zada por  los  indios. 


Lo  llevan  prometiéndole  alimentos, 
ropa,  paga,  y  libertad  á  los  seis  meses 
de  servicio. — En  vez  de  alimento,  en- 
cuentra hambre;  en  vez  de  ropa  desnu- 
dez y  frío;  en  vez  de  paga,  palos  y  esta- 
queadas; y  en  vez  de  seis  meses,  se  pasan 
mas  de  seis  años  sin  que  se  piense  de- 
volverlo á  su  familia. 

Desesperado  oon  su  esclavitud  y  su 
miseria,  huye  de  una  tiranía  insoporta- 
ble, de  un  servicio  que  habia  ultrapasa- 
do los  limites  del  deber  y  de  la  justicia, 
y  vuela  á  su  rancho,  á  los  brazos  de  su 
mujer  y  de  sus  hijos.  Parte  el  corazón 
el  relato  de  lo  que  encuentra. 

Volvía  al  cabo  de  tres  años 
De  tanto  sufrir  al  ñudo, 
Resertor,  pobre  y  desnudo — 
A  procurar  suerte  nueva— 
Y  lo  mesmo  que  el  peludo 
Enderecé  pa  mi  cueva 

No  hallé  ni  rastro  del  rancho- 
Solo  estaba  la  tapera! 
Por  Cristo,  si  aquello  era 
Pa  enlutar  el  corazón  — 
Yo  juré  en  esa  ocasión 
Ser  mas  malo  que  una  fieral 

(Quién  no  sentirá  lo  mesmo 
Cuando  ansi  padece  tanto! 
Puedo  asigurar  que  el  llanto 
Como  una  mujer  largué— 
Ay!  mi  Dios— si  me  quedé 
Mas  triste  que  Jueves  Santo. 

Solo  se  oiban  los  aullidos 
De  un  gato  que  se  salvó. 
El  pobre  se  guareció 
Cerca,  en  una  viscachera- 
Venía  como  si  supiera 
Que  estaba  de  güelta  yo. 

Al  dirme  dejé  la  hacienda 
Que  era  todito  mi  haber — 
Pronto  debíamos  volver 
n  el  juez  prometía, 
Y  .  ista  entonces  cuidaría 
D^  los  bienes,  la  mujer. 


Después  me  contó  un  vecino 
Que  el  campo  se  lo  pidieron— 
La  hacienda  se  la  vendieron 
En  pago  de  arrendamientos, 
Y  qué  sé  yo,  cuantos  cuentos, 
Pero  todo  lo  fundieron. 

Los  pobrecitos  muchachos 
Entre  tantas  afliciones 
Se  conchavaron  de  piones 
¡Mas  qué  iban  a  trabajar, 
Si  eran  como  los  pichones 
Sin  acabar  de  emplumarl 


XXIV 


JUICIOS    CRÍTICOS 


Por  ahí  andarán  sufriendo 
De  nuestra  suerte  el  rigor: 
Me  han  contado  que  el  mayor 
Nunca  dejaba  á  su  hermano — 
Puede  ser  que  algún  cristiano  • 

Los  recoja  por  favor. 

Y  la  pobre  mi  mujer 
Dios  sabe  cuanto  sufrió! 
Me  dicen  que  se  voló 
Con  no  sé  qué  gavilán— 
Sin  duda  á  buscar  el  pan 
Que  no  podia  darle  yo. 

No  es  raro  que  á  uno  le  falte 
Lo  que  á  algún  otro  le  sobre — 
Si  no  le  quedó  ni  un  robre 
Sino  de  hijos  un  enjambre, 
Qué  mas  iba  a  hacer  la  pobre 
Para  no  morirse  de  hambre! 

¡Tal  vez  no  te  vuelva  a  ver, 
Prenda  de  mi  corazón! 
Dios  te  dé  su  protecion 
Ya  que  no  me  la  dio  a  mi  — 

Y  á  mis  hijos  dende  aqui 
Les  echo  mi  bendición. 

Como  hijitos  de  la  cuna 
Andarán  por  ahi  sin  madre— 
Ya  se  quedaron  sin  padre 

Y  ansi  la  suerte  los  deja, 
Sin  naides  que  los  proteja 

Y  sin  perro  que  les  ladre. 

Los  pobrecitos  tal  vez 
No  tengan  ande  abrigarse, 
Ni  ramada  ande  ganarse, 
Ni  rincón  ande  meterse, 
Ni  camisa  qué  ponerse, 
Ni  poncho  con  qué  taparse. 

Tal  vez  los  verán  sufrir 
Sin  tenerles  compasión — 
Puede  que  alguna  ocasión 
Aunque  los  Vean  tiritando, 
Los  echen  de  algún  jogon 
Pa  que  no  estén  estorbando. 

Estos  versos  tan  naturales,  tan  sen- 
tidos, que  parecen  escritos  con  lágri- 
mas; estas  quejas  tan  tiernas,  tan  pa- 
téticas, y  que  harían  llorar  a^las  pie- 
dras, si  las  tuvieran:  ¿no  dicen  nada  al 
oorazon  ni  á  la  inteligencia  de  las  gen- 
tes que  se  llaman  ilustradas,  de  los  hom- 
bres que  gobiernan  y  hacen  las  leyes? 
¿No  conmoverán  a  los  que  tienen  el 
poder  y  el  deber  de  poner  término  a 
tales  atrocidades,  á  tales  sufrimientos? 
Probablemente  nó,  porque  Martin  Fie- 
rro es  un  bárbaro,  un  gaucho  que  se  vá. 

— ¿Qué  importa  entonces  que  haya 
naoiao  en  el  pais,  que  haya  derramado 
su  sangre  defendiéndolo  contra  los  ex- 
tranjeros ó  los  indios,  que  la  haya  de- 


rramado en  las  contiendas  civiles  en 
defensa  de  su  gobierno,  de  libertades  y 
leyes,  de  quo  gozarán  otros,  pero  de 
que  él,  jamás  gozará?  ¿quién  es  él  [¡ara 
interrumpir  con  sus  pena-  los  placeres 
y  el  sociego  de  un  hombre  ilustrado, 
de  un  hombre  del  poder?  ¿qué  importa 
su  llanto  sus  desgracias,  si  la  sociedad, 
si  los  gobiernos  están  á  demasiada  al- 
tura para  fijarse  en  los  dolores,  en  los 
infortunios  que  yacen  a  sus  pies? 

Martin  Fierro  busca  á  su  mujer,  á 
sus  hijos  y  no  los  encuentra.  Duran- 
te su  ausencia,  la  hacienda  que  habia 
dejado  fué  disipada  por  los  acreedores 
y  la  autoridad;  la  mujer  y  los  hijos, 
desnudos  y  hambrientos,  se  dispersa- 
ron, y  el  lugar  donde  tres  años  antes 
existia  una  familia  feliz,  solo  tiene  por 
recuerdos  una  tapera  arruinada  y  loa 
maullidos  de  un  gato! 

¡Cuánto  sentimiento,  cuánto  color, 
cuánta  poesía! 

Pero  la  medida  de  sus  infortunio» 
no  estaba  aún  colmada;  era  desertor, 
se  vé  perseguido  como  vago  y  tiene 
que  huir.  

De  carta  de  mas  me  via 
Sin  saber  á  donde  dirme; 
Mas  dijeron  que  era  vago 

Y  entraron  á  perseguirme. 

Nunca  se  achican  los  males, 
Van  poco  á  poco  creciendo, 

Y  ansina  me  Vide  pronto 
Obligado  á  andar  juyendo. 

Sin  familia,  sin  bienes,  sin  hogar,  y 
perseguido  como  vago,  halla  refugio 
en  la  pulpería  y  el  pajonal;  se  hace 
nómade  y  camorrista,  frecuenta  las  mi- 
longas, y  pelea  y  mata,  porque  destrui- 
dos los  lazos  que  lo  unían  á  la  sociedad, 
su  miseria,  la  persecución  que  se  le 
hace,  y  el  continuo  peligro  en  que  se 
encuentra,  han  borrado  de  su  mente 
toda  idea  de  sociabilidad,  y  despertado 
en  él  los  instintos  del  desierto,  la  so- 
ledad, la  independencia  y  el  desprecio 
de  la  vida  propia,  como  de  la  agena. 

Tales  son  las  consecuencias  que  un 
detestable  sistema  de  Gobierno  y  do 
administración  produce  en  las  provin- 
cias argentinas  del  Oeste  del  Plata,  y 
por  eso  dijimos,  que  Martin  Fierro 
era  antes  que  todo  «una  lección  mo— 


SOBRE   MARTIN    FIERRO 


XXV 


ral  de  Gobierno  administrativo.» — Pón- 
gase termino  á  ese  insufrible  desorden, 
oámbiese  ese  cruel  y  vergonzoso  siste- 
ma, y  centenares  de  infelices  dejaran  de 
ir  á  engrosar  las  hordas  salvajes  lle- 
vándoles el  contingente  de  su  valor  y 
desesperación. 

Pero  ¿Martin  Fierro  es  solo  un  pen- 
samiento humanitario,  una- lección  mo- 
ral de  Gobierno  administrativo,  bella- 
mente dada  bajo  las  quejas  del  dolor, 
bajo  los  acentos  del  infortunio?  No! 
Martin  Fierro  es  también  la  personifi- 
cación de  su  raza,  la  mas  perfecta  que 
hasta  ahora  se  ha  conocido,  y  que  pro- 
bablemente no  tendrá  superior,  y  en 
este  concepto  es  un  monumento  típico 
que  honra  la  literatura  argentina. 
i  Martin  Fierro  no  es  un  gaucho  sa- 
bio, un  gaucho  apócrifo,  de  esos  que 
nos  marean  con  sus  gracejos  vulgares 
y  con  la  crítica  que  hacen  de  una  so- 
ciedad que  no  conocen — Martin  Fierro 
as  un  gaucho  legítimo,  que  solo  ha- 
bía, pero  bien,  de  lo  que  entiende,  y 
fOe  contándonos  su  historia,  nos  hace 
f»r  y  comprender  esos  hombres  tan 
numerosos,  tan  esparcidos  en  la  base 
da  la  sociedad  argentina,  de  quienes 
todo  el  mundo  habla,  pero  que  muy 
pocos  conocen. 

Hijo  legítimo  de  las  llanuras,  nacido 
sobre  el  caballo,  criado  al  aire  libre, 
tiene  en  alto  grado  todas  las  calidades 
y  todos  los  instintos  del  hombre  de  la 
naturaleza;  'es  jinete,  pastor,  soldado, 
posta  y  nómade;  asi  sus  cuadros  son 
animados  y  tienen  el  colorido  y  la  ex- 
presión de  la  verdad. 

Jinete,  recuerda  con  fnego  y  con 
hilo  las  escenas  del  domador. 

Y  allí  el  gaucho  inteligente 
En  cuanto  el  potro  enriendó, 
Los  cueros  le  acomodó 

Y  be  le  sentó  enseguida. 

Que  el  hombre  muestra  en  la  Vida 
La  astucia  que  Dios  le  dio. 

Y  en  las  playas  corcobiando 
Pedazos  se  hacía  el  sotreta 
Mientras  él  por  las  paletas 
Le  jugaba  las  lloronas, 

Y  al  ruido  de  las  caronas 
Salía  haciendo  gambetas. 

Ahí  tiempos!...  si  era  un  orgullo 
Ver  ginetear  un  paisano— 
Cuando  era  gaucho  baquiano 


Aunque  el  potro  se  boliase 
No  habia  uno  que  no  parase 
Con  el  cabresto  en  la  mano. 

Pastor,  pinta  con  igual  animación 
la  vida  á  la  vez  sosegada  y  activa  de 
la  estancia,  sus  trabajos  y  sus   goces. 

Y  apenas  la  madrugada 
Empezaba  á  colorar, 
Los  pájaros  á  cantar, 

Y  las  gallinas  á  apiarse, 
Era  cosa  de  largarse 
Cada  cual  á  trabajar. 

Este  se  ata  las  espuelas, 
■        Se  sale  el  otro  cantando, 

Uno  busca  un  pellón  blando, 
Este  un  lazo,  otro  un  rebenque, 

Y  los  pingos  relinchando 

Los  llaman  dende  el  palenque. 


Y  mientras  domaban  unos; 
Otros  al  campo  salían, 

Y  la  hacienda  recogían, 
Las  manadas  repuntaban, 

Y  ansí  sin  -sentir  pasaban, 
Entretenidos  el  día. 

Y  verlos  al  cair  la  noche 
En  la  cocina  riunidos, 
Con  el  juego  bien  prendido 

Y  mil  cosas  qué  contar, 
Platicar  muy  divertidos 
Hasta  después  de  cenar. 

Y  con  el  buche  bien  lleno 
Era  cosa  superior 

Irse  en  brazos  del  amor 
A  dormir  como  la  gente; 
Pa  empezar  al  dia  siguienfa 
Las  fainas  del  dia  anterior. 

Ricuerdo:  ¡Qué  maravillan 
Como  andaba  la  gauchada 
Siempre  alegre  y  bien  montad* 

Y  dispuesta  pa  el  trabajo...- 

Pero  hoy  en  el  día barajo! 

No  se  le  vé  de  aporriada. 

El  gaucho  mas  infeliz 
Tenia  tropilla  de  un  pelo, 
No  le  faltaba  un  consuelo 

Y  andaba  la  gente  lista 

Tendiendo  al  campo  la  vista. 
Solo  via  hacienda  y  cielo. 

Cuando  llegaban  las  yerras, 
¡Cosa  que  daba  calor! 
Tanto  gaucho  pialador 

Y  tironiador  sin  yel— 

Ah!  tiempo!  pero  si  en  él, 

Se  ha  visto  tanto  primor. 

Aquello  no  era  trabajo, 
Mas  bien  era  una  junción, 

Y  después  de  un  güen  tirón 


ÜV1 


JUICIOS    UJUTICOS 


En  que  uno  se  daba  mana, 
Pa  darle  un  trago  de  caña 
Solía  ¡¡amarlo  el  patrón. 

Soldado,  describe  al  natural  los  ata-   , 
lúes  y  entreveros  con  los  indios,  con 
ana  verdad  y  colorido  sin  rival. 

Se  Vinieron  en  tropel 
Haciendo  temblar  la  tierra 
No  soy  manco  pa  la  guerra 
Pero  tuve  mi  jabón, 
Pues  iba  en  un  redomón 
Que  habia  boliao  en  la  sierra. 

Qué  vocerío!  qué  barullo! 

Qué  apurar  esa  carrera!  » 

La  indiada  todita  entera 

Dando  alaridos  cargó— 

Jué  pucha y  ya  nos  sacó 

Como  yeguada  matrera. 

Qué  fletes  traiban  los  bárbaros! 
Como  una  luz  de  lijeros— 
Hicieron  el  entrevero 

Y  en  aquella  mescolanza, 
Este  quiero,  este  no  quiero. 
Nos  escojian  con  la  lanza. 

Al  que  le  dan  un  chuzazo, 
Dificultoso  es  que  sane, 
En  fin,  para  no  echar  panes. 
Salimos  por  esas  lomas, 
Lo  mesmo  que  las  palomas, 
Al  juir  de  los  gavilanes. 

Es  de  almirar  la  destreza 
Con  que  la  lanza  manejanl 
De  perseguir  nunca  dejan— 

Y  nos  traiban  apretaos, 
Si  queríamos  de  apuraos 
Salimos  por  las  orejas. 

Y  pa  mejor  de  la  fiesta 
En  ésta  aflicion  tan  ¿¡urna, 
Vino  un  Indio  echando  espuma, 

Y  con  la  lanza  en  la  mano 
Gritando  «Acabau  .cristiano 
Metau  el  lanza  hasta  e!  pluma.» 

Tendido  en  el  costillar 
Cimbrando  por  sobre  el  brazo 
Una  lanza  como  un  lazo 
Me  atropello  dando  gritos — 

Si  me  descuido el  maldito 

Me  levanta  de  un  lanzazo. 

Si  me  atribulo,  ó  me  encojo 
Siguro  que  no  me  escapo: 
Siempre  he  sido  medio  guapo 
Pero  en  aquella  ocasión, 
Me  hacia  buya  el  corazón 
Como  la  garganta  al  sapo. 

Dios  le  perdone  al  salvaje 
Las  ganas  que  me  tenia...» 
Desaté  las  tres  marías 
Y  lo  engatusé  á  cabriolas-*. 
Pucha»...  si  no  traigo  bolas 
Me  achura  el  Indio  ese  dia. 


Poeta  es  incorreoto  y  verboso,  pero 
claro,  verdadero  y  expresivo. — Su  nar- 
ración esmaltada  y  embellecida  por  las 
metáforas  ó  imájenes  que  emplea,  es 
unas  veces  indolente  y  perezosa,  anima- 
da y  rápida  otras;  pero  siempre  sen- 
cilla, siempre  verdadera,  siempre  me- 
lancólica. 

Su  vena,  abundante,  fácil  y  grata, 
es  inagotable;  como  él  mismo  lo  dice, — 
«las  coplas  le  brotan  como  agua  de 
manantial.» 

Aqui  me  pongo  á  cantar 
Al  compás  de  la  Vigüela. 
Que  el  hombre  que  lo  desvela 
Una  pena  estraordinaria, 
Como  la  ave  solitaria 
Con  el  cantar  se  consuela. 

Pido  á  los  Santos  del  Cielo 
Que  ayuden  mi  pensamiento, 
Les  pido  en  este  momento 
Que  voy  á  cantar  mí  historia 
Me  refresquen  la  memoria 

Y  aclaren  mi  entendimiento. 

Vengan  Santos  milagrosos, 
Vengan  todos  en  mi  ayuda, 
Que  la  lengua  se  me  anuda 

Y  se  me  turba  la  vista; 

Pido  á  mi  Dios  que  me  asista 
En  una  ocasión  tan  ruda. 


Cantando  me  he  de  morir, 
Cantando  me  han  de  enterrar, 

Y  cantando  he  de  llegar 
Al  pié  del  Eterno  Padre— 
Dende  el  vientre  de  mi  madre 
Vine  á  este  mundo  á  cantar. 

Que  no  se  trabe  mi  lengua 
Ni  me  falte  la  palabra— 
El  cantar  mi  gloria  labra 

Y  poniéndome  á  cantar, 
Cantando  me  han  de  encontrar 
Aunque  la  tierra  se  abra. 

Me  siento  en  el  plan  de  un  bajo 
A  cantar  un  argumento — 
Como  si  soplara  un  viento 
Hago  tiritar  los  pastos— 
Con  oros,  copas  y  bastos 
Juega  allí  mi  pensamiento. 

Yo  no  soy  cantor  letrao, 
Mas  si  me  pongo  á  cantar 
No  tengo  cuando  acabar 

Y  me  envejezco  cantando, 
Las  coplas  me  Van  brotando 
Como  agua  de  manantial» 


SOBRE  MARTIN  FIERRO 


xxvn 


Con  la  guitarra  en  !a  mano 
Ni  las  moscas  se  me  arriman, 
Naides  me  pone  el  pié  encima, 

Y  cuando  el  pecho  se  entona, 
Hago  gemir  á  la  prima 

Y  llorar  á  la  bordona. 


No  puede  darse  nada  más  acabado 
oomo  prueba  de  abundancia  y  de  fa- 
cilidad. 

Cuando  describe,  pinta,  y  sus  cua- 
dros son  vivos  y  animados  como  la 
naturaleza  misma. 

Yo  he  conocido  esta  tierra 
En  que  el  paisano  vivía 

Y  su  ranchito  tenia 

Y  sus  hijos  y  mujer..~. 
Era  una  delicia  el  ver 
Cómo  pasaba  sus  dias. 

Entonces....  cuando  el  lucero 
Brillaba  en  el  cielo  santo, 

Y  lo*  gallos  cor  su  canto 
Ños  decían  que  e)  día  llegaba, 
A  la  cocina  rumbiaba 

El  gaucho  que  era  un  encanto. 

Y  sentao  junto  al  jogon 

A  esperar  que  venga  el  día, 
Al  cimarrón  le  prendía 
Hasta  ponerse  rechoncho 
Mientras  su  china  dormía 
Tapadita  con  su  poncho. 


Venia  la  carne  con  cuero, 
La  sabrosa  carbonada. 
Mazamorra  bien  pisada 
Los  pasteles  y  el  güen  vino...- 
Pero  ha  querido  el  destino, 
Que  todo  aquello  acabara. 

No  me  faltaba  una  guasca 
Esa  ocasión  eché  el  resto: 
Bozal,  maniador  cabresto, 

Lazo,  bolas  y  manea 

¡El  que  hoy  tan  pobre  me  vea 
Talvez  no  crerá  todo  esto!! 

Todo  esto  es  bellísimo;  pensamiento, 
descripción,  versificación.  El  recuerdo 
del  tiempo  pasado,  la  madrugada,  la 
comilona,  y  el  candoso  recuerdo  de 
las  guascas  que  constituían  sus  rique- 
zas, son  preciosidades  que  enternecen, 
que  encantan  y  trasportan  al  leotorá 
la  estancia,  al  rancho,    á  la  yerra,    á 


todas  esas  escenas  sencillas  y  tocante» 
que  hac<?n  la  felicidad  del  paisano  y 
su  familia — felicidad  real  porque  está 
en  la  naturaleza  y  que  solo  Martin 
Fierro  ha  sabido  pintar  con  sus  ver- 
daderos colores. 

Por  lo  que  á  mí  hace,  puedo  decir 
que  no  he  visto  en  las  mejores  dee- 
cripoiones  de  Walter  Scott  y  de  Fe- 
nimore  Cooper,  nada  que  iguale  4  la 
sencillez,  naturalidad  y  belleza  de  ésta». 

Tiene  todavía  en  este  género,  y  en- 
tre un  cúmulo  de  bellezas  en  que  ea 
difícil  elegir,  un  cuadro  sin  rival,  en 
que  competen  la  grandeza  de  la  es- 
cena, con  la  grandeza  del  terror,  en 
que  todo  es  bello,  todo  es  tremendo; 
tremendo  el  espanto,  tremendo  el  pa- 
vor que  inspira.  Este  cuadro  ea  «1 
malón  del  Indio. 


Allí,  si,  se  ven  desgracias 

Y  lágrimas,  y  afliciones, 
Naide  le  pida  perdones 

Al  Indio— pues  donde  entra 
Roba  y  mata  cuanto  encuentra 

Y  quema  las  poblaciones. 

No  salvan  de  su  jtiror 
Ni  los  pobres  angelitos; 
Viejos,  mozos  y  chiquitos 
Los  mata  del  mesmo  modo — 
Que  el  Indio  lo  arregla  todo 
Con  la  lanza  y  con  los  gritos. 

Tiemblan  las  carnes  al  verlo 
Volando  al  viento  la  cerda- 
La  rienda  en  la  mano  izquierda 

Y  la  lanza  en  la  derecha- 
Ande  enderieza  abre  brecha 
Pues  no  hay  lanzazo  que  pierda. 


¿Y  qué  decir  de  la  última    estrofa? 

¿Quién  no  vé  con  espanto  ente  su» 
ojos  al  indio  feroz  y  bárbaro,  sedien- 
to de  sangre,  ávido  de  destrucción  y 
carnicería;  desnudo,  desmelenado  y 
terrible,  lanza  en  ristre  hiriendo  y 
matando  con  furor  cuanto  encueatra, 
viejos,  mujeres  y  niños? 

Tiemblan  las  carnes  al  verlo 
Volando  al  viento  la  cerda- 
La  rienda  en  la  mano  izquierda 
Y  la  lanza  en  la  derecha- 
Ande  enderieza  abre  brecha 
Pues  no  hay  lanzazo  que  pierda. 


2LXVJL11 


JUICIOS     CRÍTICOS 


Esto  es  soberbio,  magnífico,  y  hasta 
la  versificación  por  su  vigor,  su  rapi- 
iez,  y  su  pavorosa  eufonía,  es  grande  y 
ügna  de  la  pintura  que  traza.  En  nin- 
gún idioma  puede  hacerse  nada  mejor. 

El  sentimiento  que  en  todo  el  canto 
wbosa,  es  dulce  hasta  lo  tierno;  pene- 
trante hasta  el  dolor. 

De  este  último  hemos  dado  ya  una 
■uestra  al  describir  su  llegada  á  su 
rancho. 

Puedo  asigurar  que  el  llanto 
Como  una  mujer  largué 
Ay  mi  Dios!  si  me  quedé 
Mas  triste  que  Jueves  Santo. 

Hé  aquí  ahora  algunos  del  primero 
fle  ese  sentimiento  dulce,  .preñado  de 
tierna  melancolía  que  brota  del  alma, 
f  onyos  acentos  quejumbrosos  y  resig- 
■ados,  salen  lentos  y  pesarosos  como 
pulsaciones  de  un  corazón  dolorido. 

Y  atiendan  la  relación 

Que  hace  un  gaucho  perseguido, 
Que  padre  y  marido  ha  sido 
Empeñoso  ydeligente, 

Y  sin  embargo  la  gente 
Lo  tiene  por  un  bandido. 


sr. 


Íunte  esperiencia  en  la  vida 
lasta  para  dar  y  prestar, 
Quien  la  tiene  que  pasar 
Entre  sufrimiento  y  llanto; 
Porque  nada  enseña  tanto 
Como  el  sufrir  y  llorar. 


Tuve  en  mi  pago  en  un  tiempo 
Hijos,  hacienda  y  mujer, 
Pero  empecé  á  padecer, 
Me  echaron  á  la  frontera, 
¡Y  qué  iba  á  hallar  al  Volver! 
Tan  solo  hallé  la  tapera. 

Sosegao  Vivía  en  mi  rancho 
Como  el  pájaro  en  su  nido— 
Alli  mis  hijos  queridos 
Iban  creciendo  á  mi  lao...„ 
Solo  queda  al  degraciao 
Lamentar  el  bien  perdido. 


No  tiene  hijos,  ni  mujer, 
Ni  amigos  ni  protectores, 
Pues  todos  son  sus  señores 
Sin  que  ninguno  lo  ampare. 


Su  casa  es  el  pajonal, 
Su  guarida  es  el  desierto; 

Y  si  de  hambre  medio  muerto 
Le  echa  el  lazo  á  algún  mamón, 
Lo  persiguen  como  á  plaito 
Porque  es  un  gaucho  ladrón. 

Y  si  de  un  golpe  por  ay 
Lo  dan  güelta  panza  arriba. 
No  hay  un  alma  compasiva 
Que  le  rece  una  oración— 
Tal  Vez  como  cimarrón 

En  una  cueva  lo  tiran. 


Para  él  son  los  calabozos 
Para  él  las  duras  prisiones— 
En  su  boca  no  hay  razones 
Aunque  la  razón  le  sobre, 
Que  son  campanas  de  palo 
Las  razones  de  los  pobres. 
Si  uno  aguanta,  es  gaucho  bruto — 
Si  no  aguanta  es  gaucho  malo — 
Déle  azote!  déle  palo! 
Porque  es  lo  que  él  necesita!! 
De  todo  el  que  nació  gaucho— 
Esta  es  la  suerte  maldita. 


Y  en  esa  hora  de  la  tarde 
En  que  tuito  se  adormece 
Que  el  mundo  dentrar  parece 
A  vivir  en  pura  calma 

Con  las  tristezas  del  alma 
Al  pajonal  enderieze. 

Bala  el  tierno  corderito 
Al  lao  de  la  blanca  oveja; 

Y  á  la  vaca  que  se  aleja 
Llama  el  ternero  amarrao— 
Pero  el  gaucho  desgraciao 

No  tiene  á  quien  dar  su  queja. 

Esta  es  la  verdadera  poesía,  la  poesía 
del  dolor  y  del  alma.  ¡Cuantos  volúme- 
nes de  necedades  brillantes  contienen 
las  Bibliotecas,  cuyo  jugo  esprimido,  no 
vale  el  pensamiento  y  la  ternura  de 
estos  pocos  versos! 

La  vida  nómade  que  emprende  res- 
pira la  poesía  animosa,  elevada  y  me- 
lancólica del  desierto.  El  aislamiento, 
el  espacio  y  el  silencio  lo  inspiran,  y 
canta  la  Noche,  la  Soledad  y  el  Peligro: 

Y  al  campo  me  iba  sólito 
Mas  matrero  que  el  venao— 
Como  perro  abandonao 
A  buscar  una  tapera, 
O  en  alguna  vizcachera 
Pasar  la  noche  tirao 


SOtíKK    J51AKT1JN     ¿IIÍKKÜ 


Sin  punto  ni  rumbo  fijo 
En  aquella  inmensidá 
Entre  tanta  oscuridá 
Anda  el  gaucho  como  duende, 
Allí  jamás  lo  sorprende 
Dormido,  la  autoridá. 

Su  esperanza  es  el  coraje, 
Su  guardia  es  la  precaución 
Su  pingo  es  la  salvación, 
Y  pasa  uno  en  su  desvelo, 
Sin  mas  amparo  que  el  cielo 
Ni  otro  amigo  que  el  facón. 


Ansi  me  hallaba  una  noche 
Contemplando  las  estrellas 
Que  le  parecen  mas  bellas 
Cuanto  uno  es  mas  desgraciao, 

Y  que  Dios  las  aiga  criao 
Para  consolarse  en  ellas. 

Les  tiene  el  hombre  cariño 

Y  siempre  con  alearía 
Ve  salir  las  tres  marias 

Que  si  llueve,  cuando  escampa 

Las  estrellas  son  la  guía 

^ue  el  gaucho  tiene  en  la  pampa. 


ncontraba  como  digo, 
En  aquella  soledá 
Entro  tanta  oscuridá 
Echando  al  viento  mis  quejas 
Cuando  el  grito  del  chajá 
Me  hizo  parar  las  orejas. 

Como  lumbriz  me  pegué 
AI  suelo  para  escuchar, 
Pronto  sentí  retumbar 
Las  pisadas  de  los  fletes, 
Y  que  eran  muchos  ginetes 
Conocí  sin  vacilar. 


Me  refalé  las  espuelas 
Para  no  peliar  con  grillos, 
Me  arremangué  el  calzoncillo, 

Y  me  ajusté  bien  la  faja 

Y  en  una  mata  de  paja. 
Probé  el  filo  del  cuchillo. 

Para  tenerlo  á  la  mano 
El  flete  en  el  pasto  até, 
La  cincha  le  acomodé, 

Y  en  un  trance  como  aquel. 
Haciendo  espaldas  en  él 
Quietito  los  aguardé. 

Cuando  cerca  los  sentí 

Y  que  ay  no  mas  se  pararon 
Los  pelos  se  me  herizaron; 

Y  aunque  nada  vian  mis  ojos, 
tNo  se  han  de  morir  de  antojo» 
Les  dije  cuando  llegaron. 


En  la  refriega  que  tuvo  con  la  Poli- 
cía, fué  socorrido  por  Cruz,  otro  gau- 
cho desgraciado  y  perseguido  como  él, 
y  como  él  valiente  y  poeta.  Se  hacen 
amigos;  Cruz  le  cuenta  su  historia  que 
es  la  misma  de  Fierro  y  de  todos  loa 
gauchos;  y  al  hablarle  de  su  querida,  le 
hace  con  una  pasión  y  un  sentimiento 
que  honrándolo  á  él,  honra  y  ennobleoa 
á  la  mujer  de  campaña. 

Yo  también  tuve  una  pilcha 
Que  me  enllenó  el  corazón— 
Y  si  en  aquella  ocasión 
Alguien  me  hubiera  buseao— 

ro  que  me  había  hallao 
Mas  prendido  que  un  botón. 


Quién  es  de  un  alma  tan  .dura 
Que  no  quiera  una  mujerl 
Lo  aüvia  en  su  padecer: 
Si  no  sale  calavera. 
Es  la  mejor  compañera 
Que  el  hombre  puede  tener. 

Si  es  güeña,  no  lo  abandona 
Cuando  lo  Vé  desgraciao, 
Lo  asiste  con  su  cuidao 

Y  con  afán  cariñoso 

Y  usté  tal  Vez  ni  un  rebozo 
Ni  una  pollera  le  ha  dao. 

¡Cuan  noble  y  hermoso  e¡- este  retra- 
to de  la  mujer  americana,  única  que  sin 
interés  adhiere  y  sacrifica  por  el  hom- 
bre que  ama. 

Y  usté  tal  vez  ni  un  rebozo 
Ni  una  pollera  le  ha  dao. 

Hó  aquí  la  mujer  tal  como  la  hizo  1* 
naturaleza,  y  tal  como  es  todavía  ea 
nuestros  campos.  Lástima  que  no  pue- 
da decirse  otro  tanto  de  todas  las  delta 
ciudades,  donde  estos  ejemplos  son  ya 
bastante  raros. 

Cruz  y  Fierro  unidos  por  la  amistad 
y  recíproco  interés,  abandonan  sus  pa- 
gos, y  se  van  á  los  indios — Nada  maa 
natural  que  este  pensamiento  y  el  modo 
de  ejecutarlo — Los  proyectos,  el  racio- 
cinio, y  el  lenguaje  se  sostienen  hasta 
el  fin  con  la  misma  entonación,  con  el 
mismo  interés  con  que  empezó  lahia- 
toria. 

Véase  la  oonclucion  que  queda  este* 
reotipada  eu  la  mente  del  lector. 


XXX 


JUICIOS    CEITICOS 


Si  hemos  de  salvar  6  nó — 
De  esto  naide  nos  responde, 
Derecho  ande  el  sol  se  esconde 
Tierra  adentro  hay  que  tirar, 
Algún  dia  hemos  de  llegar.... 
Después  sabremos  á  donde. 

No  hemos  de  perder  el  nimbo 
Los  dos  somos  güeña  yunta — 
El  que  es  gaucho  va  ande  apunta, 
Aunque  inore  ande  se  encuentra; 
Pa  el  lao  en  que  el  sol  se  dentra 
Dueblan  los  pasos  la  punta. 


Allá  habrá  seguridá 

Ya  que  aquí  no  la  tenemos, 

Menos  males  pasaremos  ' 

Y  ha  ie  haber  grande  alegría. 

El  día  que  nos  descolguemos 

En  alguna  toldería. 

Fabricaremos  un  toldo 
Como  lo  hacen  tantos  otros, 
Con  unos  cueros  de  potro 
Que  sea  sala  y  sea  cocina, 
¡Tal  vez  no  falte  una  china 
Que  se  apiade  de  nosotrosl 


El  que  maneja  las  bolas, 
El  que  sabe  echar  un  pial, 
Y  sentársele  á  un  bagual 
Sin  miedo  de  que  lo  baje, 
Entre  los  mesmos  salvajes 
No  puede  pasarlo  mal. 


Cruz  y  Fierro  de  una  estancia 

Una  tropilla  se  arriaron — 
Por  delante  se  la  echaron 
Como  criollos  entendidos, 

Y  pronto  sin  ser  sentidos 
Por  la  frontera  cruzaron. 

Y  cuando  la  habian  pasao, 
Una  madrugada  clara 

Le  dijo  Cruz  que  mirara 
Las  últimas  poblaciones 

Y  á  Fierro  dos  lagrimones 
Le  rodaron  por  la  cara. 


Las  citas  oasi  igualarían  al  texto,  si 
kubieran  de  citarse  todas  sus  bellezas; 
pero  sobra  con  lo  Lecho  para  formarse 
una  idea  de  la  obra. 

Habrá  gente,  sin  embargo,  para  quie- 


nes las  bellezas  del  pensamiento  y  da 
poesía  de  que  está  profusamente  sem- 
brada, no  serán  tales  bellezas,  por  la 
razón  soberanamente  estúpida  de  que  el 
estilo  y  el  lenguaje,  sean  gauchescos; 
eomo  si  bajo  todas  las  lenguas  y  estilos 
no  pudieran  manifestarse  con  propie- 
dad y  elevación  los  sentimientos  del 
alma,  los  quejidos  del  dolor,  los  en- 
cantos de  la  poesía. 

Para  tales  gentes  valdrá  mas  un  mi- 
llar de  embustes  de  sandeces  y  absurdos 
referentes  á  pueblos  y  costumbres  qn» 
no  conocen  ni  les  interesan,  pero  que 
estén  penosamente  bruñidos  con  el  li- 
mado y  violento  estilo  de  Víctor  Hugo, 
con  el  esmerado  y  florido  de  Lamarti- 
ne, 6  el  festivo  de  Dumas,  q:e  la  ver- 
dad animada  de  estos  cuadros,  en  que 
todo  es  real,  vivo,  interesante  y  bello. 
A  tales  gentes  es  preciso  comprenderlas. 

Concluiremos  repitiendo,  que  como 
pensamiento  poético,  y  como  ejecución, 
es  lo  mejor  que  hemos  visto  en  su  gé- 
nero; y  creemos  muy  difícil,  por  no 
decir  imposible  que  pueda  superarse. 

Tengo  pues  la  satisfacción  íntima  de 
felicitarlo  por  una  creación  que  hace 
tanto  honor  á  su  corazón  como  á  su 
talento;  que  honra  altamente  á  la  li- 
teratura de  su  país;  que  conservará 
para  siempre  ese  tipo  característico, 
cuyo  original  está  próximo  á  desapa- 
recer, pero  que  no  morirá  mientras 
haya  imprentas  para  reproducirlo,  y 
que  puede  gloriarse  con  razón  de  ha- 
ber eternizado. 

Esperando  que  nuevas  obras  de  su 
pluma  me  proporcionen  solaces  agra- 
dables como  los  que  esta  me  ha  dado 
quedo — 

Suyo  servidor  y  amigo. 

Juan  María  Torres. 
Montevideo,  su  casa,  Febrero  18  de  1874. 


Vamos  á  publicar  enseguida  una 
carta  del  misn¡o  Sr.  Torres  rehusando 
su  aprobación  al  título  de  Juicio  Crí- 
tico con  que  encabezamos  su  trabajo, 
y  que  él  encuentra  demasiado  preten- 
sioso, limitándose  á  darlo  modestamea-, 
t»  ^  *»  Apags'-TuaOTí». 


SOBRE    MARTIN   FIERRO 


XXXI 


Nos  permitiremos  antes  de  hacerlo, 
decir  dos  palabras  muy  breves  al  res- 
pecto. 

Como  observa  con  muchísima  pro- 
piedad el  Sr.  Torres,  no  siendo  Martin 
Fierro  una  obra  de  arte,  no  pueden 
aplicárselo  sus  reglas,  y  hacer  á  su  res- 
pecto un  juicio  crítico  literario. 

Pero  sus  Apreciaciones  han  seguido 
otro  rumbo,  y  han  ido  por  consiguien- 
te mas  allá,  penetrando  profunda1 
te  en  la  índole  y  la  intención  di  li- 
bro que  ex<<  minaba;  ha  descubierto  en 
él,  con  espíritu  sagaz  y  fina  observa- 
ción, el  sentimiento  que  comunica  vida 
y  nv  o  á  cada  uno  de  los  cua- 

mismo  acaba  de  poner  en 
relieve  con  tan  exquisito  pulso,  y  con 
observaciones  de  tal  carácter  y  de  tan- 
to alcance;  que  lo  que  él  llama  mo- 
destamente apreciaciones,  no  es  nada 

Bienes  .-iuo  Un  JUICIO  FILOSÓFICO  SOCIAL, 

en  que  se  ven  mezcladas  á  cada  paso, 
observaciones  de  uu  orden  grave  y 
elevado,  con  reflexiones  sugeridas  por 
una  serena  cuanta  profunda  moralidad, 
y  animado  todo  él  por  un  sentimien- 
to tívo  y  delicado  de  la  belleza  y  de 
la  i 

El  Sr.  Torres  le  ha  abierto  á  Mar- 
tin Fierro,  puertas  donde  sus  formas 
incultas,  no  le  daban  el  derecho  de 
sol  i  ■  ada. 

te  á  la  críti- 
ca literaria. —Es  el  tipo  de  una  raza. 
:ijo  de  la  naturaleza,  como  el 
Sr.  Torres  lo  ba  Humado;  es  el  cantor 
del  Desierto. 

No  tiene  maestro,  ni  otra  escuela 
que  la 

"ie  otra  i  on  que  la  de 

sus  propios    afe<  !os   ecos   que 

¡n  de  su  alma,  traspor- 

tes  de  ;|e  8U 

ontáneos, 

es  agre:  i  es  real 

>r.  —  Es 
.V   ho   ha    ■  maso 

mas 


el 


objeto  que  emitir  las  breves  observa- 
ciones que  hemos  consignado  en  ellas, 
nos  complacemos  en  publicar  su  car- 
ta, á  la  cual  hemos  hecho  referencia. 
Es  la  siguiente: 

Señor  D.  José  Hernández. 

Su  casa,  Febrero  23  de  1873. 

Estimado  señor  y  amigo: 

He  visto  en  La  Patria  que  se  dá 
el  título  de  Juicio  crítico  á  las  Apbk- 
ciaciones  que  hice  de  su  bella  obra, 
Martin  Fierro. 

Permítame  mi  amigo,  que  rehuse 
mi  aprobación  á  un  título  de  tan  pre- 
tensioso pues  no  tiene  base  desde  quo 
esa  obra  por  la  especialidad  de  6U  ca- 
rácter, no  está  ni  puede  estar  sujeta 
á  la  crítica  literaria. 

Para  que  Martin  Fierro  pudiera  ser 
objeto  de  crítica,  era  preciso  que  fue- 
ra una  obra  de  arte,  sujeta  á  sus  re- 
glas y  por  consiguiente  á  su  aplica- 
ción— no  siéndolo — no  pueden  aplicár- 
sele, luego  no  puede  hacerse  un  juicio 
crítico  sobre  ella. 

Martin  Fierro  es  un  gaucho  verda- 
dero, lejítimo,  hijo  puro  de  la  natu- 
raleza, que  no  sabe  lo  que  es  arto  y 
ni  aun  conoce  los  elementos  del  idio- 
ma que  habla;  es  ol  cantor  inspirado 
del  1 1  que  arroja  al  aire  torren- 

tes de  poesía  inculta,  pero  hermosa 
como  la  calandria  ó  el  gilguero,  sus 
trinos  y  gorjeos. 

No  pueden,  pues,  aplicársele  los  pre- 
ceptos de  un  arte  que  no  conoce,  ni 
de  una  gramática  que  no  ha  estudia- 
do. Lo  mas  que  puede  hacerse  con  él, 
es  lo  que  yo  hice,  saborear  sus  belle- 
ir  mas  allá  seria  una  pretensión 
absurda.  Y  es  esto  precisamente  lo 
que  constituye  su  mérito,  pues  acaso 
tiene  mas  valor  real,  y  mas  bellezas 
poéticas  bajo  el  tosco  lenguaje  que  em- 
plea, que  muchas  obras  que  se  dan 
por  modelo  de  corrección  y  de   arte. 

Le  agradeceré  tenga  á  bien  publi- 
car   esta,    á    continuación   del    último 
o  de  mis  Apreciaciones  sobre  Martin 
Fierro,  como  un  correctivo  al  título  de 
Juicio  CalTiro.  con  que    aparecieron. 

Juan  María  Torres 


XXXII 


JUICIOS    CRÍTICOS 


BIBLIOGRAFÍA 


Señor  D.  José  Hernández 

Tratándose  de  juzgar  un  libro,  ni  Vd. 
ni  yo  gustamos  de  hacer  floreos  litera- 
rios, yendo  siempre  derechos  al  bulto, 
al  punto  objetivo  ó  como  quien  dice,  al 
eje  6  muelle  espiral  sobre  que  describe 
su  rotación  el  argumento.  Aplicando 
tan  económico  sistema  para  darle  mi 
opinión  sobre  Martin  Fierro,  no  me  de- 
tendré en  deoir  donde  faltó  á  las  leyes 
de  la  rima,  ni  cual  ripio  debiera  desa- 
parecer si  hay  éste  ó  aquel  concepto 
contrario  á  la  buena  prosodia. 

Solo  juzgando  ensayos  juveniles  es 
pertinente  detenerse  en  la  parte  ele- 
mental de  la  composición;  pero  como 
Vd.,  á  lo  que  entiendo,  no  está  en  el 
caso  de  aprender  el  mejor  empleo  de 
las  sinalefas  y  otras  figuras  didácticas 
del  divino  arte,  voy  sin  rodeos  á  ma- 
nifestarle mis  impresiones. 

Repetidas  veces  he  saboreado  las  be- 
llezas oontenidas  en  las  bien  descritas 
aventuras  de  su  héroe,  creación  bellí- 
sima por  la  doble  faz,  riente  y  sombría, 
con  que  se  dibuja  en  gigantesco  relieve, 
esto  sin  oontar  con  lo  sabroso  de  la 
crítica  con  que  Vd.  decora  su  admira- 
ble cuadro. 

Su  trabajo,  escrito  sin  duda  por  mero 
pasatiempo,  responde  á  tendencias  do- 
minante en  su  espíritu,  preocupado 
desde  larga  fecha  por  la  mala  suerte  del 
gaucho:  y  es  la  manifestación  cumplida 
de  sus  simpatías  en  favor  de  esos  pobres 
parias,  condenados  por  los  abusos  del 
poder  á  vivir  constantemente  armados 
del  sable,  creando  y  destruyendo  si- 
tuaciones que  siempre  concluyen  por 
serles  adversas.  En  las  luchas  civiles, 
la  peor  parte  ha  sido  para  ellos;  y  du- 
rante la  paz  armada  en  que  los  caudillos 
han  mantenido  la  República,  el  campa- 
mento y  los  fortines  los  han  alejado  de 
la  vida  laboriosa  y  de  los  sagrados  vín- 
culos del  hogar,  relajando  la  constitu- 
oion  de  la  familia  y  bastardeando  las 
generaciones:  convirtiéndolos  en  nó- 
mades habitantes  de  nuestras  inmen- 
sas praderas,  cuando  no  están  sujetos 
al  yugo  del  servicio,  que  es  un  lote 


en  el  repartimiento  de  los  bienes  da 
la  libertad  por  cuya  conquista  tanto» 
años  han  pugnado. 

Martin  Fierro  es  la  encarnación  de 
la  multitud:  órgano  reproductor  del 
lamento  de  los  gauchos  sujeto  al  bár- 
baro servicio  de  fronteras  que,  como 
una  onda  poderosa  viene  á  estrellarse 
ante  la  indiferencia  granítica  de  los 
gobiernos. 

Si  aquí  tuviéramos  un  público  capaz 
de  reivindicar  los  derechos  del  hom- 
bre y  del  ciudadano,  agredidos  en  el 
habitante  nativo  del  campo,  su  libro 
habría  producido  el  efecto  maravillo- 
so alcanzado  en  la  América  del  Norte 
por  «La  Cabana  de  Tío  Ton»,  porque 
uno  y  otro  son  producto  de  la  mas  su- 
blime filantropia.  Levantar  una  raza 
abatida,  devolviéndole  las  condiciones 
civiles  y  políticas  que  el  abuso  arre- 
bató atrevidamente,  es  la  tendencia  de 
ambos  libros:  allá  se  atacaba  una  ins- 
titución legal  y  sin  embargo  triunfó  el 
grito  de  la  naturaleza,  en  tartto  que 
aquí  el  pobre  gaucho  es  flagelado  sin 
derecho  por  un  simple  abuso  de  fuerza 

Lo  dicho,  relativamente  al  objeto, 
y  por  lo  que  respecta  á  su  tipo,  no 
vacilo  en  decirlo  que,  sin  pretenderlo, 
ha  dejado  usted  muy  atrás  á  nuestros 
payadores  en  ouanto  al  fondo  y  opor- 
tuna elección  de  la  estrofa.  La  décima 
no  la  usa  el  gaucho  sino  en  composi- 
ciones breves  de  amor  ó  en  felicita- 
ciones, y  el  romance  asonantado  nun- 
ca: evitando  estos  escollos  y  haciendo 
uso  del  sexteto  octosílabo,  la  imitación 
de  los  trobos  campesinos  es  perfecto. 

Los  que  han  manejado  este  género 
entre  nosotros,  poseyendo  el  medio  li- 
terario, desconocían  las  peculiaridades 
de  moral,  de  filosofia,  de  religión  y 
aun  de  política  que  hacen  del  gaucho 
un  ser  escepcional,  difícil  de  medirlo 
en  el  cartabón  de  los  compadritos  di- 
cheros. 

El  compadre  en  la  campaña,  es  la 
depuración  incorrecta  de  la  sencillez 
rústica  que,  perdiendo  todo  su  sabor 
original,  se  aproxima  y  entremezcla 
con  el  compadre  de  la  ciudad,  degene- 
ración correcta  del  habitante  culto;  y 
en  esa  zona  que  deslinda  la  civiliza- 
ción de  la  barbarie,  los  predios  rústi- 


SOBRE    MARTIN    FIERRO 


xxxin 


oos  de  los  urbanos;  término  medio  del 
estado  social  argentino,  se  desenvuel- 
ve la  existencia    bullanguera  del  tipo 
estudiado  para  representar  al  gaucho,  y 
que  en  su  eterna  mania  de  espectabi- 
Uzars3.  hace  grotesco  lo  que  es  bello. 
En  este  concepto,  Vd.  se  hallaba  en 
-condiciones  ventajosas  para  desarrollar 
su  tesis,   porque  habiendo  vivido    por 
mucho  tiempo  en  contacto  con  el  gau- 
chaje de  las  cuatro  provincias  litora- 
ndo  como  es,  un  observador 
fino  y  de  criterio,  tenia  que  ofrecer- 
nos en  sus  cuadros  la  verdad,   eterna 
fuente   de    la    belleza:  y  si  á  esto    se 
agrega  un  fácil  manejo  de  la  lengua  y 
gran  respeto  á  los  preceptos  literarios, 
terminaré  diciendo:  que  ni  como  aspi- 
ración noble  á  favor  de    los  habitan- 
lel  campo,  ni  como  crítica  de  los 
abu-  ►'tidos    en    el    servicio    de 

fronteras,  ni  como  interpretación  del 
gaucho  moralmente  juzgado,  he  teni- 
do, hasta  hoy,  la  ocasión  de  leer  algo 
<juc  le  avent 

Queda  de  Vd.  S.  S.  S.  y  amigo. 

Mariano  A.  Pelliza. 

Marzo  27  de  1 


BIBLIOGRAFÍA 

Acaba  de  darse  á  la  publicidad  un 
pequeño  libro  con  el  titulo  con  que 
enea:  estas  líneas. 

El  brillante  éxito  que  ha  obtenido 
en  la  Campaña,  nos  ha  llamado  la 
atención  y  sea  dicho  de  paso,  empe- 
zamos su  lectura  con  cierta  descon- 
fianza que  se  esplica  en  los  numero- 
sos chascos  de  que  es  víctima  nuestro 
EúKlico  en  materia  de  composiciones 
terarias. 

embargo,  debemos  confesar  que 
el  libro  en  cuestión,  está  muy  lejos  de 
ser  lo  que  generalmente  se  llama  mi 
fiambre:  su  argumento  no  puede  ser 
mas  verosímil,  ni  sus  personajes  mas 
verídicos.  Su  autor  el  Sr.  Hernándee, 
antiguo  redactor  del  «Rio  de  la  Plata», 
nos  demuestra  que  conoce  profunda- 
mente las  costumbres  del  campamento 


y  los  secretos  del  fogón,  nos  enseña  el 
aduar  del  hombre  semi-salvaje,  con  toda 
la  desnudez  vergonzosa  de  su  realidad. 
Pero  hay  escenas  que  indudablemen- 
te no  las  oomprenderá  sino  ¡a  persona 
que  haya  vivido  algún  tiempo  en  el 
campamento,  imájenes  que  solo  e.1  que 
haya  cruzado  errante  nuestras  dilata- 
das pampas  podrá  valorar. 

Con  el  grosero  lenguaje  de  los  habi- 
tantes del  campo,  hace  apreciaciones 
pintorescas  y  de  un  colorido  magnífico 
— exhibiéndonos  tipos  que  solo  Asca- 
subi  y  Del  Campo  han  descrito  con 
éxito  en  nuestros  dias. 

A  pesar  de  que  no  somos  partidarios 
de  este  género  de  literatura,  porque 
creemos  que  para  herir  !a  imaginación 
de  las  masas  no  se  necesita  escribir  eu 
el  lenguaje  literal  con  que  ellas  mani- 
fiestan sus  pensamientos,  porque  cO 
ha  dicho  un  notable  literato  oriental— 
se  puede  sentir  en  gaucho  y  espr/'sarse 
en  lenguaje  culto  y  castizo,  enseñando  á 
las  generaciones  de  1  porvenir  como  se 
sentía  en  nuestra  época,  preoon 
ñoco  de  como  se  espre^a  el  sentimiento 
lo  que  á  la  verdad  poco  importará  á 
nuestros  sucesores;  sin  embargo,  la  com- 
posición del  señor  Hernández  tiene  tan 
hermosos  pensamientos,  ideas  de  poe- 
sía en  natural  tan  elevadas  y  exquisitas, 
que  se  puede  perdonar  la  forma  en  que 
tan  á  la  imaginación  impre- 
sionable del  pueblo  ile  nuestras  campa- 
ñas, seguro  que  el  mas  ignorante  paisa- 
no comprenderá  el  fondo  de  verdad  y 
aun  la  moral  del  argumento. 

El  mas  extraño  á  nuestras  costumbres 
populares,  verá  brillar  en  medio  alas 
tinieblas  que  se  proyectan  del  cuadro  de 
salvaje  ignorancia  que  el  autor  describe, 
brillantes  luces,  que  el  mismo  fondo 
oscuro  hace  notables,  aumentando  su 
magnitud. 

En  medio  de  la  ceguedad  del  fanatis- 
mo supersticioso,  y  de  los  mas  groseros 
vicios,  se  destacan  hermosas  flores  que 
se  revelan  por  su  exquisito  perfume 
á  pesar  del  estilo  y  de  la  forma. 

Martin  Fierro  no  es  el  tipo  del  gaucho 
patriota,  que  allá  en  la  alborada  de 
nuestra  independencia,  nos  describí» 
Hidalgo:  entusiasta,  indomable  y  ori»- 
tiano.  --.•■■> 


XXXIV 


JUICIOS  CRÍTICOS 


No  es,  tampoco,  el  gaucho  que  nos 
exhibe  Ascasubi  luchando  por  las  liber- 
tades de  su  Patria  en  los  ejércitos  de  Paz 
ó  de  Lavalle — ni  menos  el  paisano  se- 
mi-educado  que  nos  pinta  Del  Campo 
en  su  popular  «Fausto» — Martin  Fierro 
es  una  creación  de  otro  género — es  el 
hijo  desheredado  de  una  raza  de  cen- 
tauros, envilecido,  perseguido,  y  menos- 
preciado por  la  sociedad  en  que  vive, 
engendro  miserable  de  la  guerra  civil  y 
la  ignorancia,  con  todo  el  caudal  de  pa- 
siones que  puede  abrigar  en  su  corazón 
un  ser  humano,  y  sin  siquiera  el  dei'e- 
cho  de  manifestarlas  libremente — ver- 
dadero paria  de  nuestros  dias,  pero  in- 
domable; ignorante,  pero  con  arranques 
de  nobleza;  resistiéndose  á  ser  arrastra- 
do al  ignominioso  servicio  de  frontera 
y  batiéndose  como  un  león  con  la  par- 
tida del  pago — Ginete  como  un  tártaro, 
fuerte  como  un  atleta,  práctico  en  las 
inmensurables  sendas  del  desierto  como 
un  árabe,  sufrido,  sobrio,  como  nadie 
en  el  mundo — esto  es  algo  de  lo  que  9I 
autor  nos  hace  conocer  en  su  tipo,  y 
á  la  verdad  que  la  creación  no  ha  po- 
dido ser  mas  feliz. 

Aquí,  en  los  grandes  centros  de  po- 
blación, nadie  se  cuidará  del  tipo;  todo 
el  mundo  ignora  que  á  esa  raza  de  hom- 
bres que  va  desapareciendo  empujada 
por  las  brisas  de  la  civilización,  se  le 
deben  nuestra  independencia  y  nues- 
tras libertades!! 

Felicitamos  ardientemente  al  señor 
Hernández  por  su  hermoso  trabajo,  y 
desearíamos  que  siguiera  en  esa  senda, 
haciéndonos  escuchar  en  ese  género  la 
lira  casi  abandonada  de  Ascasubi  y  de 
Del  Campo. 

Lautaro 

(El  Mercantil,  Febrero  6  de  1873) 


BIBLIOGRAFÍA 

El  gusto  por  la  lectura  está  formado 
y  generalizado  gratamente  en  todo  el 
territorio  de  la  República   Argentina. 

La  escuela  y  la  Biblioteca  Popular 
están  desparramadas  hasta  las  mismas 
faldas  de  los  Andes.  En  la  Rioja,  el  lu- 
gar mas  apartado  y  que  se  considera- 


ba la  provincia  menos  culta  de  la  Con- 
federación Argentina,  se  siente  el  mo- 
vimiento expansivo  de  la  civilización 
sacudiendo  á  todos  sus  habitantes  del 
marasmo  intelectual  que  los  dominaba, 
comunicándoles  por  medio  del  libro 
nueva  vida  y  presentándoles  ríentes 
perspectivas. 

El  lector  de  la  ciudad,  no  tiene  na- 
turalmente exijencias  especiales  y  privi- 
legiadas por  determinados  libros.  Lee 
todo  lo  útil,  todo  lo  bueno  y  malo  que 
nos  envian  las  prensas  europeas,  y  todo 
lo  que  arrojan  á  la  publicidad  las  ca- 
sas editoras  que  tenemos. 

Pero,  conseguir  que  el  habitante  do 
las  campañas  lea  sin  fastidiarse,  lea  con 
provecho  y  queden  en  su  imaginación 
impresiones  nobles  y  permanentes,  es 
algo  mas  serio  de  lo  que  á  primera  vis- 
ta parece.  En  el  espíritu  del  labriego 
es  menester  que  el  libro  ó  la  anécdota 
moral  dejen  huellas;  es  necesario  que  la 
enseñanza  de  su  rústica  inteligencia 
adquiere,  no  se  pierda  ni  se  extinga, 
combatida  por  las  costumbres  incultas 
y  las  faenas  rudas  del  campesino. 

¿Cómo,  pues,  conseguir  pasto  inte- 
lectual aparente  y  fructuoso  para  el 
gaucho  de  nuestras  llanuras?  Ni  el  señor 
Sarmiento  que  estudiaba  interesada- 
mente el  problema,  pudo  descubrir  ia 
incógnita  de  él,  obcureciendola  mas 
bien  con  las  traduciones  inconvenien- 
tes que  aconsejaba. 

No  tiene  punto  alguno  de  contacto  el 
sngicatter  de  las  selvas  norte-america- 
nas, con  el  semi-saivaje  gaucho  del  do- 
sierto.  Son  dos  naturalezas  totalmente 
distintas,  sin  afinidades  que  las  aproxi- 
men, pues  las  obras  de  Dickens  que 
recrean  al  labrador  americano,  prepa- 
rarían la  siesta  de  los  que  viven  en 
el  rancho. 

En  el  campamento  del  ejército  que 
luchaba  por  la  causa  hermosa  de  la  ci- 
vilización cisplatina,  tiene  origen  una 
escuela  literaria  que  de  tarde  en  tarde 
hace  prosélitos  entre  nosotros. 

Aniceto  el  Gallo  es  también  un  tipo  á 
lo  Byron,  á  lo  Quintana,  á  lo  Bello,  etc. 
Es  gefe  de  escuela,  autor  de  una  lite- 
ratura destinada  á  quitarle  al  desierto 
y  á  la  ignorancia,  sus  mas  preciosas 
presas. 


SOBRE  MASTÍN  FIERRO 


XXXV 


Coetáneo  con  el  insigne  Figueroa,  ini- 
ciaron en  buena  hora  un  género  de  pu- 
blioaoion,  que  era  como  la  primer  semi- 
lla arrojada  en  terrenos  feraces  y  propi- 
cios para ' cosechas  compensadoras. 

El  ejemplo  que  ellos  daban,  encontró 
v>mo  dijimos  ya,  de  cuando  en  cuan- 
do imitadores. 

El  estilo  gauchi-poético  despertaba 
en  la  imaginación  precoz  de  nuestros 
poetas,  deseos  loables  de  seguir  la  estela 
de  Aniceto,  pero  no  lo  conseguían  siem- 
pre, porque  no  se  penetraban  íntima- 
be  de  la  perfecta  originalidad  que 
distingue  al  gefe,  y  se  iban  á  estrellar, 
sin  quererlo,  en  el  género  que  cultivaba 
Uoore  ó  en  las  cauciones  inimitables 
de   Beranger. 

Por  mucho  tiempo,  pues,  el  cetro  Jo 
ha  tenido  Ascasubi,  aunque  Anastasio  el 
Folio  hubiera  hecho  conatos  para  arran- 
car.1-. 

Hoy  se  ha  retirado  Ascasubi    de  la 
arena  eu  que  se  lanzó  ardoroso  y  esplén- 
dido; se  refugia  en    el    hogar    con    la 
;-.  grandeza  y  majestad  con  que  se 
eu  los  Inválidos,  los  restos  que 
iban  de  los  heroicos    tercios    del 
viejo  Imperio. 

Pero  asi  como  a  esa  generación  ho- 
mérica del  valor  y  el  patriotismo  fran- 
cés, le  sucedió  otra  nueva  digna  de  re- 
cojer  la  herencia;  así  ha  encontrado  As- 
casubi con  el  autor  de  Martin  Fierro, 
un  Micesor  que,  hará  mas  todavía  que 
conservarla  intacta,  que  la  enriquecerá, 
pues  tiene  dotes  previlegiados  para 
conseguirlo. 

En  todas  las  librerías  de  esta  diudad 
está  modestamente  hospedado  un  folle- 
to de  humilde  apariencia,  pero  que  ejer- 
cerá en  los  palacios  de  las  capitales,  en 
tos  ranchos  de  campaña  ó  en  los  tol- 
dos del  desierto,  la  influencia  bienhe- 
chora y  solazante  que  nos  producían  en 
otro  tiempo  los  poemas  de  Aniceto, 
D.  José    Hernández  (su    autor)    ha 

Sintado  con  la  misma  inspiración  y 
estraza  que  Ruguendas  y  Monvoisin 
ese  cuadro  de  la  naturaleza  americana, 
de  este  lado  del  continente,  que  eiije 
en  el  artista  potencia  de  genio  y  co- 
nocimiento acaudalado  de  detalles. 

Martin  Fierro  es  el  héroe  del  poema 
•el  Sr.  Hernández;  Martin   Fierro   es 


un  gaucho  completo,  sin  rival,  sin  pa- 
dres conocidos,  sin  amigos  de  la  in- 
fancia, sin  nada  que  lo  ligue  á  la  ruti- 
na que  ha  caracterizado  á  otras  crea- 
ciones idénticas  á  la  del  Sr.  Hernán- 
dez. 

A  Montero,  cuando  concluyó  su  cua- 
dro Los  funerales  de  Atahualpa,  le  di- 
jeron en  Florencia,  y  por  labios  muy 
autorizados,  que  no  pintara  mas.  No- 
sotros sin  ser  mas  que  admiradores, 
diriamos  á  Hernández,  que  se  perpe- 
túa solo  con  Martin  Fierro. 

Al  leer  las  páginas  interesantes  ds 
Martin  Fierro,  nos  hemos  reconciliado 
con  el  infeliz  gaucho.  Francamente, 
lo  queríamos  mal.  El  chiripá,  la  bota 
de  potro  y  el  inseparable  pañuelo  al 
cuello,  nos  prevenían  siempre  desfa- 
vorablemente; lo  creíamos  feroz  cuan- 
do tal  vez  pudo  ofrecernos  techo  y 
a'imento  en  el  rancho  en  que  pasa  su 
vida. 

Uno  de  esos  dramas  que  se  produ- 
cen alguna  vez  en  las  llanuras  argen- 
tinas, mezcla  de  sentimientos  genero- 
sos y  costumbres,  bárbaras  es  lo  que 
pinta  el  Sr.  Hernández.  Las  boleado- 
ras, la  maneja,  el  redomón,  las  caro- 
nas, etc.,  todo  ese  vocabulario  origina- 
lísimo  de  la  vida  gauchesca,  campea 
en  Martin  Fierro.  Es  un  paseo  que 
se  hace  á  la  pampa.  Es  algo  más:  le- 
yéndolo, se  hace  la  ilusión  de  haber 
vivido  cinco,  diez,  quince  años  en  com- 
pañía de  Martin:  es  decir,  en  pleno 
rto,  en  el  mismo  aduar.  Es  im- 
perecedera la  impresión  que  deja  en 
el  ánimo;  mas  poderosa  aun  para  el 
lector  del  Rio  de  la  Plata,  que  la  que 
produce  Cooper  leyendo  su  Trampero. 

Desconfiamos  de  haber  escrito  con 
acierto. 

Estas  líneas  las  trazamos  inmedia- 
tamente que  concluimos  la  sabrosa 
lectura  que  nos  ha  proporcionado  la 
inteligencia  chispeante  y  original  de 
Hernández. 

La  Biblioteca  Popular  de  las  cam- 
pañas argentina  ú  oriental,  está  obli- 
gada á  tener  en  sus  estantes  á  Martin 
Fierro. 

Cuando  el  local  de  la  biblioteca  sea 
visitado  por  algún  gaucho,  de  esos 
arrogantes  7  esbeltos,  de  pingo  arábi- 


XXXVI 


JUICIOS   CRÍTICOS 


go  y  recado  de  plata,  y  reviste  la 
publicación  de  que  nos  hemos  ocupa- 
do, exclamará,  estamos  seguros:  Mar- 
tin Fierro  es  otro  yo! 

La  Tribuna  de  Montevideo,  editorial  de  23  de 
Marzo  de  1873. 

Este  artículo  fué  reproducido  por  La  Patria, 
de  Lima  con  algunos  fragmentos  del  libro. 


BIBLIOGRAFÍA 

JOSÉ  HERNÁNDEZ 
(Autor  del  Gaucho  Martin  Fierro) 

Si  nosotros  fuéramos  susceptibles  de 
sentir  orgullo,  ó  al  menos  de  confe- 
sarlo conociéndolo,  nunca  tendríamos 
mejor  oportunidad  para  manifestarlo, 
que  en  estos  momentos,  al  haber  es- 
crito el  nombre  del  distinguido  escri- 
tor que  encabeza  este  artículo. 

Pero  nuestro  orgullo,  seria  orgullo 
nacional. 

Hijo  de  una  nación  que  bien  pudie- 
ra decirse  que  recien  empieza  á  la 
vida  del  progreso  y  de  la  civilización, 
nos  sentimos  enaltecidos  en  cada  uno 
de  nuestros  compatriotas  que  avanzan 
un  paso  en  el  engrandecimiento  na- 
cional. 

José  Hernández  pertenece  á  la  ca- 
rrera de  las  letras. 

Entre  los  muy  pocos  obreros  que 
trabajan  para  darnos  una  literatura 
propia,  hoy  ocupa  un  lugar  distingui- 
do este  valiente  publicista,  cuya  fe- 
cunda imaginación  nos  ha  dado  las 
bien  concluidas  pajinas  de  Martin 
Fierro. 

En  esta  obra,  se  hace  la  mas  viva 
y  acabada  pintura  de  la  dramática 
existencia  de  nuestros  gauchos,  cuyo 
tipo  caballeresco  se  va  perdiendo,  ó 
se  ha  bastardeado  con  el  contacto  de 
la  civilización  que  empieza  á  exten- 
derse en  la  campaña,  Martin  Fierro, 
es  una  leyenda  de  coloridos  tan  na- 
turales y  patéticos,'  tan  rica  de  nove- 
dad, tan  filosóficamente  historiada,  la 
vida  errante  del  gaucho,  tan  llena  de 
fuego  y  de  pasión  como  de  ternura  y 
■entimiento,  que  viene  á.  oolocar  á  su 


autor  entre  los  primeros  poetas  ar- 
gentinos. 

Porque  el  Martin  Fierro  es,  á  nues- 
tro entender,  una  joya  literaria.  !¡u© 
está  destinada  á  embellecer  nuestras 
bibliotecas. 

Pero  no  siendo  nuestro  ánimo  hacer 
la  crítica  del  precioso  libro  de  Her- 
nández, vamos  á  volver  al  punto  de 
partida. 

Con  todo  lo  que  se  relaciona  con 
nuestra  naciente  literatura,  somos  como 
el  avaro  ante  su  tesoro,  le  damos  la 
importancia  de  nuestra  codicia  nacio- 
nal, de  nuestro  amor  á  lo  bello,  de 
nuestra  fe  en  los  triunfos  futuros  de 
la  inteligencia  argentina. 

Por  esto  hablamos  con  entusiasmo 
d«  Martin  Fierro. 

Y  este  legítimo  entusiasmo  se  exal- 
ta mas,  cuando  vemos  lo  bien  que  ha 
sido  recibida  esta  obra  en  el  extran- 
gero. 

Al  autor  de  Martin  Fierro  se  le 
distingue  en  Nueva- York,  dándole  un 
lugar  preferente  en  una  Asociación 
Literaria. 

En  un  periódico  español  se  repro- 
duce su  obra,  haciéndole  los  más  jus- 
ticieros encomios. 

En  París  se  están  publicando  en  el 
popular  «Correo  de  Ultramar»  el  Mar- 
tin Fierro,  honor  que  pocos  trabajos 
literarios  de  la  República  Argentina 
han  alcanzado. 

De  Norte-América  han  solicitado  la 
adquiescencia  del  autor  para  hacer  una 
edición  de  lujo,  cuyo  tiraje  será  de 
muchos  miles. 

También  se  ha  pedido  el  retrato  de 
Hernández  y  algunos  apuntes  biográ- 
ficos, piara  que  precedan  á  la  obra; 
reservándose  alli  hacer  el  juicio  críti- 
co de  esa  producción  del  Rio  de  la  Plata. 

Con  tal  motivo,  véase  lo  que  dice 
una  correspondencia  de  Nueva- York, 
dirigida  en  Agosto  á  La  Tribuna  de 
Montevideo. 

«En  algún  periódico  español,  no  recordamos 
bien  si  de  las  Antillas  ó  de  la  Península, 
liemos  leido  por  décima  vez  á  Magariños 
Cervantes  en  su  Celiar.  A  continuación  y  con 
un  pequeño  preámbulo  del  editor,  hemos  re- 
galado nuestra  imaginación  con  la  lectura 
de  Martin  Fierro,  por  el  Sr.  D.  José  Her- 
nández. Piezas  de  ese  género,  que   caracte- 


snrmrc  martin  fierro 


xxxvn 


rizan  tipos  nacionales  que  han  de  llevará  la 
posteridad  el  retrato  -fiel  é  imperecedero  de 
un  pueblo,  no  deberían  quedar,  según  nos  in- 
feriría el  preámbulo  aludido,  archivadas  en 
poder  de  un  círculo  de  amibos. 

Martin  Fierro,  primo  hermano  de  Celiar, 
como  la  ha  bautizado  el  editor  citado,  ha 
despertado  el  deseo  de  imprimir  seis  mil 
ejemplares  en  tipo  hermoso  y  popel  de  lujo, 
siendo  este  número  el  calculado  fácil  de  co- 
locar en  los  (,aíses  de  leí  iñola  mas 
inmediato*  á  este.  Para  el  objeto  es  necesa- 
rio la  autorización  del  señor  Hernández  ó 
del  poseedor  del  derecho  de  publicación. 

Al  intercalar  esto,  que  es  ageno  al  argu- 
mento de  la  presente  correspondencia,  lo  ha- 
cemos para  que  sirva  de  aviso  á  quienes  pu- 
diera interesar.  Si  se  quisiera  favorecer  nues- 
tro proyecto,  estimaremos  se  nos  remita 
propuesta  cerrada  y  rotulada  «Equis— N'ew- 
Vork/  remitiendo  el  paquete  á  la  oficina 
d'  !..i  Tribuna  de  Montevideo,  el  cual,  no  lo 
dudamos,  nos  será  remitido  por  esos  amables 
editores. 

Rogamos  también,  en  caso  que  fuese  acep- 
tada nuestra  id  «  remita  una  copia 
fotojjráíi  -a,  del  autor  Sr.Hernaudez,  y  algu- 
nos a;  de  él.  F.stos  dos  ob- 
contribuirán  en  mucho  al  embelleci- 
miento de  la  obra. 

Hacemos  votos  por  la  felicidad  del  Sr. 
Hernández,  á  quien  hemos  cedido  ya  un  lu- 
flar  de  preferencia  en  nuestra  asociación 
Literaria.  Que  la  patria  al  bendecir  su  nom- 
bre, le  entone  un  himno  de  admiración!»  (*) 

La  obra  de  Hernández,  pues,  ya  es 
popular  en  el  extranjero  y  ha  dado  á 
su  autor  una  justa  celebridad. 

En  tanto  ¿que  ha  hecho  la  prensa 
Argentina? 

Se  ha  ocupado  acaso  do  recorrer  sus 

Í jarrinas,  de  formular  su  juicio,  de  sa- 
udar  siquiera  á  su  autor? 

No;  ha  callado  con  el  abandono  que 
le  es  peculiar,  cuando  se  trata  de  las 
figuras  distinguidas  que  se  levantan 
entre  nosotros. 

¡Mezcla  de  egoísmo  y  de  indiferen- 
cia, donde  no  brota  una  chispa  de  ese 
fuego  santo  que  en  el  lenguaje  patrió- 
tico, llámase  orgullo  nacional!! 

Nosotros  no  creamos  reputaciones, 
antes  bien,  devoramos  nuestros  hijos, 
á  semejanza  del  dios  de  la  fábula. 

Ese  egoismo  en  lo  que  se  relaoiona 
á  los  hombres  que  han  de  dar  una  li- 

(*)  La  extensa  correspondencia  de  qne  han 
■ido  copiados  los  anteriores  párrafos,  es  de 
Nuera  York— Junio  30  de  1878,  publica- 
da •■  La  Tribuna  de  Montevideo,  el  24  de 
Agosto  del  mismo  aña 


teratura  á  nuestro  país,  nos  lleva  has- 
ta rometer  actos  de  grandes  injusticias. 

Hace  algún  tiempo  que  hemos  pedi- 
do, por  la  prensa,  se  nos  remitan  apun- 
tes biográficos  de  hombres  que  se  ha- 
yan distinguido  en  la  literatura,  en  el 
foro,  en  el  clero,  en  las  armas,  en  la 
política,  en  algo,  en  fin,  ya  como  pro- 
ceres de  la  patria,  corno  mártires,  como 
amigos  de  la  humanidad.  Este  pedidc 
lo  hicimos  por  habérnoslo  encomenda- 
do el  bibliógrafo  Sr.  Cortés,  qne 
para  emprender  la  publicación  de  un 
Diccionario  Biográfico  America 
que  quería  que  en  él  figurase  digna- 
mente la  República  Argentina. 

Sin  embargo  que  hemos  hecho  este 
llamado  varias  veces,  hasta  hoy  ni  poi 
amor  al  país,  ni  como  recuerdos  de 
familia,  se  nos  ha  enviado  un  solo  apun- 
te para  poder  mandar  al  Diccionario. 

En  este  miámo  mes  hemos  anuncia- 
do la  publicación  del  Parnaso  Argenti- 
no, trabajo  del  mismo  literato  Sr.  Cor- 
ándonos rogar  á  nu< 
colegas  presten  su  valioso  apoyo  á  esa 
obra  nacional,  y  nadie  nos  ha  honra- 
do   contestando    á   nuestra  invitaciou. 

Esto  ¿qué  significa? 

¿Así  es  posible  tengamos  literatura, 
si  se  mira  con  tanto  menosprecio  los 

fwimeros  trabajos  qne  han  de  for-nar 
a  base  de  su  monumento? 

Triste  es  decirlo,  pero  al  paso  que 
vamos,  tarde  ó  nunca  llegaremos  al 
Helicón,  donde  no  seria  tan  difícil 
trepar  en  alas  de  esa  inteligencia,  que 
como  un  don  del  cielo,  chispea  con 
tanta  superabundancia  desde  las  ori- 
llas del  Plata  hasta  las  nevadas  cum- 
bres de  los  Andes. 

Carlos  Calvo  es  una  reputación  eu- 
ropea, y  en  la  República  Argentina 
no  se  conocen  sus  obras. 

Alberdi  es  mas  respetado  en  el  ex- 
tranjero por  sus  grandes  talentos,  que 
en  nuestro  país,  donde  es  raro  encon- 
trar uno  de  sus  libros. 

Y  así  muchos  prohombres  en  las 
letra.--  como  en  el  foro,  á  quienes  su 
patria  olvida. 

¿Quién  conoce  la  obra  de  Hernán- 
dez, sin  embargo  de  haberse  anuncia- 
do en  las  librerías? 

Sus     compatriotas    los    amentino» 


XXXVU1 


JUICIOS   CRÍTICOS 


muy  pocos;  pero  en  cambio  ya  es 
aplaudida  en  la  Banda  Oriental,  en 
Norte-América,  en  España  y  en  Paris. 
Muy  pronto  será  conocida  en  todas 
partes  del  mundo,  donde  haya  quien 
hable  el  idioma  de  Cervantes. 

¿Y  eso,  á  quién  lo  debemos? — á  los 
extranjeros  que  nos  honran. 

Al  cerrar  este  artículo,  solo  senti- 
mos que  nuestra  pobre  pluma  haya 
tenido  que  ocuparse  de  la  literatura 
nacional  cuando  hay  tantos  escritores 
que  si  hubieran  emprendido  esta  dig- 
na tarea,  hubieran  podido  estimular, 
entusiasmando  á  la  noble  juventud 
que   se   levanta  en  la  arena  literaria. 

Nosotros  hemos  creido  cumplir  con 
un  deber,  al  rendir  este  pobre  home- 
naje al  inspirado  autor  de  Martin 
Fierro. 

(El  Mercurio  del  Rosario) 

Este  artículo  fué  trascripto  en  «La  Tribuna» 
de  Montevideo  de  13  de  Diciembre  de  1873. 


MARTIN    FIERRO* 

Bello  poema,  que  hábil  pinta, 
Nuestra  raza  primitiva, 
No  ya  salvaje,  cautiva 
De  la  clase  superior, 
Que  entre  la  casa  y  la  tolda, 
Entre  la  ciudad,  la  pampa, 
Vive  libre,  en  ranchos  campa, 
Sin  Cacique  ni  Señor. 

El  hombre  civilizado 

La  oprime  de  aquí  y  estrecha. 

Hambrienta,  de  allí,  la  acecha 

Del  salvaje,  la  crueldad, 

Ni  tan  culta  ni  tan  fiera, 

Que  á  uno  ú  otro  le  haga  amigos. 

Sónle  é  la  vez  enemigos,  / 

El  desierto  y  la  ciudad. 

Y  si  el  espíritu  eleva, 

En  sus  horas  sin  consuelo, 

Halla  apenas  viendo  al  cielo, 

Su  Dios  y  su  religión. 

Mas  queda  al  gaucho  sin  patria. 

En  su  horfandad  y  pobreza, 

La  madre  Naturaleza, 

Sus  fuerzas,  su  corazón. 

•  Esta  composición  la  estractamos  del  bello 
tomo  de  poesías  que  con  el  título  «El  Pere- 
grino del  Plata»,  acaba  de  dar  á  la  publici- 
dad el  distinguido  argentino  Dr.  José  Ma- 
na Zubiria 


Entonces  busca  en  su  pecho 
La  dulce  paz,  la  alegría, 

Y  halla  fuente  de  poesia 
Inagotable  en  su  amor. 
Este  endulza  sus  dolores 
En  él  templa  sus  pasiones, 
Díctale  coplas,  canciones, 
Tiernas,  de  suave  color. 

Y  entre  trabajos  y  penas, 
Sin  cuidarse  del  mañana, 
No  vé  que  tiene  cercana 

Su  noche— ¡raza  infeliz! 

Que  en  un  crepúsculo  vive; 

Y  las  luces,  la  cultura 
Disipándolo,  á  otra  altura. 
La  encaminan  mas  feliz. 

Y,  cuando  al  fin,  desaparezca 
De  nuestro  suelo  Argentino, 
Siguiendo  el  ancho  camino 
De  la  civilización; 
No  la  lloren  el  progreso, 
Ni  la  ciencia,  ni  la  gloria; 
No  conserven  su  memoria 
La  moral,  la  religión. 

Pero  en  el  Pecho  Argentino, 

Habrá  siempre  dulce  afecto, 

Por  ese  tipo  perfecto 

De  nuestra  raza  en  embrión. 

El  gaucho  cuidó  el  ganado, 

El  gaucho  sembró  la  tierra, 

Dulce  en  la  paz,  fiero  en    la    guerra, 

Héroe,  bardo  y  dócil  peón. 

Es  colono  primitivo, 
Rudo,  osado  y  solitario, 
Valiente  y  hospitalario, 
Sin  amaños,  sin  doblez, 
Como  la  Pampa,  sombrío, 
Como  el  Plata,  caprichoso, 
Y  cual  pampero,  animoso, 
Toma  al  ombú  su  altivez. 

A  nadie  pidió  la  idea, 

Ni  la  espresion,  ni  el  sentMo, 

Costumbre,  idioma,  vestido 

Original  se  dará. 

Con  su  traje  pintoresco, 

Su  cribado  calzoncillo, 

En  el  cinto  su  cuchillo, 

Su  poncho,  su  chiripá. 

Junto  al  fuego  de  su  rancho, 
Mira  al  campo,  su  cosecha.... 
Y  en  la  guitarra,  su  endecha, 
En  Vez  de  canto,  es  gemir.... 
Últimos  ecos  del  vate, 
Que  contempla  decadente 
Su  raza,  y  al  fin  presiente, 
Que  Vá  á  dejar  de  existir.... 

No  perecerán  con  ella 
Su  historia,  su  fiel  retrato; 
De  Martin  Fierro  el  relato, 
Su  recuerdo  hará  inmortal; 


SOBRE   MARTIN   FIERRO 


XTTTT 


Que  es  el  poema  de  la  vida, 
La  vida  de  un  pueblo  entero. 
En  su  genio  Verdadero, 
En  su  tipo  virginal. 

En  sus  usos  y  costumbres, 
Virtudes,  vicios,  pasiones, 
Sentimiento,  inspiraciones, 
Alma,  lengua,  corazón; 
Y  con  tal  verdad  descrito, 
Que  aunque  haya  desaparecido. 
Ha  de  escapar  al  olvido 
El  gaucho  en  ese  Pantheon. 

187S 


Carlas  poéticas  al  poeta  colom- 
biano Joryc  Isaac,  por  Salva- 
dor Mario. 

CARTA   ULTIMA 

Jorgí  á  tomar  mi  humilde  péñola 

Para  escribirte  la  tercera  carta, 
Sobre  un  recuerdo  que  tus  dulces  versos, 
Trajeron  á  mi  alma. 

lé,  al  suspirar  tus  bellos  cantos. 
Las  decimas  que  al  son  de  la  guitarra 
Entona,  tristemente  Martin  Fierro 

Al  borde  de  la  Pampa. 

Ese  agreste  cantor,  que  simboliza 
La  miserable  vida  de  una  raza 
Que  espera,  como  él  dice,  que  algún  criollo 
Gobierne  en  esta  patria! 

¡Raza  infeliz  que,  con  la  fé  sublime 
Del  que  lleva  en  el  alma  una  esperanza, 
Espera  que  algún  Cristo  la  redima 
De  su  culpa  soñadal 

¡Cuántos,  amigo  Jorge,  de  sns  hijos 
Merecen  que  en  el  centro  de  una  plaza 
Be  les  eleve  un  monumento  eterno 
Por  sus  grandes  hazañas. 

(Cuántos  porque  nacieron  en  América 
No  tienen  ni  nn  recuerdo  ni  una  lágrima, 
Habiendo  muerto,  como  grandes  héroes, 
Luchando  por  la  patria! 

iCuántos  hay  que  merecen  la  aureola 
Del  genio  de  las  musas  agraciadas, 
Y  que  no  se  les  dá,  porque  se  inspiran 
Muy  lejos  de  la  Francia! 

Martin  Fierro,  el  poeta  sin  laureles, 
En  el  silencio  de  la  noche  canta, 
Con  voz  de  doloroso  sentimiento, 
Sus  ímprobas  desgracia*. 


, 


Y  no  advierte  qne  canta  las  de  todos 
Los  que  nacen  al  borde  de  la  Pampa, 
Los  que  saben  luchar  como  leones 

En  las  grandes  batallas! 

No  advierte  que  en  sus  décimas  monótonas 
Hay  destellos  rosados  de  alborada 
Iluminando  un  mágico  paisaje, 
De  tierra  americana. 

No  advierte  que    hay   relámpagos  de  tarde 
Clareando  la  llanura  solitaria, 
Donde  palpita  la  mirada  eterna 
Del  Dios  de  las  borrascas! 

No  advierte  qne  la  vida  de  los  campos 
Con  colores  espléndidos  retr.-ita: 
¡Con  los  colores  que  le  prestí1  el  Iri» 
Del  cielo  de  la  patria! 

En  la  verdad  él  busca  la  po. 

Y  en  la  verdad  de  sus  colores  la  halla 
Como  una  fresca  y  candida  v'oleta 

En  medio  de  unas  zarzas. 

Del  pagador  humilde,  Martin  Fierro, 
Te  envío,  Jorge;  las  hermosas  páginaa 
Léelas  á  orillas  del  modesto  .Virnj, 
En  tu  valle  del  Cauca. 

Sin  más,  amigo,  te  saluda  atento, 
Desde  una  tosca  del  inmenso  P: 
El  que,  á  pesar  de  Avellaneda,  admira 
Los  versos  que  tu  cantas! 

Salvador  Mario. 

Buenos  Aires,  Diciembre  17  de  1877. 


EL   PAYADOR 

En  nn  espacioso  rancho 
De  amarillentas  totoras. 
En  derredor  asentadas 
De  una  llama  serpeadora, 
Que  ilumina  los  semblantes 
Como  funeraria  antorcha 
Hirviendo  el  agua  en  e,  fuego, 
Y  de  una  mano  tras  otra 
Pasando  el  sabroso  mate 
Que  todos  con  gusto  toman, 
Se  pueden  contar  muy  bien 
Como  unas  doce  personas, 
Pero  están  con  tal  silencio, 
Con  tanta  calma  reposan, 
Que  solo  se  escucha  el  éoo 
De  guitarra  gemidora, 
Mezclado  con  los  acentos 
De  una  voz  que  melancólica, 
Murmura  tan  dulcemente 


XL 


JUICIOS    CRÍTICOS 


Como  el  viento  entre  las  hojas. 
Es  un  payador,  que  tierno 
Alza  allí  sentida  trova, 

Y  al  compás  de  su  guitarra 
Versos  á  raudales  brota; 
Pero  versos  expresivos, 

De  cadencia  voluptuosa, 

Y  que  expresan  tiernamente 
De  su  pecho  las  congojas. 
Es  verdad  que  muchas  veces 
La  ingrata  rima  cohorta 
Pensamientos  que  grandiosos 
Se  traslucen  mas  no  asoman, 

Y  como  nocturnas  luces 
Al  irradiar  se  evaporan. 
La  fantasia  sujeta 

En  las  redes  del  idioma, 
No  permite  que  se  eleve 
La  inspiración  creadora, 
Ni  que  sus  altivas  alas 
Del  arte  los  grillos  rompan, 
Ni  que  el  instinto  del  genio 
Les  trace  una  senda  propia, 
Mostrándole  allá  en  los  cielos 
Aquella  ansiada  corona, 
Que  iluminando  el  espacio 
Con  su  luz  esplendorosa 
Vibra  un  rayo  diamantino 


Que  el  numen  del  vate  esponja 
Para  embeber  fácilmente 
De  su  corazón  las  gotas, 

Y  destilarlas    después 
Con  el  llanto  de  la  aurora 
Convertidas  en  cantares 

Que  vuelan  de  zona  en  zona, 
¡Y  cuántas  veces  no  obstante 
Sus  desaliñadas  coplas, 
Sin  esfuerzo  ni  trabajo 
Como  las  tranquilas  ondas, 
Una  á  una,  dulcemente, 
Van  saliendo  de  su  boca! 
O  derrepente  veloces, 
Penetrantes,  ardorosas, 
Se  escapan  como  centellas 

Y  el  fondo  del  alma  tocan! 
Porque  su  maestro  es 

La  naturaleza  sola, 

A  quien  ellos  sin  saber 

A  oscuras  y  á  tientas  copian. 

Asi  el  cantor  sin  curarse 

De  reglas  que  no  le  importan, 

Sigue  raudo  y  caprichoso 

Su  bien  comenzada  trova. 

Celiab — Alejandro  Magarifio» 
Cervantes. 


*-•.«. 


£DAERTiI2     FIERRO 


CSITICAS      XJ&TTJST^S 


ESTÉTICA  Y  FILOSOFÍA 


r 


Si  1»  poesía  es  el  espejo  mas  fiel 
del  alma  intima  de  un  pueblo  y  el 
acabado  retrato  de  los  caracteres  y 
costumbres  del  mismo,  puede  decirse 
qué,  la  nuestra  ha  tenido  muy  pocos 
representantes. 

Hidalgo,  Ascasubi,  Del  Campo  y 
Hernández,  han  sido  tal  vez  los  únicos 
poetas  argentinos,  que  sin  necesidad 
de  buscar  inspiraciones  y  modelos  en 
los  autores  extrangeros,  han  sabido 
arrancar  de  sus  liras,  verdaderos  acen- 
tos nacionales  que  reflejan  de  un  mo- 
delo ta»  admirable  como  gráfico,  la 
fisonomía  moral  de  nuestro  pueblo,  y 
el  carácter  peculiar  y  distintivo  de 
nuestros  antiguos  gauchos,  pintando, 
al  propio  tiempo,  con  inimitable  y 
opulento  colorido,  la  intensa  magestad 
de  nuestra  Pampa  y  de  nuestro  cielo 
con  todos  sus  esplendores  y  delicados 
perfumes. 

Los  demás  vates,  Andrade  y  Eche- 
varría, Mármol  y  los  Gutiérrez,  fueron, 
á  pesar  de  sus  relevantes  dotes  de  pen- 
sadores profundos  y  de  su  inagotable 
inspiración,  pocas  veces  desmentida, 
representantes  genuinos,  si"  bien  mu- 
cho menos  directos,  del  romanticismo 
avasallador,  del  neo-clasisismo  sobera- 
no, ó  del  naturalismo  ó  verismo  con- 
vencionales, por  mas  de  que  se  diga. 
por  autoridades  en  materias  literarias, 
que  todas  estas  palabras  están  despro- 
vistas de  sentido,  si  se  desciende  al 
fondo  mismo  de  las  cosas. 


No  me  compete  á  mí — por  mas  que 
pudiera  hacerlo  —  juzgar  si  Hidalgo, 
fundador  de  esta  escuela  y  relegado 
al  olvido  por  los  propios,  cumplió  ó 
no  con  la  misión  que  se  impuso;  ni 
si  el  único  móvil  de  las  obras  de  As- 
casubi fué  el  de  hacer  que  el  hombre 
culto  se  riera  del  lenguaje  del  gaucho, 
y  mucho  menos  examinar  si  es  ó  no 
cierto  que  Estanislao  del  Campo  se 
propuso  criticar  las  obras  artí.- 
por  boca  de  los  gauchos.  Me  guian 
otras  iutenciones,  figurando  en  primer 
término,  la  de  hacer  resaltar  la  injus- 
ticia con  que  ha  sido  tratado  el  autor 
de  Mahtin  Fiehho  por  algunos  críti- 
cos, eminentemente  argentinos,  y  por 
algunos  profesores  de  literatura,  quie- 
nes han  tenido  la  avilantez  de  decir, 
que,  Hernández  era,  en  unión  de  As- 
casubi, insoportable  y  prosaico. 


Hace  ya  mucho  tiempo  que,  llama- 
do á  desempeñar  la  cátedra  de  litera- 
tura en  uno  de  nuestros  primeros  es- 
tablecimientos de  enseñanza,  tuve  oca- 
sión de  advertir  que  en  los  programas 
correspondientes  al  curso  de  5o  año 
del  Colegio  Nacional,  nadase  hablaba 
de  Hernández,  ni  en  la  parte  que  se 
refiere  á  la  poesía  nacional,  ni  en  otra 
alguna. 

Mis  dudas  y  mis  vacilaciones,  á  esto 
respecto  fueron  grandes,   llegando    tí 


XLII 


SOBRE  MARTÍN  FIERRO 


extremo  de  leer  cuatro  ó  cinco  veces 
seguidas,  tanto  como  la  ida  y  la  vuelta 
de  Martin  Fierro.  Estas  dudas  solo 
se  disiparon,  cuando  al  aparecer  la 
obra  titulada  «América  Literaria»,  (co- 
lección de  trozos  escogidos  de  los  pri- 
meros poetas  y  prosistas  americanos), 
vi  en  el  prólogo  escrito  por  el  doctor 
Juan  Antonio  Argerich  con  referencia 
á  la  sección  argentina  las  siguientes 
palabras,  en  que  después  de  haber  juz- 
gado con  demasiada  parcialidad,  por 
cierto,  á  Olegario  V.  Andrade  y  á 
Estanislao  del  Campo,  exclama:  «¡Qué 
diferencia  con  Ascasubi  y  con  Her- 
nández, lisa  y  llanamente  insoportables 
y  prosaicos!» 

Habiendo  sido  catedrático  de  lite- 
ratura en  el  Colegio  Nacional,  la  per- 
sona que'estas  frases  estampaba  en  un 
libro  que  debia  tener — como  ha  teni- 
do— gran  circulación,  no  podía  extra- 
ñarme ya,  cual  era  la  causa  de  haber 
eliminado  de  los  estudios  de  literatura, 
el  nombre  del  poeta  eminentemente 
nacional,  de  que  voy  á  ocuparme,  no 
con  la  erudición  y  detenimientos  ne- 
cesarios, pere  sí  con  la  buena  fó  del 
que  vá  á  exponer  juicios  propios  que 
en  forma  alguna  se  separan  de  las  re- 
glas del  arte,  como  trataré  de  de- 
mostrarlo. 

Para  los  que  así  opinan,  imperan, 
desde  luego,  el  charlatanismo,  la  inge- 
nuidad, el  espíritu  de  sistema  y  la 
retórica  de  los  pedantes  sin  fa- 
cultades creadoras,  á  quienes  tanto 
critican,  siendo  por  otra  parte,  letra 
muerta  para  ellos,  los  justos,  bien  pen- 
sados y  mejor  escritos  juicios  críticos 
que  habrán  de  preceder  al  mío. 


No  era  el  señor  Hernández — en  mi 
concepto — el  poeta,  irresoluto  y  tími- 
do, ni  estaba  ajeno  de  antiguos  resa- 
bios, aun  cuando  muchas  veces  le  vea- 
mos fluctuar,  entre  un  pasado  de  que 
no  quisiera  apartarse,  un  presente  lleno 
de  corrupción  y  de  personalismos  y 
un  futuro  que  le  causaba  espanto  y 
le  llenaba  el  alma  de  la  melancolía  y 
amargura  de  que  están  impregnados 
%lgunos  de  sus  magníficos  versos. 


El  autor  de  Martin  Fierro,  n-  pí 
un  caso  aislarlo,  no  obstante  el  género 
que  cultivó.  Mármol,  Echevarría  y  Au- 
drade  también  sufrieron  las  mismas 
angustias  al  ver  cómo  desaparecían 
los  tiempos  casi  patriarcales,  ,í  impul- 
sos de  la  civilización  y  del  progreso; 
progreso  que  traia  consigo  refinamien- 
tos y  costumbres  hasta  entonces  igno- 
radas y  que  al  propio  tiempo  que 
gustaban  de  aquellos  y  de  éstas  los 
seres  humanos,  perdian  como  por  en- 
canto, su  adorable  sencillez  y  la  in- 
genuidad que  tanto  los  caracterizaba, 
en  los  primeros  alboreo  y  aun  casi  á 
mediados  del  siglo  de  las  luces. 

El  gaucho,  en  este  concepto,  era 
retardatario;  costábale  gran  trabajo 
desprenderse  de  sus  costumbres;  por 
eso  era  mirado  con  recelo;  por  eso  sé 
le  trataba  injustamente  y  hasta  se  le 
despreciaba.  ¿Que  entraño  es,  pues  qu« 
el  señor  Hernández  haya  tronado  con- 
tra estas  injusticias  y  esos  absurdos, 
tratando  al  propio  tiempo  de  perpe- 
tuar una  raza  noble,  hospitalaria,  ge- 
nerosa, varonil,  sobria  y  trabajadora....? 
Martin  Fierro,  tan  enérgico,  tan 
arrogante,  tan  varonil,  compendia  en 
sí, — por  incomprensible  é  inexplicable 
paradoja, — el  máximun  del  valor  per- 
sonal y  la  suma  de  la  debilidad  hu- 
mana. 

Extraño  contraste:  tiene  valor  para 
luchar,  cuerpo  á  cuerpo,  con  diez, 
con  veinte  hombres,  no  importaba  con 
cuantos  y  no  lo  tiene  para  romper 
con  el  pasado  y  seguir  la  corriente 
de  los  demás  seres.  No  quiere  matar 
y  mata,  ó  lo  que  es  lo  mismo,  tien« 
valor  para  hacerlo,  pero  es  débil  para 
resistir  los  impulsos  que  le  incitan  i 
ello,  ó  para  acatar  con  resignación  ei 
fallo  de  la  suerte. 

Y,  sin  embargo,  Martin  Fierro,  en 
los  momentos  de  vacilación  y  de  de- 
sesperación, cuando  vacila  ó  cuando 
llora,  cuando  canta  ó  cuando  rie,  es 
varonil,  es  fuerte  y  en  esto  no  se  pa- 
rece ciertamente,  ni  á  Anastasio  el 
Pollo,  ni  á  Santos  Vega,  ni  á  Juar 
Sin  Ropa. 


CRITICAS    INJUSTAS 


xun 


Hay  algo  roas  todavía  en  la  obra 
del  señor  Hernández,  que  no  pueda 
pasar  desapercibido  para  ninguna  per- 
sona inteligente  y  de  mediana  ins- 
trucción. 

Se  moteja  y  se  tacha  al  señor  Her- 
nández, de  prosaico  y  de  insoportable, 
y  sin  embargo  —salvo  rarísimos  perío- 
dos— la  obra  que  nos  ocupa  está  com- 
pletamente encadenada  y  sujeta,  no 
solamente  á  los  invariables  principios 
de  la  est  o  también  á  los    de 

la  mas  sana  filosofía,  si  bien  puestos 
al  alcance  de  los  críticos  mas  obtusos, 
á  encadenada  á  los  principios  de 
la  estética,  porque  no  habiendo  pale- 
tas cuyos  colores  compitan  con  la  pa 
labra  humana,  ésta  se    amolda   admi- 
mente  al  lenguaje  del  gaucho,  á 
fin  de  que  no  palidezcan    en    nuestra 
;  i  nación  las  imágenes  de    Martin 
ie  Cruz  y  del  viejo  Vizcacha; 
; ras  todas  que  pueden  competir,  á 
r  de  la  diferencia  de  género,  con 
las  de  algunos  clásicos    europeos.    L» 
verdad  y  el  colorido  de  ellas,  nos  ha- 
cen sentir  y  pensar,    obligándonos    á 
termina/  la  lectura  del  libro  una  vez 
abierto,  y  hasta,  si  se  nos  permitiese 
la  frase,   llorar  cuando    ellos  lloran  y 
reir  cuando  ellos  ríen.  Si    la   estética 
es  la  ciencia  de  la    sensibilidad,  debo 
confesar  que  Martín  Fierro  está  su- 
jeta á  los  principios  que  ella  establece 
por  cuanto  su  lectura  me  ha  causado 
diversa*  emociones  é  impresiones. 


Considerada  la  obra  que  rne  ocupa, 
bajo  el  punto  da  vista  filosófico,  debo 
confesar  también  que  su  filosofía  es 
tanto  mas  valiosa  cuanto  es  mas  ori- 
ginal. 

No  se  verán  en  ellas  máximas  to- 
madas de  Kaut,  de  Spencer,  de  Ribot, 
de  Aristóteles  ó  de  otros  filósofos, 
pero  en  cambio,  las  que  Hernández 
pone  en  boca  del  viejo  Vizcacha,  de 
Martin  Fierro  y  del  payador  more- 
no, son  además  de  ser  concisas  y  cla- 
ras, tan  originales  como  los  refranes 
que  Cervantes  pone  en  la  de  Sancho, 
ó  las  máximas  que  oportunamente  co- 
loca el  mismo  autor  en  la  de  Don  Qui- 
jote. 

Los  dichos,  pues,  refranes,  ó  máxi- 
mas de  que  está  sembrada,  tanto  la 
ida  como  la  vuelta  de.  Martin  Fierro, 
constituyen  la  filosofia  popular,  ex- 
presada en  lenguaje,  gauchesco,  con 
expresiones  y  modismo  puramente  io- 
cales,  pero  cuyo  fondo  de  verdad  no 
puede  negar  ninguna  persona  instruida. 

Voy  á  terminar;  Martin  Fierro,  ea 
una  obra  que  descansa  en  sólidas  ba- 
ses: es  el  producto  de  la  observación 
y  de  la  experimentación,  por  cuanto 
refleja  en  unas  cuantas  individualida- 
des, identificándose  con  ellas,  toda 
una  raza  entera,  que  el  progreso  mo- 
derno, en  sus  múltiples  manifestacio- 
nes, se  ha  encargado  de  hacer  que 
desaparezca. 

Dr.  Moornk, 


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MAF¡TIN[  FIERRO 


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."zo  á  cantar 

i-lwe  <  i  desvalí 

traordinaria, 
Como  el  ave  solitaria 

autar  se  consuela. 

Pido  a  los  Santos  del   C 

miento, 
te  momento 
Que  voy  á  cantar  mi  historia 
len  la  memoria 

Y  aclaren  mi  entendimiento. 

Vengas  ^utos  milagrosos, 
Vengan  todos  en  mi  ayuda, 
Que  la  lengua  se  me  añuda 

Y  se  me  naba  la  vi 
Pido  á  mi  Dios  que 

En  una  ocasión  tan  ruda. 

Yo  he  visto  muchos  cantores, 
Con  famas  bien  obtenidas, 
Y'  que  de.^pues  de  adquiridas 
No  las  quieren  sustentar:  — 
Parece  que  sin  larp 
8e  cansaron  en  partidas. 


Mas  ande  otro  criollo  pasa 
Martin  Fierro  ha  de  pasar, 
Nada  lo  hace  recular 
Ni  las  fantasmas  lo  e-.pai.tan; 

Y  deude  que  todos  cantan 
Yo  también  quiero  cantar. 

Cantando  me  he  de  morir, 
Cantando  me  han  de  enterrar, 

Y  chantando  he  de  llegar 
Al  pie  del  Eterno  Padre — 
Dende  el  vientre  de  mi  r.iadra 
Vine  á  este  mundo  á  cantar. 

Que  no  se  trave  mi  lengua 
Ni  me  falte  la  palabra — 
El  cantar  mi  gloria  labra 

Y  poniéndome  á  cantar, 
Cantando  me  han  de  encontrar 
Aunque  la  tierra  se  abra. 

-iento  en  el  plan  de  un  bajo 
A  cantar  un  argumento — 
Como  si  soplara  un  viento 
Hago  tiritar  los  pastos — 
Con  oros,  copas  y  bastos 
Juega  alli  mi  pensamiento 

Yo  no  soy  cantor  letrao, 
Mas  si  me  pongo  á  cantar 
No  tengo  cuando  acabar 

Y  me  envejezco  cantando, 
Las  coplas  me  van  brotando 
Como  agua  de  manantial 


EL    GAUCHO 


Con  la  guitarra  en  la  mano 
Ni  las  moscas  se  me  arriman, 
Naides  me  pone  el  pie  encima. 

Y  cuando  el  pecho  se  entona, 
Hago  gemir  á  la  prima 

Y  llorar  a  la  bordona. 

Yo  soy  toro  en  mi  rodeo 

Y  torazo  en  rodeo  ageno. 
Siempre  me  tuve  por  güeno 

Y  si  me  quieren  probar, 
Salgan  otros  á  cantar 

Y  veremos  quien  es  menos. 

No  me  bago  al  lao  de  la  güeya 
Aunque  vengan  degollando, 
Con  los  blandos  yo  soy  blando 

Y  soy  duro  con  los  duros. 

Y  ninguno  en  un  apuro 

líe  ba  visto  andar  tutubiando. 

En  el  peligro  ¡  que  Cristos ! 
El  corazón  se  me  ensancha 
Pues  toda  la  tierra  es  cancha, 

Y  de  esto  naides  se  asombre, 
El  que  se  tiene  por  hombre 
Ande  quiera  hace  pata  ancha. 

Soy  gauoho,  y  entiéndalo 
Como  mi  lengua  lo  esplica, 
Para  mi  la  tierra  es  chica 

Y  pudiera  ser  mayor 
Ni  la  víbora  me  pica 

Ni  quema  mi  frente  el  Sol, 

Nací  como  nace  el  peje 
En  el  fondo  de  la  mar; 
Naides  me  puede  quitar 
Aquello  que  Dios  me  dio — • 
Lo  que  al  mundo  truge  yo 
Del  mundo  lo  he  de  llevar 

Mi  gloria  es  vivir  tan  libre 
Como  el  pájaro  del  Cielo, 
No  hago  nido  en  este  suelo 
Ande  hay  tanto  que  sufrir; 

Y  naides  me  ha  de  seguir 
Cuando  yo  remonto  el  vuelo. 

«  Yo  no  tengo  en  el  amor 
Quien  me  venga  oon  querellas; 
Gomo  esa»  aves  tan  bellas 
%ue  salten  de  rama  en  rama— 
Yo  haf,o  en  el  trébol  mi  cama. 

Y  mr.  cubren  las  estrellas. 


Y  sepan  cuantos  escuchan 
De  mis  penas  el  relato 
Que  nunca  peleo  ni  mato 
Sino  no  por  necesidá; 

Y  que  á  tanta  alversidá 
Solo  me  arrojó  el  mal  trato. 

?  atiendan  la  relación 
Que  hace  un  gaucho  perseguido» 
Que  padre  y  marido  ha  sido 
Empeñoso  y  deligente, 

Y  sin  embargo  la  gente 
Lo  tiene  por  un  bandido. 


H 


Ninguno  me  hable  de  penas 
Porque  yo  penando  vivo 

Y  naides  se  muestre  altivo 
Aunque  en  el  estribo  esté 
Que  suele  quedarse  á  pie 
El  gaucho  mas  alvertido. 

Junta  esperencia  en  la  vida 
Hasta  pa  dar  y  prestar, 
Quien  la  tiene  que  pasar 
Entre  sufrimiento  y  llanto; 
Porque  nada  enseña  tanto 
Como  el  sufrir  y  el  llorar. 

Viene  el  hombre  ciego  al  mundo 
Cuartiándolo  la  esperanza, 

Y  a  poco  andar  ya  lo  alcanzan 
Las  desgracias  a  empujones; 
¡Jué  pucha!  que  trae  liciones 
El  tiempo  cor  sus  mudanzasl 

Yo  he  conocido  esta  tierra 
En  que  el  paisano  vivía 

Y  su  ranchito  tenía 

Y  sus  hijos  y  mujer 

Era  una  delicia  el  ver 
Como  pasaba  sus  días. 

Entonces ....  cuando  el  lucero 
Brillaba  en  el  cielo  santo,. 

Y  los  gallos  con  su  canto 
Nos  decían  que  el  día  llegaba, 
A  la  cocina  rumbiaba 

El  gaucho  que  era  un  encante 


MARTIN  FIERRO 


Y  sentao  junto  al  fogón 

A  esperar  que  venga  el  día. 
Al  cimarrón  le  prendía 
Hasta  ponerse  rechoncho, 
Mientras  su  china  dormía 
Tapadita  con  su  poncho. 

Y  aperiít*  «2  horizonte 
Empezaba  á  coloriar 
Los  pájaros  á  cantar, 

Y  las  gallina  a  apiane, 

OOM  áe  largarse 
Cada  cual  a  trabajar. 

Este  se  ata  las  espuelas, 
de  el  otro  cantando, 
Uno  busca  un   pellón  blando, 
Este  un  laao,  otro  un  rebenque, 

Y  los  pingos  relinchando 

llaman  desde  el  palenque. 

E!  pión  domador 

Enden  /.iba  al  corral, 
And  •.  el   animal 

B'if.-v^r.  -,;.'•  se  las    ¡.••l.i....'1 

Y  mas  malo  que  BU  aer 
Se  hacia  astillas  el  bagual. 

Y  allí  el  gancho  inteligente 
En  cuanto  el  potro  enriendó, 
Los  cueros  le  acom< 

Y  se  lo  aefitó  enseguida; 

Que  el   hombre  muestra  «n  la  vida 
La  astucia  que  Dios  le  dio. 

Y  en  las  playas  corcobiando 

hacía  el  sotivta 
Mientras  él  por  las  paletas 
Le  jugaba  las  lloronas, 

Y  al  ruido  de  las  caronas 
Salía  haciéndose  gambetas. 

Ah!  tiempos:. ...  si  era  un  orgullo 
Ver  ginetiar  un  paisano — 
Cuando  era  gaucho  baquiano 
Aunque  el  potro  se  bollase, 
No  había  uno  que  no  parase 
Con  el  cabresto  en  la  mano. 

Y  mientra  domaban  unos, 
Otros  al  campo  salían, 

Y  la  hacienda  recogían, 
Las  manadas  repuntaban, 

Y  ansí  sin  sentir    [jasaban, 
Entretenidos  el  día 


Y  verlos  al  cair  la  noche 
En  la  cocina  riunidos, 

Con  el  juego  bien  prendido 

Y  mil  cosas  que  contar, 
Platicar  muy  divertidos 
Hasta  después  de  cenar. 

Y  con  el  buche  bien  lleno 
Era  cosa  superior 

Irse  en  brazos  del  amor 
A.  dormir  como  la  gente. 
Pa  empezar  al  día  siguiente 
Las  fainas  del  día  anterior 

Ricuerdo!     ;Qne   maravilla!! 
Cómo  andaba  la  gaucha 
Siempre  alegre  y  bien   montada 

Y  dispuesta   [ja  el  trabajo .... 
Pero  al  presente.  .  .  .barajo! 
No  se  le  vé  de  aporriada. 

Ei  gaucho  mas  infeliz 
Tenia  tropilla  de  un  pelo 
No  le  faltaba  un  consuelo 

Y  andaba  la  gente  lista.  .  .. 

tiendo  ai  campo  la  vista, 
lo  via  hacienda  y  cié 

yerras, 
•  .lor! 
Tanto  gane!.  lor 

Y  tironeador  sin  yel — 

Ah!  tiempos! ....  pero  si  en  óL 
Se  ha  visto  tanto  primor. 

Aquello  no  era  trabajo, 
Ma  ra  una  junción, 

Y  de  le  un  güen  tirón 
Eu  que  uno  se  daba  mana, 
Pa  darle  un  trago  de  ea 
Solia  llamarlo  el  patrón. 

Pues  vi  via  la  mamajuana 
Siempre  bajo  la  carreta. 

Y  aquel  que  no  era  chancleta 
En  cuanto  el  goyete  vía, 

Sin  miedo  se  le  prendía 
Como  güérfano  a  la  teta. 

Y  que  jugadas  se  armaban 
Cuando  estábamos  riunidos! 
Siempre  Íbamos  prevenidos 
Pues  en  tales  ocasiones, 

A  ayudarles  á  los  piones 
Caiban  muchos  comedido». 


EL  GAUCHO 


Eran  los  días  del  apuro 

Y  alboroto  pa  el  hembraje, 
Pa  preparar  los  potajes 

Y  obsequiar  bien  á  la  gente, 

Y  ansí,  pues,  muy  grandemente, 
Pasaba  siempre  el  gauchage. 

Venia  la  carne    con  cuero, 
La  sabrosa  carbonada, 
Mazamorra  biea  pisada 
Los  pasteles  y  el  güen  vino .... 
Pero  ha  querido  el  destino, 
Que  todo  aquello  acabara. 

Estaba  el  gaucho  en  su  pago 
Con  toda  seguridá; 
Pero  aura. .  . .   barbaridá  ! 
La  osa  anda  tan  fruncida, 
Que  gasta  el  pobre  la  vida 
En  juir  de  la  autoridá. 

Pues  si  usté  pisa  en  su  rancho 

Y  si  el  alcalde  lo  sabe 

Lo  caza  lo  mesmo  que  ave 
Aunque  su  mujer  aborte .... 
No  hay  tiempo  que  no  se  acabe 
Ni  tiento  que  no  se  corte! 

Y  al  punta  dése  por  muerto 
Si  el  alcalde  lo  bolea, 
Pues  hay  no  más  se  le  apea 
Con  una  felpa  de  palos,  — 

Y  después  dicen  que  es  malo 
El  gaucho  si  los  pelea. 

Y  el  lomo  le  hinchan  á  golpes, 

Y  le  rompen  la  cabeza, 

Y  luego  con  lijereza 
Ansí  lastimao  y  todo, 

Lo  amarran  codo  con  codo 

Y  pa  el  cepo  lo  enderiezan. 

Ay  comienzan  sus  desgracias, 
Ay  principia  el  pericón; 
Porque  ya  no  hay  salvación, 

Y  que  usté  quiera  ó  no  quiera, 
Lo  mandan  á  la  frontera 

0  lo  echan  á  un  batallón. 

A-nsí  empezaron  mis  males 
Lo  mesmo  que  los  de  tantos. 
Si  gustan ....  en  otros  cantos 
Les  diré  lo  que  he  sufrido — 
Después  que  uno  está ....   perdido 
Uo  lo  salvan  ni  los  santos. 


III 


Tuve  en  mi  pago  en  un  ti*rap© 
Hijos,  hacienda  y  mujer, 
Pero  empecé  á  padecer, 
Me  echaron  a  la  frontera, 
¡Y  qué  iba  á  hallar  al  volver! 
Tan  solo  hallé  la  tapera. 

Sosegao  vivia  en  mi  rancho. 
Como  el  pájaro  en  su  nido  — 
Allí  mis  hijos  queridas 
Iban  creciendo  á  mi    lao .... 
Solo  queda  al  desgraciao 
Lamentar  el  bien  perdido. 


Mi  gala  en  las  pulperías 
Era  en  habiendo  más  gente, 
Ponerme  medio  caliente, 
Pues  cuando  puntao  me  encu 
Me  salen  coplas  de  adentro 
Como  agua  de  la  virtiente. 

Cantando  estaba  una  vez 
En  una  gran  diversión; 
Y  aprovechó  la  ocasión 
Como  quiso  el  Juez  de  Paz . . 
Se  presentó  y  ahi  no  más 
Hizo  una  arriada  en  montón. 


Juyeron  los  más  matreros 

Y  lograron  escapar — 
Yo  no  quise  disparar  — 

Soy  manso  y  no  había  po¡ -ju4— 
Muy  tranquilo  me  quedó 

Y  ansí  me  dejé  agarrar. 

Allí  un  gringo  con  un  órgano 

Y  una  mona  que  bailaba, 
Haciéndonos  rair  estaba 
Cuando  le  tocó  el  arreo — 

¡Tan  grande  el  gringo  y  tan  fefltf 
Lo  viera  como  lloraba. 

Hasta  un  inglés  zangiador 
Que  decía  en  la  última  guerw^ 
Que  él  era  de  Inca-la- perra 

Y  que  no  quería  servir, 
Tuvo  también  que  juir 

A  guarecerse  en  la  Sierra 


MARTIN  FIERRO 


Ni  los  mirones  salvaron 
De  esa  arriada  de  mi  flor — 
Fué  acoyarao  el  cantor 
Con  el  gringo  de  la  mona— 
A  ano  solo,  por  favor, 
Logró  salvar  la  patrona. 

Formaron  un  contingente 
Con  los  que  del  baile  arriaron— 
Con  otros  nos  mesturaron 
Que  habían  agarrao  también— 
Las  cosas  que  aqui  se  ven 
Ni  los  diablos  las  pensaron. 

A  mi  el  Juez  me  tomó  entre  ojof 

En  la  última  votación — 

Me  le  había  hecho  el  remolón 

Y  no  me  arrimé  ese  dia, 

Y  él  dijo  que  yo  servia 
A  los  de  la  esposicion. 

Y  ansi  sufrí  ese  castigo 

Tal  vez  por  culpas  agenas — 
Que  sean  malas  o  sean  güeñas 
Las  listas,  siempre  me  escondo— 
Yo  soy  un  gaucho  redondo 

Y  esas  cosas  no  me  enllenan. 

Al  mandarnos  nos  hicieron 
Mas  promesas  que  á  un  altar— 
El  Juez  nos  juó  á  proclamar 

Y  nos  dijo  muchas  veces: 
«Muchachos,  á  los  seis  meses 
«Los  van  á  ir  á  revelar.» 

Yo  llevé  un  moro  de  número 
Sobresaliente  el  matucho! 
Con  él  gané  en  Ayacucho 
Mas  plata  que  agua  bendita— 
Siempre  el  gaucho  necesita 
Un  pingo  pa  fiarle  un  pucho. 

Y  cargué  si  dar  mas  güeltas 
Con  las  prendas  que  tenia, 
Gergas,  poncho,  cuanto  habia 
En  casa  tuito  lo  alcé — 

A  mi  china  la  dejé 
Media  desnuda  ese  dia. 

No  me  faltaba  una  guasca, 
Esa  ocasión  hecho  el  resto: 
Bozal  maniador  cabresto, 
Lazo,  bolas  y  manea. . . . 
tEl  que  hoy  tan  pobre  me  tm 
Tal  vea  no  orerá  todo  estoll 


Ansi  en  mi  moro  escarciande 
Enderesé  á  la  frontera; 
Aparcero!  si  usté  viera 
Lo  que  se  llama  Cantón .... 
Ni  envidia  tengo  al  ratón 
En  aquella  ratonera. 

De  los  pobres  que  alli  habí» 
A  ninguno  lo  largaron, 
Los  mas  viejos  resongaron, 
Pero  á  uno  que  se  quejó 
Enseguida  lo  estaquiaron 

Y  la  cosa  se  acabó. 

En  la  lista  de  la  tarde 
El  Jefe  nos  cantó  el  punto 
Diciendo:  «quinientos  juntos 
«Llevará  el  que  se  resierte, 
«Lo  haremos  pitar  del  juerte 
«Mas  bien  dése  por  d ¡junto.» 

A  naides  le  dieron  armas, 

Pues  toditas  las  que  habia 

El  Coronel  las  tenia, 

Sigun  dijo  esa  ocasión 

Pa  repartirlas  el  dia 

En  que  hubiera  una  invasión. 

Al  principio  nos  dejaron 
De  haraganes  criando  sebo. 

Pero  después no  me  atrev» 

A  decir  lo  que  pasaba — 

Barajo si  nos  trataban 

Como  se  trata  á  malevos 

Porque  todo  era  jugarles 
Por  los  lomos,  con  la  espada, 

Y  aunque  usté  no  hiciera  nada, 
Lo  mesmito  que  en  Palermo, 
Le  daban  cada  cepiada 

Que  lo  dejaban  enfermo 

Y  qué  indios — ni  qué  servicio, 
No  teníamos  ni  Cuartel- 
Nos  mandaba  el  Coronel 

A  trabajar  en  sus  chacras, 

Y  dejábamos  las  vacas* 
Que  las  llevara  el  infiel. 

Yo  primero  sembró  trigo 

Y  después  hice  un  corral, 
Corté  adobe  pa  un  tapial, 

Hice  un  quincho,  cortó  paja. ..," 
La  pucha  que  se  trabaja 
Sin  que  le  larguen  un  riaJL 


8 


EL  GAUCHO 


Y  es  lo  pior  que  aquel  enriedo 
Que  si  uno  anda  hinchando    el 
Se  le  apean  como  un  plomo . . . 
¡Quien  aguanta  aquel  infierno! 
Si  eso  es  servir  al  Gobierno, 

A  mi  no  me  gusta  el  cómo. 

Mas  de  un  año  nos  tuvieron 
En  esos  trabajos  duros, — 

Y  los  indios,  le  asiguro, 
Dentraban  cuando  querian: 
Como  no  los  perseguian 
Siempre  andaban  sin  apuro. 

A  veces  decia  al  volver 
Del  campo  la  descubierta, 
Que  estuviéramos  alerta 
Que  andaba  adentro  la  indiada; 
Porque  habia  una  rastrillada 
O  estaba  una  yegua  muerta 

Recien  entonces  salía 

La  orden  de  hacer  la  riunion— 

Y  cáibamos  al  cantón 

En  pelos  y  hasta  enancaos, 
Sin  armas,  cuatro  pelaos 
Que  íbamos  a  hacer  jabón. 

Ay  empesaba  el  afán 

Se  entiende,  de  puro  vicio 

De  enseñarle  el  ejerció 

A  tanto  gaucho  recluta, 

Con  un   estrutor . .  .  que . .  .  bruta 

Que  nunca  sabia  su  oficio. 

Daban  entonces  las  armas 
Pa  defender  los  cantones, 
Que  eran  lanzas  y  latones 

Con  ataduras  de  tiento ' 

Las  de  juego  no  las  cuento 
Porque  no  habia  municiones 

Y  un  sargento  chamuscao     , 
Me  contó  que  las  tenían, 
Pero  que  ellos  las  vendían 
Para  cazar  avestruces; 

Y  ansi  andaban  «oche  y  día 
Déle  bala  a  los  ñanduces. 

Y  cuando  se  iban  los  indios 
Con  lo  que  habian  manotiao, 
Salíamos  muy  apuraos 

A  perseguirlos  de  atrás, 

Si  no  se  llevaban  mas 

Es  porque  no  habian  hallao. 


lomo 


Allí,  si,  se  ven  desgracias 

Y  lágrimas,  y  afliciones, 
Naides  le  pida  perdones 

Al  indio — pues  donde  entra 
Roba  y  mata  cuanto  encuentra 

Y  quema  las  poblaciones. 

fío  salvan  de  su  juror 
Ni  los  pobres  angelitos: 
Viejos,  mozos  y  chiquitos 
Los  mata  del  mesmo  modo — 
Que  el  Indio  lo  arregla  todo 
Con  la  lanza  y  con  los  gritos 

Tiemblan  las  carnes  al  verlo 
Volando  al  viento  la  cerda — 
La  rienda  en  la  mano  izquierda 

Y  la  lanza  en  la  derecha — 
Ande  enderieza  abre  brecha 
Pues  no  hay  lanzazo  que  pierda 

Hace  trotiadas  tremendas 
Dende  el  fondo  del  desierto 
Ansi  llega  medio  muerto 
De  hambre,  de  sed  y  de  fatiga, 
Pero  el  Indio  es  una  hormiga 
Que  día  y  noche  está  despierto. 

Sabe  manejar  las  bolas 
Como  naides  las  maneja, 
Cuanto  el  contrario  se  aleja 
Manda  una  bola  perdida, 

Y  si  lo  alcanza,  sin  vida, 
Es  siguro  que  lo  deja. 

Y  el  Indio  es  como  tortuga 
De  duro  para  espichar; 

Si  lo  llega  á  destripar 
Ni  siquiera  se  le  encoge 
Luego  sus  tripas  recoge, 

Y  se  agacha  á  disparar. 

Hacían  el  robo  a  su  gusto 

Y  después  se  iban  de  arriba, 
Se  llevaban  las  cautivas 

Y  nos  contaban  que  a  veces 
Les  descarnaban  los  pieses 
A  las  pabrecitas,  vivas. 

¡An!  sí  partía  «1  corazón 
Ver  tantos  males,  canejo! 
Los  perseguíamos  de  lejos 
Sin  poder  ni  galopiar; 
¿Y  qué  habíamos  de  alcanzar 
En  unos  bichocos  viejos? 


MARTIN  FIERRO 


Nos  volvíamos  al  cantón 
A  las  dos  o  tres  jornadas, 
Sembrando  laa  caballadas: 

Y  pa  que  alguno  la  venda, 
Rejuntábamos  la  hacienda 
Que  habían  dejao  resagada 

Una  vez  entre  otras  muchas, 
Tanto  salir  al  botón, 
Nos  pegaron  un  malón 
Los  indios,  y  una  lanciada, 
Que  la  gente  acobardada 
Quedó  dende  esa  ocasión. 

Habían  estao  escondidos 
Aguaitando  atrás  de  un  cerro  • . , 
|Lo  viera  á  su  amigo  Fierro 
Aflojar  como  un  blandito! 
Salieron  como  maiz  frito 
En  ouanto  sonó  un  cencerro. 

Al  punto  nos  dispusimos 
Aunque  ellos  eran  bastantes, 
La  formamos  al  instante 
Nuestra  gente  que  era  poca, 

Y  gelpíandose  en  la  boca 
Hicieron  fila  adelante, 

Se  vinieron  en  tropel 
Haciendo  temblar  la  tierra 
No  soy  manco  pa  la  guerra 
Pero  tuve  mi  jabón, 
Pues  iba  en  un  redomón 
Que  habia  bolíao  en  la  sierra. 

Que"  vocerío!  qué  barullo! 
Que  apurar  esa  carrera! 
La  indiada  todita  entera 
Dando  alaridos  cargó— 
Joe  pucha. ...  y  ya  nos  saoó 
Como  yeguada  matrera. 

Que  fletes  traiban  los  bárbaros! 
Cono  una  luz  de  ligeros — 
Hicieron  el  entrevero 

Y  en  aquella  mescolanza, 
Este  quiero,  este  no  quiero, 
Nos  eeoojian  con  la  lanza. 

Al  que  le  dan  un  chuzazo,        > 

Dificultoso  es  que  sane, 

Bn  fin,  para  no  echar  panes, 

Salimos  por  esas  lomas, 

La  meemo  que  las  palomas, 

Al  jnir  de  los  gavilanes 


Es  de  almirar  la  destreza 
Con  que  la  lanza  manejan! 
De  perseguir  nunca  dejan— 

Y  nos  traiban  apretaos, 
Si  queríamos  de  apuraos 
Salimos  por  las  orejas. 

Y  pa  mejor  de  la  fiesta 
En  esa  aflicion  tan  suma, 
Vino  un  Indio  echando  espuma, 

Y  con  la  lanza  en  la  mano 
Gritando  «Acabau  cristiano 
Metau  el  lanza  hasta  el  pluma.» 

Tendido  en  el  costillar 
Cimbrando  por  sobre  el  brazo 
Una  lanza  como  un  lazo 
Me  atropello  dando  gritos — 
Si  me  descuido ....   el  maldito 
Me  levanta  de  un  lanzazo. 

Si  me  atribulo,  o  me  encojo 
Siguro  que  no  me  escapo: 
Siempre  he  sido  medio  guapo 
Pero  en  aquella  ocasión, 
Me  hacia  bulla  el  corazón 
Como  la  garganta  al  sapo. 

Dios  le  perdone  al  salvaje 
Las  ganas  que  me  tenía. . .. 
Desaté  las  tres  marías 

Y  lo  engatusé  á  cabriolas . . .  .• 
Pucha....  si  no  traigo  bolas 
Me  achura  el  Indio  ese  dia. 

Era  el  hijo  de  un  cacique 
Sigun  yo  lo  averigüé — 
La  verdá  del  caso  jué 
Que  me  tuvo  apuradazo 
Hasta  que  al  fin  de  un  bolazo 
Del  caballo  lo  bajé. 

Ay  no  más  me  tiré  al  suelo 

Y  lo  pisó  en  las  paletas — 
Empezó  á  hacer  morisquetas 

Y  á  mesquinar  la  garganta . . . .' 
Pero  yo  hice  la  obra  santa 

De  hacerlo  estirar  la  geta. 

Allí  quedó  de  mojón 

Y  en  su  caballo  salté, 
De  la  indiada  disparé, 

Pues  si  me  alcanza  me  mata, 

Y  al  fin  me  les  escapé 
Con  el  hilo  de  una  pata. 


10 


EL  GAUCHO 


IV 


Seguiré  esta  relación 
Aunque  pa  chorizo  es  largo: 
El  que  pueda  hágase  cargo 
Cómo  andaría  de  matrero, 
Después  de  salvar  el  cuero 
De  aquel  trance  tan  amargo. 

D«l  sueldo  nada  les  cuento 
Porque  andaba  disparando, 
Nosotros  de  cuando  en  cuando 
Solíamos  ladrar  de  pobres — 
Nunca  llegaban  los  cobres 
Que  se  estaban  aguardando. 

Y  andábamos  de  mugrientos 
Que  el  mirarnos  daba  horror; 
Les  juro  que  era  un  dolor 
Ver  esos  hombres,  por  Cristol 
En  mi  perra  vida  he  visto 
Una  miseria  mayor. 

Yo  no  tenía  ni  camisa 
Ni  cosa  que  se  pareja; 
Mis  trapos  solo  pa  yezca 
Me  podían  servir  al  fin . . . . 
No  hay  plaga  como  un  fortín 
Para  que  el  hombre  padezca. 

Poncho,  jergas,  el  apero, 
Las  prenditas,  los  botones, 
Todo,  amigo,  en  los  cantones 
Jué  quedando  poco  á  poco, 
Ya  nos  tenían  medio  loco 
La  pobreza  y  los  ratones. 

Solo  una  manta  peluda 
Era  cuanto  me  quedaba — 
La  había  agenciao  á  la  taba 

Y  ella  me  tapaba  el  bulto — 
Yaguané  que  allí  ganaba 
No  salia ....  ni  con  indulto. 

Y  pa  mejor  hasta  el  moro 

Se  me  jué  de  entre  las  manos- 
No  soy  lerdo pero  hermano, 

Diño  el  comendante  un  dia 

Viciendo  que  lo  quería 

«P*  enseñarle  á  comer  grano». 


Afigárese  cualquiera 
La  suerte  de  este  su  amigo, 
A  pié  y  mostrando  el  umbligo, 
Estropiao,  pobre  y  desnudo, 
Ni  por  castigo  se  pudo 
Hacerse  más  mal  conmigo. 

Ansí  pasaron  los  meses, 

Y  vino  el  año  siguiente, 

Y  las  cosas  igualmente 
Siguieron  del  mesmo  modo— 
Adrede  parece  todo 

Pa  atormentar  á  la  gente. 

No  teníamos  más  permiso, 
Ni  otro  alivio  la  gauchada, 
Que  salir  de  madrugada 
Cuando  no  habia  Indio  ninguno, 
Campo  ajuera  á  hacer  boliadas 
Desocando  los  reyunos 

Y  cubamos  al  cantón 
Con  los  fletes  aplastaos — 
Pero  á  veces  medio  aviaos 

Con  plumas  y  algunos  cueros— 
Que  pronto  con  el  pulpero       ^s 
Los  teníamos  negociaos. 

Era  un  amigo  del  Jefe 
Que  con  un  boliche  estaba, 
Yerba  y  tabaco  nos  daba 
Por  la  pluma  de  avestruz,      \ 

Y  hasta  le  hacía  ver  la  luz 
Al  que  un  cuero  le  llevaba. 

Solo  tenia  cuatro  frascos 

Y  unas  barricas  vacías, 

Y  á  la  gente  le  vendía 
Todo  cuanto  precisaba .... 
Algunos  creíban  que  estaba 
Allí  la  proveduría. 

Ah!  pulpero  habilidoso, 
Nada  le  solía  faltar — 
Ay  juna — y  para  tragar 
Tenia  un  buche  de  ñandú, 
La  gente  le  dio  en  llamar 
■El  boliche  de  virtú». 

Aunque  es  justo  que  quien  vende 
Algún  poquitito  muerda, 
Tiraba  tanto  la  cuerda 
Que  con  sus  cuatro  limetas. 
El  cargaba  las  carretas 
De  plumas,  oueros  y  oturda 


-o 


13 


MASTÍN   iTRERO 


Nos  tenia  apuntaos  á  todos 
Con  más  cuentas  que  un  rosario, 
Cuando  se  anunció  un  salario 
Que  iban  á  dar,  ó  un  socorro — 
Pero  sabe  Dios  que  zorro 
Se  lo  comió  al  Comisario.    ■ 

Pues  nunca  lo  vi  llegar 

Y  al  cabo  de  muchos  días — 
En  la  mesma  pulpería 
Dieron  una  buena  cuenta — 
Que  la  gente  muy  contenta 
De  tan  pobre  recebía. 

Sacaron  unos  sus  prendas 
Que  las  tenían  empeñadas, 
Por  sus  diudas  atrasadas 
Dieron  otros  el  dinero; 
AJ  fin  de  fiesta  el  pulpero, 
Se  quedó  con  la  mascada. 

Yo  me  arrecosté  a  un  horcón 
Dando  tiempo  4  que  pagaran, 

Y  poniendo  güeña  cara 
Estuve  haciéndome  el  poyo, 
A  esperar  que  me  llamaras 
Para  recibir  mi  boyo. 

Pero  ay  me  pude  quedar 
Pegao  pa  siempre  al  horcón—; 
Ya  era  casi  la  oración 

Y  ninguno  me  llamaba — 
La  cosa  se  me  nublaba 

Y  me  dentro  comezón. 

Pa  sacarme  el  entripao 

Vi  al  Mayor,  y  lo  fí  á  hablar— 

Yo  me  le  empecé  á  atracar,. 

Y  como  con  poca  gana 
Le  dije:  €Tal  vez  mañana 
Acabarán  de  pagar». 

« — Qué  mañana  ni  otro  día» 
Al  punto  me  contestó, 
«La  paga  ya  se  acabó, 
«Siempre  has  de  ser  animal»— - 
Me  raí  y  le  dije:  «Yo. . . . 
«No  he  recibido  ni  un  rial.» 

Se  le  pusieron  los  ojos 
Que  se  le  querían  salir, 

Y  ay  no  más  volvió  á  decir 
Comiéndome  con  la  vista: 

€ — Y  qué  querés  recibir 

«Si  no  has  dentrao  en  la  lista?» 


« — Esto  si  que  es  amolar» 

Dije  yo  pa  mis  adentros, 

«Van  dos  años  que  me  encuentro 

«Y  hasta  aura  he  visto  ni  un  grullo, 

«Dentro  en  todos  los  barullos 

«Pero  en  las  listas  no  dentro». 

Vide  el  plaito  mal  parao 

Y  no  quise  aguardar  más. ... 
Es  güeno  vivir  en  paz 

Con  quien  nos  ha  de  mandar — 

Y  reculando  pa  tras 
Me  le  empecé  á  retirar. 

Supo  todo  el  Comendanto 

Y  me  llamó  al  otro  día, 
Dieiéndome  que  quería 
Averiguar  bien  las  cesas — 

Que  no  era  el  tiempo  de  Rosas, 
Que  aura  á  naides  se  debía. 

Llamó  al  cabo  y  al  sargento 

Y  empezó  la  indagación 
Si  había  venido  al  cantón 

En  tal  tiempo  ó  en  tal  oteo . .  • 

Y  si  había  venido  en  potro, 
En  reyuno  ó  redomón. 

Y  todo  era  alborotar 
Al  ñudo  y  haoer  papel, 
Conocí  que  era  pastel 

Pa  engordar  con  nú  guayaca, 

Mas  si  voy  al  Coronel 

Me  hacen  bramar  en  la  estaca. 

¡Ah!  hijos  de  una. . .  la  codicia 
Ojalá  les  ruempa  el  saco; 
Ni  un  pedazo  de  tabaco 
Le  dan  al  pobre  soldao, 

Y  lo  tienen  de  delgao 
Mas  lijero  que  un  guenaoo. 

Pero  que  iba  á  hacerles  yo» 
Charavon  en  el  desierto; 
Más  bien  me  daba  por  muí 
Pa  no  verme  más  fundido— 

Y  me  les  hacia  el  dormido 
Aunque  soy  medio  dispierto. 


EL  GAUCHO 


Yo  andaba  desesperao, 
Aguardando  una  ocasión 
Que  los  indios  un  malón 
Nos  dieran  y  entre  el  estrago 
Hacérmeles  cimarrón 

Y  volverme  pa  mi  pago. 

Aquello  no  era  servicio 

Ni  defender  la  frontera — 

Aquello  era  ratonera 

En  que  solo  gana  el  juerte — 

Era  jugar  á  la  suerte 

Con  una  taba  culera. 

Alli  tuito  vá  al  revés: 
Los  milicos  son  los  piones, 

Y  ardan  en  las  poblaciones 
Emprestaos  pa  trabajar — 
Los  rejuntan  pa  peliar 
Cuando  entran  indios  ladrones. 

Yo  be  visto  en  esa  milonga 
Muchos  Jefes  con  estancia, 

Y  piones  en  abundancia, 

Y  majadas  y  rodeos; 
He  visto  negocios  feos 
A  pesar  de  mi  inorancia. 

Y  colijo  que  no  quieren 
La  barunda  componer — 
Para  eso  no  ha  de  tener 

El  Jefe,  que  esté  de  estable, 
Más  que  su  poncho  y  su  sable, 
Su  caballo  y  su  deber. 

Ansina,  pues,  conociendo 
Que  aquel  mal  no  tiene  cura, 
Que  tal  vez  mi  sepoltura 
Si  me  quedo  iba  á  encontrar, 
Pensé  en  mandarme  mudar 
Como  cosa  más  sigura. 

Y  pa  mejor,  una  noche 
Qué  estaqueada  me  pegaron, 
Casi  me  descoyuntaron 

Por  motivo  de  una  gresca, — 
¡Ay  juna,  si  me  estiraron 
Lo  mesmo  que  guasca  fresca! 


Jamás  me  puedo  olvidar 
Lo  que  esa  vez  me  pasó: — 
Dentrando  una  noche  yo 
Al  fortín,  un  enganchao, 
Que  estaba  medio  mamao, 
Allí  me  desconoció. 

Era  un  gringo  tan  bozal, 
Que  nada  se  le  entendía — 
¡Quién  sabe  de  ande  sería! 
Tal  vez  no  juera  cristiano; 
Pues  lo  único  que  decia 
98  que  era  pa-po-litano. 

Estaba  de  centinela 

Y  por  causa  del  peludo 
Verme  más  claro  no  pudo 

Y  esa  fué  la  culpa  toda — 
El  bruto  se  asustó  al  ñudo 
y  fi  el  pabo  de  la  boda. 

Cuando  me  vido  acercar: 
«Quen  vivore» ....   preguntó 
«Qué  víboras» — dije  yo — 
«Ha  garto» — me  pegó  el  grita 

Y  yo  dije  despacito 
«Más  lagarto  serás  vos.» 

Ay  no  más — Cristo  me  valga! 
Rastrillar  el  jusil  siento — 
Me  agaché,  y  en  el  momento 
El  bruto  me  largó  un  chumbo— 
Mamao,  me  tiró  sin  rumbo 
Que  sino,  no  cuento  el  cuento. 

Por  de  contao,  con  el  tiro 
Se  alborotó  el  avispero — 
Los  Oficiales  salieron 

Y  se  empezó  la  junción — 
Quedó  en.su  puesto  el  nación— 

Y  yo  fí  al  estaquiadero. 

Entre  cuatro  bayonetas 
me  tendieron  en  el  suelo — 
Vino  el  mayor  medio  en  pedo, 

Y  alli  se  puso  á  gritar, 
cPicaro  te  he  de  enseñar 

«A  andar  reclamando  sueldos.» 

De  las  manos  y  las  patas 
Me  ataron  cuatro  sinchones— 
Les  aguanté  los  tirones 
Sin  que  ni  un  ¡ay!  se  me  oyera, 

Y  al  gringo  la  noche  entera 
Lo  hartó  con  mis  maldiciones. 


MARTÍN  FIERRO 


15 


Yo  no  sé  porqué  el  Gobierno 
Roe  manda  aquí  á  la  frontera, 
(Pringada  que  ni  siquiera 
Se  sabe  atracar  á  un  pingo — 
Si  ereerá  al  mandar  un  gringo 
Que  nos  manda  alguna  fiera! 

No  hacen  más  que  dar  trabajo 
Pues  no  saben  ni  ensillar, 
No  sirven  ni  pa  candar; 

Y  yo  he  visto  muohas  veces, 
Que  ni  voltiadas  las  reses 

Se  les  querían  arrimar. 

Y  lo  pasan  sus  mercedes 
Lengüetiando  pico  á  pico — • 
Hasta  que  viene  un  milico 
A  servirles  el  asao — 

Y  eso  si,  en  lo  delicaos, 
Parecen  hijos  de  rico. 

Si  hay  calor,  ya  no  son  gente, 
Si  yela,  todos  tiritan — 
Si  usté  no  les  dá,  no  pitan 
Por  no  gastar  en  tabaco, — 

Y  cuando  pescan  an  naco 
Uno  al  otro  se  lo  quitan. 

Cuando  llueve  se  acoquinan 
Como  perro  que  oye  truenos— 
Qué  diablos — solo  son  güenos 
Pa  vivir  entre  maricas — 

Y  nunca  se  andan  con  chicas 
Para  alzar  ponchos  ajenos. 

Pa  vichar  son  como  ciegos. 

No  hay  ejemplo  de  que  entiendan. 

Ni  hay  uno  solo  que  aprienda 

Al  ver  un  bulto  que  cruza. 

A  saber  si  es  avestruza, 

O  si  es  ginete,  ó  hacienda. 

Si  salen  a  perseguir 
Después  de  mucho  aparato, 
Tuitos  se  pelan  al  rato 

Y  va  quedando  el  tendal — 
Esto  es  como  en  un  nidal 
Echarle  güebos  a  un  gato. 


VI 


Vamos  dentrando  recien 
A  la  parte  mas  sentida, 
Aunque  es  todita  mi  vida, 
De  males  una  cadena — 
A  cada  alma  dolorida 
Le  gusta  cantar  sus  penas. 

Se  empezó  en  aquel  entonces 
A  rejuntar  caballada, 

Y  riunir  la  milicada 
Teniéndola  en  el  Cantón, 
Para  una  despedición 

4.  sorprender  á  la  Indiada. 

Nos  anunciaban  que  iríamos 
Sin  carretas  ni  bagajes, 
A  golpiar  á  los  salvajes 
En  sus  mesmas  tolderías — 
Que  á  la  güelta  pagarían 
Licenciándolo  al  gauchaje. 

Que  en  esta  despedicion 
Tuviéramos  la  esperanza, 
Que  iba  a  venir  sin  tardanza 
Sigun  el  Jefe  contó, 
Un  menistro  ó  qué  sé  yo — 
Que  le  llamaban  Don  Ganza. 

Que  iba  á  riunir  el  Ejército 

Y  tuitos  los  batallones — 

Y  que  traiba  unos  cañones 
Con  más  rayas  que  un  cotin — 
Pucha. ...   las  conversaciones 
Por  allá  no  tenian  fin. 

Pero  esas  trampas  no  enriedan 
A  los  zorros  de  mi  laya, 
Que  esa  Ganza  venga  o  vaya 
Poco  le  importa  á  un  matrero — 
Yo  también  dejé  las  rayas .... 
En  los  libros  del  pulpero. 

Nunca  juí  gaucho  dormido 
Siempre  pronto,  siempre  liste— 
Yo  soy  un  hombre,  ¡qué  Cris»«¿ 
Que  nada  me  ha  acobardao, 

Y  siempre  sali  parao 

En  los  trances  que  me  he  visto. 


16 


EL  GAUCHO 


Dende  chiquito  gané 
La  vida  con  mi  trabajo, 

Y  aunque  siempre  estuve  abajo 

Y  no  sé  lo  que  es  subir — 
También  el  mucho  sufrir 
Suele  cansarnos — ¡barajo! 

En  medio  de  mi  inorancia 
Conozco  que  nada  valgo — 
Soy  la  liebre  o  soy  el  galgo 
A  sigun  los  tiempos  andan, 
Pero  también  los  que  mandan 
Debieran  cuidarnos  algo. 

Una  noche  que  riunidos 
Estaban  en  la  carpeta 
Empinando  una  limeta 
El  Jefe  y  el  Juez  de  Paz— 
Yo  no  quise  aguardar  más, 

Y  me  hice  humo  en  un  sotreta. 

Me  parece  el  campo  orégano 
Dende  que  libre  me  veo — 
Donde  me  lleva  el  deseo 
Allí  mis  pasos  dirijo — 

Y  hasta  en  las  sombras,  de  fijo 
Que  donde  quiera  rumbeo. 

Jtíntro  y  salgo  del  peligro 
Sin  que  me  espante  el  estrago, 
No  aflojo  al  primer  amago 
Ni  jamás  fí  gaucho  lerdo: — 
Soy  pa  rumbiar  como  el  cerdo 

Y  pronto  cai  á  mi  pago. 

Volvia  al  cabo  de  tres  años 
De  tanto  sufrir  al  ñudo 
Resertor,  pobre  y  desnudo — 
A  procurar  suerte  nueva — 

Y  lo  mesmo  que  el  peludo 
Enderecé  pa  mi  cueva. 

No  hallé  ni  rastro  del  rancho — 

Solo  estaba  la  tapera!— 

Por  Cristo,  si  aquello  era 

Pa  enlutar  el  corazón — 

Yo  juré  en  esa  ocasión 

Ser  más  malo  que  una  fiera! 

ü 
¡Quién  no  sentirá  lo  mesmo 
Cuando  ansi  padece  tanto! 
Puedo  asigurar  que  el  llanto 
Como  una  mujer  largué — 
Ay!  mi  Dios — sí  me  quedé 
Mas  triste  que  Jueves  Santo! 


Solo  se  oiban  los  aullidos 
De  un  gato  que  se  salvó, 
El  pobre  se  guareció 
Cerca,  en  una  vizcachera — 
Venia  como  si  supiera 
Que  estaba  de  güelta  yo. 

Al  dirme  dejé  la  hacienda 
Que  era  todito  mi  haber  — 
Pronto  debíamos  volver 
Sigun  el  Juez  prometía, 
Y  hasta  entonces  cuidaría 
De  los  bienes,  la  mujer. 


Después  me  contó  un  vecino 
Que  el  campo  se  lo  pidieron — 
La  hacienda  se  la  vendieron 
En  pago  de  arrendamientos 
Y  qué  sé  yo,  cuántos  cuentos, 
Pero  todo  lo  fundieron. 

Los  pobrecitos  muchachos 
Entre  tantas  afliciones 
Se  conchavaron  de  piones 
¡Mas  qué  iban  á  trabajar, 
Si  eran  como  los  pichones 
Sin  acabar  de  emplumar! 

Por  ahí  andarán  sufriendo 
De  nuestra  suerte  el  rigor; 
Me  han  contado  que  el  mayor 
Nunca  dejaba  á  su  hermano — 
Puede  ser  que  algún  cristiano 
Los  recoja  por  favor. 

¡Y  la  pobre  mi  mujer 
Dios  sabe  cuánto  sufrió! 
Me  dicen  que  se  voló 
Con  no  sé  que  gavilán — 
Sin  duda  á  buscar  el  pan 
Que  no  podía  darle  yo. 

No  es  raro  que  á  uno  le  falte 
Lo  que  á  algún  otro  le  sobro — 
Si  no  le  quedó  ni  un  cobre 
Si  no  de  hijos  un  enjambre, 

ÍQué  más  iba  á  hacer  la  pobrs 
'ara  no  morirse  de  hambre? 


MARTIN  FIERRO 


17 


¡Tal  vez  no  te  vuelva  a  ver, 
Prenda  de  mi  corazón! 
Dios  te  dé  su  protecion 
Ya  que  no  me  la  dio  á  mi — 

Y  i  mis  hijos  dende  aqní 
Les  eoho  mi  bendición. 

Como  hijitos  de  la  cuna 
Andarán  por  ahi  sin  madre — 
Ya  se  quedaron  sin  padre 

Y  ansi  la  suerte  los  deja, 
Sin  naides  que  los  proteja 

Y  sin  perro  que  les  ladre. 

Los  pobrecitos  tal  vez . 
No  tengan  ande  abrigarse, 
Ni  ramada  ande  ganarse, 
Ni  rincón  ande  meterse, 
Ni  camisa  qué  ponerse, 
Ni  poncho  con  qué  taparse. 

Tal  vez  los  verán  sufrir 
Sin  tenerles  compasión — 
Puede  que  alguna  ocasión 
Aunque  los  vean  tiritando, 
Los  echen  da  algún  jogon 
Pa  que  no  estén  estorbando. 

Y  al  verse  ansina  espantaos 
Como  se  espanta  á  los  perros, 
Irán  los  hijos  de  Fierro 
Con  la  cola  entre  las  piernas 
A  buscar  almas  más  tiernas 
O  esconderse  en  algún  cerro. 

Mas  también  en  este  juego, 
Voy  á  pedir  mi  bolada — 
A  naides  le  debo  nada 
Ni  pido  cuartel  ni  doy; — 

Y  ninguno  dende  hoy 

Ha  de  llevarme  en  la  armada. 

Yo  he  sido  manso  primero, 

Y  seré  gaucho  matrero — 
En  mi  triste  circustancia 
Aunque  es  mi  mal  tan  projundo, 
Nací,  y  me  he  criao  en  estancia, 
Pero  ya  conozco  el  mundo. 

Ya  le  conozco  sus  mañas, 
Le  conozco  sus  cucañas, 
Sé  cómo  hacen  la  partida, 
La  enriedan  y  la  manejan — ■ 
Deshaceré  la  madeja 
Aunqne  me  cueste  la  vida. 


Y  aguante  el  que  no  se  anime 
A  meterse  en  tanto  engorro, 
O  sino  ápretese  el  gorro 
O  para  otra  tierra  emigre — 
Pero  yo  ando  como  el  tigre 
Que  le  roban  los  cachorros. 

Aunque  muchos  eren  que  el  gaucho 
Tiene  un  alma  de  reyuno — 
No  se  encontrará  ninguno 
Que  no  lo  dueblen  las  penas — 
Mas  no  debe  aflojar  uno 
Mientras  hay  sangre  en  las  vena*. 


VII 


De  carta  de  mas  me  vía 
Sin  saber  á  dónde  dirme; 
Mas  dijeron  que  era  vago 

Y  entraron  á  perseguirme. 

Nunca  se  achican  los  males, 
Van  poco  á  poco  creciendo, 

Y  ansina  me  vide  pronto 
Obligado  á  andar  juyendo. 

No  tenia  mujer,  ni  rancho, 

Y  á  más,  era  resertor, 

No  tenia  una  prenda  güeña 
Ni  un  peso  en  el  tirador. 

A  mis  hijos  infelices, 
Pensó  volverlos  á  hallar — 

Y  andaba  de  un  lao  al  otro 
Sin  tener  ni  qué  pitar. 

Supe  una  vez  por  desgracia 
Que  había  un  baile  por  allí— 

Y  medio  desesperan 
A  ver  la  milonga  fui. 

Riunidos  al  pericón 

Tantos  amigos  halló, 

Que  alegre  de  verme  entre  elloa, 

Esa  noohe  me  apedó. 

Como  nunca,  en  la  ocasión 
Por  peliar  me  dio  la  tranca, 

Y  la  emprendí  con  un  negro 
Que  trujo  una  negra  en  anca*. 


» 


EL    GAUCHO 


Al  ver  llegar  la  morena 

Que  no  hacia  caso  de  naides, 

Le  dije  con  la  mamúa 

— «Va. .  .ca. .  .yendo  gente  al  baile. j 

La  negra  entendió  la  cosa 

Y  no  tardó  en  contestarme 
Mirándome  como  á  perro 
«Mas  vaca  será  su  madre.» 

Y  dentro  al  baile  muy  tiesa 
Con  más  cola  que  una  zorra, 
Haciendo  blanquiar  los  dientes 
Le  mesmo  que  mazamorra. 

— «Negra  linda» . .  .  .dije yo — 
«Me  gusta. . .  .pa  la  carona» — 

Y  me  puse  á  cbampurriar 
Esta  copbta  fregona: 

«A  los  blancos  hizo  Dios, 
«A  los  mulatos  San  Pedro, 
«A  los  negros  hizo  el  diablo» 
«Para  tizón  del  infierno.» 

Hávbia  estao  juntando  rabia 
SI  moreno  dende  ajuera — 
En  lo  esouro  le  brillaban 
Los  ojos  como  linterna. 

Lo  oonocí  retobao 

Me  acerqué  y  le  dije  presto: 

«Po. .  .r. .  .rudo  que  un  hombre  sea 

«Nunca  se  enoja  por  esto.» 

Corcobió  el  de  los  tamangos 

Y  creyéndose  muy  fijo: 
— «Mas  porrudo  serás  vos, 
«Gaucho  rotoso»  me  dijo. 

Y  ya  se  me  vino  al  humo 
Como  á  buscarme  la  hebra— 

Y  un  golpe  le  acomodé 
Con  el  porrón  de  ginebra. 

Ay  no  más  pegó  el  de  ollin 
Mas  gruñidos  que  un  chanchito, 

Y  pelando  un  envenao 
Me  atropello  dando  gritos. 

Pegué  un  brinco  y  abrí  cancha 
Diciéndoles: — «  Caballeros 
«Dejen  venir  ese  toro» 
«Solo  nací. . .  .solo  muero.» 


El  negro,  después  del  golpe 
Se  habia  el  poncho  refalao 

Y  dijo: — «Vas  á  saber 
<Si  es  solo  ó  acompaúao.» 

Y  mientras  se  arremangó 
Yo  me  saqeé  las  espuelas, 
Pues  malició  que  aquel  tio 

Ne  era  de  arriar  con  las  riendas. 

No  hay  cosa  como  el  peligro 
Pa  refrescar  un  mamao, 
Hasta  la  vista  se  aclara 
Por  mucho  que  haiga  chupao. 

El  negro  me  atropello 
Como  á  quererme  comer — 
Me  hizo  dos  tiros  seguidos 

Y  los  dos  le  abarajó. 

Yo  tenia  un  facón  con  S 
Que  era  de  lima  de  acero; 
Le  hize  un  tiro,  lo  quitó 

Y  vino  ciego  el  moreno. 

Y  en  el  medio  de  las  aspas 
Un  planazo  le  asenté, 

Que  lo  largué  culebriando 
Lo  mesmo  que  buscapié. 

Le  colorearon  las  motas 
Con  la  sangre  de  la  herida 

Y  volvió  a  venir  furioso 
Como  una  tigra  parida. 

Y  ya  me  hizo  relumbrar 
Por  los  ojos  el  cuchillo, 
Alcanzando  con  la  punta 
A  cortarme  en  un  carrillo. 

Me  hirvió  la  sangre  en  las  venas 

Y  me  le  afirmé  al  moreno, 
Dándole  de  punta  y  hacha 
Pa  dejar  un  diablo  menos. 

Por  fin  en  una  topada 
En  el  cuchillo  lo  alcé 

Y  como  un  saco  de  güesos 
Contra  un  cerco  lo  largó. 

Tiró  unas  cuantas  patadas 

Y  ya  cantó  pa  el  carnero— 
Nunca  me  puedo  olvidar 

De  la  agonia  de  aquel  negro. 


MARTIN   FIERRO 


19 


En  esto  la  negra  vino, 
Con  los  ojos  como  agí 

Y  empezó  la     pobre  allí 

A  bramar  como  una  loba — 
Yo  quise  darle  una  soba 
A  ver  si  la  hacia  callar 
Más,  pude  reflesionar 
Que  era  malo  en  aquel  punto, 

Y  por  respeto  al  dijunto 
No  la  quise  castigar. 

Limpié  el  facón  en  los  pastos, 
Desaté  mi  redomón, 
Monté  despacio,  y  sali 
Al  tranco  pa  el  canadon. 

Después  supe  que  al  finao 
Ni  siquiera  lo  velaron, 

Y  retobao  en  un  cuero, 
Sin  resarle  lo  enterraron. 

Y  dicen  que  dende  entonces 
Cuando  es  la  noche  serena, 
Suele  verse  una  luz  mala 
Como  de  alma  que  anda  en  pena 

Yo  tengo  intención  á  veces 
Para  que  no  pene  tanto, 
De  sacar  de  allí  los  güeeos 

Y  echarlo»  el  campo  santo. 


VIII 


Otra  vez  en  un  boliche 
Estaba  haciendo  la  tarde, 
Cayó  un  gaucho  que  hacia  alarde 
De  guapo  y  peliador — 

A  la  llegada  metió 

El  pingo  hasta  la  ramada — 

Y  yo  sin  decirle  nada 

Me  quedé  en  el  mostrador. 

Era  un  terne  de  aquel  pago 
Que  naides  le  reprendía, 
Que  sus  enriedos  tenia 
Con  el  señor  Comendante: — 

Y  como  era  protegido, 
Andaba  muy  entonao, 

Y  á  cualquiera  desgracia» 
Lo  llevaba  por  delante. 


Ah!  pobre!  si  el  mismo  creiba, 
Que  la  vida  le  sobraba, 
Ninguno  diria  que  andaba 
Aguaitándolo  la  muerte — 

Pero  ansi  pasa  en  el  mundo, 
Es  ansi  la  triste  vida — 
Pa  todos  está  escondida, 
La  güeña  ó  la  mala  suerte. 

Se  tiró  al  suelo,  al  dentrar 

Le  dio  un  empeyón  a  un  vasco— 

Y  me  alargó  un  medio  frasco 
Diciendo — «Beba  cuñao> 

—  «Por  su  hermana»  contesté, 
Que  por  la  mia  no  hay  ouidao.» 

— «Ah!  gaucho,  me  respondió, 
«De  que  pago  será  crioyo? — 
«Lo  andará  buscando  el  oyó?— 
«Deberá  tener  güen  cuero? 
«Pero  ande  bala  este  toro 
«No  bala  ningún  ternero  » 

Y  ya  salimos  trensaos 
Porque  el  hombre  no  era  lerdo, 
Mas  como  el  tino  no  pierdo, 

Y  soy  medio  ligeron, 

Le  dejé  mostrando  el  sebo 
De  un  revés  con  el  facón. 


Y  como  con  la  justicia 
No  andaba  bien  por  allí, 
Cuanto  pataliar  lo  vi, 

Y  el  pulpero  pegó  el  grito, 
Ya  pa  el  palenque  sali 
Como  haciéndome  el  chiquito 

Monté  y  me  encomendé  a  Dios, 
Rumbiando  para  otro  pago — 
Que  el  gaucho  que  llaman  vago 
No  puede  tener  querencia, 

Y  ansi  de  estrago  en  estrago 
Vi^e  llorando  la  ausencia. 

El  anda  siempre  juyendo, 
Siempre  pobre  y  perseguido, 
No  tiene  cueva  ni  nido 
Como  si  juera  maldito — 
Porque  ser  gaucho ....  barajo* 
El  ser  gauoho  es  un  delito. 


20 


EL  GAUCHO 


Es  como  el  patrio  de  posta: 
Lo  larga  este,  aquel  lo  toma, — 
Nunca  se  acaba  la  broma — 
Dende  chico  se  parece 
Al  arbolito  que  crece, 
Deeamparao  en  la  loma. 

Le  echan  la  agua  del  bautismo 
Aquel  que  nació  en  la  selva, 
«Busca  madre  que  te  engüelva» 
Le  dice  el  flaire  y  lo  larga, 

Y  dentra  a  cruzar  el  mundo 
Gomo  burro  con  la  carga. 

Y  se  cria  viviendo  al  viento 
Como  oveja  sin  trasquila — 
Mientras  su  padre  en  las  filas 
Anda  sirviendo  al  Gobierno — 
Aunque  tirite  de  invierno 
Naide  lo  ampara  ni  asila. 

Le  llaman  «gaucho  mamao» 
Si  lo  pillan  divertido, 

Y  que  es  mal  entretenido 

Si  en  un  baile  lo  sorprienden; 
Hace  mal  si  se  defiende 

Y  si  no,  se  vé. . .  fundido. 

No  tiene  hijos,  ni  mujer, 
Ni  amigos  ni  protectores, 
Pues  todos  son  sus  señores 
Sin  que  ninguno  lo  ampare — 
Tiene  la  suerte  del  güey — 

Y  donde  irá  el  güey  que  no  are! 

Su  casa  es  el  pajonal, 
Su  guarida  es  el  desierto; 

Y  si*  de  hambre  medio  muerto 
Le  echa  el  lazo  á  algún  mamón, 
Lo  persiguen  como  á  pleito, 
Porque  es  un  gaucho  ladrón. 

Y  si  de  un  golpe  por  ay 
Lo  dan  güelta  panza  arriba, 
IJo  hay  un  alma  compasiva 
Que  le  rece  una  oración — 
Tal  vez  como  cimarrón 

En  una  cueva  lo  tiran. 

«El  nada  gana  en  la  paz 

Y  es  el  primero  en  la  guerra — 
No  Je  perdonan  si  yerra, 

Que  no  saben  perdonar, — 
Porque  el  gaucho  en  esta  tierra 
Solo  sirve  pa  votar. 


Para  él  son  los  calabozos, 
Para  él  las  duras  prisiones, 
En  su  boca  no  hay  razones 
Aunque  la  razón  le  sobre; 
Que  son  campanas  de  palo 
Las  razones  de  los  pobres. 

Si  uno  aguanta  es  gaucho  bruto - 
Si  no  aguanta,  es  gaucho  malo — 
Déle  azote,  déle  palo! 
Porque  es  lo  que  él  necesita! ! — 
De  todo  el  que  nació  gaucho 
Esta  es  la  suerte  maldita. 

Vamos  suerte — vamos  juntos 
Dende  que  juntos  nacimos — 
Y   ya  que  juntos  vivimos 
Sin  podernos  dividir. . . 
Yo  abriré  con  mi  cuchillo 
El  camino  pa  seguir. 


IX 


Matreriando  lo  pasaba 

Y  á  las  casas  no  venía 
Solia  arrimarme  de  día 

Mas  lo  mesmo  que  el  carancho 
Siempre  estaba  sobre  el  rancho 
Espiando  á  la  polecía, 

Viva  el  gaucho  que  ande  mal 
Como  zorro  perseguido — 
Hasta  que  al  menor  descuido 
Se  lo  atarazquen  los  perros 
Pues  nunca  le  falta  un  yerro 
Al  hombre  mas  alvertido. 

Y  en  esa  hora  de  la  tarde 
En  que  tuito  se  adormece. 
Que  el  mundo  dentrar  parece 
A  vivir  en  pura  calma 

Con  las  tristezas  del  alma 
Al  pajonal  enderiese. 

Bala  el  tierno  oorderito 
Al  lao  de  la  blanca  oveja 

Y  á  la  vaca  que  se  aleja 
Llama  el  ternero  amarrao — 
Pero  el  gaucho  degraciao 

No  tiene  á  quien  dar  su  queja. 


MARTIN  ITERBO 


11 


Ansi  «i  que  al  venir  la  noche 
Iba  4  buscar  mi  guarida — 
Pues  ande  el  tigre  se  anida 
También  el  hombre  lo  pasa— 
T  no  quería  que  en  las  casas 
Me  rodiára  la  partida. 

Pues  aun  cuando  vengan  ellos 
Cumpliendo  con  sns  deberes, 
Yo  tengo  otros  pareceres 
T  en  esa  conducta  vivo — 
Que  no  debe  un  gaucho  altivo 
Peliar  entre  las  mujeres. 

Y  al  campo  me  iba  sólito 
Mas  matrero  que  el  venao — 
Como  perro  abandonao 

A  buscar  una  tapera, 
O  en  alguna  viscachera 
Pasar  la  noche  tirao. 

Sin  punto  ni  rumbo  fijo 
En  aquella  inmensidá 
Entre  tanta  oscuridá 
Anda  el  gaucho  como  duende. 
Allí  jamás  lo  sorpriende 
Dormido,  la  autoridá. 

Sa  esperanza  es  el  coraje, 
Su  guardia  es  la  precaución. 
Su  pingo  es  la  salvación, 

Y  pasa  uno  en  su  desvelo, 
Sin  más  amparo  que  el  cielo 
Ni  otro  amigo  que  el  facón. 


Ansi  me  hallaba  una  noche 
Contemplando  las  estrellas 
Que  le  parecen  más  bellas 
Cuando  uno  es  más  desgraciao, 

Y  que  Dios  las  haiga  criao 
Para  consolarse  en  ellas. 

Les  tiene  el  hombre  cariño 

Y  siempre  con  alegría 
Ve  salir  las  tres  marías; 

Que  si  llueve,  cuanto  escampa, 

Las  estrellas  son  la  guía 

Que  el  gaucho  tiene  en  la  pampa 

Aqui  no  valen  dotores, 
Solo  vale  la  esperenoia, 
Aqui  verían  su  inociencia 


Esos  que  todo  lo  saben; — 
Por  que  esto  tiene  otra  llave 

Y  el  gaucho  tiene  su  cencía 

Es  triste  en  medio  del  campo 
Pasarse  noche  enteras 
Contemplando  en  sus  carrera* 
Las  estrellas  que  Dios  cria,— 
Sin  tener  más  compañía 
Que  su  delito  y  las  fieras. 

Me  encontraba  como  digo, 
En  aquella  soledá, 
Entre  tanta  oscuridá, 
Echando  al  viento  mis  queja», 
Cuando  el  grito  del  chajá 
Me  hizo  parar  las  orejas. 

Como  lumbríz  me  pegué 
Al  suelo  para  escuchar; 
Pronto  sentí  retumbar 
Las  pisadas  de  los  fletes, 

Y  que  eran  muchos  ginetes 
Conocí  sin  vacilar. 

Cuando  el  hombre  está  en  peligra 
No  debe  tener  confianza, 
Ansi  tendido  de  panza 
Puse  toda  mi  atención 

Y  ya  escuché  sin  tardanza; 
Como  el  ruido  de  un  latón. 

Se  venían  tan  calladitos 
Que  yo  me  puse  en  cuidao, 
Talvez  me  hubieran  bombiao 

Y  me  venían  á  buscar; 
Mas  no  quise  disparar 

Que  eso  es  de  gaucho  morao. 

Al  punto  me  santigüé 

Y  eché  de  ginebra  un  taco, 
Lo  me8mito  que  el  mataco 
Me  arroyó  con  el  porrón: 
«Si  han  de  darme  pa  tabaco, 
Dije,   «esta  es  güeña  ocasión;» 

Me  refalé  las  espuelas, 
Para  no  peliar  con  grillos, 
Me  arremangué  el  calzoncillo 

Y  me  ajusté  bien  la  faja; 

Y  en  una  mata  de  paja. 
Probé  el  filo  del  cuchillo. 

Para  tenerlo  á  ).  mano 
El  flete  en  el  ¿asto  até, 


22 


EL    GAUCHO 


La  cincha  le  acomodé, 

Y  en  un  trance  como  aquel, 
Haciendo  espaldas  en  él 
Quietito  los  aguardé. 

Cuando  cerca  los  sentí, 

Y  que  hay  nomas  se  pararon, 
Los  pelos  se  me  erizaron 

Y  aunque  nada  veian  mis  ojos, 

« — No  se  han  de  morir  de  antojo» 
— Les  dije,  cuando  llegaron. 

Yo  quise  hacerles  saber 
Que  allí  se  hallaba  un  varón; 
Les  conoci  la  intención 

Y  solamente  por  eso 

Fué  que  les  gané  el  tirón, 
Sin  aguardar  voz  de  preso. 

— «Vos  sos  un  gaucho  matrero» 
Dijo  uno  haciédose  el  güeno, 
«Vos  matastes  un  moreno 
«Y  otro  en  una  pulpería, 
«Aqui  está  la  polecia 
cQue  viene  a  justar  tus  cuentas; 
«Te  va  alzar  por  las  cuarenta 
«Si  te  resistís  hoy  día.» 

— «No  me  vengan,  contesté, 
«Con  relación  de  di  juntos; 
«Esos  son  otros  asuntos; 
«Vean  si  me  pueden  llevar. 
«Que  yo  no  me  he  de  entregar 
«Aunque  vengan  todos  juntos.» 

Pero  no  aguardaron  más, 

Y  se  apiaron  en  montón — 
Como  á  perro  cimarrón 
Me  rodiaron  entre  todos. 

Yo  me  encomendó  á  los  Santos, 

Y  eché  mano  á  mi  facón. 

Y  ya  vide  el  fogonazo 
De  un  tiro  de  garabina, 
Mas  quiso  la  suerte  indina 

De  aquel  maula,  que  me  errase 

Y  ay  no  más  lo  levantase 
Lo  mesmo  que  una  sardina, 

A  otro  que  estaba  apurao 

Acomodando  una  bola, 

Le  hice  una  dentrada  sola,  '  .  ". 

Y  le  hice  sentir  el  fierro. 

Y  ya  salió  como  el  perro 
Cuando  le  pisan  la  cola. 


Era  tanta  la  aflicion 

Y  la  angustia  que  tenían, 
Que  tuitos  se  me  venían 
Donde  yo  los  esperaba, 
Uno  al  otro  se  estorbaba 

Y  con  las  ganas  no  vían. 

Dos  de  ellos  que  traiban  sables 
Más  garifos  y  resueltos, 
En  las  hilachas  envueltos 
Enfrente  se  me  pararon, 

Y  á  un  tiempo  me  atropellaron 
Lo  mesmo  que  perros  sueltos. 

Me  fui  reculando  en  falso 

Y  el  poncho  adelante  eché, 

Y  cuanto  le  puso  el  pie 
Uno  medio  chapetón, 

De  pronto  le  di  un  tirón 

Y  de  espaldas  lo  largué. 

Al  verse  sin  compañero 
El  otro  se  sofrenó, 
Entonces  le  dentro  yo, 
Sin  dejarlo  resollar, 
Pero  ya  empezó  á  aflojar 

Y  á  la  pu ....  n ....  ta  disparó 

Uno  que  en  una  tacuara 
Había  atao  una  tijera, 
Se  vino  como  si  juera 
Palenque  de  atar  terneros, 
Pero  en  dos  tiros  certeros 
Salió  aullando  campo  ajuera. 

Por  suerte  en  aquel  momento 
Venia  coloriando  el  alba 

Y  yo  dije  «si  me  salva 
«La  virgen  en  este  apure, 
«En  adelante  le  juro 

«Ser  mas  güeno  que  una  malvé» 

Pegué  un  brinco  y  entre  todos 
Sin  miedo  me  entreveró — 
Echo  ovillo  me  quedó 

Y  ya  me  cargó  una  yunta, 

Y  por  el  suelo  la  punta 
De  mi  facón  les  jugué. 

El  mas  engolocinao 
Se  me  apio  con  un  achazo, 
Se  lo  quitó  con  el  brazo 
De  nó,  me  mata  los  piojos; 

Y  antes  de  que  diera  un  paso 
Le  eché  tierra  en  los  dos  ojos. 


MARTIN  FIEEBO 


Y  mientras  se  sacudía 
Refregándose  la  vista, 
Yo  me  le  fui  como  lista 

Y  ay  no  más  me  le  afirme 
Diciéndole:  «Dios  te  asista» 

Y  de  un  revés  lo  voltié. 

Pero  en  ese  punto  mestno 
Sentí  que  por  las  costillas 
Un  sable  me  hacia  cosquillas 

Y  la  sangre  se  me  heló — 
Dende  ese  momento  yo, 
Me  salí  de  mis  casillas. 

Di  para  atrás  unos  pasos 
Hasta  que  pude  hacer  pié, 
Por  delante  me  lo  eché 
De  puntas  y  tajos  á  un  criollo; 
Metió  la  pata  en  un  oyó, 

Y  yo  al  oyó  lo  mandó. 

Tal  vez  en  el  corazón 

Lo  tocó  un  Santo  Bendito, 

A  un  gaucho,  que  pegó  el  grito, 

Y  dijo: — «Cruz  no  consiente 
«Que  se  cometa  el  delito   ■ 
«De  matar  ansi  un  valiente! 

Y  ay  no  más  se  me  aparió, 
Dentrándole  á  la  partida, 
Yo  les  hice  otra  embestida 
Pues  entre  dos  era  robo; 

Y  el  Otuí  era  como  lobo 
Que  defiende  su  guarida. 

Dno  despachó  al  infierno 
De  dos  que  lo  atrepellaros, 
Los  demás  remoliniaron, 
Pues  ibamob  á  la  fija. 

Y  á  pooo  andar  dispararos 
Lo  mesas  o  que  sabandija. 

Ay  quedaban  largo  á  largo 
Loe  que  estiraron  la  geta, 
Otro  iba  como  maleta, 

Y  Oros  de  atrás  les  deoia: 
«Que  venga  otra   polecia 
«A  llevarlos  en  carreta.» 

Yo  junté  las  osamentas, 

Me  hinqué  y  les  recé  un  bondttet; 

Hios  una  cruz  de  un  palito 

Y  pedí  a  mi  Dios  elemento, 
Me  perdonara  el  delito 

De  haber  muerto  tanta  gente. 


Dejamos  amontonaos 

A  los  pobres  que  murieron, 

No  sé  si  los  recojieron 

Porque  nos  fuimos  a  un  rancho, 

O  si  tal  vez  los  caranchos 

Ay  no  más  se  los  comieron. 

Lo  agarramos  mano  á  mano 
Entre  los  dos  al  porrón, 
En  semejante  ocasión 
Un  trago  á  cualquiera  encanta. 

Y  Cruz  no  era  remolón 
Ni  pijotiaba  garganta. 

Calentamos  los  gargueros, 

Y  nos  largamos  muy  tiesos, 
Siguiendo  siempre  los  besos 
Al  pichel,  y  por  más  señas, 
íbamos  como  cigüeñas 
Estirando  los  pescuesos. 

—«Yo  me  voy,  le  dije,  amigo, 

•Donde  la  suerte  me  lleve, 

»Y  si  es  que  alguno  se  atrevo 

«A  ponerse  en  mi  camino 

-Yo  seguiré  mi  destino 

«Que  el  hombre  hace  lo  que  debo.» 

«Soy  un  gaucho  desgraciao 
«No  tengo  donde  ampararme, 
«Ni  un  palo  donde  rascarme, 
«Ni  un  árbol  que  me  oubije; 
«Pero  ni  aun  esto  me  aflige 
•  Porque  yo  sé  manejarme.» 

«Antes  de  cair  al  servicio 
«Tenia  familia  y  hacienda, 
«Cuando  volví,  ni  la  prenda, 
«Me  la  habían  dejao  ya, — 
«Dios  sabe  en  loque  vendrá 
•A  parar  esta  contienda.» 


X 
CRUZ 


— Amigazo,  pa  sufrir 
Han  naoido  los  varones — 
Estas  son  las  ocasiones 
De  mostrarse  un  hombre  juerte, 
Hasta  que  venga  la  muerto 
,   Y  lo  agarre  á  coscorrones 


24 


BL  GAUCHO 


£1  andar  tan  despilchao 
Ningún  mérito  me  quita, 
Sin  ser  un  alma  bendita 
Me  duelo  del  mal  ageno: 
Soy  un  pastel  con  relleno 
Que  parece  torta  frita. 

Tampoco  me  faltan  males 

Y  desgracias,  le  prevengo, 
También  mis  desdichas  tengo, 
Aunque  esto  poco  me  aflige  — 
Yo  sé  hacerme  el  chancho  rengo 
Cuando  la  cosa  lo  esige. 

Y  con  algunos  ardiles 

Voy  viviendo,  aunque  rotoso; 
A  veces  me  hago  el  sarnoso 

Y  no  tengo  ni  un  granito, 
Pero  al  chifle  voy  ganoso 
Como  panzon  al  maiz  frito. 

A  mí  no  me  matan  penas 
Mientras  tenga  el  cuero  sano, 
Venga  el  sol  en  el  verano 

Y  la  escarcha  en  el  invierno — 
Si  este  mundo  es  un  infierno 
¿Porqué  afligirse  el  cristiano? 

Hagásmole  cara  fiera 
A  los  males,  compañero, 
Porque  el  zorro  más  matrero 
Suele  cair  como  un  chorlito; 
Viene  por  un  corderito 

Y  en  la  estaca  deja  el  cuero. 

Hoy  tenemos  que  sufrir 
Males  que  no  tienen  nombres 
Pero  esto  á  naides  lo  asombre 
Porque  ansina  es  el  pastel; 

Y  tiene  que  dar  el  hombre 
Más  vueltas  que  un  carretel. 

Yo  nunca  me  he  de  entregar 
A  los  brazos  de  la  muerte — 
Arrastro  mi  triste  suerte 
Paso  á  paso  y  como  pueda — 
Que  donde  ei  débil  se  queda 
Se  suele  escapar  el  juerte. 

Y  ricuerde  cada  cual 
Lo  que  cada  cual  sufrió, 
Que  lo  que  es,  amigo,  yo, 
Hago  ansi  la  cuenta  mia: 
Ya  lo  pasado  pasó — 
Mañana  será  otro  dia. 


Yo  también  tuve  una  pilcha 
Que  me  enllenó  el  corazón — 

Y  si  en  aquella  ocasión 
Alguien  me  hubiera  buscao — 
Siguro  que  me  habia  hallao 
Mas  prendido  que  un  botón. 

En  la  güella  del  querer 

No  hay  animal  que  se  pierda..? 

Las  mujeres  no  son  lerdas — 

Y  todo  gaucho  es  dotor 
Si  pa  cantarle  el  amor 

Tiene  que  templar  las  cuerda^ 

Quién  es  de  un  alma  tan  dura 
Que  no  quiera  una  mujer! 
Lo  alivia  en  su  padecer: 
Si  no  sale  calavera 
Es  la  mejor  compañera 
Que  el  hombre  puede  tener. 

Si  es  güeña,  no  lo  abandona 
Cuando  lo  vé  desgraciao, 
Lo  asiste  con  su  cuidao, 

Y  con  afán  cariñoso 

Y  osté  tal  vez  ni  un  rebozo 
Ni  una  pollera  le  ha  dao. 

Grandemente  lo  pasaba 
Con  aquella  prenda  mia — 
Viviendo  con  alegria 
Como  la  mosca  en  la  miel — 
¡Amigo,  que  tiempo  aquel! 
La  pucha— que  la  queria! 

Era  la  águila  que  á  un  árbol 
Dende  las  nubes  bajó, 
Era  más  linda  que  el  alba 
Cuando  va  rayando  el  sol — 
Era  la  flor  deliciosa 
Que  entre  el  trebolar  creció. 

Pero,  amigo,  el  Comendante 
Que  mandaba  la  milicia, 
Como  que  no  desperdicia 
Se  fué  refalando  á  casa; 
Yo  le  conoci  en  la  traza 
Que  el  hombre  traiba  malicia. 

El  me  daba  voz  de  amigo, 
Pero  no  le  tenia  fó — 
Era  el  jefe,  y  ya  se  vé, 
No  podia  competir  yo — 
Ea  mi  rancho  se  pegó 
Lo  mesmo  que  saguaipé. 


MABTIN  FIEERO 


25 


A  poco  andar  conocí. 

Que  ya  me  habia  desbanoao, 

Y  él  siempre  muy  eutonau, 
Aunque  sin  darme  ni  un  cobre, 
Me  tenia  de  lao  á  lao 

Como  encomienda  de  pobre. 

A  cada  rato,  de  chasque 
Me  hacia  dir  á  gran  distancia, 
Ya  me  mandaba  á  una  estancia. 
Ya  al  pueblo,  ya  á  la  frontera — 
Pero  él  en  la  comendancia 
No  ponia  los  pies  siquiera. 

Es  triste  á  no  poder  más 
El  hombre  en  bu  padecer, 
3i  no  tiene  una  mujer 
Que  lo  ampare  y  lo  consuele: 
Uas  pa  que  otro  se  la  pele 
Lo  mejor  es  no  tener. — 

No  me  gusta  q'.i^  otro  gallo 
Le  cacaree  á  mi  gallina. — 
Yo  andaba  ya  con  la  espina, 
Hasta  que  en  una  ocasión 
Lo  pillé  junto  al  jogon 
Vbrazándome  á  la  china. 

Tenia  el  viejito  una  cara 
De  ternero  mal  lamido, 

Y  al  verlo  tan  atrevido 

Le  dije: — «Que  le  aproveche; 
«Que  habia  sido  pa  el  amor 
«Como  guacho  pa  la  leche.» 

Peló  la  espada  y  se  vino 

Como  á  quererme  ensartar, 

Pero  yo  sin  tutubear 

Le  volví  al  punto  á  decir: 

— «Cuidao  no  te  vas  á  pór....tigo 

Pone  cuarta  pa  salir.» 

Un  puntazo  me  largó 
Pero  el  cuerpo  le  saqué, 

Y  en  cuanto  se  lo  quité 
Para  no  matar  un  viejo, 
Con  cuidao,  medio  de  lejos 
Un  planazo  le  asenté. 

Y  como  nunca  al  que  manda 
Le  falta  algún  adulón 

Uno  que  en  esa  ocasión 
Se  encontraba  allí  presente, 
Vino  apretando  los  dientes 
Como  perrito  mamón. 


Me  hizo  un  tiro  de  revuelver 
Que  el  hombre  creyó  siguro, 
Era  confiao  y  le  juro 
Que  cerquita  se  arrimaba — 
Pero  siempre  en  un  apuro 
Se  desentumen  mis  tabas. 

El  me  siguió  menudiando 
Mas  sin  poderme  asertar, 

Y  yo,  déle  culebriar 
Hasta  que  al  fin  le  dentré 

Y  ay  nomas  lo  despaché 
Sin  dejarlo  resollar. 

Dentré  á  campiar  enseguida 
Al  viejito  enamorao, 
El  pobre  se  habia  ganao 
En  un  noque  de  lejía — 
¡Quién  sabe  como  estarla 
Del  susto  que  habia  llevao! 

Es  zonzo  el  cristiano  macho 
Cuando  el  amor  lo  domina! — 
El  la  miraba  á  la  indina, 

Y  tina  cosa  tan  jedionda 
Sentí  yo,  que  ni  en  la  fonda 
He  visto  tal  jedentina. 

Y  le  dije: — «Pa  su  agüela 
«Han  de  ser  esas  perdices» 
Yo  me  tapé  las  narices, 

Y  me  salí  estornudando, 

Y  el  viejo  quedó  olfatiando 
Como  chico  con  lumbrices. 

Cuando  la  muía  recula 
Señal  que  quiere  cosiar — 
Ansi  se  suele  portar 
Aunque  ella  lo  disimula, 
Recula  como  la  muía 
La  mujer,  para  olvidar. 

Alcé  mi  poncho  y  mis  prendas 

Y  me  largué  á  padecer 
Por  culpa  de  una  mujer 
Que  quiso  engañar  á  dos — 
Al  rancho  le  dije  adiós 
Para  nunca  más  volver. 

Las  mujeres,  dende  entonces, 
Conocí  á  todas  en  una — 
Ya  no  he  de  probar  fortuna 
Con  carta  tan  conocida: 
Mujer  y  perra  parida, 
No  se  me  atraca  ninguna. 


26 


EL  GAUCHO 


XI 


A  otros  les  brotan  las  copla* 
Como  agua  de  manantial; 
Pues  a  mi  me  pasa  igual: 
Aunque  las  mias  nada  valen, 
De  la  boca  se  me  salen 
Como  ovejas  del  corral. 

Que  en  puertiando  la  primer», 
Ya  la  siguen  las  demás, 

Y  en  montones  las  de  atrás, 
Contra  los  palos  se  estrellan, 

Y  saltan  y  se  atrepellan 
Sin  que  se  corten  jamás. 

Y  aunque  yo  por  mi  inorancia 
Con  gran  trabajo  me  esplico, 
Cuando  llego  á  abrir  el  pico 
Téngalo  por  cosa  cierta, 

Sale  un  verso  y  en  la  puerta 
Ya  asoma  el  otro  el  hocico. 

Y  emprésteme  su  atención 
Me  oirá  relatar  las  penas 

De  que  traigo  la  alma  llena—» 
Porque  en  toda  circustancia, 
Paga  el  gaucho  su  inorancia 
Con  la  sangre  de  sus  venas. 

Después  de  aquella  desgracia 
Me  refugié  en  los  pajales, 
Andube  entre  los  cardalea 
Como  vicho  sin  guarida — - 
Pero,  amigo,  es  esa  vida 
Como  vida  de  animales. 

Y  son  tantas  las  miserias 
En  que  me  he  sabido  ver 
Que  con  tanto  padecer 

Y  sufrir  tanta  aflicion 
Malicio  que  he  de  tener 
Un  callo  en  el  corazón. 

Ansi  andaba  como  guacho 
Cuando  pasa  el  temporal — 
Supe  una  vez  por  mi  mal 
De  una  milonga  que  habia, 

Y  ya  pa  la  pulpería 
Enderezó  mi  bagual. 


Era  la  casa  del  baile 

Un  rancho  de  mala  muerte, 

Y  se  enllenó  de  tal  suerte 
Que  andábamos  á  empujones — 
Nunca  faltan  encontrones 
Cuando  un  pobre  se  divierte. 

Yo  tenia  unas  medias  botas 
Con  tamaños  verdugones — 
Me  pusieron  los  talones 
Con  crestas  como  los  gallos 
Si  viera  mis  afliciones 
Pensando  yo  que  eran  callos. 

Con  gato  y  con  fandanguillo 
Habia  empezao  el  changango 

Y  para  ver  el  fandango 
Me  colé  haciéndome  bola — 
Más,  metió  el  diablo  la  ocla, 

Y  todo  se  volvió  pango. 

Habia  sido  el  guitarrero 

Un  gaucho  duro  de  boca — 

Yo  tengo  pacencia  poca 

Pa  aguantar  cuando  no  debo, 

A  ninguno  me  le  atrevo 

Pero  me  halla  el  que  me  tooa. 

A  bailar  un  pericón 
Con  una  moza  salí, 

Y  cuanto  me  vido  allí 
Sin  duda  me  conoció — 

Y  estas  coplitas  cantó 
Como  por  rairse  de  mi; 

«Las  mujeres  son  todas 

«Como  las  muías — 

«Yo  no  digo  que  todas 

«Pero  hay  algunas 

«Que  á  las  aves  que  vuelan 

«Les  sacan  plumas.» 

«Hay  gauchos  que  presumen 

«De  tener  damas — 

«No  digo  que  presumen 

«Pero  se  alaban 

«Y  á  lo  mejor  los  dejan 

«Tocando  tablas.» 

Se  secretiaron  las  hembras — 

Y  yo  ya  me  encocoré — 
Volió  la  anca  y  le  grita 

<Dejá  de  cantar chioharra» 

Y  de  un  tajo  á  la  guitarra 
Tuitas  las  cuerdas  corté. 


MARTIN  FIERRO 


29 


Al  ponto  salió  de  adentro 
Un  gringo  con  un  jusil — 
Pero  nunca  he  sido  vil, 
Poco  el  peligro  me  espanta — 
Yo  me  refalé  la  manta 

Y  la  eché  sobre  candil. 

Gané  en  seguida  la  puerta 
Gritando: — «Naides  me  ataje» 

Y  alborotao  el  embraje 
Lo  que  todo  quedó  escuro, 
Empezó  á  verse  en  apuro 
Mesturao  con  el  gauchage. 

El  primero  que  salió 
Fué  el  cantor  y  se  me  vino — 
Pero  yo  no  pierdo  el  tino 
Aunque  haiga  tomao  un  trago — 

Y  hay  algunos  por  mi  pago 
Que  me  tienen  por  ladino. 

No  ha  de  haber  achocao  otro— 
Le  salió  cara  la  broma; 
A  su  amigo  cuando  toma 
Se  le  despeja  el  sentido, 

Y  el  pobrecito  había  sido 
Como  carne  de  paloma. 

Para  prestar  un  socorro 
Las  mujeres  no  son  lerdas — 
Antes  que  la  sangre  pierda 
Lo  arrimaron  á  unas  pipas — 
Ay  lo  dejé  con  las  tripas 
Como  pa  que  hiciera  cuerdas. 

Monté  y  me  largué  a  los  campos 

Más  libre  que  el  pensamiento, 

Como  las  nubes  al  viento 

A  vivir  sin  paradero, 

Que  no  tiene  el  que  es  matrero 

Nido,  ni  rancho,  ni  asiento. 

No  hay  fuerza  contra  el  destino 
Que  le  ha  señalao  el  cielo — 

Y  aunque  no  tenga  consuelo 
Aguante  el  que  está  en  trabajo— 
¡Naides  se  rasca  pa  abajo! 

¡Ni  se  lonjea  contra  el  pelo! 

Con  el  gaucho  desgraciao 

No  hay  uno  que  no  se  entone — 

La  menor  falta  lo  espone 

A  andar  con  los  avestruces! 

Faltan  otros  con  mas  luces 

Y  siempre  hay  quien  los  perdone. 


xn 

Yo  no  sé  que  tantos  meses 

Esta  vida  me  duró. 

A  veces  nos  obligó 

La  miseria  á  comer  potro— 

Me  había  acompañao  con  otros 

Tan  desgraciaos  como  yo. — 

Más  ¿para  qué  platicar 
Sobre  esos  malee, — canejo? 
Nace  el  gaucho  y  se  hace  viejo, 
Sin  que  mejore  su  suerte, 
Hasta  que  por  ay  la  muerta 
Sale  á  cobrarle  el  pellejo. 

Pero  como  no  hay  desgracia 
Que  no  acabe  alguna  ves, 
Me  aconteció  que  después 
De  sufrir  tanto  rigor, 
Un  amigo  por  favor 
Me  compuso  con  el  juez. 

Le  alvertiré  que  en  mi  pago 
Ya  no  va  quedando  un  criollo, 
Se  los  ha  tragao  el  oyó, 
O  juido  ó  mnerto  en  lo  guerra 
Porque,  amigo,  en  esta  tierra 
Nunca  se  acaba  el  embrollo. — 

Colijo  que  jȎ  por  eso 

Que  me  llamó  el  juez  un  dia, 

Y  me  dijo  que  queria 
Hacerme  á  su  lao  venir, 

Y  que  dentrase  á  servir 
De  soldao  de  Polecia.— 

Y  me  largó  una  ploclama 
Tratándome  de  valiente. 

Que  yo  era  un  hombre  decente, 

Y  que  dende  aquel  momento 
Me  nombraba  de  sargento 
Pa  que  mandara  la  gente. 

Ansi  estuve  en  la  partida 
Pero,  ¿qué  había  de  mandar? 
Anoche  al  irlo  á  tomar 
Vide  güeña  coyuntura — 

Y  á  mí  no  me  gusta  andar 
Con  la  lata  á  la  cintura. 


30 


EL    GAUCHO 


Ya  conoce,  pues  quien  soy. 
Tenga  confianza  conmigo, 
Cruz  le  dio  mano  de  amigo 

Y  no  lo  ha  de  abandonar — 
Juntos  podemos  buscar 

Pa  los  dos  un  mesmo  abrigo. 

Andaremos  de  matreros 

Si  es  preciso  pa  salvar — 

Nunca  nos  ha  de  faltar 

Ni  un  güen  pingo  pa  juir' 

Ni  ur.  pajal  ande  dormir, 

Ni  un  matambre  que  ensartar. 

Y  cuando  sin  trapo  alguno 
Nos  haiga  el  tiempo  dejao — 
Yo  le  pediré  emprestao 

El  cuero  á  cualquiera  lobo 

Y  hago  un  poncho,  si  lo  sobo, 
Mejor  que  poncho  engomao. 

Para  mi  la  cola  es  pecho 

Y  el  espinazo  cadera — 
Hago  mi  nido  ande  quiera 

T  de  lo  que  encuentro  como — 
Me  echo  tierra  sobre  el  lomo 

Y  me  apeo  en  cualquier  tranquera. 

Y  dejo  rodar  la  bola 

Qne  algún  dia  se  ha  de  parar — 
Tiene  el  gaucho  que  aguantar 
Hasta  que  lo  trague  el  oyó — 
0  hasta  que  «enga  algún  criollo 
En  esta  tierra  mandar. 

Lo  miran  al  pobre  gauoho 
Como  carne  de  cogote: 
Lo  tratan  al  estricote — 

Y  si  ansi  las  cosas   andan, 
Porque  quieren  los  que  mandan 
Aguantemos  los  azotes. 

Pucha — si  usté  los  oyera 
Como  yo  en  una  ocasión, 
Tnita  la  conversación 
Que  con  otro  tuvo  el  juez — 
Le  asiguro  que  esa  vez 
Se  me  achicó  el  corazón. 

Hablaban  de  hacerse  ricos 
Con  campos  en  las  fronteras — 
De  sacarla  mas  ajuera 
Donde  habia  campos  baldidos 

Y  llevar  de  los  partidos  ¿ 
Gente  que  la  defendiera. 


Todos  se  güelven  proyetOB 
De  colonias  y  carriles — 

Y  tirar  la  plata  a  miles 
En  los  gringos  enganchaos, 
Mientras  al  pobre  soldao 

Le  pelan  la  chaucha — ah!  viles! 

Pero  si  siguen  las   cosas 
Como  van  hasta  el  presente 
Puede  ser  que  de  repente 
Veamos  el  campo   disierto, 

Y  blanqueando  solamente 

Los  güesos  de  los  que  han   muerto 

Hace  mucho  que  sufrimos 
La  suerte  reculativa. — 
Trabaja  el  gancho  y  no  arriba. 
Porque  á  lo  mejor  del  casu. 
Lo  levantan  de  un  sogazo 
Sin  dejarle  ni  saliva. 

De  los  males  que  sufrimos 
Hablan  mucho  los  pueblero» 
Pero  hacen  como  los  teros 
Para  esconder  sus  niditos: 
En  un  lao  pegan  los  gritos 

Y  en  otro  tienen  los  güevos. 

Y  se  hacen  los  que  no  aciertan 
A  dar  con  la  coyontura — 
Mientras  al  gaucho  lo  apura 
Con  rigor  la  autoridá, 

Ellos  á  la  enfermeda 

Le  están  errando  la  cura. 


XIII 


MARTIN    FIERRO 


Ya  veo  que  somos  los  dos 
Astillas  del  mesmo  palo — 
Yo  paso  por  gaucho  malo 

Y  usté  anda  del  mesmo  modo, 

Y  yo  pa  acabarlo  todo 
A  los  Indios  me  refalo. 

Pido  perdón  á  mi  Dios 
Que  tantos  bienes  me  hizo— 
Pero  dende  que  es  preciso 
Que  viva  entre  los  infieles — 
Yo  seré  cruel  con  los  crueles— 
Ansi  mi  suerte  lo  quisj. 


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MARTIN  FIERRO 


33 


Dios  formó  lindas  las  florea, 
Delicadas  «jomo  son — 
Les  dio  toda  perfecion 

Y  cuanto  él  era  capaz — 
Pero  al  hombre  le  dio  mas 
Cuando  le  dio  el  corazón. 

Le  dio  claridá  á  la  luz, 
Juerza  en  su  carrera  al  viento 
Le  dio  vida  y  movimiento 
Dende  el  águila  al  gusano — 
Pero  más  le  dio  al  cristiano 
Al  darle  el  entendimiento. 

Y  aunque  á  las  aves  les  dio 
Con  otras  cosas  que  inoro, 
Esos  piquitos  como  oro 

Y  un  plumaje  como  tabla — 
Le  dio  al  hombre  mas  tesoro 
Al  darle  una  lengua  que  habla. 

Y  dende  que  dio  á  las  fieras 
Esajuria  tan  inmensa, 

Que  no  hay  poder  que  las  venst 
Ni  nada  que  las  asombre — 
¿Qué  menos  le  daría  al  hombre 
Que  el  valor  pa  su  defensa? 

Pero  tantos  bienes  juntos 
Al  darle,  malicio  yo 
Que  en  sus  adentros  pensó 
Que  el  hombre  los  precisaba, 
Pues  los  bienes  igualaba 
Con  las  penas  que  les  dio. 

Y  yo  empujao  por  las  mias 
Quiero  salir  de  este  infierno: — 
Ya  no  soy  pichón  muy  tierno 

Y  sé  manejar  la  lanza — 

Y  ba-ta  los  Indios  no  alcanza 
La  faculta  del  Gobierno. 

Yo  sé  que  allá  los  caciques 
Amparan  á  los  cristianos, 

Y  que  lo  tratan  de  «Hermanos» 
Cuando  se  van  por  su  gusto — 
A  qué  andar  pasando  sustos..., 
Alcemos  el  poncho  y  vamos. 

En  la  cruzada  hay  peligros 
Pero  ni  aun  esto  me  aterra — 
Yo  ruedo  sobre  la  tierra 
Arrastrao  por  mi  destino — 

Y  si  erramos  el  camino .... 
No  es  el  primero  que  lo  erra. 


Si  hemos  de  salvar  ó  nó — 
De  esto  naide  nos  responde, 
Derecho  ande  el  sol  se  esconde 
Tierra  adentro  hay  que  tirar, 
Algún  dia  hemos  de  llegar. . , 
Después  sabremos  á  donde. 

No  hemos  de  perder  el  rumbo 
Los  dos  somos  güeña  yunta — 
El  que  es  gaucho  va  ande  apunta; 
Aunque  inore  ande  se  encuentra; 
Pa  el  lao  en  que  el  sol  se  dentra 
Dueblan  los  pasos  la  punta. 

De  hambre  no  perecemos 
Pues  sigun  otros  me  han  dicho 
En  los  campos  se  hallan  vichos 
De  lo  que  uno  necesita .... 
Gamas,  matacos,  mulitas, 
Avestruces  y  quirquinchos. 

Cuando  se  anda  en  el  desierto 
Se  come  uno  hasta  las  colas — 
Lo  han  cruzado  mujeres  solas 
Llegando  al  fin  con  salú, 

Y  á  de  ser  gaucho  el  ñandú 
Que  se  escape  de  mis  bolas. 

Tampoco  á  la  sé  le  temo, 
Yo  la  aguanto  muy  contento, 
Busco  agua  olfatiando  al  viento 

Y  dende  que  no  soy  manco, 
Ande  hay  duraznillo  blanco 
Cabo,  y  la  saco  al  momento. 

Allá  habrá  seguridá 

Ya  que  aquí  no  la  tenemos, 

Menos  males  pasaremos 

Y  ha  de  haber  grande  alepria, 
El  dia  que  nos  descolguemos 
En  alguna  toldería. 

Fabricaremos  un  toldo 
Como  lo  hacen  tantos  otros, 
Con  unos  cueros  de  potro 
Que  sea  sala  y  sea  cocina, 
¡Tal  vez  no  falte  una  china 
Que  se  apiade  de  nosotros! 

Allá  no  hay  que  trabajar, 

Vive  uno  como  un  señor — 

De  cuando  en  cuando  un  malón— 

Y  si  de  él  sale  con  vida, 
Lo  pasa  echao  panza  arriba 
Mirando  dar  güelta  el  sol. 


84 


EL  GAUCHO  MARTIN  FIERRO 


Y  ya  qué  á  juerza  de  golpes 
La  suerte  nos  dejó  aflús, 
Puede  que  allá  veamos  luz 

Y  se  acaben  nuestras  penas; 
Todas  las  tierras  son  güeñas 
Vámosnos  amigo  Cruz. 

El  que  maneja  las  bolas, 
El  que  sabe  echar  un  pial, 

Y  sentársele  á  nn  bagual 
Sin  miedo  de  que  lo  baje, 
Entre  los  mesmos  salvajes 
No  puede  pasarlo  mal. 

El  amor  como  la  guerra 
Lo  hace  el  criollo  con  canciones — 
A  mas  de  eso  en  los  malones 
Podemos  aviarnos  de  algo, 
En  fin,  amigo  yo  salgo, 
"De  estas  pelegrinaciones. 


En  este  punto,  el  cantor 
Buscó  un  porrón  pa  consuelo. 
Eohó  un  trago  como  un  cielo, 
Dando  fin  á  su  argumento; 
Y  de  un  golpe  el  istrumento, 
Lo  hizo  astillas  contra  el  suelo. 

•  Ruempo,  dijo,  la  guitarra, 
Pa  no  volverme  á  tentar, 
Ninguno  la  ha  de  tocar 
Por  siguro  ténganlo; 
Pues  naides  ha  de  cantar 
Cuándo  este  gaucho  cantó 


Y  daré  fin  á  mis  coplas 
Con  aire  de  relación, 
Nunca  falta  un  preguntón 
Mas  curioso  que  mujer, 

Y  tal  vez  quiera  saber 
Como  jué  la  conclusión: 

Cruz  y  Fierro  de  una  estancia 
Una  tropilla  se  arriaron  — 
Por  delante  se  la  echaron 
Como  criollos  entendidos, 

Y  pronto  sin  ser  sentidos 
Por  la  frontera  cruzaron. 

Y  cuando  la  habían  pasao, 
Una  madrugada  clara 

Le  dijo  Cruz  que  mirara 
Las  últimas  poblaciones 

Y  á  Fierro  dos  lagrimoneb 
Le  rodaron  por  la  cara. 

Y  siguiendo  el  fiel  del  rumbo 
Se  entraron  en  el  desierto — 
No  sé  si  los  habrán  muejrto, 
En  alguna  correria, 

Pero  espero  que  algún  dia 
Sabré  de  ellos  algo  cierto. 

Y  ya  con  estas  noticias 
Mi  relación  acabé, 

Por  ser  ciertas  las  contó, 
Todas  las  desgracias  dichas — 
Es  un  telar  de  desdichas 
Cada  gaucho  que  usté  vé. 

Pero  ponga  su  esperanza 
En  el  Dios  que  lo  formó, 

Y  aquí  me  despido  yo 
Que  he  relatao  á  mi  modo, 
leales  <q.-u.e  coxxoce».  toáLo* 
3?ero  q.-u.e  naides  ca.2a.to. 


-j  apy»r  h- 


OTRAS  COMPOSICIONES  DEL  Sr.  HERNÁNDEZ 


EL    VIEJO     Y     LA    NIÑA 


Cruza  un  arroyo  inocente 
Sobre  un  campo  de  esmeralda, 

Y  á  su  orilla  cr<3ce  un  sauce 
Reflejándose  en  sus  aguas. 
En  parentes  onda9, 
Serenas,  limpias  y  mansas, 
Varios  descuidados  cisnes 
Su  blanco  plumaje,  bañan. 
Los  pintados  pajarillos, 
Saltando  de  rama  en  rama, 
Enamorados  y  alegres, 

Con  sus  dulces  trinos  cantan, 

Y  las  flores  caprichosas, 
Que  crecen  entre  la  grama, 
Aquel  manto  de  verdura, 
Entapizan  y  engalanan. 

Y  las  perfumadas  brisas, 
Al  cruzar  en  tenue  calma, 
Rosan  leve  y  suavemente, 
Agua,  cisnes,  flor  y  grama. 
Pálido  un  rayo  de  sol, 

Que  se  quiebra  entre  las   ramas. 
Va  á  reflejar  moribundo 
Ea  las  cristalinas  aguas. 
Del  verde  sauce  á  la  sombra 
Un  pobre  viejo  descansa, 
Pura  la  mirada  y  limpia, 
Serena,  aunque  triste  el  alma. 
A  sus  trémulas  rodillas 
Alegre  una  niña  salta, 

Y  tna  sonrosados  dedos 
Entre  sus  canas  enlaza. 
En   las  huellas  de  la  vida 

M  lastra  en  su  faz  arrugada, 

Y  ella  refleja  en  su   frente 
La  pureza  y  la  esperanza 
De  la  sien  del  viejo  penden 
Escalas  hebras  de  plata, 
Pues  ddga  tan  poco  el  mundo 
Que  hasta  deja  pocas  canas, 

Y  ella  los  sedosos  rizos, 
Flotantes  sobre  la  espalda, 
Por  la  brisa  acariceados 
No  suelta,  sino  derrama, 
El  es  la  verdad  del  fin 

Es  la  realidad  ingrata; 

Y  ella  es  la  ilusión  risueña 
Que  dá  vida  á  la  esperanza. 


El  es  el  árido  invierno 
Con  su  nieve  y  sus  escarchas, 
Es  desierto,  soledad, 
Repulsión,  tinieblas,  nada. 

Y  en  la  senda  de  la  niña, 
la  primavera  derrama 
Todas  sus  galas  floridas 
Con  generosa  abundancia. 
El  es  la  noche  sombría, 
Ella  la  aurora  galana, 
Ella  viene  y  el  se  vá 
Libre  de  oongoja  el  alma. 
Ella  en  su  inquieta  ir.        ;  ¡a 
Jugueteando  con  sus  c-.uiaa 
— Porqué  motivo,  le  dice, 
Tienes  la  cabeza  blanca? 
Fija  en  la  niña  el  anciano 
Pura  y  serena  mirada, 

Sus  secos  labios   contrae 

Lijera  sonrisa  amarga 

— «No  sabes,  niña  inocente, 

No  sabes  niña  adorada 

Que  la  vida  se  parece 

A  la  antorcha  que  se  apaga? 

Seductoras  ilusiones, 

Nuestra  juventud  engañan 

Y  al  retirarse  fugaces 

El  tinte  del  pelo  cambian 
Vienen  muchos  desencantos 
Muere  ó  se  vá  la  esperanza; 
Que  la  esperanza  de  ayer 
Es  desencanto  mañana 

Y  solo  nos  deja  el  mundo 
Al  terminar  la  jornada, 
Al  espíritu  congojas 

Pero  no  á  los  ojos  lágrimas, 
Solo  deja  el  desengaño 

Y  tristezas  en  el  alma, 
Las  arrugas  en  el  rostro 

Y  en  la  cabeza  las  canas!!» 
Oyó  la  niña  el  sermón 
Sin  entender  ni  palabra,   , 
Pues  la  vida  tiene  aún 
Arcanos  que  ella  no  alcanza. 
Se  fué  á  arrojar  juguetona 
Piedrecillas  en  el  agua, 

Los  oisnes  tienden  el  vuelo 

Y  el  viejo  vuelve  á  su  casa 


36 


UTRAS    COMPOSICIONES 


Las  flores  signen  creciendo, 
Las  agnas  siguen  su  marcha, 
Sigue  el  sauce  dando  sombra, 
Sigue  el  pajare  en  sus  ramas. 
Sigue  la  brisa  apasible 

Y  al  venrde  follaje  arranca 
Esa  tímida  armonia 

Que  solo  persibe  el  alma 
Mas  yo  he  seguido  hasta  aquí, 

Y  es  tiempo  de  decir  basta, 
Porque  las  penas  son  mias 

Y  soy  dueño  de  ocultarlas. 


Yo  soy  ese  pobre  viejo 
Lleno  de  arrugas  y  canas 

Y  es  la  niña  juguetona, 
La  lectora  de  esta  fábula. 
Guarde  ella  sus  ilusiones, 
Yo  mis  tristezas  amargas, 
Ella  sus  blondos  cabellos 

Y  yo  mis  escasas  canas. 
Que  ya  fugaron  veloces 
Las  ilusiones  del  alma; 
Pues  ayer  compró  un  billete 

Y  no  me  he  sacado  nada. 


LOS    DOS    BESOS 


Volaron  aquellas  horas 
En  que  la  mente   delira: 
Sin  cuerdas  está  mi  lira 

Y  sin  fuego  el  corazón. 

Y  pues  que  cantar  no  puedo 
Tus  encantos  y  embelesos, 

A  una  historia  de  dos  besos 
Presta,  niña,  tu  atención. 

En  los  inmensos  espacios 
Dos  besos  que  iban  errantes, 
Vagos,  perdidos,  flotantes, 
Se  llegaron  á  encontrar. 

Y  al  tocarse  levemente, 
Yerto  el  uno  y  maldecido, 
Tembló  el  otro,  como  herido 
Por  aquel  roce  fatal. 

Y  entre  el  éter  las  nubes, 
Dó  el  trueno  tiene  su  cuna, 
Dn  tibio  rayo  de  luna 

Los  ilumina  á  los  dos. 

Y  el  silencio  interrumpiendo 
Que  en  los  espacios  reinaba, 
Un  genio  que  alli  pasaba 
Oyó  la  siguiente  voz: 

— ¿Quién  eres? 

— ¿A  donde  vas? 
Por  el  espacio,  infinito? 
— Tan  fresco  tú. 

— Tu  marchito 
— ¿De  donde  saliste,  di? 
— Yo  soy  ternura. 

— Yo  rabia. 
— Yo  dulzura. 

— Yo  doler. 
— Yo  soy  hijo  del  Amor 


— Yo  del  odio  y  frenesí. 

— Yo  vierto  un  alma  en  otra  alma 

Divinizando  las  dos: 

Soy  el  hábito  de  Dios, 

Soy  inocencia  y  virtud. 

— Y  yo  soy  remordimiento 

Infamia,  oprobio,  perfidia: 

Soy  maldición,  soy  envidia. 

Y  perversa  ingratitud. 

— Yo  soy  perfume  suave, 
Soy  celestial  armonia, 
Soy  placer,  soy  alegría, 
Soy  esperanza  que  brota. 
— Yo  soy  maldición,  blasfemia. 
Soy  rencor  de  furias  lleno, 
Soy  para  el  alma,  veneno 
Que  destila  gota  á  gota. 

— Yo  soy  pureza  y  esencia. 
— Yo  crimen  y  falsedad. 
— Yo  salvé  á  la  humanidad, 
— Yo  á  la  humanidad  perdí. 
— Soy  yo  de  origen  divino 
— A  mi  el  infierno  me  hizo. 
— Yo  nací  en  el  Paraíso, 
— Yo  en  Jerusalen  nací. 

— Yo  soy  vitud 

— Yo  maldad 
— Yo  inocencia 

— Yo  delito 
— Yo  soy  deleite  infinito. 
— Yo  soy  infinito  horror. 
— Digámonos,  pues,  quien  somos, 

Y  así  saldremos  de  dudas 
—Yo  soy  el  beso  de  Judas 

— Yo  el  primer  beso  de  Amo?. 


DEL   SEÑOR   HERNÁNDEZ 


Y  los  dos  al  separarse, 
Para  seguir  tu  camino 
Por  un  mandato  Divino 
Se  miraron  con  horror, 


— [Adiós!  yo  busoo  en  el  mundo 
Odios,  venganzas,  agravios!...-..., 
Y  yo  unos  candidos  labios 
Que  me  den  vida  y  calor. 


EL    CARPINTERO 


Al  compás  de  su  herramienta 
Mientras  trabaja  afanoso 
Así  sus  desdichas  cuenta, 
Asi  canta  y  se  lamenta 
Un  carpintero  amoroso. 

«Es  mi  vida  su  mirada, 

Y  cuando  su  voz  escucho, 
Siento  mi  alma  arrebatada 

De  tierno  gozo  inundada 

— Muchacho,  trae  el  cerrucho. 

«Brotan  de  sus  ojos  bellos 
Penetrando  el  corazón 
Esos  fulgidos  destellos 

Y  absorto  me  quedo  en    ello». 
— Muchacho,  trae  el  formón. 

«De  sus  labios  de  granada 
Se  escapa  de  amor  el  soplo, 

Y  es  ondeante  y  perfumada 

"•abellera  rizada 

cho,  trae  el  escoplo. 


«Y  mi  vida  antes  serena 
Tornóse  agitada  y  turbia 
Cambióse  el  placer  en  frena, 
De  amor  gimo  en  la  cadena, 
Muchacho,  traeme  la  gurbia. 

«Y  cariñoso  con  ella 
Inocente  el  cefiríllo 
Juega  al  mirarla  tan  bella 
Fulgente  como  una  estrella, 
Muchacho,  trae  el  cepillo. 

«Por  ella  es  este  dolor 
Por  ella  siento  esta  pena, 

Y  ella  con  su  cruel  rigor 
Desdeña,  ingratal  mi  amon 
Muchacho,  trae  la  barrena.» 

Y  amante  sigue  sus  Dantos 

Y  sus  eternas  disputas 
Aliviando  sus  quebrantos 
Con  sus  amorosos  cantos 
Entre  tablas  y  virutas. 


CANTARES 


Ubros 


Ce 

La  vit 

Pa 
Y  da  vi' 

Con  .. 

Pero  1. 
Tiene  para  i 

Dedos  dt 


A  las  unas  les  gustan 
Crónicas  viejas, 

Y  gustan  a  las  niñas 

Lindas  novelas — 
Mas  no  me  asusto 
De  que  tengan  entre  ellas 
Distintos  gustos. 

Y  para  que  no  digan 

Que  en  impolítico, 
Después  de  estas  verdades 

Haré  un  cumplido 

Las  viejas,  vivan! 
Que  son  madres  ó  abuelas 

De  lindas  niñas. 


LA  VUELTA 


-DE- 


MARTIN  FIERRO 

POR 

JOSÉ  HERNÁNDEZ 

DECIMA  EDICIÓN  ADORNADA  CON  DIEZ  LAMINAS 


CASA  EDITORA  Y  DEPOSITO  GENERAL 
LIBRERÍA  -MARTIN  FIERRO — 147,  BOLÍVAR,  147 

1894 


Quatro  palabras  de  conversación  con  los  Lectores 


trego  á  la  benevolencia  pública,  ron  el 
titulo:  LA  VUELTA  DE  MARTÍN  FIERRO, 
la  segunda  parte  (ie  una  obra  que  ha  tenido 
ana  acolgida  tan  generosa,  que  en  seis  años 
se  han  repetido  once  ediciones  con  un  total 
de  cuarenta  y  ocho  mil  ejemplares. 

El  cuanto  á  su  parte  literaria,  solo  diré 
que  no  se  debe  perder  de  vista  al  juzgar  los 
defectos  del  libro,  que  es  copia  fiel  de  uu 
original  que  los  tiene,  y  repetiré,  que  muchos 
tos  están  allí  coa  el  objeto  de  hacer 
mas  evidente  y  clara  la  imitación  de  los  que 
lo  son  en  realidad. 

Un  librp  destinado  a  despertar  la  inteli- 
gencia y  el  amor  á  la  lectura  cu  una  pobla- 
casí  primitiva,  á  servir  de  provechoso 
recreo,  después  de  las  fatigosas  tareas,  á 
millares  de  personas  que  jamás  han  leído, 
debe  ajustarse  estrictamente  á  los  usos  y 
costumbres  de  esos  mismos  lectores,  rendó" 
sus  ioeas  é  interpretar  sus  sentimientos  en 
su  mismo  lenguaje,  en  sus  frases  mas  usua- 
les, en  su  forma  mas  general,  aunque  sea  in- 
correcta; con  sus  imágenes  de  mayor  relie- 
ve, y  con  sus  giros  mas  característicos,  á  fin 
de  que  el  libro  se  identifique  con  ellos  de 
una  manera  tan  estrecha  é  íntima,  que  su 
lectura  no  sea  sino  una  continuación  natural 
i   existencia. 

Solo  así  pasan  sin  violencia  del  hrabajo  al 
libro;  y  solo  así,  esa  lectura  puede  serles 
amena,  interesante  y  útil. 

1  Ojalá  hubiera  un  libro  que  gozara  ilel  di- 
choso privilegio  de  circular  incesantemente 
de  mano  en  mano  en  esa  inmensa  población 
niñadas  en  nuestras  vastas  campañas, 
v  que  bajo  una  forma  que  lo  hiciera  agrada- 
ble, que  asegurara  su  popularida  1,  sirviera 
d>'  ameno  pasatiempo  á  sus  lectores,  pero:  — 

Enseñando  que  el  trabajo  honrado  es  la 
fuente  principal  de  toda  mejora  y  bienestar — 

Enalteciendo  las  virtudes  morales  que  na- 
cen de  la  ley  natural  y  que  sirven  de  base 
á    todas    las"  virtudes   sociales— 

Inculcando  en  los  hombres  el  sentimiento 
de  veneración  hacia  su  Creador,  inclinándo- 
los á  obrar  bien — 

Aleando  las  superticiones  ridiculas  y  ge- 
neralizadas que  nacen  de  una  deplorable  i- 
gnorancia — 

Tendiendo'  á  regularizar  y  dulcificar  ¡as 
costumbres,  enseñando  por"  medios  hábil 
mente  escondidos,  la  moderación  y  el  apre- 
cio de  sí  mismo;  el  respecto  á  los  demás, 
estimulando  la  fortaleza  por  el  espectáculo 
del  ¡nlortunio  acerbo,  aconsejando  la  perse- 
verancia en  el  bien  y  la  resignación  en  los 
trabajos — 

Recordando  á  los  Padres  los  deberes  que 


la  naturaleza  les  impone  para  con  sus  hijos, 
poniendo  ante  sus  ojos  los  males  que  pro- 
duce su  olvido,  induciéndolos  por  ese  medio 
á  que  mediten  y  calculen  por  si  mismo  to- 
dos los  beneficios  de  su  cumplimiento — 

Enseñando  á  los  hijos  como  deben  respe- 
tar y  honrar   á   los   autores   de   sus   dias— 

Fomentando  en  el  esposo  el  amor  á  su 
esposa,  recordando  á  esta  los  santos  debe- 
res de  su  estado;  encareciendo  la  felicidad 
del  hogar,  enseñando  á  todos  á  tratarse  con 
respeto  reciproco,  robusteciendo  por  todos 
estos  medios  los  vínculos  de  la  familia  v  de 
la  sociabilidad- 
Afirmando  en  los  ciudadanos  el  amor  á 
la  libertad,  sin  apartarse  del  respeto  que  es 
debido  á   los   superiores  y  magistrados — 

Enseñando  á  los  hombres  con  escasas  no- 
ciones morales,  que  deben  ser  humanos  y 
clementes,  caritativos  con  el  huérfano  y  con 
el  desvalido;  fieles  á  la  amistad;  gratos  á 
los  favores  recibidos;  enemigos  de  la  holga- 
ría v  del  vicio;  conforme  con  los  cam- 
bios de  iortuna:  amantes  de  la  verdad,  tole- 
rantes, justos  y   prudentes   siempre. 

Un  libro  que  todo  esto,  mas  que  esto,  ó 
parte  de  esto  enseñara  sin  decirlo,  sin  reve- 
lar su  pretencion,  sin  dejarla  conocer  si- 
quiera, seria  indudablemente  un  buen  libro, 
y  por  cierto;  que  levantaría  ti  nivel  moral  é 
intelectual  de  sus  lectores  aunque  dijera 
naiáes  por  nadie,  resertor  por  desertor,  mes- 
mo  por  mismo,  ó  otros  barbarismos  seme- 
jantes; cuya  enmienda  le  está  reservada  á  la 
escuela,  llamada  á  llenar  un  vacio  que  el 
.espetar,  y  á  corregir  vicios  y. 
(os  (ie  i-  a,  que  son  también  ele- 

mentos de  que  se  debe  apoderar  el  arte  para 
combatir  y  estirpar  males  morales  mas  fun- 
damentales y  trascendentes,  examinándolo 
bajo  el  punto  de  vista  de  una  filosofía  mas 
elevada  y  pura. 

El  progreso  de  la  locución  no  es  la  base 
progreso  social,  y  un  libro  que  se  propu- 
siera tan  elevados  fines,  deberia  prescinder 
por  completo  de  las  delicadas  formas  de  la 
cultura  de  Li  frase,  subordinándose  á  las 
imperiosas  exigencias  de  sus  propósitos  mo- 
ralizadores,  que  serian  en  tal  caso  el  éxito 
buscado. 

Los  personajes  colocados  en  escena  de 
berian  hablar  en  su  lenguaje  peculiar  y  pro- 
pío,  con  su  originalidad,  su  gracia  y  sus  de- 
itcíos  naturales,  porque  despojados  de  ese 
ropaje,  lo  serian  igualmente  de  su  carácter 
típico,  que  es  lo  único  que  los  hace  simpá- 
tico, conservando  la  imitación  y  la  verosimi- 
litud en  el  fondo  y  en  la  forma. 

Entra   también   en   esta   parte   la   elección 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


del  prisma  á  Iravers  del  cual  le  es  permitido 
á  cada  uno  estudiar  sus  tiempos.  Y  acep- 
tando esos  defectos  como  un  elemento,  se 
idealiza  también,  se  piensa,  se  inclina  á  los 
deanas  á  que  piensen  igualmente,  y  se  agru- 
pan, se  preparan  y  conservan  pequeños  mo- 
numentos de  arte,  para  los  que  ha  de  estu- 
diarlo mañana  y  levantar  el  grande  monu- 
mento de  la  historia  de  nuestra  civilización. 

El  gaucho  no  conoce  ni  siquiera  los  ele- 
mentos de  su  propio  idioma,  y  seria  una  im- 
propriedad  cuando  menos,  y  una  falta  de 
Terdad  muy  censurable,  que  quien  no  ha 
abierto  janíás  un  libro,  siga  las  reglas  de 
arte  de  Blair,  Hermosilla  ó  la  Academia. 

El  gaucho  no  aprende  á  cantar.  Su  único 
maestro  es  la  espléndida  naturaleza  que  en 
variados  y  majestuosos  panoramas  se  estien- 
de delante  de  sus  ojos. 

Canta  porque  hay  en  é !  cierto  impulso 
moral,  algo  de  métrico,  de  rítmico  que  do- 
mina en  su  organización  y  que  lo  lleva  hasta 
el  estraordinario  extremo"  de  que,  todos  sus 
refranes,  sus  dichos  agudos,  sus  proverbios 
comunes  son  espresados  en  dos  versos  octo- 
sílabos perfectamente  medidos,  acentuados 
con  inflexible  regularidad,  llenos  de  armonía, 
de  sentimiento  y   de  profunda  intención. 

Eso  mismo  hace  muy  difícil,  sino  de  todo 
punto  imposible,  distinguir  y  separar  cuales 
son  los  pensamientos  originales  del  autor,  y 
cuales  los  que  son  recojidos  de  las  fuentes 
populares. 

No  tengo  noticia  que  exista  ni  que  haya 
existido  una  raza  de  hombre  aproximados 
y  la  naturaleza,  cuya,  sabiduría  proverbial 
llene  todas  las  condiciones  rítmicas  de  nues- 
tros proverbios  gauchos. 

Qué  singular  es,  y  quá  digno  de  observa- 
ción, el  oir  á  nuestors  paisanos  anas  incultos, 
expresar  en  dos  versos  claros  y  sencillos, 
máximas  y  pensamientos  morales  que  las 
naciones  mas  antiguas,  la  India  y  la  Persia, 
conservavan  como  el  tesoro  inestimable  de 
su  sabiduría  proverbial ;  que  los  griegos  escu- 
chaban con  veneración  de  boca  de  sus  sa- 
bios mas  profundos,  de  Sócrates,  fundador 
de  la  moral,  de  Platón  y  de  Aristóteles;  que 
entre  los  latinos  difundió  gloriosamente  el 
afamado  Séneca;  que  los  hombres  del  Norte 
les  dieron  lugar  preferente  en  su  robusta  y 
enérgica  literatura;  que  la  civilización  mo- 
derna repite  por  medio  de  sus  moralistas  mas 
esclarecidos,  y  que  se  hallan  consagrados 
fundamentalmente  en  los  códigos  religiosos 
de  todos  los  grandes  reformadores  de  la  hu- 
manidad. 

Indudablemente,  que  hay  cierta  semejanza 
intima,  cierta  indentidad  misteriosa  entre  to- 
das las  razas  del  globo  que  solo  estudian  en 
el  gran  libro  de  la  naturaleza;  pues  que  de 
él  deducen,  y  vienen  deduciendo  desde  hacen 
mas  de  tres  mil  años,  la  misma  enseñanza, 
las  mismas  virtudes  naturales,  espresadas 
en  prosa  por  todos  los  hombres  del  globo,  y 
en  versos  por  los  gauchos  que  habitan  las 
vastas  y  fértiles  comarcas  que  se  estienden 
á  las  dos  márgenes  del  Plata. 


Kl  corazón  humano  y  la  moral  son  los 
mismos  en  todos  los  siglos. 

Las  civilizaciones  difieren  esencialmente 
«Jamás  se  hará,  dice  el  doctor  Don  V.  F 
López  en '  su  prologo  á  Las  Neurosis,  un 
profesor  ó  un  catedrático  Europeo  de  un 
Braema;  •  esí  debe  ser:  pero  no  ofrecería  la 
misma  dificultad  el  hacer  de  un  gaucho  un 
Braema  lleno  de  sabiduría;  si  es  que  los 
Bracmas  hacen  consistir  toda  su  ciencia  en 
su  sabiduría  proverbial,  según  los  pinta  el 
sabio  .conservador  de  la  Biblioteca  Nacional 
de  París,  en  «La  sabiduría  popular  de  toda.* 
las  Naciones»  que  difundió  en  el  nuevo 
mundo  el  americano   Pazos  Kanki. 

Saturados  de  ese  espíritu  gaucho  hav  en- 
tre nosotros  algunos  poetas  de  formas  muy 
cultas  y  correctas,  y,  no  ha  de  escasear  el 
género,  porque  es  una  producción  legítima  v 
espontánea  del  país,  y  que,  en  verdad,  no 
se  manifiesta  únicamente  en  el  terreno  flo- 
rido de  la  literatura. 

Concluyo  aqui,  dejando  á  la  consideración 
de  los  benévolos  lectores,  lo  que  yo  no  pue- 
do decir  sin  estender  demasiado  este  prefa- 
cio poco  necesario  en  las  humildes  coplas 
de  un  hijo  del  desierto. 

¡Sea  el  público  indulgente  con  él!  v acepte 
esta  humilde  producción,  que  le  dedicamos 
como  que  es  nuestro  mejor  y  mas  antiguo 
amigo. 

La  originalidad  de  un  libro  debe  empezar 
en  el  prologo. 

Nadie  se  sorprenda  por  lo  tanto,  ni  de  la 
forma  ni  de  los  objetos  que  este  abraza;  y 
debemos  terminarlo  haciendo  público  nues- 
tro agradecimiento  hacia  los  distinguidos 
escritores  que  acaban  de  honrarnos  con  su 
fallo,  como  el  señor  D.  José  Tomás  Guido, 
en  una  bellísima  carta  que  acogieron  defe- 
rentes La  Tribuna  y  La  Prensa,  y  que  re- 
produjeron en  sus  columnas  varios  periódi- 
cos de  la  Bepública.— El  Dr.  D.  Adolfo  Sal- 
días,  en  un  meditado  trabajo  sobre  el  tipo 
histórico  y  social  del  gaucho.— El  Dr.  D. 
Miguel  Navarro  Viola,  en  la  última  entrega 
de  la  Biblioteca  Popular,  estimulándonos, 
con  honrosos  términos,  á  continuar  en  la 
tarea   empezada. 

Diversos  periódicos  de  la  ciudad  y  cam- 
paña, como  El  Heraldo,  del  Azul,  La' Patria, 
de  DoloreSg  El  Oeste,  de  Mercedes,  y  otros, 
han  adquirido  también  justos  títulos  *á  nues- 
tra gratitud,  que  conservamos  como  una 
deuda  sagrada. 

Terminamos  esta  breve  reseña  con  La 
Capital,  del  Bosario,  que  ha  anunciado  La. 
Vuelta  de  Martin  Fierro,  haciendo  con- 
cebir esperanzas  que  Dios  sabe  si  van  á  ser 
satisfechas. 

Ciérrase  este  prologo,  diciendo  que  se 
llama  este  libro  La  Vuelta  de  Martin 
Fierro,  porque  este  titulo  le  dio  el  público, 
antes,  mucho  antes  de  haber  yo  pensando  en 
escribirlo;  y  allá  va  á  correr  tierras  con  mi 
bendición    paternal. 

JOSÉ    HERNÁNDEZ. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


MARTIN  FIERRO 


Atención    pido   al    silencio 

Y  silencio  á  la  atención. 
Que   voy   en   esta   ocackm 
Si  me  ayuda  la  memoria. 

A  mostrarles  que  á  mi  historia 
Le  faltaba  lo  mejor. 

Viene    uno   como   dormido 
Cuando  vuelve  del  desierto; 
Veré  si   ú   esplicarme  acierto 
Entre    gente    tan    bizarra, 

Y  si    al    sentir    la    guitarra 
De   mi    sueño   me   dispierto. 

Siento  que  mi  pecho  tiembla 
Que  se  turba  mi  razón, 

Y  de  la   vigüela  al   son 

Imploro    á    la    alma    de    un    sabio. 
Que  venga  á   mover  mi  sabio 

Y  alentar  mi   corazón. 

Si    no  llego    á   treinta   y   una 
De   fijo  en    treinta    me   planto, 

ita  confianza   adelanto 
Porque  recibí  en  mi   mismo. 
Con   el   agua   del   bautismo 
La  faculta  para   el  canto. 

Tanto  e!   pobre  como  el  r* 
La    razón   me    la    han   de   dar: 

Y  si  llegan  á  escuchar 


Lo   que   esplicaré    á    mi   modo. 
Digo   que  no   han  de  reir  todos, 
Algunos  han  de  llorar. 

Mucho  tiene  que  contar 
El  que  (tuvo  que  sufrir. 

Y  empezaré  por  pedir 
No  duden  de  cuanto  digo; 
Pues  debe  crerse   al   testigo 
Sino  pagan  por  mentir. 

Gracias  le  doy   á  la  virgen 
Gracias   le   doy    al    Señor, 
Porque  entre  tanto  rigor 

Y  habiendo  perdito   tanto. 
No   perdí   mi   amor   al   canto 
Ni   mi   voz    como  cantor. 

Que  cante  todo  viviente 
Otorgó  el   Eterno   Padre, 
(ante  todo  el  que  le  cuadre 
Lomo   lo   hacemos   los   dos, 
Pues    solo    no    tiene    voz 
El   ser  que   no  tiene  sangre 

Canta  el   pueblero... y   es  pueta. 
Canta   el   gaucho... y    ay !    Jesús! 
Lo  miran  como   avestruz 
Su  inorancia  los  asombra; 

Mas   siempre   sirven    las   sombras 
Para   distinguir   la    luz 

El  campo  es  del   inorante, 
El  pueblo  del    hombre  cstruido; 
Yo  que  en  el  campo  he  nacido 
Digo    que   mis    cantos    son. 
Para  los   unos...    sonidos 

Y  para  oíros...   intención. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Yo  he  conocido  cantores 

Que  era   un  gusto  el  escuchar 

Mas    no   quieren    opinar 

Y  se  divierten    cantando; 
Pero  yo  canto   opinando 
Que  es   mi   modo  de  can  tai-. 

El  que  va  por  esta  senda 
Cuanto  sahe  desembueba, 

Y  aunque  mi   cencia   no   es   mucha. 
Esto  en  mi  favor  previene; 

Yo  se  el  corazón  que  tiene 
El  que  con  gusto  me  escucha. 

Lo  que  pinta   este  pincel 
Ni   e  tiempo   lo  ha  de   lx>rrar, 
Ninguno  se  ha  de  animar 
A    correggirme   la    plana; 
No  pinta  quien   tiene  gano 
Sino  quien  sabe   pintar. 

Y  no  piensen  los  oven  tes 
Que  del  saber  hago  alarde; 
He   conocido   aunque   tarde 
Sin   haberme   arrepentido, 
Que  es  pecado  cometido 

El  decir  ciertas   verdades. 

Pero  voy  en  mi  camino 

Y  nada  me  ladiará, 
He  de  decir  la  verdá, 
De   naide  soy   adulón. 
Aqui   no   hay   imitación 
Esto  es  pura  realidá. 

Y  el  que  me  quiera  enmendar 
Mucho   tiene   que   saber — 
Tiene  mucho  que  aprender 

El  que  me  sepa  escuchar — 
Tiene  mucho  que  rumiar 
El   que  me   quiera  entender. 

Mas  que  yo  y  cuantos  me  oigan 
Mas  que  las  cosas  que  tratan 
Mas   que   lo   que  ellos   relatan 
Mis  cantos  han  de  durar — 
Mucho   ha   habido   que  mascar 
Para  h echar  esta  bravata. 

Brotan  quejas  de  mi  pecho, 
Brota   un  lamento   sentido  ; 

Y  es  tanto  lo  que  he  sufrido 

Y  males  de  tal  tamaño. 
Que   reto   á    todos   les    años 
A   que  fraigan   el   olvido. 

Ya    verán   si    me   dispierto 
Como   se  compone  el   baile — 
•     Y  no  se  sorprenda  naides 


Si  mayor  fuego  me  anima; 
Porque   quiero   alzar    la   prima 
Como  pa   locar   al   aire. — 

Y  con  la  cuerda  tirante 
Dende  que    ese   tono  elija. 
Yo  no  he  de  aflojar  manija 
Mientras   que   la   voz    no   pierda; 
Sino    se   corta    la    cuerda 
O    no  cede   la  clavija.   ¡ 

Aunque  rompí  el   eslrumenlo 
Por  no  volverme  á  tentar — 
Tengo  tanto  que  contar 

Y  cosas   de   tal   calibre 
Que   Dios   quiera   que  se  libre 
El   que   me   enseñó   á   templar. 

De   naides    sigo    el  ejemplo 
Naide  á  dirigirme  viene — 
Yo   digo   cuanto   conviene 

Y  el   que   en  tal   güeya   se   plant, 
Debe   cantar   cuando    canta 
Con  toda  la  voz  que  tiene. 

He  visto  rodar    la   bola 

Y  no  se  quiere  parar, 
Al  fin  de  tanto  rodar 
Me  he  decidido  á  venir 

Y  ver   si   peudo   vivir 

Y  me  dejan  trabajar. 

Sé  dirigir  la  mansera 

Y  también  echar  un  pial — 
Sé  correr  en  un  rodeo — 
Trabajar  en  un  corral — 
Me  sé  sentar  en  un  pértigo 
Lo   mesme  que  en   un   bagual. 

Y  empriestenme   su    atención 
Si  ansi  me  quieren  honrar, 
De  nó,  tendré  que  callar 
Pues  el  pájaro  cantor 
Jamás  se  para   á  cantar 
En  árbol  que  no  dá  flor. 

Hay  trapitos  que  golpiar 

Y  de  aquí  no  me  levanto; 
Escúchenme  cuando  canto 
Si  quieren  que  desembuche — 
Tengo  que  desirles  tanto 
Que  les  mando  que  me  escuchen. 

Déjenme  tomar  un  ü-ago 
Estas  son  atrás  cuarenta, 
Mi   garganta  está   sedienta 

Y  de  esto  no  me  abochorno— 
Pues  el  viejo  como  el  horno 
Per  la  boca   se  calienta. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


2 


Triste   suena   mi    guitarra 

T  el  asunto  lo  requiere — 

Ninguno  alegrías  espere 

Sino  sentidos  lamentos, 

De  aquel  que  en  duros  tormentos 

Nace,  crece,  vive  y  muere. — 


Enla  orilla  de  un  arroyo 
Solitario  lo  pasaba. 
En  mil  cosas  cavilaba 

Y  á  una  güelta  repentina 
Se  me  hacia  ver  á  mi  china 
O  escuchar  que  me  llamaba. 

Y  las  aguas  selenitas 

Bebe  el  pingo  trago  á  trago — 
Mientras  sin  ningún  halago 
Pasa  uno  hasta  sin  comer. 
Por  pensar  en  su  mujer. 
En  sus  hijos  y  en  su  pago. 


Llegada    de    Cruz    y    Fierro     a    las    tolderías 


Es  triste  dejar  sus  pagos 

Y  largarse  á   tierra   agesta 
Llevándose  la  alma  llena 
De  tormentos  y  dolores, 
Mas  nos  llevan  los  rigores 
Como  el  pampero  á  la  arena 

Irse  á  cruzar  el  desierto 
Lo  mesmo  que  un  fot-agid*. 
Dejando  aqui  en  el  olvido 
Como  dejamos  nosotros, 
Su  mujer  en  brazos  de  olio 

Y  sus  hijitos  perdidos. — 

Cuantas  veces  al  craza  ■ 
En  esa  inmensa  llanura. 
Al   verse  en    tal  desventura 

Y  tan  lejos  de  los  suyos 

Se  lira  uno  entre  los  yuyos 
A  llorar  con  amargura. 


Recordarán  que  con  Cruz 
Para  el  desierto   tiramos — 
En  la  pampa  nos  entramos, 
Cayendo  por  fin  del  viaje 
A  unos  toldos  de  salvajes, 
Los  primeras  que  encontramos. 

La   desgracia    nos    seguía, 
Llegamos  en  mal  momento- 
Estaban   en   parlamento 
Tratando  de  una   invasión, 

Y  el  indio  en  tal  ocasión 
Recela  hasta  de  su  aliento. 

Se  armó  un  tremendo  alboroto 
Cuando   nos  vieron  llegar. 
No  podíamos  aplacar 
Tan  peligroso   hervidero; 
Nos    tomaron   por   Ixjmberns 

Y  ñas   quisieron    laudar 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Nos  quitaron  los  caballos 
A  los  muy   pocos   minutos; 
Estaban  irresolutos. 
Quien  sabe  que   pretendían, 
Por  los  ojos  nos  metian 
Las  lanzas  aquellos   brutos. 

Y  dele  en  su  lengüeteo 
Hacer  gestos  y   cabriolas; 
Uno  desató  las  bolas 

Y  se  nos  vino  en  seguida; 
Ya  no  creiamos  con  vida 
Salvar   ni  por   carambola. 

Allá   no   hay   misericordia 
Ni   esperanza  que  tener — 
El  indio  es  de  parecer 
Que  siempre  matarse   debe — 
Pues  la  sangre  que  no  bebe 
Le  gusta  verla  correr. 

Cruz   se  dispuso   á   morir 
Peliando  y  me  convidó — 
Aguantemos  dije  yo 
El  fuego  hasta  que  nos  queme- 
Menos  los  peligros  teme 
Quien  mas  veces  los  venció. 

Se  debe  ser  mas  prudente 
Cuando  el  peligro  es  mayor; 
Siempre  se  salva  mejor 
Andando   con   advertencia, 
Porque  no  está  la  prudencia 
Reñida  con  el  valor. 

Vino   al   fin   el   lenguaraz 
Como   á  trairnos  el   perdón, 
Nos   dijo —  «La   salvación 
«Se  la  deben   á  un  cacique 
«Me  manda  que  les  esplique 
«Que  se  trata  de   un  malón. 

«Les  ha  dicho  á  los  demás 
«Que  ustedes  queden  cautivos 
«Por  si  cain  algunos  vivos 
«En  poder  de   los   cristianos, 
«Rescatar  á  sus  hermanos 
«Con  estos  dos  fugitivos   . 

Volvieron  al  parlamento 
A  tratar  de   sus  alianzas. 
O  tal  vez  ile  las  matanzas, 

Y  conforme  les  detallo— 
Hicieron  cerco  á  caballo 
Recostándose   en   las   lan/.;is. 

Dentra  al  centro  un  indio  viejo 

Y  allí  á  lengüetiar  se  larga. 
Quien  sabe  que  les  encarga. 


Pero  toda  la  riunion 

Lo  escuchó  con  atención 

Lo  menos  tres   horas   largas. 

Pegó   al   fin   tres    alaridos 

Y  ya  principia  otra  danza; 
Para  mostrar  su  pujanza 

Y  dar  pruebas  de  ginete 

Dio  riendas  rayando  el  flete 

Y  revoliando  la  lanza. 

Recorre  luego  la  fila. 
Frente  á  cada  indio  se  para, 
Lo  amenaza  cara  á  cara 

Y  en  su   juria  aquel  maldito 
Acompaña  con  su  grito 

El  cimbrar  de  la  tacuara. 

Se  vuelve   aquello   un   incendio 
Mas  feo  que  la  mesma  guerra- 
Entre  una  nube  de  tierra 
Se  hizo  allí   una  mescolanza, 
De  potors.  indios  y  lanzas 
Con  alaridos  que  aterran. 

Parece  un  baile  de  fieras, 
Sigun  yo  me  lo  imagino — 
Era  inmenso  el   remolino. 
Las  voces  aterradoras — 
Hasta  que  al  fin  de  dos  horas 
Se  aplacó  aquel  torbellino 

De   noche  formaban   cerco 

Y  en  el  centro  nos  poniam — 
Para  mostrar  que  querían 
Quitarnos    toda   esperanza 
Ocho  ó  diez  filas  de  lanzas 
Al  rededor  nos  hacían. 

Allí  estaban   vigilantes 
Cuidándonos  á  porfía. 
Cuando  roncar  parecían 
«Huaincúy    gritaba   cualquiera, 

Y  toda  la  fila  entera 

« Huaincá » — « Hnaincá     repetía. 

Pero  el  indio  es  dormilón 

Y  tiene   un    sueño    projundo — 
,  Es  roncador  sin  segundo 

Y  en  tal  confianza  es  su  vida, 
Que  ronca  á  pata  tendida 
Aunque  se  dé  güelta  el  mundo. 

Nos  averiguaban  todo 
Como  aquel  que   se  previene — 
Porque  siempre  les  conviene 
Saber  las  juersas  que  andan. 
Donde  están,  quienes  las  mandan 
Que    caballos    y    armas    tienen. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


A  cada  respuesta  nuestra 
Uno  hace  una   esclamación — 

Y  luego  en  continuación 
Aquellos  indios  i'eroces — 
Cientos  y  cientos  de  voces 
Repiten  el  mesmo  son. 

Y  aquella  voz  de  uno  solo 
Que  empieza  por  un  gruñido — 
Llegr.  hasta  ser  alarido 

De  toda  la  muchedumbre — 

Y  ansi   alquieren   la  costumbre 
De  pegar  esos    bramidos. 


3 


De   esc   modo    nos    hallantes 

Empeñaos  en  la  partida — 

No  hay  que  darla  por  perdida 

dura  que  sea  la  suerte; 
Ni  que  pensar  en  la  muerte, 
Sino  en   soportar    la   vida. 

Se   endurece   el    carrazón. 
No  temt   peligro  alguno — 
Por  encontrarlo  oportuno 
Allí   juramos  los  «los: 
Respetar  lan  solo  á   Dios 
De  Dios  abajo,   á   ninguno 

E3  mal  es  árbol  que  crece 

Y  que  cortado  retoña — 
La  gente  esperta  ó  visofia 

Sufre  de  infinitos  modos — 
La  tierra  es  madre  de  tod 
Pero  también  dá   ponzoña. 

Mas    todo    varón    prudente 
Sufre  tranquilo  sus  males — 
Yo  siempre   los    hallo   ¡guales 
En  cualquier  senda  que  eüjo 
La  desgracia  tiene  hijos 
Aunque  <!la  no  tiene  madre — 

Y  al  que  le  toca  la  herencia 
Donde  quiera  halla   su   ruina — 
Lo  que  la  suerte  destina 

No  puede  el  hombre  evitar — 
Porque  el  cardo  ha  de  pinchar 
Es   que    nace   con    espina. 

Es    el    destino    del    pobre 
En    continuo   safarranelio. 

Y  pasa  como  el  carancho 


Porque  el  mal   nunca  se  sacia. 
Si  el  viento  de  la  desgracia 
Vuela  las  pajas  del  rancho. 

Mas   quien  manda    los    pesares 
Manda  también  el  consueE- — 
Ea  luz  que  baja  del  cielo 
Alumbra  al  mas  encumbran 

Y  hasta  el   pelo  mas  delgao 
Hace  su  sombra  en  el  suelo. 

Pero  por  mas  que  uno  sufra 
E'i  rigor  que.  lo  atormente 
Xo   debe   bajar   la   frente 
Nunca — por   ningún  moliv< 
El  álamo  es  mas  altivo 

Y  gime  constantemente. 


El  indio  pasa  la  vida 
Robando  ó  echa.)  de  panza- 
La   única  ley   es   la   lanza 
A  que  se  ha  de  someter — 
Lo  que  le  falta  en  satnr 
Lo  suplo  con  desconfianza. 

Fuera  cosa  de  engarzarlo 
A  un  indio  caritativo — 
Es  duro  con  e!  cautivo. 
Ee  dan  un  trato  h<  rroroso — 
Es  astuto  y    receloso, 
Es  audaz  y  vengativo — 

No   hay  que   pedirle  favor 
Ni   que  aguardar   tolerancia — 
Movidos   por  su    inorancia 
Y   de  puros   desconfíaos — 

pusieron  separaos 
Bajo  sutil  vigilancia — 

No  pude  tener  con  Cruz 
Ninguna  conversación — 
No   nos   daban    ocación, 
Nos   trataban   como   ajenos— 
Como  dos  años  lo  menos 
Duró  ésta  separación. 

iielatar   nuestras   penurias 
Fuera  alargar  el  asunto — 
Ees  diré   sobre   este   punto 
Que    á   los    dos    años    recien 
.Vos    hizo   el    cacique    el    bien 
De   dejarnos   vivir    juntos. 


10 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Nos  retiramos  con  Cruz 
A  la  orilla  de  un  pajal — 
Por  no  pasarlo  tan  mal 
En  el  desierto  infinito 
Hicimos  come  un  bendito 
Con  dos  cueros  de  bagual 

Fuimos  á  esconder  allí 
Nuestra  pobre  situación 
Aliviando  con  la   unión 
Aquel  duro  cautiverio — 
Tristes  como  un   cementerio 
Al   toque   de    la    oración. 

Debe  el  hombre  ser  valiente 
Si  á  rodar,  se  determina; 
Primero,  cuando  camina; 
Segundo,    cuando   descansa. 
Pues   en  aquellas   andansas 
Perece  el   que   se  acoquina. 

Cuando  es  manso  el  ternerifco 
En  cualquier  vaca   se   priende- 
El  que  gaucho  esto  lo  entiende 

Y  há  de  entender  si  le  digc, 
Que  andábamos  con  mi  amigo 
Como  pan  que   no  se  vendo. 

Guarecidos  en  el  toldo 
Charlábamos  mano  á  mano — 
Eramos   dos  veteranos 
Mansos   pa  las    sabandijas, 
Arrumbaos  como  cubijas 
Cuando  calienta  el  verano 

El   alimento   no   abunda 
Por  mas  empeño  que  se  haga; 
Lo  pasa  uno  como  plaga. 
Ejercitando  la  industria — 

Y  siempre  como  la  nutria 
Viviendo  á  orillas  del  agua. 

En  semejante  ejercicio 
Se  hace  diestro  el  cazador — 
Cai  el  piche  engordador, 
Cai  el  pájaro  que  trina — 
Todo  vicho  que  camina  . 
Va  á  parar  al  asador — 

Pues  allí  á  los  cuatro  vientos 
La  persecución  se  lleva, 
Naide  escapa  de  la  leva 

Y  dende  que  el  alba  se  asoma 
Ya  recorre  uno  la  loma, 

El   bajo,  el   nido  y  la  cueva. 

El  que  vive  de  la  caza 

A   cualquier   vicho  se   atreve — 

Que  pluma  ó  cascara  lleve, 


Pues  cuando  la  hambre  sé  siente 
El  hombre  le  clava  el  diente 
A  todo  lo  que  se  mueve. 

En  las  sagradas  alturas 
Está  el  maestro  principal, 
Que  enseña  á  cada  animal 
A  procurarse  el  sustento 

Y  le  brinda  el  alimento 
A   todo  ser  racional. — 

Y  aves,  y  vichos  y  pejt's. 
Se  mantienen  de  mil  modos; 
Pero  el  hombre  en  su  acomodo 
Es  curioso  de  oscrvar: 
Es  el  que  sabe  llorar — 

Y  es  el   que  los  come  á  todos. 


Antes  de  aclarar  el  día 
Empieza  el  indio  á  aturdir 
La  pampa  con  su  rugir, 

Y  en  alguna  madrugada 
Sin  que  sintiéramos  nada 
Se  largaban  á  invadir — 

Primero  entierran  las  prendas 
En  cuevas   como   peludo; 

Y  aquellos  indios  cerdudos 
Siemper  llenos  de  recelos, 
En  los  caballos  en  pelos 
Se  vienen  medio  desnudos. 

Para  pegar  el  malón 

El  mejor  flete  precuran— 

Y  como  es   su  arma  segura 
Vienen  con  la  lanza  sola, 

Y  varios  pares  de  bolas 
Atados  á  la  cintura. — 

De  ese  modo  anda  liviano, 
No  fatiga  el  mancarrón; 
Es  su  espuela  en  el  malón, 
Después  de  bien  afilao 
Un  cuernito  de  venao 
Que  se  amarra  en  el  garrón. 

El  indio  que   tiene   un  pingo 
Que  se  llega  á  distinguir, 
Lo  cuida  hasta  pa  dormir; 
Da   ese   cuidado    es   eclavo — 
Se  lo  alquila  á  otro  indio  bravo 
Cuando  vienen  á   invadir. 


LA   VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


11 


Por  vigilarlo   no  come 

Y  ni  aun  el  sueño  concilia — 
Solo  en  eso  no  hay  decidía. 
De  noche,  les  asiguro, 

Para  tenerlo  seguro, 
Le  hace  cerco  la  familia. 

Por  eso  habrán  visto  ustedes. 
Si  en  el  caso  se  han  hallan. 

Y  sino  lo  han  oservao 
Ténganlo  dende  hoy  presente — 
Que   todo  pampa   valiente 
Anda    siempre    bien    monteo. 

Marcha  el  indio  á  trote  largo 
Paso  que  rinde  y  que  dura; 
Viene  in  direcion  sigura 

Y  jamás   á   su  capricho — 
No  se  les  escapa  vicho 
En  la  noche  mas  escura. 

Caminan  entre  tinieblas 
Con  un  cerco  bien  formao; 
Lo  estrechan  con  gran  cuidao 

Y  agarran  al  aclarar 
Nanduces,  gamas,  venaos — 
Cuanto  ha  podido  dentrar. 

Su  señal  es  un  humito 
Que  se  eleva  muy  arriba — 

Y  no  hay  quien  no  lo  aperaba 
Con  esa  vista  que  tienen; 

De  todas  partes  se  vienen 
A  engrosar  la  comitiva. 

A  usina  se  van  juntando, 
Hasta  hacer  esas  riuniones 
Que  cain  en    las    invasiones 
En   número  tan   crecido — 
Para  formarla*  han   salido 
De  los  últimos  rincones. 

Es  guerra  crudel  la  del  indio 
Porque  viene  como  fiera ; 
Atropella  donde  quiera 

Y  de  asolar  no  se  cansa — 
De  su  pingo  y  de  su  lanza 
Toda  salvación  espera. 

Debe  atarse  bien  la  faja 
Quien  aguardarlo  se  atreva; 
Siempre  mala   intención    lleva. 

Y  como  tiene  alma  grande 

No  hay  plegaria  que  lo  ablande 
Ni    dolor    (fue    lo    conmueva. 

Odia  de  muerte  al  cristiano  . 
Hace  guerra  sin  cuartel — 
Para  matar  es  sin  yel, 


Es  fiero  de  condición — 
No   golpea   la   compasión 
En  el  pecho  del  infiel. 

Tiene  la  vista  del  águila 
Del  león  la  temeridá — 
En  el  desierto    no   habrá 
Animal  que  él  no  lo  entienda — 
Ne  fiera  de  quien  no  aprienda 
Un  istinto  de  crueldá. 

Es   tenaz   en   su   barbarie 
No  esperen  verlo  cambiar-. 
El  deseo  de  mejorar 
En  su  rudeza   no  cabe — 
El  bábaro  solo   s 
Emborracharse   y   peliar. 

El  indio  nunca  se  rie 

Y  el  pretenderlo  es  en  vano, 
Ni  cuando  festeja  ufano 
El  triunfo  en  sus  correrías — 
La  risa  en  sus  alegrías 
Le  pertenece  al   cristiano. 

Se  cruzan  por  el  desierto 
Como  un  animal  feroz — 
Dan  cada  alarido  atroz 
Que  hace  erizar   los  cabellos, 
Parece  que  á  todos  ellos 
Los   ha   maldecido    Dios. 

Todo  el  peso   del   trabajo 
Lo  dejan  á  las   mujeres — 
El  indio  es    indio  y   no  quiere 
Apiar   de   su    condición. 
Ha   nacido   indio   ladrón 

Y  como  indio  ladrón  muere. 

El  que  envenenen   sus  armas 
Les  mandan  sus  hechiceras — 

Y  como  ni  á  Dios  veneran 
Nada  á  los  pampas  contiene — 
Hasta   los    nombres    que   tienen 
Son  de  animales  y  fieras. — 

Y  son,  por  ;  Cristo  bendito! 
Los  mas  desaciaos  del  mundo — 
Esos   indios   vagabundos 
Con  repunancia  me  acuerdo, — 
Viven  lo  mesmo  que  el  cerdo 
En  esos  toldos   inmundos. 

Naides  puede  imaginar 
Una  miseria  mayor — 
Su  probeza  causa  horror — 
No  sabe  aquel  indio  bruto 
Que  la  tierra    no  dá   fruto 
Sino  la  riega   c!    sudor. 


12 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


5 


Aquel  desierto  se  agita 
Cuando  la  invasión  regresa — 
Llevan   miles   de   cabezas 
De  vacuno  y   yeguarizo, 
Pa  no  afligirse  es  preciso 
Tener  bastante  firmeza. 

Aquello  es  un  hervidero 
De    pampas— un   celemin— 
Cuando  riunen  el  botin 
Juntando  toda  la  hacienda. 
Es  cantidá  tan  tremenda 
Que  no  alcanza  á  verse  el  fin. 

Vuelven  las  chinas  cargadas 

Con  las  prendas  en  montón; 

Aflije  esa  destrucción — 

Acomodaos    en   cargueros 

Llevan  negocios  enteros 

Que   han   saquiado    en    la   invasión. 

Su  pretensión  es  robar, 
No   quedar  en    el   pantano — 
Viene   á  tierra   de   cristianos 
Como  furia  del   infierno; 
No  se  llevan  al   gobierno 
Porque  no  lo  hallan  á  mano. 

Vuelven  locos  de   contentos 
Cuando  han  venido  á  la  fija — 
Antes  que  ninguno  elija 
Empiezan  con   todo  empeño, 
Como  dijo  un  santiagueño, 
A  hacerse  la  repartija. 

Se  reparten  el   botin 
Con  igualdá.   sin   malicia; 
No  muestra  el  indio  codicia, 
Ninguna  falta  comete — 
Solo  en  esto  se   somete 
A  una  regla  de  justicia. 

Y  cada  cual  con  lo  suyo 
A  sus  toldos  enderiesa — 
Luego  3a  matanza  empieza 
Tan  sin  razón   ni  motivo, 
Que   ne  queda   animal  vivo 
De  esos  miles  de  cabezas. 

Y  satifecho  el  salvaje 

De  que  su  oficio,  ha  cumplido 
Lo  pasa  por  ay  tendido 


Volviendo   á  su   haraganiar — 

Y  entra  la  china  á  cueriar 
Con  un  afán  desmedido. 

A  veces  á  tierra  adentro 
Algunas  puntas  se  llevan. 
Pero  hay  pocos  que  se  atrevan 
A  hacer  esas  incursiones, 
Porque  otros  indios  ladrones 
Les  suelen  pelar  la  breva. 

Pero  pienso  que  los  pampas 
Deben  ser  de  los  mas  rudos — 
Aunque  andan  medio  desnudos 
Ni  su  convenencia  entienden, 
Por   una  vaca   que  venden 
Quinientas  matan  al  ñudo. 

Estas  cosas  y  otras  piores 
Las  he  visto  muchos  años; 
Pero  si  yo  no  me  engaño 
Concluyo  ese  bandalaje. 

Y  esos   bárbaros    salvajes 
Non  podrán  hacer  mas  daño. 

Las  tribus  están  desechas; 
Los  caciques  mas   altivos 
Están  muertos  ó  cautivos 
Privaos  de  toda  esperanza 

Y  de  la  chusma  y  de  lanza, 
Ya  muy  pocos   quedan  vivos. 

Son  salvajes  por  completo 
Hasta  pa  su  diversión — 
Pues    hacen   una   junción 
Que  naides  se  la  imagina; 
Recien  le  toca  á  la  china 
El  hacer  su  papelón. 

Cuanto  el  hombre  es  .mas  salvaje 
Trata  pior  á  la  mujer — 
Yo  no  sé,  que  pueda  haber 
Sin  ella  dicha  ni  goce — 
¡Feliz  el  que  la  conoce 

Y  logra  hacerse  querer! 

Todo  el  que  entiende  la  vida 
Rusca   á  su  lao  los   placeres— 
.Justo  es  que  las  considere 
El  hombre  de  corazón; 
Solo  los  cobardes  son 
Valientes  con  sus  mujeres. 

Pa  servil-   á   un   desgraciao 
Pronta  la  mujer   está — 
Cuando  en  su  camino  vá 
No  hay  peligro  que  la  astille; 
Ni  hay  una  á  quien  no  le  guste 
Una  obra  de  caridá. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


13 


No  se  hallará  una  mujer 
A  la  que  esto  no  le  cuadre — 
Yo  alabo  al   Eterno  Padre. — 
No  porque  las   hizo  bellas. 
Sino  porque  á  todas  ellas 
Le.,  dio  corazón  de  madre. 

Es  piadosa  y  deligente 

Y  sufrida  en  los  trabajos: 
Tal  vez  su   valer  rebajo 
Aunque  la  estimo   bastante. 
Mas  los  indios   ignorantes 
La  tratan  al  estropajo. 

Echan  la  alma  trabajando 
Bajo  el  mas  duro  rigor — 
El  marido  es  su  señor. 
Como  tirano  la  manda 
Porque  el  indio  no  se  ablanda 
Ni  siquiera  en  el  amor. 

No  tiene  cariño  á  naides 
Ni  sabe  lo  que  es  amar — 
;Ni  que  se   puede  esperar 
Ue  aquellos  pechos  de  bronce! 
Yo  los  conocí   al  llegar 

Y  los   calé   dente  entonces  — 

Mientras   tiene  que   comer 

Permanece  sosegao — 

Yo  que  en  sus  toldos   he  estao 

Y  sus  costumbres  oservo — 
Digo  que  es  como  aquel  cuervo 
Que  no  volvió  del  mandao. 

Es  para  él   como   juguete 
Escupir   un  crucifijo — 
Pienso  que  Dios  los  maldijo 

Y  ansina  el   ñudo  desato; 
El  indio,  el  cerdo  y  el  gato, 
Redaman  sangre  del  hijo. 

tías  ya  ron  cuentos  de  pampas 
No  ocuparé  su  atención — 
Debo    pedirles    perdón 
Pues  sin  querer  me  distraje, 
Por   hablar  de  los   salvajes 
Ife   olvidé   de   la   junción. 


Hacen  un  cerco  de  lanzas, 
Los    indios    quedan    ajucra- 
Dentra  la  china  ligera 


Como  yeguada  en  la  trilla. 

Y  empieza  allí   la  cuadrilla 
A  dar  güelías  en  la  era — 

A  un  lao  están  los  caciques 
Capitanejos  y  el  trompa; 
Tocando   con    toda    pompa 
Como  un  toque  de  fagina; 
Adentro    muere   la   china 
Sin  que  aquel  círculo  rompa 

Muchas  veces  se  les  oven 
A  las  pobres  los  quejidos; 
Mas  son  lamentos   perdidos- 
Al  rededor  del   cen 
En  el  suelo  están  mamaos 
Los    indios   dando    alaridos. 

Su  canto  es  una  palabra 

Y  de  ay  no  salen  jamas — 
Llevan  todos  el  compás 
lokú-Iokú  repitiendo. 

Me  parece  estarlas  viendo 
Ma¿  fieras  que  satanás. — 

Al  trote  dentro  del  cerco, 
Sudando,  hambrientas,  juriosas 
Desgreñadas  y  rotosas 
De  sol  á  sol  se  lo  llevan — 
Bailan,  aunque  truene  ó  llueva, 
Cantando  la   mesma  cosa. 


6 


El  tiempo  sigue  en  su  giro 

Y  nosotros   solitarios, 

De  los  indios  sanguinarios 
No  teníamos  que  esperar — 
El  que  nos  salvó  al  llegar 
Era  el  mas  hospitalario. 

Mostró  noble  corazón, 
Cristiano  anhelaba  ser 
La  justicia  es   un  deber, 

Y  sus  mérilos  nó  cali 
Nos  regaló  unos  caballos 

Y  á  veces  nos  vino  á  ver. 

A  la  volunta  de  Dios 

Ni  con  la  intención  resisto — 

El  nos  salvó....   pero,  ah   ;  Cristo  i 

Mochas    veces    he    deseado 

No  nos  hubiera   salvado 

Ni  jamas  haberlo  visto. 


14 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Quien  recil>e  beneficios 
Jamas  los  debe  olvidar; 

Y  al   que   tiene   que   rodar 
En  su  vida  trabajosa. 

Le  pasan  á  veces  cosas 
Que  son  duras  de  pelar. — 

Voy  dentrando  poco  a  poco 
En  lo  triste  del  pasage — 
Cuando  es  amargo  el  brebage 
El  corazón  no  se  alegra — 
Dentro  una  virgüela   negra 
Que  los  diezmó   á  los  salvajes. 

Al   sentir   tal   mortandá 
Los   indios  desesperaos, 
Gritaban  alborotaos 
< Cristiano  echando  gualicho» 
No  quedó  en   los   toldos   vicho 
Que  no  salió  redotao. — 

Sus  remedios  son  secretos, 
Los  tienen  las  adivinas — 
No  los  conocen  las  chinas 
Sino  alguna  ya  muy  vieja, 

Y  es  la  que  los  aconseja 
Con  mil  embustes  la  indina. 

Alli    soporta    el    paciente   , 
Las  terribles  curaciones — 
Pues  á  golpes  y  estrujones 
Son  los  remedios  aquellos — 
Lo  agarran  de  los   cabellos 

Y  le  arrancan  los  mechones. 

Les  hacen  mil  herejías 
Que  el  presenciarla  da  horror — 
Rrama  el  indio  de  dolor 
Por  los  tormentos  que  pasa; 

Y  untándolo  todo  en  grasa 
Lo  ponen  á  hervir  al  sol. 

Y  puesto   allí    boca   arriba 
Al  rededor  le   hacen  fuego — 
Una   china   viene   luego 

Y  al  oído  le  da  de   gritos — 
Hay  algunos  tan  malditos 
Que   sanan  con   este  juego. 

A  otros  les  cuecen  la  boca 
Aunque  de  dolores  cruja — 
Lo  agarran  allí  y   lo  estrujan. 
Labios  le  queman  y  dientes 
Con   un   güevo    bien   caliente 
De   alguna   gallina   bruja. 

Conoce  el  indio  el  peligro 

Y  pierde  toda  esperanza — 
Si  á  escapárseles  alcanza 


Dispara  come  un  liebre — 
Le  dá  delirios  la  fiebre 

Y  ya  le  cain  con  la  lanza. 

Esas  fiebres  son  terribles, 

Y  aunque  de  esto  no  disputo, 
Ni  de  saber  me  reputo, 
Será,  decíamos  nosotros, 

■    De  tanta  carne  de  potro 
Como  comen  esos   brutos. 

Habia   un  gringuito   cautivo 
Que  siempre   hablaha   del   barco- 

Y  lo   augaron   en   un   charco 
Por  causante  de  ia  peste — 
Tenia  los  ojos  celestes 
Como  potrillito  zarco. 

Que   le  dieran   esa   muerte 
Dispuso  una  china  vieja; 

Y  aunque  se  aflije  y  se  queja. 
Es  inútil  qué  resista — 
Ponia  el  infeliz  la  vista 
Como  la  pone  la  oveja. 

Nosotros  nos  alejamos 
Para  no  ver  tanto  estrago — 
Cruz  sentía  los  amagos 
De  la  peste  que  reinaba — 

Y  la  idea  nos  acosaba  , 
De  volver  á  nuestros  pagos. 

Pero  contra  el  plan  mejor 
El  destino  se  revela — 
¡La  sangre  se  me  congela! 
El  que  nos  habia  salvado. 
Cayó  también  atacado 
De  la  fiebre  y  la  virgüela. 

No   podíamos   dudar 

Al  verlo  el  tal  padecer 

El  fin  que  habia  de  tener. 

Y  Cruz  que  era  tan  humano: 
«Vamos»    me  dijo,   paisano 
«A  cumplir  con  un  deber». 

Fuimos  á  estar  á  su  lado 
Para  ayudarlo  á  curar— 
Lo  vinieron  á  buscar 

Y  hacerle  como  á  los  otros; 
Lo  defendimos  nosotros, 
No  lo  dejamos   lanciar. 

Iba  creciendo  la  plaga 

Y  la  mortandá  seguía; 
A  su  lado  nos  tenia, 
Cuidándolo  con  pacencia — 
Pero  acabó  su  existencia 
Al  fin  de  unos  pocos  días. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


15 


El  recuerdo  me  atormenta. 
Se  renueva   mi    pesar — 
Me  dan  ganas  de  llorar 
Nada  á  mis  penas  igualo; 
Cruz  también  cayó  muy  malo 
Ya  para   no  lenvantar. 

Todos  pueden  figurarse 
Cuanto  tuve  que  sufrir; 
Yo  no  hacia  sino  gemir 
Y    aumentaba    mi    aflicion. 
No  saber  una  oración 
Pa  ayudarlo  a  bien  morir. 


De  rodillas   á  su   lado 
Yo  lo  encomendé  á  Jesús!  — 
Falló  á  mis  ojos  la  luz — 
Tube  un  terrible  desmayo— 
Cai  como  herido  del  rayo 
Cuando  lo  vi  muerto  á  Cruz. 


.\fartiu    Rorro   meditando    en    la   Tumba   <ie   su    amigo    Cr 


Se  le  pasmó  la  virgüela. 

Y  el  pobre  estaba  en  un  grito — 

Me  recomendó  un   hijito 

Que  en  su    pago   había  dejado. 

«Ha   quedado  abandonado 

«Me  dijo,  aquel  pobrecito. » 

«Si  vuelve,  busqucmeló, 
Me  repelía  ;i   media  voz — 
«En  el  mundo  eramos  dos 
«Pues  él  ya   no  tiene  madre: 
•  Que  sepa  el   fin  de  su  padre 
«Y  encomiende  mi  alma  á  Dios», 

Lo  apretaba  contra   el   pecho 
Dominao  por  el  dolor — 
Era   su   pena   mayor 
El  morir  allá  entre  infieles- 
Sufriendo   dolores  crueles 
Entregó  su  alma  al  Criador. 


7 


Aquel  bravo  campanero 
En  mis  brazos  espiró; 
Hombre  que  tanto  sirvió, 
Varón    que   fué    tan    prudente. 
Por  humano  y  por  valiente 
En  el  desierto  murió. — 

Y  yo,   con   mis   propias   manos 
Yo  mesmo  lo  sepulté — 

A  Dios  por  su  alma  rogué 
De  dolor  el  pecho  lleno — 

Y  humedeció  aquel  terreno 
El   llanto  que   retíame. 


16 


LA  VUELTA  DE  MARTÍN  FIERRO 


Cumplí  con  mi  obligación. 
No  hay  falta  de  que  me  acuse 
Ni  deber  de   que   me  escuse 
Aunque  de  dolor  sucumba — 
Allá  señala  su  tumba 
Una  cruz  que  yo  le  puse. 

Andaba  de  toldo  en  toldo 

Y  todo  me  fastidiaba— 
El  pesar  me  dominaba 

Y  entregao  al  sentimiento, 
Se  me  hacia  cada  momento 
Oir  á  Cruz  que  me  llamaba 

Cual  mas,  cual  menos  los  criollos 
Saben  lo  que   es  amargura — 
En  mi  triste  desventura 
No  encontraba  otro  consuelo 
Que  ir  á  tirarme  en  el  suelo 
Al  lao  de  su  sepultura. 

Allí    pasaba    las    horas 
Sin  haber  naides  conmingo — 
Teniendo  á  Dios  por  testigo — 

Y  mis  pensamientos  fijos, 
En  mi  mujer  y  mis  hijos, 
En  mi  pago  y  en  mi  amigo. 

Privado   de  tantos    bienes 

Y  perdido  en  tierra  agena — 
Parece   que   se    encadena 
El  tiempo  y  que  no  pasara, 
Como  si  el  sol  se  parara 
A  contemplar  tanta  pena. 

Sin  saber  que  hacer  de  mi 

Y  entregado  á  mi  aflición, 
Estando  allí  una  ocasión, 
Del  lao  que  venia  el  viento 
Oi  unos  tristes  lamentos 
Que  llamaron  mi   atención. 

No  son  raros  los  quejidos 
En  los  toldos  del  salvaje, 
Pues  aquel  es  vandalaje 
Donde  no  se  arregla  nada 
Sino  á  lanza  y  puñalada 
A  balazos  y  á  coraje. 

No  preciso  juramento. 
Deben  creerle  á  Martin  Fierro — 
lie  visto  en  ese  destierro 
A  un  salvaje  que  se  irrita, 
Degollar  una  chinita 

Y  tirársela  á  las  perros 

He   presenciado  martirios 
He  visto  muchas  crueldades — 
Crímenes  y  atrocidades 


Que  el   cristiano  no  imagina; 
Pues  ni  el  indio  ni  la  china 
Sabe  lo  que  son  piedades. 

Quise  curiosear  los  llantos 

Que  llegaban  hasta  mi, 

Al  punto,  me  dirigí. 

Al  lugar  de  ande  venían — 

Me  horrorisa  todavía 

El  cuadro  que   descubrí'! 

Era  una  infeliz   mujer 
Que  estaba  de  sangre  llena — 

Y  como   una    Mádalena 
Lloraba  con  toda   gana. — 
Conocí  que  era  cristiana 

Y  esto  me  dio  mayor  pena. 

Cauteloso  me  acerqué 
A  un  indio  que  estaba  al  lao; 
Porque  el  pampa  es  desconfia.) 
Siempre  de  lodo  cristiano, 

Y  vi  que  tenia  en  la  mano 
El    rebenque    ensangrentao. 


8 


Mas    tarde  supe   por   ella, 
De  manera  positiva, 
Que  dentro  una  comitiva 
De  pampas  á  su  partido, 
Mataron   á  su   marido 

Y  la  llevaron  cautiva. 

En  tan  dura  servidumbre 
Hacían  dos   años    que   eslaba- 
Un    hijito    que    llevaba 
A  su  lado  lo  tenia— 
La  china  la  aborrecía 
Tratándola   como  esclava. 

Deseaba  para  escaparse 
Hacer  una  tentativa — 
Pues  á  la  infeliz  cautiva 
Naides  la  va  á  redimir. 

Y  allí  tiene  que  sufrir 
El   tormentto   mientras    viva. 

Aquella   china   perversa 
Dende  el  punto  que  llegó 
Crueldá  y  orgullo  mostró 
Porque  el  indio  era  valiente — 
Usava  un  collar  de  dientes 
De  cristianos  que  él  mató. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


17 


La   mandaba   trabajar, 
Poniendo  cerca  á  su  hijito 
Tiritando   y    dando    gritos 
Por  la  mañana  temprano, 
Atado  de  pies  y  manos 
Lo  mesmo  eme  un  oorderito. 

Ansí  le  imponía  tarea 
De  juntar  leña  y  sembrar 
Viendo   á   su    hijito  llorar 

Y  hasta  que  no  terminaba 

La   china    no   la   dejaba 
Que  le  diera  de  mamar. 

Cuando  no  tenia  trabajo 

La  emprestaban  á  otra  china — 

Naides.  decía,  se  imagina. 

Ni  es  capaz  de  presumir 

Cuanto  tiene  que   sufrir 

La  infeliz  que  está  cautiva. 

Si   ven  crecido   á    su    hijito 
(lomo    de    piedá    no    entienden. 

Y  á  suplicas  nunca  atienden. 
Cuando  OO  es  este  es  el  otro 
Se  lo  quitan   y  lo  venden 

0  lo  cambian  por  un  potro. — 

En  la  crianza  de  los  suyos 
Son   bárbaros    por   demás. 
No    la    había    visto    ¡amas: 
En    una    tabla    los    alan 
Los  crian  ansi.   y   les  achatan 
I.. i    cabeza    por   detrás. 

Aunque  esto  paresca   estrafto 

Ningumn    lo    puma    en    duda 
Entro   aquella    «ente    ruda, 
En    su    barbara    torpeza, 

Es    gala    que    la    cabeza 
lev    forme    puntiaguda 

Aquella    china   malvada 
Que  tanto  la   aborrecía, 
Empezó   á   decir    un   «lia 
Porque    falleció    una    hermana. 
Que   sin   duda    la    cristiana 
Le  había  echado  brugería 

El   indio  la   saco  al   campo 

Y  la  empezó  á  amenazar 

le  había  de  confesar 
Si    la    brujería    era    cierta: 
O  que  la  iba  á  castigar 
Hasta  rpie  quedara   muerta 

Llora   la   pobre  aflijida. 
el  indio  en  su  rigor 
arrebató  con  fin  o 


Al  hijo  de  entre  sus  brazos, 

Y  del  primer   rebencazo 
La   hizo  crugir   de   dolor. 

Que  aquel  salvaje  tan  cruel 
Azotándola   seguía, 
Mas  y  mas  se  enfurecía 
Cuanto   mas   la    castigaba, 

Y  la  infebz  se  atajaba 
Los  golpes  como  podía. 

Que  le  gritó  muy  furioso 

Confechando  no  <¡ucris 
La  dio  vuelta   de   un  revés 

Y  por  calmar    su    amargura. 
A  su  tierna  criatura 

Se  la  degolló  á  los  pies. — 

Es  increíble,  me  decía, 
Que  tanta  fiereza  esista — 
No  habrá  madre  que  resista. 
Aquel    salvaje    inclemente 
Cometió    Iraquí  lamente 
Aqttd  crimen  á  mi  vista. 

Esos  orrores  tremendos 
No  los  inventa  el  cristiano — 
Ese    bárbaro    inhumano. 
Sollozando   me   lo   dijo. 

Me    amarró    luego    las    manos 
Con  las  Iripílas  de  mi  hijo    . 


9 


De   ella   fueron    ios    lamentos 
Que   en   mi    soledá   escuché — 
En  cuanto  al  punto  llegué 
Quedé  enterado  de  todo — 
Al  mirarla  de  aquel  modo 
Ni    un    instante    tutubié. 

Toda  cubierta  de  sa.. 
Aquella  infeliz  cautiva, 
Tenia  dende  abajo  arriba 
l.a    marca    de    los    laza/os.  — 
Sus    trapos    hechos    pedazos 
Mostraban  la  carne  viva. 

Alzó   los   ojos    al    cielo 
En    sus    lágrimas    bañada, 
Tenia   las  manos   aladas 
Su   tormento  estaba   claro; 
Y    me   clavó    una    mirada 
(ionio   pidiéndome   amparo. 


18 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Yo  no  sé  lo  que  pasó 

En   mi   pecho   en  ese   instante, 

Estaba  el  indio  arrogante 

Con  una  cara  feroz : 

Para    entendernos    los    dos 

La  mirada  fué  bastante. 

Pegó    un    brindo    como    gato 

Y  me '  ganó    la    distancia- 
Aprovechó  esa  ganancia 
Como  fiera  cazadora — 
Desató  las   boliadoras 

Y  aguardó  con   vigilancia 

Aunque  y!o  iba   de  curioso 

Y  no  por  buscar  contienda, 
Al  pingo  le   até  la  rienda 
Eché  mano  dende  luego, 

A    éste   que    no   yerra   fuego, 

Y  ya  se  armó  la  tremenda. 

El  peligro  en  que  me  hallaba 
Al   momento   conocí — 
Nos  mantubimos  ansi, 
Me  miraba  y  lo  miraba; 
Yo,   al  indio  le  desconfiaba 

Y  él  me  desconfiaba  á  mi. 

Se   debe   ser    precabido 
Cuando  el  indio  se  agasape — 
En  esa  postura  el  tape 
Vale  por  cuatro  ó  por  cinco — 
Como  tigre  espara   al   brinco 

Y  fácil  que  á  uno  lo  atrape. 

Peligro  era  atropellar 

Y  era    peligro    el    jüf; 

Y  mas  peligro  seguir 
Esperando  de  este  modo, 
Pues  otros  podian  venir 

.  Y  carinarme  allí  entre  todos. 

A    juerza    de    precaución 
Muchas  veces  he  salvado, 
Pues  en  un  trance  apurado 
Es  mortal  cualquier  descuido — 
Si   Cruz   hubiera   vivido 
No  habría  tenido  cuidado. 

Un  hombre  junto  con  otro 
En  valor  y  en  juerza  crece — 
El  temor  desaparece, 
Escapa  de   cualquier   trampa — 
Entre  dos,  no  digo  un  pampa, 
A  la  tribu   si   se  ofrece — 

En  tamaña  incertidumbre 
En  trance  tan  apurado, 
No  podía  por  decentado 


Escaparme  de  otra  suerte. 
Sino  dando  al  indio  muerte 
O   quedando  alli  estirado. 

Y  como  el   tiempo  pasaba 

Y  aquel  asunto  me  urgia, 
Viendo  que  él  no  se  movia, 
Me  fui  medio  de  soslayo 
Como  a  agarrarle  el  caballo 
A   ver  si   se  me   venia. 

Ansi  fué,   no   aguardó   mas 

Y  me  atropello  el  salvaje — 
Es  preciso  que  se  ataje 
Quien  con  el  indio  peleé — 
El  miedo  de  verse  á  pié 
Aumentaba  su  coraje. 

En  la  dentrada  no  mas 
Me  largó  un  par  de  bolazos — 
Uno  me  tocó  en  un  brazo — 
Si  me  dá  bien,  me  lo  quiebra- 
Pues  las  bolas  son  de  piedra 

Y  vienen  como  balazo. 

A    la   primer    puñalada 

El  pampa  se  hizo  un  ovillo — 

Era  el  salvaje  mas  pillo 

Que  he  visto  en  mis  correrias- 

Y  á  mas   de   las   picardías 
Arisco  para  el  cuchillo. 

Las  bolas  las  manejaba 
Aquel  bruto  con  destreza. 
Las  recogía  con  presteza 

Y  me  las  volvía  á  largar. 
Haciéndomelas  silvar 
Arriba  de  la  cabeza. 

Aquel  indio,  como  todos 
Era  cauteloso...  ay  juna! 
Ay  me  vahó   la  fortuna 
De  que  peliando  se  apotra — 
Me  amenazaba  con  una, 

Y  me  largaba  con  otra. 

Me  sucedió  una  desgracia 
En  aquel  percance  amargo, 
En  momentos  que  lo  cargo 

Y  que  él  reculando  vá — 
Me  enredé  en  el  chiripá 

Y  cai  tirao  largo  á  largo. 

Ni  pa  encomendarme  á  Dios 
Tiempo  el  salvaje  me  dio; 
Cuanto  en  el  suelo  me  víó 
Me  saltó  con  ligereza— 
Juntito   de   la   cabeza 
El   bolazo   retumbó. — 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


19 


Ni  por  respeto  al  cuchillo 
Dejó  el  indio  de  apretarme — 
Alli  pretende  ultimarme 
Sin  dejarme  levantar — 
Y  no  me  daba  lugar 
Ni    siquiera  á   enderezarme. 

Devalde    quiero    moverme 
Aquel  indio  no  me  suelta — 
Como  persona  resuella 
Toda  mi  fuerza   ejecuto — 
Pero  abajo  de  aquel  bruto 
No  podia  ni  darme  guelta. 


Bendito    Dios    poden 

Quien  le  puede  comprender  I 

Cuanto  á  una  débil  mujer 
Le  diste  en  esa  ocasión 
La  fuerza  que  en   un   varón 
Tal  vez  no  pudiera  haber. — 

infeliz   tan    llor 
Viendo  el  peligro  se  anima- 
Corno  una  flecha  se  arrima 

Y  olvidando   su    ai'lieion. 
Le  pegó  al  indio  un  tirón 
Que  me  lo  sacó  de  encima. 

Ausilio    tan    generoso 
Ife  libertó  del  apuro — 

Si    no   es    ella,    de    siguro 
Que  el  indio  me  sacrifi  — 

Y  mi   valor   se   duplica 

un    ejemplo    tan    pruro. 

En  cuanto  me  enderecé 

volvimos  á   t.>par — 
No    se    podia    descansar 

Y  me  cborriaba   el   sudor — 
En  un  apuro  mayor 

Jamas  me  he  vuelto  á  encontrar. 

Tampoco  yo  le  daba  alce 

Como   deben   suponer — 

Se  había  aumentado  mi  quehacer 

Para  impedir  que  el  b-utazo, 

Le  pegara  algún   bolazo 

De  rabia  á  aquella  mujer. 

La  l*)la  en  manos  del  indio 
Es  terrible  y  muy  ligera — 
liare  de  ella  lo  que  quiera 


Sallando  como  una  cabra — 
Mudos— sin  decir  palabra. 
Peliábamo.s    como    fieras. 

Aquel  duelo  en  el  desierto 
Nunca,   jamás  se   me  olvida. 
Iba  jugando  la   vida 
Con    tan    terrible    enemigo. 
Teniendo  alli  de   testigo. 
A   una  mujer  afligida.— 

Cuando   él  mas   se   enfurecía 
Yo  mas  me  empiezo  á  calmar; 
Mientras  no  logra  matar 
E3  indio  no  se  desfoga 
Al  fin  le  corté  una  soga 

Y  lo  empecé   aventajar. 

Me  hizo   sonar    las   costillas 
De  un  bolazo  aquel  maldito; 

Y  al  tiempo  que  le  di  un  grito 

Y  le  dentro  como  bala 
Pisa  el  indio,  y  se  reíala 
l'.n  el  cuerpo  del   chiquito. 

Para  esplicar  el  misterio 
Es  muy  escasa  mi  cencia — 
Lo  castigó,   eñ    mi   concencia. 

Su    Divina    Magestá— 
Donde  no  hay  casualdá 
Suele  estar  la  providencia 

En  cuanto  trastrabillo 

Mas  de  firmo  lo  cargué. 

Y  aunque    de    nuevo  hizo    pié 
Lo  perdió  aquella  pisada; 
Pues    en    esa    atropellada 

En  dos  parles   lo  coi-té. 

Al  sentirse  lastimao 

Se  puso  medio  afligido — 

Pero  era  indio  des  id  i  do 

Su    valor   no   so   quebranta— 

Le  salían  por  la  garganta 

Como  una  especie  de  aullidos. 

Lastimao  en  la  cabeza 

La    sangre   lo  enseguecía; 
De   otra    herida    le    salia 
Haciendo  un  charco  ande  estaba- 
Con  los  pies  la  chapaliaba 
Sin    aflojar   todavía. 

Tres   Qguras  Imponentes 
Formábamos  aquel  terno:  — 
Ella    en    su    dolor    materno 
Yo  con  la  lengua  dejuera. 

Y  el  salvaje  como  fiera 
Diparada  del  infierno 


20 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Iba  conociendo  el  indio 
Que  tocaban   á   degüello — 
Se  le  erizaba  el  cabello 

Y  los   ojos    revolvía 
Los  labios  se  le  perdian 
Cuando    iba    á    tomar    resuello. 

En  una  nueva  dentrada 
Le  pegué  un  golpe  sentido, 

Y  al  verse  ya  mal  herido, 


Me    persiné    dando    gracias 
De  haber  salvado  la  vida: 
Aquella  pobre  afligida 
De  rodillas  en   el   suelo, 
Alzó    sus   ojos    al    Cielo 
Sollozando  dolorida. 

Me  inqué  también  á  su  lado 
A  dar  gracias  á  mi  Santo — 
En   su  dolor   y   quebranto 


Pelea  de  Martin   Fierro   con   un   Indio 


Aquel  indio  furibundo 
Lanzó  un  terrible  alarido — 
Que  retumbó  como  un  ruido 
Si  se  sacudiera  el  mundo. 

Al  fin  de   Lanío  lidiar 
En  el  cuchillo  lo  alcé — 
En  peso  lo  levanté 
Aquel  hijo  del  desierto — 
Ensartado  lo  llevé, 
Y  allá  recien  lo  largué 
Cuando  ya  lo  sentí  muerto.— 


Ella,   á  la  Madre   de  Dios 
Le  pide  en  su  triste  llanto 
Que    nos    ampare    á    los   dos. 

Se  alzó  con  pausa  de  leona 
Cuando  acabó  de  implorar. 
Y  sin  dejar  de  llorar 
Envolvió  en  unos  trapitos 
Los  pedazos  de  su  hijito 
Que  yo  le  ayudé  á  juntar. 


LA  VUELTA  DE  MARTÍN  FIERRO 


21 


10 


Dende  ese  punto  era  juersa 

Abandonar    el    desierto. 

Pues   me   hubieran   descubierto, 

Y  aunque  lo  maté  en   pelea. 
De  lijo  que  me  lancean 

Por   vengar   al    indio   muerto. 

A  la  afligida  cautiva 
Mi  caballo  le  ofrecí — 
Era  un  pingo  que  alquirí. 

Y  donde  quiera  que  estaba 
En  cuanto  yo   lo   silvana 
Venia  á  refregarse   en   mi. — 

Yo  me  le  senté  al   del    pampa; 
Era  un  oscuro  tapao — 
Cuando  me  hallo  bien  manta  o 
De   mis  casillas   me   salgo — 

Y  era  un  pingo  como  galgo 
Que  sabia  correr  holiao. — 

Para  correr  cu  el  campo 

No  hallaba  ningún  tropie  ■> 
Los  ejercitan  en  eso — 

Y  los  ponen  como  luz. 

De    dentrarle    á    un    avestruz 

Y  botiar  bajo   el   pescuezo. 

El  pampa  edlM  a   al   caballo 

Como  para  un  entrevero — 
Como   rayo  es    de    ligero 
En  cuanto  el  indio  lo  boca— 

Y  como  trompo  en  la  !• 

Da  güelias  sobre  de  un  cuero. 

Lo  baréa  en  la  madrugada — 
.lamas    falla    á    esle    deber — 
Luego  lo  enseña   á  correr 
Entn    fanf  ■•■■.  y  guadales — 
Ansina  esos  animales 
Es  cuanto  se  puede  \ 

1  caballo  de  un  pampa 
\o  hay  peligro  de  rodar— 

Juc  pucha    y  pa  disparar 

Es    pingo  que    no   se  cansa 
Con  proligidá  lo  ama 
Sin  de  jai  1<    con  obiar. 

Pa  quitarle  quillas 

Con    cuidao    lo    manosea. 
H01  ras  empl 


Y  por  fin.   solo  lo  deja. 
Quando  agacha  las  orejas 

Y  ya  el  potro  ni  cocea. 

.lamas  le  sacude  un  golpe 
Porque  lo  trata  al  bagual 
Con  pacencia  sin  igual, 
Al  domarlo  no  le  pega 
Hasta  que  al  fin  se  le  entrega 
Ya  dócil  el    animal 

Y  aunque  yo  sobre  los  bastos 
Me   se   sacudir   el   polvo — 

A   esa  costumbre  me  amoldo — 
Con   pacencia   lo   manejan 

Y  a!  dia   siguiente  lo  dejan 
Hienda  arriba  junto  al  toldo. 

Ansi   lodv)  el  que   procure 
Tener  un  pingo  modelo — 
Lo  ha.  de  cuidar  con  desvelo. 

Y  debe   impedir    también. 
El  que  de  golpes  le  den 
O  tironeo  en  el  suelo. 

Muchos  quieren  dominarlo 
Con  el  rigor   y   el   azote. 

Y  si  ven  al  chafalote 
Que  tiene  liazas  de  malo. 
Lo  embraman  en  algún  palo 
Hasta    que    se    descogote. 

Todo:,    se   vuelven    protestos 

Y  güeltas   para    ensillarlo — 
Dicen    (pie    es    por    quebrantarlo 
.Mas  compriende  cualquier  bobo 
(Juc  es  de  miedo  del  corcoho 

Y  no   quieren    confesarlo. 

El   animal   yeguarizo 
Perdónenme   esta   alverlencia, 
Es  de  mucha  conocencia. 

Y  tiene  mucho  sentido — 
Es  animal  consentido 
Lo  cautiva    la    pacencia, 

1 
Aventaja  á  los  demás 
El    que  estas   cosas   entienda — 
Es  bueno  que  el  hombre  aprienda, 
Pues  hay  pocos  domadores, 

Y  muchos  frangoy adores 
Que  andar,  de  bozal  v  rienda. 


22 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Me  vine  como  les  digo 
Trayendo  esa  compañera — 
Marchamos  la  noche  entera 
Haciendo   nuestro  camino 
Sin  mas  rumbo  que  el  destino 
Que  nos  llevara  ande  quiera. 

Al  muerto  en  un  pajonal 
Habia  tratao  de  enterrarlo, 
Y  después  de   maniobrarlo 
Lo  tapé  bien  con  las  pajas, 
Para   llevar   de   ventaja 
Lo  que  emplearan  en  hallarlo. 


Todo  es  cielo  y   horizonte 
En   immenso  campo   verde! 
¡Pobre  da  aquel  que  se  pierde 
0    que  su    rumbo   estravea! 
Si  alguien  cruzarlo   desea 
Este  consejo  recuerde. — 

Marque    su    rumbo    de    dia 

Con  toda  i'idelitá — 

Marche   con   puntualidá 

Siguiéndole    con    fijeza, 

Y  si  duerme,  la  cabeza 

Ponga    para    el    lao    que    vá. — 


La    vuelta    de    Martin    Fierro 


En  notando  nuestra  ausiencia 
Nos  habian  de  perseguir— 
Y  al  decidirme  á  venir, 
Con  todo  mi   corazón 
Hice  la  resolución 
De  peliar   hasta   morir. 

Es  un  peligro  muy  serio 
Cruzar  juyendo  el  desierto- 
Muchísimos  de  hambre  han  muerto, 
Pues    en   tal    desasociego 
No  se  puede   ni   hacer  fuego 
Para  no  ser  descubierto — 

Solo  el  alburio  del  hombre 
Puede   ayudarlo   á   salvar — 
No    hay    auxilio    que    esperar, 
Solo  de  Dios  hay  amparo — 
En  el  desierto  es  muy  raro 
Que  uno  se  pueda  escapar. 


Oserve  con  todo  esmero 
Adonde  el  sol  aparece, 
Si    hay    neblina    y    le    entorpece 

Y  no  lo  puede  oservar 
Guárdese   de   caminar 

Pues  quien  se  pierde  perece. 

Dios  les  dio  istintos  sutiles 
A  toditos  los  mortales — 
El   hombre  es   uno  de  tales 

Y  en  las   llanuras   aquellas — 
Lo  guian  el   sol,    las  estrellas. 
El  viento  y  los  animales. 

Para    ocultarnos   de   dia 

A  la  vista  del  salvaje 

Ganábamos   un   paraje 

En   que   algún    abrigo    hubiera— 

A    esperar    que    anocheciera 

Pare  seguir   nuestro   viaje 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


23 


Penurias  de  toda  clase 

Y  miserias  padecimos — 
Varias   veces    no   comimos 
O  comimos  carne  cruda, 

Y  en  oirás   no   tengan  duda 
Con   reices   nos   mantubimos. 

Después   de  mucho   sufrir 
Tan   peligrosa   inquietú — 
Alcanzamos  con  salú 
A  divisar   un    sierra. 

Y  al  fin  pisamos  la  tierra 
En  donde  crece  el  Ombú. 

Nueva  pena  sintió  el  pecho 
Por   Cruz,   en   aquel   paraje 

Y  en   humilde   vasallaje 
A  la  magestá  infinita; 
Besé    esta   tierra    bendita 
Que  ya  no  pisa  el  salvaje. 

Al   fin   la   misericordia 

De    Dios,    nos    quiso    amparar. 

Es    preciso   soportar 

Los  trabajos  con  costancia — 

Alcanzamos    á    una    Estancia 

Después   de   tanto    penar. 

A  y  mesmo  me  despedí 
De  mi  infeliz   compañera — 
«  Me  voy,  le  dije,   ande   quiera 
«  Aunque  me  agarre  el  gobierno, 
«  Pues    infierno   por    infierno 
«  Prefiero  el  de  la  frontera  ». — 

Concluyo  esta  relación. 
Ya  do  puedo  continuar, 
Permítanme  descansar; 
Están   mis    hijos   presentís. 

Y  yo  ansioso  porque  cuenten 
Lo  que  tengan   que  contar. — 


11 


-  Y  mientras   que   huno   un    trago 
Pa  refrescar  el   garguero— 

Y  mientras    tlempla    el    muchacho 

Y  prepara  su   estrumento — 
Les  contaré  de   que   mod  > 
Tuvo  lugar  el  encuentro — 

Me  acerqué  ;i  algunas  Estancias 
Por  saber  algo  de  cierto. 
Creyendo   que  en    tanto   años 


Esto   se    hubiera    compuesto; 
Pero  cuanto  saqué  en  limpio 
Fué.  que  estábamos   lo  mesmo. 
Ansi    me   dejaba    andar 
Haciéndome  el  chancho  rengo ; 
Porque  no  me  convenia 
Revolver    el    avispero; 
Pues   no  inorarán    ustedes 
Que  en  cuentas  con  el  gobierno 
Tarde    ó   temprano    lo    llaman 
Al  probé  á   hacer  el   arreglo; 
— Pero  al  fin  tuve  lo  suerte 
De   hallar  un   amigo  viejo 
Que  de  todo  me  Informó, 

Y  peí   él    supe    al    momento. 
Que  el  Juez   que   me   perseguía 
Hacia   tiempo  que   era   muerto: 
Por  culpa  suya  he  pasado 
Diez    años    de    sufrimientos 

Y  no  son   pocos   diez   añ.>s 
Para    quien    ya    llega    á    viejo. 

Y  los  he   pasado  ansi. 

Si  en   mi   cuenta    no   me   yerro: 
Tres    años    en     la    frontera. 
Dos  como  gaucho   matrero, 

Y  cinco  allá  entre  los   Indios 
Hacen  los  diez  que  yo  cuento. 

Me   dijo,    á    mas.    esc   amigo 

Que   andubiera   sin    recelo, 

Que  todo  estaba  tranquilo. 
Que   no  perseguía  el  gobierno; 
Que   ya  naides   se   acordaba 
De  la  muerte  del  moreno— 
Aunque   si  yo  lo  maté. 
Mucha  culpa   tuvo  el    negro. 
Estube   un  poco   imprudente, 
Puede    ser.    yo    lo    confieso. 
Pero   él   me   precipitó 
Porque  me  cortó  primero— 

Y  á  mas.  me  cortó  en  la  cara 
Que   es    un    asunto    muy    serio. 
— Me  aseguró  el  mesmo  amigo 
Que  ya  no   había    ni   el   recuerdo 
De    aquel   que   en   la    pulpería 
Lo   dejé    mostrando    el    sebo. 

El,  de  engreído  me  buscó 
Yo   ninguna  culpa    tengo; 
El    mesmo    vino    á    pc.liarinc, 

Y  tal    vez    me    hubiera    muerto 
Si   le   tengo   mas   confianza 

O    soy   un    poco   mas   lerdo — 
Fué    suya    toda    la    culpa 
Porqué  ocasionó  el   suceso. 
—Que  ya  no   hablaban   tampoco, 
Me  lo  dijo    muy   de   cierto, 
De   cuando   con    la   partida 


24 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Llegué    á    tener    el    encuentro. 

Esa   vez   me   defendí 
Como  estaba   en   mi   derecho. 
Porque   fueron    á   prenderme 
De  noche  y  en  campo  abierto — 
Se    me    acercaron    con    armas. 

Y  sin  darme  voz  de  preso 
Me    amenazaron    á    gritos 

De  un  modo  que  daba  miedo — 
Que    iban    arreglar    mis    cuentas 
Tratándome  de  matrero. 

Y  no  era  el  gefe  el  que  hablaba 
Sino  un  cualquiera  de  entre  ellos. 

Y  ese,  me   parece  á  mi 

No  es  modo  de  hacer  arreglos. 
Ni  con   el   que   es   inocente. 
Ni  con  él  culpable  menos. 
— Con  semejantes  noticias 
Yo  me  puse  muy  contento 

Y  me  presenté   ande   quiera 
Como    otros    pueden    hacerlo — 
— De  mis   hijos   he   encontrado 
Solo  á  dos  hasta  el  momento — 

Y  de  ese   encuentro   feliz 
Le  doy  las  gracias  al  cielo. 
A   todos   cuantos    hablaba 
Les  preguntaba  por  ellos. 
Mas   no  me  daba   ninguno, 
Razón  de  su.  paradero; 
Casualmente    el    otro    dia 
Llegó  á  mi  conocimiento, 

De   una  carrera   muy   grande 
Entre  varios  estancieros — 

Y  fui  como  uno  de  tantos 
Aunque  no  llevaba  un  medio. 
No  faltaban,  ya   se  entiende 
En    aquel   gauchage    immenso 
Muchos  que  ya  conocían 


Martin  Fierro; 
los  muchachos 
parege ros- 


La   historia  de 

Y  alli   estaban 
Cuidando    unos 
Cuanto   me   oyeron    nombrar 
Se   vinieron    al    momento, 
Diciéndome    quienes   eran 
Aunque  no  me  conocieron. 
Porque  venia  muy  aindiao 

Y  me   encontraban    muy    viejo. 
La   junción   de    los    abrazos 
De  los  llantos  y  los  besos 

Se  deja  pa  las  mujeres 

Como  que  entienden    el   juego. 

Pero   el    hombre    que    oomprieiuk 

Que  todos  hacen  lo  mesmo. 

En  público  canta  y  baila 

Abraza   y   llora    en   secreto. 

Lo  único  que   me   han  contado 


Ks   que   mi    mujer   ha   muerto. 
Que  en  procuras  de  un  muchacho 
Se   fué  la   infeliz    al    pueblo. 
Donde  infinitas  miserias 
Habrá  sufrido  por  cierto. 
Que  por  fin  á  un  hospital 
Fué   á   parar    medio   muriendo, 

Y  en  ese  abismo  de  males 
Falleció   al  .muy    poco   tiempo. 
—Les  juro  que  de  esa  pérdita 
Jamás    he   de    hallar    consuelo 
Muchas  lágrimas  me  cuesta 
Dende    que    supe    el    suceso. 
Mas   dejemos  cosas   tristes 
Aunque  alegrías  no  tengo; 

Me   parece   que    el   muchacho 
Ha  templado  y   está   dispuesto. 
Vamos   á   ver   que   tal  lo   hace, 

Y  juzgar  su  desempeño. — 
— Ustedes   no  los   conocen. 

Yo  tengo  confianza   en   ellos — 
No    porque    lleven    mi    sangre, 
Eso  fuera  lo  de  menos. 
Sino    porque    dende    chicos 
Han  vivido   padeciendo. 
Los  dos  son   aficionados — 
Les   gusta  jugar  con   fuego. 
Vamos  á  verlos  correr — 
Son  cojos...   hijos  de  rengo. 

EL  HI3Q  MAYOR  DE  MARTIN  FIERRO 


12 


LA      PENITENCIARIA 

Aunque  el  gajo  se  parece 
Al  árbol  de  donde  sale, 
Solía    decirlo   mi    madre 
Y  en  su  razón  estoy  fijo: 
«  Jamás  puede  hablar  el  hijo 
Con  la  auloridá  del  padre    . 

Recordarán    que    quedamos 
Sin   tener  donde    abrigarnos; 
Ni  ramada  ande  ganarnos 
Ni  rincón  ande  meternos 
Ni   camisa    que    ponernos 
Ni  poncho  con  que   taparnos. 

Dichoso  aquel  que  no  sabe 
Lo  que  es  vivir  sin  amparo; 
Yo  con   verdá    les   declaro, 
Aunque    es    por    demás    sahido- 
Dende    chiquito    he    vivido 
En   el    mayor    desamparo — 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


25 


No  le  merman  el  rij 
Los    mesmos    que    lo    socorren- 
Tai    vez    porque    no   se   borren 
Los   decretos  del   destino, 
De  todas  parles  lo  corren 
Como  ternero  dañino. 

Y  vive    como    los    vichis 
Buscando  alguna  rendija — 
El   güerfano  es   sabandija 
Que  no  enctientia   compasión, 

Y  el   que   anda   sin   direcion. 
Es   guitarra   sin   clavija. 

Sentiré  que  cuanto  digo 

A    algún   oycnle    le    cuadre — 
\¡  casa  tenia,  ni  madre, 
Ni   parentela,   ni    hermanos; 

Y  todos   limpian   sus   manos 
En    el    que    vive    sin    padre. 

Lo  cruza  este  de  un  lazazo, 
Lo  abomba  aquel  de  un  moq 

Otro  le  busca  el  chacl; 

Y  entre  tanto  soportar, 

Suele   a   veces    no   encontrar 
Ni  quien  le  arroje   un  soquete. 

Si  lo  recogen  lo  tratan 

Con    la    mayor    rigid¡ 

Piensan    que    es    mucho    tal    ve* 

Cuando  ya   muestra    el    pell 

Si  le  dan  un  trapo  viejo 

Pa  cubrir  su   desnudez. 

i 
Me   crié,    pues,    como   les    ü 
Desnudo    á    veces    y    hamhri 

Me   ganaba    mi    sustento, 

Y  ansí   los   años   pasaban 

Ai   ser  hombres   me  esperaban 
Otra   clase   de    tormén) 

Pido   á    todos    que    no   oh  id  ■)). 

Lo  que  les  v.iy  á  decir: 
En  la  escuela  del  sufrir 
He    tomado    mis    leciones; 

Y  hecho  muchas  refleciones 

Dende   que  empecé   a   vivir. 

Si    alguna    falta    cometo 
La    motiva    mi    inorancia. 
No  vengo  con  arrogancia; 

Y  les   diré    en    conclusi 
Que    trabajando  de    pión 

Mi    encontraba  en    una  estancia. 

El    que    manda    siempre    puede 
Hacerle    al    pobre    un    calvan  >: 
A  un  vecin i  pr  ipietario 


Un    boyero    le    mataron — 

Y  aunque  á  mi  me  lo  achacaron 
Salió  cierto  en  el   sumario. 

Piensen   los   hombres    honrados 
En   la  vergüenza  y  la  pena 
De   que   tendría    la   alma   llena 
Al    verme   ya    tan    temprano 
Igual    á    los    que    sus    manos 
Con  el  crimen  envenenan. 

Declararon    otros    dos 
Sobre  el  caso  del  dijunto; 
Mas   no  se   alacró  ed   asunto. 

Y  el  Juez  por  darlas  de  listo. 
Amarrados  como  un  Cristo. 
Nos    dijo,    irán    todos    juntos». 

■  A  la  justicia  Ordinaria 

«  Voy  á  mandar  á  los  tres    .— 

Tenia    razón    aquel    Juez. 

Y  cuantos  ansí  amenacen; 
Ordinaria...  es  como  la  hacen 
Lo  he  conocido  después. 

Nos  remitió  como  digo 

A    esa    Justicia    Ordinaria — 

Y  fuimos   con    la    sumaria 
A    esa    cárcel    de    malevos. 
Que  por   un    bautismo   nuevo 
Le  llaman  penitenciaria. — 

El  porqué  tiene  ese  nombre 
Naides  me  lo  dijo  á  mi 
Mas    yo    me    lo    esplico    ansi :  — 
Le  dirán  Penitenciaria — 
Por  la  penitencia  diaria 
Que   se   sufre   estando  allí. 

Criollo   que  cai    en   desgracia 
Tiene  que  sufrir   no  poco — 
Naides   lo  ampara   tampoco 
Sino    cuenta    con    recursos — 
El    gringo   es    de    mas    discurso. 
Cuando    mata,    se    hace    el    loco. 

No  sé  el  tiempo  que  corrió 
En  aquella  sepoHura; 

Si  de  ajuera    no   lo   apuran. 
El   asunto  vá   con   pausa; 
'!  ienen    la    presa    sigura 

Y  dejan  dormir   la   causa. 

loor;i  ( ;  pres  i  á  que  lado 
Se   inclinará    la    balanza — 

es    tanta    la    tardanza 
Que  yo   les     iig  >    per  mi — 
El    hombre  que   dentre   allí 
i;:    esperanza. 


26 


LA  VUELTA  DE  MARTÍN  FIERRO 


Sin  perfecionar  las  Leyes 
Perfecionan  el  rigor 
Sospecho  que  el  inventor 
Habrá  sido  algún   maldito — 
Por  grande   que   sea   un   delito 
Aquella    pena    es    mayor. 

Eso   es    para    quebrantar 
El  corazón  mas   altivo — 
Los   llaveros   son   pasivos, 
Pero  mas   secos   y   duros 
Tal  vez  que  los  mesmos  muros 
En   que   uno   gime   cautivo. 


Y  digo  á  cuantos  inoran 

El  rigor  (Je   aquellas   penas — 

Yo  que  sufri  las  cadenas 

Del   deslino  y    su    inclemencia: 

Que   aprovechen  la   esperancia. 

Del  mal  en  cabeza  agena. 

Ay!    madres,    las    que    dirigen 
Al  hijo  de  sus  entrañas. 
No  piensen  que  las  engaña. 
Ni  que  les   habla   un  farsario: 
Lo   que   es   el   ser   presidario 
No   lo   sabe   la   campaña. 


En    la    Penitenciaria 


No  es  en  grillos  ni  en  cadenas 
En    lo    que    usté    penará. 
Sino  en  una  soledad 

Y  un   silencio   tan   projundo. 
Que    parece   que   en   el    mundo 
Es  el  único   que  está. 

El   mas    altivo   varón 

Y  de  cormillo  gaslao, 
Alli   se   veri  a    agobia  o 

Y  su    corazón    marchito, 
Al  encontrarse  encerrao 
A  solas  con   su  delito. 

En  esa  cárcel    no   hay   toros. 
Allí   todos    son    corderos; 
No  puede  el  mas  altanero 
Al   verse   entre    aquellas    rejas. 
Sino   amujar   las    orejas 

Y  sufrir  callao  su   encierro. 


Hijas,  esposas,  hermanas. 
(Inanias    quieren    á    un    varon- 
Diganles  que  esa  prisión 
Es  un  infierno  temido — 
Donde  no  se  oye  mas  ruido 
Que  el  latir  del   corazón. 

Allá   el   día    no   tiene    sol, 
La    noche   no    tiene   estrellas — 
Si    que    le    valgan    querellas 
Encerrao  lo  purifican; 

Y  sus  lágrimas  salpican 
En   las   paredes    aquellas. 

En  soledá  tan  terrible 

De  .su  pecho  oye  el  latido — 
Lo  sé.  porqué  lo  he  sufrido 

Y  créamelo  el  aulitorio. 
Tal   vez  en   el   purgatorio 

Las   almas   hangan   mas   ruido. 


LA  VUELTA  DE  MARTÍN"  FIERRO 


27 


Cuenta  esas  huías   tiernas 
Para   mas   atormentarse, 
Su   lágrima   al   redamarse 
Calcula  en  sus  afliciones, 
Contando    sus    pulsaciones: 
Lo    que   dilata    en    secarse. 

Alli  se  amansa  el   mas  bravo — 
Allí   se  duebla   el  mas   juerle— 
El   silencio  es  de   tal   suerte 
Que  cuando  llegue  á  venir. 
Hasta  se  le  han  de  sentir 
Las  pisadas   á   la   muerte. 

Adentro  mesmo  del   hombre 
Se   hace   una  revolución — 
Metido   en    esa    prisión 
De   tanto   no   mirar    nada. 
La  nace  y  queda  grabada 
La   idea  de   la   perfecion. 

En   mi   madre,   en   mis    hermanos, 

En    todo    pensaba    yo — 

Al    hombre    que    allí    dentro 

De    memoria    mas    ingrata — 

Eielmente  se  le  retrata 

Todo  cuanto  ajuera  vio. 

Aquel  che  ha   vivida  libre 
De  cruzar  por  donde  quiera. 
Se    afflige    y    se    desespera 
De  encontrarse  allí   cautivo. 
Es   un   tormento  muy  vivo 
Que   abate  la    alma    mas    fiera. 

En    esa    estrecha    prisión 
Sin   poderme  conformar. 
No  cesaba   de   esclamar 
¡Que  diera  yo   por   tener, 
En   caballo   en   que   montar 

Y  una    pampa    en   que  correr! 

Es   un   lamento   costante 

Se  encuentra  siempre  embretao — 

El    castigo    han     invcntao 

De  encerrarlo  en   las  tinieblas 

Y  allí   está    como   amarrao 

A    un    Berro    che    no    se    duebla. 

No  hay   un   pensamiento  triste 
Que  al  preso  no  lo  atormente — 
Bajo    un    dolor    permanente 
Agacha  al   fin   la  cabeza — 
Porque    siempre   es    la    tristeza 
Hermana   de   un    mal    presente. 

Vierten    lágrimas   sus   ojos 
Pero  su   pena   no  alivia; 
En    esa    costante    lidia 


Sin  un  momento  de  calma. 
Contempla  con  los  del  alma 
Felicidades  que  envidia. 

Nigun  consuelo  penetra 
Detras  le  aquellas  murallas — 
El  varón  de   mas   agallas. 
Aunque   mas  duro   que   un   pern  ►, 
Metido  en   aquel    infierno 
Sufre,  gime,  llora  y  calla. 

De  furor   el   corazón 
Se  la  quiere  reventar. 
Pero   no   hay    sino  aguantar 
Aunque  sosiego  no  alcance — 
;  Dichoso   en    tan    duro    trance 
Aquel   sabe  rezar !  — 

Dirige  á  Dios  su   plegaria 
El   que    sabe    una    oración ! 
En  esa  tribulación 
Gime    olvidado    del    mundo, 
Y  el  dolor   es   mas   projundo 
Cuando   no   halla   compasión. 

En  tan  crueles  pesadumbres, 
En  tan  duro  padecer, 
Empezaba  á  encanecer 
Después   de   muy    pocos    meses — 
Allí   lamenté   mil    veces 
No  baber  aprendido  á  1er. 

Viene  primero  el  furor 
Después  la  melancolía — 
En  mi  angustia  no  tenia 
Otro  alivio  ni   consuelo, 
Sino  regar  aquel  suelo 
Con   lágrimas    noche   y   día. 

A    visitar   otros    presos 
Sus   familias  solian   ir! 
Xaides  me  visitó  á  mi 
Mientras   estulx'  encerrado — 
¡Quién   iba   á   costiarse   allí 
A   ver   un  desamparado!! 

[Bendito  sea  el  carcelero 
Que  tiene  buen  corazón!  ! 
Yo  sé  que  esta  bendición 
Pocos  pueden  alcanzarla, — 
Pues  si  tienen  compasión 
Su  deber  es  ocultarla. 

.lamas  mi  lengua   podrá 
Espresar  cuanto  he   sufrido. 
En  ese  encierro  metido. 
Llaves,    paredes,    cerrojos —    . 
Se   graban  tanto   en   los   ojos 
(  'ue  uno  los  vé  hasta  dormido 


28 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


El  mate  no  se  permite — 
No  le  permiten  hablar, 
No  le   permiten   cantar 
Para   aliviar   su    dolor — 

Y  hasta  el   terrible  rigor 
üe  no  dejarlo  fumar. 

La  justicia   muy    severa 
Suele  rayar  en  crueldá: 
Sufre  el  pobre  que  allí  está 
Calenlurus  y  delirios. 
Pues   no   esiste   pior   martirio 
Que   esa   eterna    soledá.    ' 

Conversamos  oon  las  rejas 
Por  solo  el  gusto  de  hablar — 
Pero    nos    mandan    callar 

Y  es  preciso  conformarnos; 
Pues  no  se  debe  irritar 

A    quien    puede    castigarnos. 

Sin   poder  decir   palabra 
Sufre  en  silencio  sus  males — 

Y  uno  en  condiciones  lales 
Se  convierte  en  animal. 
Privan  del  don   principal 
Que   Dios   hizo   á  los   mortales. 

Yo  no  alcanzo  a  comprender 
Porque  motivo  será. 
Que   el  preso   privado  está 
De   los   dones   mas   preciosos 
Quel    el    justo    Dios    bondadoso 
Otorgó  á  la  humarada. 

Pues   que  de   todos   los   bienes. 
En  mi  incorancia   lo  infiero 
Que    le    dio    al    hombre    altanero 
Su  Divina  Magestá; 
La    palabra    es    el    primiero. 
El   segundo  la   es   amista. 

Y  es   muy   severa   la   ley 

Que  por  un  crimen  ó  un  vicio. 
Somete  al  hombre  á  un  suplicio 
El  mas  tremendo  y  atroz, 
Privado    de    un    beneficio 
Que  ha  recebido  de  Dios. 

La    soledá    causa    espanto — 
El  silencie  causa   horror — 
Ese    continuo    terror 


Es   el   tormento   mas   duro— 

Y  en  un  presidio  sigtiro 
Está    ciernas    tal    rigor — 

Inora    uno    si    de    allí 

Saldrá    pa   la    sepoltura — 

El   que   se    halla    en    desventura 

Rusca  á  su   latió  otro  ser; 

Pues    siempre   es    bueno    tener 

Compañeros  de  amargura. 

Otro  mas  sabio  poclrá 
Encontrar  razón  mejor. 
Yo    no   soy    rebuscador, 

Y  esta  me  sirve  de  luz; 
Se  los  dieron  al  Señor 
Al   clavarlo   en    una   cruz. 

Y  en  las   projundas   tinieblas 
En  que  mi  razón  esiste. 

Mi  corazón  se  resiste 

A  ese  tormento  sin  nombre — 

Pues    el    hombre    alegra    al    hombre 

Y  el   hablar   consuela   al    triste. 


Grábenlo   como   en    la    picara 
Cuanto  he  dicho  en  este  cauto- 

Y  aunque  yo   he  sofrido   tanto 
Debo  confesarlo  aquí; 

El  hombre  que  manda  allí 

Es    poco  menos    que    un    sanio 

Y  son  buenos  los  demás, 

A  su  ejemplo  se  manejan — 
Pero    por    eso    no    dejan 
Las    cosas    de    ser    tremendas; 
Piensen  todos  y  comprienrian 
El  sentido  de  mis  quejas — 

Y  guarden  en  su  memoria 
Con   toda   puntualidá. 

Lo  que  oon  tal  claridá 
Le    acabo   de    decir — 
Mucho  tendrán  que  sufrir 
Si  nó  eren  en  mi  Verdá; 

Y  si    atienden    mis    palabras 
No  habrá  calabozos   llenos — 
Manéjense    como    buenos; 
No  olviden   esto  jamas: 
Aqui   no  hay  razón  de  mas; 
Mas    bien    las    puse    de    1110, 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


29 


Y   coli  esto   me  despido 
Todos    han    de    perdonar — 
Ninguno  debe  olvidar 
La    historia  de    un   desgraciado 
Quien  ha  vivido  enserrado 
Foco  tiene  que  contar — 


EL  HI30  SEGUNDO  DE  MflHTIH  FIERRO 


13 


Lo  que   les   voy   á  decir 
Ninguno   lo   ponga    en   duda, 

Y  aunque  la  cosa  es  peluda 
Haré    la   resolución, 

Es    ladino   el    corazón 

Pero  la   lengua    no  ayuda. — 

El   rigor  d   olas   desdichas 
liemos    soporta.)    diez    a.', 
Pelegrinando  entre  estrafios 

Sin    tener   donde    vivir: 

Y  obligados    á    sufrir 
Una  máquina  de  danos. 

El   (pie   vive    de   ese    modo 
De  todos   es    tributario: 
Falta  el  cabeza  primar, 

Y  los  hijos  que  el  sustenta 
Se  dispersan  como  cuentas 
Cuando   se   corta    el    rosario. 

Yo  andubé  ansi  como  todos. 
Hasta  que  al   fin   de  sus  dias 
Supo  mi  suerte  una  tia 

Y  me  recogió  á  su   lado. 
Allí  vivi  sosega 

Y  de    nada    carecía. — 

No    tenia    cuidado    alguno 
Ni   que   trabajar   tampoco — 
.ni  muchacho  loco 

Lo    pasaba    de    holgazán; 
(Ion   razón  dice  e!   refrán 
Que    lo    bueno    dura    poco. 

Eli    mi    lodo    su    cuidado 

Y  su   cariño    ponía — 
Como  á  un   hijo  me  quería 
Con    cariño    verdadero — 

Y  me   nombré  de   lierede.ro 
De  los  bienes  que  tenía. — 

LI  .lúe/,  ¡no  sii  tardanza 

(litando    falleció    la    vieja — 
De    los    bienes    que    te   deja. 


Me  dijo    «yo  he  de  cuidar: 
«  Es  un  rodeo  regular 
«  Y  dos  majadas  de  ovejas 

Era  hombre  de  mucha  labia 
Con  mas  leyes   que   un  dotor — 
Me  dijo  «  vos  sos  menor 
Y   por   los    años   que   tienes 
No  podes  manejar  bienes, 
Voy   á    nombrarte    un   tutor    . 

Tomó  un  recuento  de  todo 
Porque  entendía  su   papel, 

Y  después    de    acquei    pastel 
Lo    tuvo    bien    amasao, 

Puso    al    frente    un    encargao. 

V  á  mi   me  llevó  con  él. — 

Muy  pronto  estuvo  mi  poncho 
Lo  mesmo  que  cernidor — 

El   chiripá   estaba    pior. 

V  aunque  para  el  frió  soy  guapo, 
Yo  no  me  quedaba  un  trapo 

Ni  pa  el  frió  ni  pa  el  cal 

En   tan  triste   desabrigo 

Tras  de  un   mes  iba  otro  mes — 

Guardaba  silencio  el  Ju 

La  miseria  ms   invadía — 

Me   acordaba    de    mi    tia 
Al    <ermr  en    cal   desnudes. 

Xo  sé  decir  con  fijesa 

LI  tiempo  que  pasé  allí — 

Y  después  de    andar   ansí 
(lomo  moro  sin   señor. 
Pase  á  poder  drl   tutor 
Que  debia  cuidar  di'  mi 


14 


Me   lievi'i   consigo    un    viejo 
Que  pronto  mostró  la  hilacha — 
Dejaba    ver    por    lá    facha 
Que  era  medio  cimarrón — 
Muy  renegao.  muy  ladrón, 
Y   le  llamaban    Viscacha. 

Lo  que  el  Juez  ¡ha  buscando 

Sospecho  y  no  me  equivoco — 

i 'ero   este    punto    no    toco 

Ni  su  secreto  averiguo — 

Mi  tutor  era   un  antiguo 

De    los    qtíé    ya    quedan    poros. 


30 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Viejo  lleno  de  camándulas 
Con  un  empaque  á  lo  toro; 
Andaba  siempre  en  un  moro 
Metido  no  sé  en  que  enriedos- 
Con  las  patas  como  loro. 
De  estribar  ente   los  dedos. 

Andaba  rodiao  de   perros 
Que  eran  todo  su  placer. 
Jamás   dejó   de    tener 
Menos  de  media  docena — 
Mataba  vacas  agenas 
Para  darles  de  comer. 

Carniabamos  noche  á  noche 
Alguna  res  en  el  pago; 

Y  dejando  alli  el  resago 
Alzaba   en   ancas   el   cuero. 
Que  se  lo  vendia  á  un  pulpero 
Por  yerba,  tabaco  y   trago. 

Ah!    viejo  mas   comerciante 
En  mi  vida  lo  he  encontrao — 
Con  ese  cuero  robao 
El  arreglaba  el  pastel. 

Y  allí  entre  el  pulpero  y  él 
Se  estendia  el  certificao. — 

La  echaba  de  comedido; 
En  las  lasquilas,   lo  viera. 
Se  ponia  como  una  fiera. 
Si  cortaban   una  oveja; 
Pero  de  alzarse  no  deja 
Un  vellón  ó   unas  tijeras. 

Una   vez  me   dio   una  soba 
Que   me   hizo    pedir   socorro. 
Porque  lastimé  un  cachorro 
En  el  rancho  de  unas  vascas — 

Y  al  irse  se  alzó  unas  guascas, 
Para  eso  era  como  zorro. — 

Ay    juna!    dije    entre    mi 
Me  has  dao  esta  pesadumbre — 
Ya   veras   cuanto    vislumbre 
Una  ocasión  medio  güeña, 
Te  he  de  quitar  la  costumbre 
De  cerdiar  yeguas  agenas. 

Porque  maté  una  viscacha 
Otra   vez   me   reprendió — 
Se  lo  vine   á  contar  yó — 

Y  no  bien  se  lo  hube  dicho — 
«Ni  me  núembres  ese  vicho» 
Me  dijo,   y   se   me  enojo. 

Al  verlo    tan    irritao 
Hallé  prudente  cailar — 
Este  me  vá  á  castigar 


Dige  entre  mi,   si  ne  agravia — 
Ya   vi   que   les   tenia   rabia 

Y  no   las    volví    á    nombrar. 

Una   tarde  halló  una  punta 
De  yeguas  medio   vichocas, 
Después  que  voltio  unas  pocas 
Las   cerdiaba   con   empeño — 
Yo  vide  venir  al  dueño 
Pero  me  callé  la  boca. 

El  hombre  venia  jurioso 

Y  nos  cayó  oomo  un  rayo — 
Se  descolgó  del   caballo 
Revoliando  el  arriador — 

Y  lo  cruzó  de  un  lazazo 
Ay  no  mas  á  mi  tutor. 

No  atinaba  don   Viscacha 
A  que  lado  disparar, 
Hasta  que  logró  montar 

Y  de  miedo  del  chicote, — 
Se  lo  apretó   hasta  el   oogote 
Sin    pararse   á   contestar. — 

Ustedes  creerán  tal  vez 

Que  el  viejo  se  curaría — 

No  señores,  lo  que  hacia, 

Con  mas  cuidao  dende  entonces, 

Era  mamarlas  de  día 

Para  cerdiar  á  la  noche. 

Ese  fué  el   hombre  que  estuvo 
Encargao  de  mi  destino — 
Siempre  andubo  en  mal  camino 

Y  todo  aquel  vecinario 
Decia  que  era   un  perdulario, 
Insufrible  de  dañino. — 

Cuando  el  Juez  me  lo  nombró 
Al  dármelo  de  tutor, 
Me  dijo  que  era  un  señor 
El  que  me  debía  cuidar — 
Enseñarme    á    trabajar 

Y  darme    la    educación. — 

Pero  qué  habia  de   aprender 
Al  lao  de  ese  viejo  paco; 
Q)ue  vivia  como  el  chuncaco 
En  los  bañaos,  como  el  tero — 
Un   haragán,   un  ratero, 

Y  mas  chilon  que   un  barraco. 

Tampoco  tenia  mas  bienes 
Ni  propiedá  conocida 
Que  una  carreta  podrida, — 

Y  las   paredes    sin   techo 
De  un  rancho  medio  desecho 
Que  le  servia  de  guarida. — 


LA  VCELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


31 


Después  de  las  trasnochadas 
Alli   venia   á   descansar — 
Yo  desiaba   averiguar 
Lo  que  tuhiera   escondido. 
Pero   nunca   habia   podido 
Pues  no  me  dejaba  entrar. 

Yo  tenia  unas  jergas  viejas 
Que  habian  sido  mas  peludas — 

Y  con   mis   carnes   desnudas. 
El   viejo  que   era    una   fiera. 
lie   echaba   á   dormir   ajuera. 
Con  unas  heladas  crudas. 

Cuando    mozo    fué    casao 
Aunque  yo  lo  desconfió — 

Y  decía  un  amigo  mío 
Que  de  arrebatan  y  malo. 
Mató  á  su  mujer  de  un  palo 
Porque  le  dio  un  mate  frió. 

Y  viudo  por  tal  motivo 
-Nunca   se   volvió   á   casal-; 
No   era    fácil    encontrar 
Ninguna  que   Lo   quisiera, 
Todos  temerían  llevar 

La  suerte  de   la  primera. 

Soñaba   siempre  con    ella 
Sin  duda  por  su  delito. 

Y  decía  el  viejo  maldito 

El  tiempo  que  es  tubo  enfermo. 
Que  ella  donde  el  miesmo  infiero 
Lo   estaba    llamando    á    gril >s. 


15 


Siempre    andaba    retoba 
Con  ninguno  solía  hablar — 
Se  divertía  en   escarbar 

Y  hacer  marcas  con  el  dedo — 

Y  cuanto  se  ponía  en  pedo 
Me    empezaba    aconsejar. — 

Me  parece  que  lo  veo 
Con  su  poncho  calamaco — 
Después  de  echar  un  buen  taco 
Ansí  principiaba  ¡i  hablar: 

•.lamas  Llegues  á   parar 

V  donde  veas  perros  flacos.» 

<  El  primer  cuidao   del   hombre 

Ks  defender  el    pellejo — 
Llévate   de    mi    consejo. 


Fíjate  bien  en  lo  que  hablo: 
El  diablo  sabe  por  diablo 
Pero  mas  sabe  por  viejo. » 

«Ilaccle  amigo  del  Juez 

No  le  des  de  que  quejarse;  — 

Y  cuando  quiera   enojarse 
Vos  te  debes  encojer. 
Pues  siempre  es  güeno  tener 
Palenque   ande  ir   á   rascarse. » 

Nunca  le  lleves   la  contra 
Porque  él  manda  la  gavilla— 
Alli  sentao  en  su  silla 
Ningún  güey  le   sale   bravo— 
A    uno  le  dá  con  el   clavo 

Y  á  otro  con  la  cantramilla. 

El    hombre,   hasta   el   mas   soberbio, 
Con   mas  espinas   que   un   tala. 
Aílueja  andando  en   la  mala 

Y  es  blando  como  mantera: 
Hasta  la  hacienda  baguala 
Cai  al  jagüel   en  la  seca. 

andes    cambiando    de    cueva, 
II  acó  las  que  hace  él  ratón— 
Consérvate    en    él    rincón       ., 
En  que  empezó   tu  e.sistencia — 
Naca  que  cambia  querencia, 
Se  atraza  en  la  parición. » 

«Y    menudiando    los    tragos 
Aquel  viejo,  como  cerro — 
No  olvides,  me  decía.  Fierro 
Que  el  hombre   no  debo  crer, 
En  lágrimas  de   mujer 
Ni  en  la  renguera  del  perro.» 

■  No  te  debes   afligir 

Aunque  el  mundo   se   desplome — 

Lo  que  mas   precisa   el   hombre. 

Tener,   según  yo  discurro, 

Es  la  memoria  del  burro 

Que  nunca  olvida  ande  come. » 

«Deja    que    caliente    el    horno 

El  dueño  del  amacijo — 

Lo  que  es  yo,  nunca  me  aflijo 

Y  á  todito  me  hago  el   sordo — ■ 
El   cerdo  vive    tan   gordo 

Y  se  come  hasta  los  hijos.» 

«El  zorro  que   ya   es  corrido 
Desde  lejos  la  olfatea — 
No  se  apure  quien  desea 
Hacer  lo  que   le  aproveche- 
La  vaca  que  mas  runiea 
Ks  la  que  dá  mejor  leche.» 


32 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


TU  que  gana   su   comida 
Bueno  es  que  en  silencio  coma 
Ansina,  vos  ni  por  broma — 
Querrás  llamar  la   atención 
Nunca    escapa   el    cimarrón 
Si  dispara  por  la  loma. » 

«Yo  voy  donde'  me  conviene 

Y  jamás   me   descarrio. 
Llévale  el  ejemplo   mío 

Y  llenaras  la  barriga; 
Aprende  de  las   hormigas, 
No  van  á  un  noque  vacio. » 


«Es   un   vicho  la   mujer 
Que  yo  aqui  no  lo  destapo, — 
Siempre  quiere  al  hombre  guapo, 
Mas  í'ijále  en  la  elección; 
Porque    licne   el    corazón. 
Como  barriga  ele  zapo.  ( 

Y   gangoso  con    la    l ¡-anca, 
Me   solia   deeir,    «potrillo. 
Recien   te  apunta  el  coi-millo 
Mas  te  lo  dice  un  toruno. 
No  dejes  que   hombre   ninguno 
Te  gane  el  lao  del  cuchillo. » 


El  viejo  Viscacha  dando  sus  consejos 


A   aaides  tengas   envidia, 
Es  muy  triste  el  envidiar, 
Cuando  veas  á  otro  ganar 
A  estorbarlo  no  le  metas — 
Cada  leclum  en   su   beta 
Ks    el  modo   de   mamar. 

«Ansi  se  alimentan   mi, 
Mientras  los  pobres   lo  pagan — 
Como  el  cordero  hay  quien  lo  haga 
En  la  puntita  no  niego — 
Pero  otros  como   el   borrego 
Toda  entera  se  la  tragan.  <> 

Si    buscas   vivir   tranquil  o 
Dedícate  á  solteriar — 
Mas  si  !c  queres  casar. 
Con    esta    alvertencia    sea 
Que  es  muy  difícil  guardar 
Prenda   que  otros   oodicean.» 


«Las   armas   son    necesarias 
Pero   naides  sabe   cuando; 
Ansina    si    andas,    pasiando, 
Y  de   noche   sobre   todo, 
Debé.s   llevarlo   de   modo 
Que   al   salir,    salga   cortando. 

«Los   que   no   saben   guardar 
Son  pobres  aunque  trabajen — 
Nunca   por   mas   que   se   atajen 
Se  librarán  del    cimbrón, — 
Al   que  nace    barrigón 
Es  al  ñudo  que  lo  t'aien. » 

«Donde  los  vientos  me  llevan 
A 11  i  estoy  como  en  mi  centro — 
Cuando  una  tristeza  encuentro 
Tomo  un  trago  pa  alegrarme; 
A   mi  me  gusta    mojarme 
Por  afuera  y  por  adentro. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


33 


•  Vos    sos    pollo,    y    te    convi 
Toditas  estas  razón 
Mis  consejos  y   lecciones 
No  ecln's   nunca   en  el  olvido — 
En  las  riñas  he  aprendido 
A  no  peliar  sin  puyones.» 

Con   estas   consejos    y   otros 
Que  yo  en   mi  memoria  encierro. 
Y    que   aqui    no   se   desentierro 
Educándome  seguía — 
Hasta  que  al  fin  se  dormía 
Mestura,  i  en  iré  los  perros. 


16 


Cuando  el   viejo    cayó  enfermo 
Viendo    yo    que    se    imploraba, 

Y  que  esperanza  no  daba 
De  mejorarse  siquiera — 
Le  truje  una  culandrera 
A    ver   si    lo   mejoraba. — 

En    cnanto    lo    vio    me    dijo: 
Este    no   aguanta    el   sogazo — 
Muy    poco  le  doy  de   plazo. 
Nos    va    á    dar    un    espectáculo. 
Porque   debajo  del    ¡¡razo 
Le    ha   salido    un    tabernáculo 

Dice  el   refrán   que  en  la   tropa 
Nunca    falta   un   gúey  corneta 
l  no  que  estaba  en  la  puerta 
Le    pegó    el    grito    ay    no    mas: 
Tabernáculo....  que  bruto, 

Un    tubérculo   dirás 

Al    verse  ansí    interrumpido 

Al   punto  dijo  el  cantor: 
No    me    parece    ocasión 
De  materse  los  de  ajuera. 
Tabernáculo,   señor. 
I.e  decía   la    culandrera 

El  de  ajuera  repitió 

Dándole   otro  chaguara/ 
Allá    vá    un    nuevo    bolazo 
Copo   y   se    la   gano  en   puerta: 
A    las    mujeres    (pie   curan 

» Se   les    llama    curanderas    . 

No    es    bueno,    dijo   el    cantor, 
Muchas    manos    en    un    plato, 

Y  diré   al    que   esc   barato 


Ha    lomao   de    entremetido 
Que   no  creía    haber   venido 
A    hablar   entre    liberatos— 

Y  para  seguir  contando 
Ea  historia  de  mi  tutor. 
Le    pediré    á    ese    dotor 

Que  en  mi  inorancia  me  deje. 
Pues  siempre  encuentra   el  que  teje 
Otro    mejor    tejedor. 

Seguía  enfermo  como  digo 
Cada  vez  mas  emuerrao — 
Yo   estaba    ya    acobardao 

Y  lo  espiaba   tiende  lejos: 
Era  la  boca  del  viejo. 

Ea   boca  de   un  condena 

Alia    pasamos    los   dos 
Noches    terribles    de    invierno — 
El   maldecía  al    Padre  Eterno 
("orno    a    los    sanios    benditos — 
Pidiéndole    al   diablo   á    gritos 
Que  lo  llevara   al   infierno. 

Debe   ser   grande    la    culpa 
Que    á    tal     punto    mortifica — 
Cuando   via    una    reliqi 
Se  poma  com>  azogado, 
Como  si   á    un  endemoniado 
Ee  echaran   agua    bendita. 

Nunca  me  le  puse  á  tiro, 
Pues    era    de    mala    entraña. 

Y  viendo    herejía    tamaña— 
Si    alguna    cosa    le    daba. 
De    lejos    se     la    alcanzaba 
En   la   punía   de   una  caña. 

Será    mejor,   decía    ya. 

Que  abandonado  lo  deje 

Que    blafcme   y    que   se   queje — 

Y  que  siga  de  esta  suerte, 
Hasta    que    venga     la    muerte 

Y  cargue   con    este    Hereje, 

Cuando    ya    no    pudo    hablar 

Ec  até  en   la   mano  un  cencerro— 

Y  al    ver  cercano  su   entierro, 
Arañando    las    paredes 
Espiro  allí  entre  los  perros 

Y  este    servidor    úc    ustedes. 


34 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


17 


Le   cobró    un    miedo    terrible 
Después  que  lo  vi  dijunto — 
Llamé   al   Alcalce,    y   al   punto, 
Anompafiado   se    vino 
De  tres   ó   cuatro  vecinos 
A  arreglar  aquel   asunto. 

Anima   bendita      dijo 
Un  viejo  medio  ladiao— 
«  Que  Dios  lo   haiga  perdón  ao, 

Es    todo    cuanto    deseo — 

Le  conocí  un  pastoreo 

De  terneritos  robaos». 

«  Ansina  es,  dijo  el  Alcalde, 
Con  eso  empezó  á  poblar — 
Yo    nunca    podré    olvidar 
Las   traversuras    que    hizo; 
Hasta  que  al  fin  fué  preciso 
Que  le   privasen   carniar». 

«  De  mozo  fué  muy  ginete 
No  lo  bajaba  un  bagual — 
Pa  ensillar  un  animal 
Sin    necesitar    de    otro, 
Se  encerraba  en  el  corral 

Y  alli   galo  piaba   el  potro  » . 

«  Se   llevaba   mal    con    todos— 
Era   su  costumbre  vieja 
El  mes  turar  las  ovejas, 
Pues   al    hacer    el   aparte 
Sacaba   la   mejor    parle 

Y  después   venia   con  quejas». 

« Dios   lo  ampare    al   probecito 
Dijo   en   seguida    un  tercero, 
Sempre    robaba  carneros. 
En  eso  tenia  destreza — 
Enterraba    las    cabezas. 

Y  después    vendía    los    cueros  » . 

« Y   que   costumbre    tenia 
Cuando  en  el   jogon  estaba — 
Con  el  mate  se  agarraba 
Estando    los    piones    juntos — 
Yo  tayo,  decia,   y  apunto, 

Y  á    ninguno    convidaba  » . 

«  Si  ensartaba  algún  asao 
Pobre!  como  si  lo  viese! 
Poco    antes    de    que    ostubiese, 


Primero   lo    maldecía 
Luego  después  lo  escupía 
Para    que    naides    comiese    . 

« Quien    le   quitó    esa   costumbre 
De  escupir  el    asador 
Fué  nn  mulato  resertor 
Que  andaba  de  amigo  suj 
Un  diablo,  muy   peliador 
Que  le  llamaban  barullo. — 

« Una   noche   que    les   hizo 
Como  estaba  acostumbra  >. 
Se  alzó  el  mulato  enojao, 

Y  le  gritó    «  viejo  indino. 
« Yo  te   he   de   enseñar,   cochino. 
i  A   echar  saliva    al  asao  » .  , 

«  Lo  saltó  per  sobre  el  juego 
«Con  el  cuchillo   en  la  mano: 
[La    pucha   el    pardo    liviano! 
En  la  mesma  atropellada 
Le   largó   una   puñalada 
Que  la   quitó   otro  paisano». 

Y  ya  caliente   Barullo, 
Quiso  seguir  la  chacota. 
Se   la    habia    erizao   la   mota 
Lo   que   empezó    la   reyerta: 
El    viejo   ganó    la   puerta 

Y  apeló  á  las  de  gaviota  » . — 

« De  esa  costumbre  maldita 
Dende   entonces    se    curó, 
A  las  casas   no  volvió 
Se  metió  en    un  cicuta!; 
A  allí  escondido  pasó 
Esa   noche   sin   cenar    . 

Esto   hablaban  los    presentes — 

Y  yo  que   estaba   á   su   lao 
Al   oh-  lo   que  he  relatao, 
Aunque  él  era  un  perdulario, 
Dije  entre   mi    « que   rosario 
Le  están  resando  al  tinao  » . 

Luego  comenzó  el  alcalde 
A  registrar  cuanto  habia. 
Sacando  mil  chucherías 

Y  guascas    y    trapos    viejos. 
Temeridá   de   trevejos 

Que    para    nada     servían. — 

Salieron  lazos,  cabrestos. 
Coyundas  y  mamadores— 
Una  punta  de  amadores; 
Cinchones,  maneas,  torzales, 
Una  porción  de   bozales 

Y  un  montón  de  tiradores. 


LA  VUELTA  DE  MARTÍN  FIERRO 


35 


I  labia  riendas   de    domar. 
Frenos   y   estribos    quebraos; 
Piolas,    espuelas,    recaos. 
Unas    pavas,    una    ollas. 

Y  un    gran    manojo   de    argollas 
De  cintas    que    babia   cortao. 

Salieron    varios    cencerros — 
Alesnas,   lonjas,   cucbillos. 
Unos  cuantos   cojinillos. 
Un    alto  de    gergas   viejas. 
Muchas  botas  desparejas 

Y  una    infinida    de    anillos. 

Había    tarros    de    sardinas. 
Unos  cueros  de  venao — 
Unos    ponchos    augeríaos — 

Y  en   tan    tremendo   entrevero 
Apareció    basta    un    tintero 
Que  se  perdió  en  el  Juzgao 

Decía    el   Alcalde    muy   serio 
«  Es  poco  cuanto  se  diga. 
•  Había    sido   como    hormiga, 
«  He  de  darle  parte  al  Jue 
i  Y    que    me    venga    después 
<  Conque  no  se  los  persiga    . 

Yo    estaba    medio    azoran 
De    ver    lo    que   sucedía — 
Entres    ellos    mesmos    decían 
Que    unas    prendas     eran    suyas. 
Pero   á   mi    me   parecia 
Que  esas  eran  aleluyas. 

Y  cuando  ya   no  hubieron 
Rincón   donde   registrar. 
Cansaos   de    tanto    humoriar 

Y  de    trabajar    de    valde. — 
Yamosmos.   dijo  el   Alcalde 

«Luego  lo  haré    sepultar». 

Y  aunque  mi   padre  no  era 

i  tuerto  de  ese  hormiguero, 
Kl    allí   muy    carirtero 
Me  dijo  con  muy  buen  modo: 
Vos    serás  el  beredero 
Y    te    liarás    cargo  de   todo » . 

Se    ha    de    arreglar   este   asunto 
Lomo  es   preciso   que 
Voy    á     nombrar     albacea 

Uno  de  los   circunstantes — 

Las  cosas  no  son  como  antes 
■   Tan  entrenadas  y  i  cas 

Bendito    Dios!    pensé    yo, 
Ando   como    un    pordiosero, 

Y  me  nuembran   heredero 


De   toditas   estas    guascas — 

Quisiera   saber   primero 

Lo  que  se  han  hecho  mis  vacas! 


18 


Se  largaron  como   he  dicho 
A  disponer  el  entierro — 
Cuando  me  acuerdo   me  aterro, 
Me  puse  á  llorar  á  gritos 
Al  verme  allí   tan  sólito 
Con   el    tinao    y  los   perros. 

Me   saqué    el    escapulario 
Se   lo    colgué    al    pecador — 

Y  como   hay   en   él   Señor 
Misericordia   infinita, 
Rogué  por  ¡a  alma  bendita 
Del   que  antes    jué   mi   tutor. 

e  calmaba  mi  duelo 
De  verme  tan   solitario — 
Ay   le  champurrié    un   rosario 
Como  si  juera  mi  padre — 

indo   el   escapulario 
Que  me  había  puesto  mi  madre. 

Madre  mía    gritaba    yo 

Donde   andarás    padeciendo— 
El  llanto  que  estoy  virtiendo 
Ix>  redamarlas   por   mi, 
Si    vieras    á    tu    hijo   aquí 
Todo  lo  que  está  sufriendo. 

Y  mientras  ansí  clamaba 
Sin   poderme  consolar — 
Los    perros    para    aumentar 

Mas   mi   miedo   y   mi  tormento — 
En    aquel    mesmo    momento 
Se  pusieron  á  llorar. — 

Libre  Dios  á   los  presentes 
De  que  sufran  otro  tanto; 
Con  el   muerto  y  esos  llantos 
Les  juro  que   falta  poco 
Para   que   me    vuelva   loco 
En    medio   de    tanto   espanto. 

Decían    entonces    las    viejas 
Como   que   eran    sabedoras. 
Que  los  perros  cuando  lloran 
lis    porque   ven    al   demonio; 
Yo  creía  en  el  testimonio 
Como  eré  siempre  el  qoe  inora. 


36 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


A  y  deié  que  los  ratones 
Comieran  el  guasquerío — 
Y  como  anda  á  su  albedrio 
Todo  el  que  güerfano  queda- 
Alzando  lo  que  era  mió 
Abandoné  aquella  cueva 


19 


Supe   después   que    esa   tarde 
Vino  un  pión  y  lo  enterró — 
Ninguno  lo  acompañó 
Ni    lo   velaron    siquiera — 

Y  al  otro  dia  amaneció 
Con    una   mano    dejuera. 

Y  me   lian    contado  ademas 

El  ghauco  que  hizo  el  entierro. 

Al  recordarlo  me  aten», 

Me   dá    pavor    este    asunto, 

Que  la  mano  del  di  junto 

Se   la    habia    comido   un   perro. 

Tal  vez  yo  tuve  la  culpa 
Porque  de  asustao  me  fui — 
Supe  después   que   volvi, 

Y  asigurarselos    puedo, 
Que  los  vecinos  de  miedo 
No  pasaban  por   allí — 

Hizo  del  rancho  guarida 
La    sabandija    mas     sucia ; 
El  cuerpo  se  despeluza 

Y  hasta  la   razón  se  altera, 
Pasaba  la   noche   entera 
Chillando  allí  una  lechuza 

Por  mucho  tiempo   no  pude 
Saber  lo  que    me   pasaba — 
Los  trapitos  con   que  andaba 
Eran    puras    hojarascas — 
Toda    las   moches    soñaba 
Con   viejos,    perros    y    guaseas. 


Andube  á  mi   volunta 
Como  moro  sin  señor — 
Ese    fué    el    tiempo   mejor 
Que  yo  he  pasado  tal  vez- 
De  miedo  de  otro  tutor — 
Ni  aporté  pnr  lo  del  .lacz— 

«Yo  cuidaré,    me    habia   dicho, 

«  De  lo  de  tu  propiedá — 

«  Todo    se    conservará 

«  El  vacuno  y  los  rebaños 

«  Hasta  que  cumplas  30  años 

«  En  que  seas  mayor  de  edá. — 

Y  aguardando  que   llegase 
El  tiempo  que  la  ley   fija- 
Pobre    como    lagartija 

Y  sin  respetar  á  naides, 
Anduve  cruzando,  el  aire 
Como  bola   sin   manija. 

Me  hice  hombre  de  esa  maneja. 
Bajo  el  mas  duro  rigor — 
Sufriendo  tanto  dolor 
Muchas  cosas  aprendí 

Y  por  fin   vítima  fui 

Del    mas   desdichado    amor. 

De  tantas  alternativas 
Esta  es  la  parte  peluda — 
Infeliz  y  sin  ayuda 
Fué  estremando  mi   delirio, 

Y  causaban    mi    martirio 
Los    desdenes    de    una    viuda. 

Llora    el    hombre     ingratitudes 
Sin    tener    un     j  andamento, 
Acusa  sin  miramiento 
A  la  que.  el  mal  le  ocasiona 

Y  tal   vez    en  su   persona 
No  hay  ningún  merecimiento 

Cuando  yo  mas   padecía 
La   crueldá    de    mi    destino — 
Rogando  al  poder  divino 
Que  del   dolor    me  separe— 
Me  hablaron  de    un  adivino 
Que  curaba   esos   pesares. — 

Tuve  recelos  y  miedos 
Pero   al    fin    me   disolví — 
Hice  coraje  y   me  fui 
Donde,  el   adivino  estaba, 

Y  por    ver    si    me   curaba 
Cuanto   llevaba    le    di.— 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIKKRO 


37 


Me    puse   al    contar    mis    penas 
Mas  colorao  que  un  tomate — 

Y  se  me  añudó  el  gaznate 
Cuando  dijo  el    hermitaño — 

Hermano,  le  han  hecho  daño 

Y  se  lo  han  hecho  en  un  mate    . 

Por   verse   libre    de   usté 
Lo    habrán    querido    embrujar » 
Después    me  ampezó  á  pasar 
Una    pluma   de   avestruz — 

Y  me   dijo:     *  de  la   Cruz 
Recibí   el   don    de  curar    . 

Debes   maldecir,   me   dijo, 
A    todos    tus    conocidos 
Ansina   el    que    te    ha  ofendido 
Pronto   estará   descubierto — 

Y  deben    ser    maldecidos 
«Tanto   vivos    como    muertos 

Y  me   resetó   que  hincao 
En   un  trapo  de  la  viuda 
Frente   á    una    planta  de  ruda 
Hiciera    mis   (naciones. 
Diciendo.      no  tengas  duda 

Eso   cura    las    pasiones 

A  la  viuda  en  cuanto  pude 

I  ii  trapo  le  manotié;  — 
Busqué   la   ruda   y  al    pié 
Puesto  en   cruz    hice  mi   ; 

Pero,  amigos,  ni  por  eso 

Di     mis    males    me   curé.— 

Me  recetó  otra  ocasión 
Que  comiera  abrojo  chico 
Él    remedio   no   me  esphV 

Mas  por  desechar   el   mal 

Al    ñudo  en    un   abrojal 

Fi  á  ensangrentarme  el  hocico. 

Y  con   tanta    meoceína 

Me   parecía   que   sanaba:  — 
Por  momentos  se   aliviaba 
("n  poco  mi   padecer, 

Mas   si    á    la   viuda   encontraba 
Volvía    la    pasión     á    arder: 

otra  vez  (¡lie  consulté 
Su   saber   est  i-ordinario. 
Recibió    bien   su    salario. 

Y  me  recetó  aquel  pillo 

Que   me  colgase    tres   grillos, 
l'.nsartaos    como    rosario — 


Por   fin   la    última  ocasión 
Que  por  mi  mal  lo  t'i  á  ver — 
Me   dijo-     No,   mi    saber 
No   ha   perdido   su   virtú, 
Yo   le  daré   la  salú 
Na    triunfará   esa    mujer. 

Y  tené  le  en  el  remedio 

Pues  la  cencía   no  es  chacota. 
«  De  esto  no  entendés  ni  jota. 
Sin  que  ninguno  sospeche. 
Córlale  á  un   negro  tres  motas 

Y  haCélas  hervir  en  leche.» 

Yo   andaba  ya  desconfiando 
De   la   curación    maldita — 

Y  dije  este    no   me   quila 
La    pasión    qué    me   domina: 

«  Pues  que  viva   la  gallina 
Aunque  sea  con   la  pepita. 

Ansi   me  dejaba   andar 
Hasta  (pie  en   una  ocasión, 

El  cura  me  echó  un   sermón, 
Para  curarme  sin  duda; 
Diciendo  que  aquella  viuda 
Era  hija  de  conficion. — 

Y  me   dijo    estas    palabras 
Que  nunca  las  he  olvidao — 

Has    de    saber    que   el    finao 
Ordenó  en  su    testamento 
Que    naides   de    casamiento 
Le    hablara    en    lo   sucesivo — 

Y  ella  prestó  el  juramento 
Mientras    él    estaba    vivo. 

Y  es  preciso  que  lo  cumpla 
Porque  ansi  lo  manda  Dios. 
Ks    necesario    que    vos 

No  la  vuelvas  á  buscar, 
Porque  si   llega   á   faltar 
Se   condenarán   los    dos. 

Con  semejante  alvertencia 

Se  completó  mi    redota; 
Le  vi  los  pies  á  la  sota. 
■\    me  le  ajelé  á   la  viuda 
Mas  curao  que  con  la  ruda 
Con  los  grillos  y  las  motas. 

Después  me  contó   un  amigo 

Que  al  Juez  le  había  dicho  el  cura 
Que  yo  era    un  cabeza  dura 

Y  que  era    un   mozo  perdido. 
Que  me  echaran  del  partido 
Que  no  tenia   compostura. 


38 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  El  ERRO 


Tal  vez  por   ose  consejo 

Y  sin   que    mas  causa   hubiera. 
Ni  que  otro  motivo  diera— 
Me  agarraron  redepente 

Y  en  el  primer  contingente 
Me  echaron  a  la  frontera. 

De   andar   persiguiendo   viudas 
Me  he  curado  del  deseo, 
En  mil  penurias  me  veo — 
Mas  pienso  volver  tal  vez, 
A  ver  si  sabe  aquel  Juez 
Lo  que  se  ha  hecho  mi  rodeo. 


20 


Martin  Fierro  y  sus  dos  hijos 
Entre  tanta  concurrencia 
Siguieron  con  alegría 
Celebrando  aquella  fiesta. 
Diez   años,   los   mas  terribles 
Habia  durado  la  ausencia 

Y  al  hallarse   nuevamente 
Era  su  alegría  completa. 
En  ese  mesmo  momento 
Uno  que  vino   de   afuera, 
A  tomar  parte  con  ellos 
Suplicó  que  lo  almitieran. 
Era  un  mozo  forastero 

De  muy   regular    presencia, 

Y  hacía  poco  que  en  el  pago 
Andaba  dando  sus  güeltas, 
Aseguraban  algunos 

Que  venia  de  la  frontera, 
Que  habia  pelao   á  un  pulpero 
En  las  últimas  carreras. 
Pero  andaba  despilchao 
No  traía  un  prenda  buena, 
Un  recadito  cantor 
Daba  fe  de   sus  pobrezas — 
Le  pidió  la  benedicion 
Al  que  causaba  la  fiesta 

Y  sin  decirles   su   nombre 
Les   declaró  con    franqueza 
Que  el   nombre   de   Picardía 
Es  el  único  que  lleva 

Y  para  contar  su  historia 
A  todos  pide  licencia 
Diciéndoles   que  en   seguida 
Iban  á  saber  quien  era. 
Tomó  al  punto  la  guitarra, 
La  gente  se  puso  atenta, 

Y  ansí  cantó    Picardía 

En  cuanto  templó  las  cuerdas." 


21 


l'ICAHDIA 


Voy   á  contarles    mi   historia 
Perdónenme  tanta  charla — 

Y  les  diró  al  principiarla. 
Aunque  es  triste  hacerlo  asi 
A  mi  madre  la  perdí 
Antes  de  saber  llorarla. 

Me  quedé  en  el  desamparo, 

Y  al  hombre  que  me  dio  el  ser 
No  lo  pude  conocer 

Ansí,   pues,   dende    chiquito. 
Volé  como  el  pajarito 
En  busca  de  que  comer. 

O   por  causa   del  servicio 
Que  tanta  gente  destierra— 
O  por  causa  de  la  guerra 
Que  es  causa   bastante  seria, 
Los  hijos  de  la  miseria 
Son  muchos  en   esta   tierra. 

Ansi,  por  ella  empujado 
No  sé  las  cosas  que  haria 

Y  aunque  con  vergüenza  mia, 
Debo   hacer   esta   alvertencia, 
Siendo  mi  madre  Inocencia 
Me   llamaban    Picardía. 

Me  llevó  á  su  lado  un  hombre 
Para  cuidar  las  ovejas — 
Pero  todo  el  dia  eran  quejas 

Y  guazcazos   á  lo  loco, 

Y  no  me  daba  tampoco 
Siquiera   unas  jergas  viejas. 

Dende  la  alba   hasta  la  noche, 
En  el  campo  me  tenia — 
Cordero  que  se  moria. 
Mil    veces    me    sucedió — 
Los  caranchoe  los  comian 
Pero  lo  pagaba  yo. 

De  trato  tan  riguroso 
Muy  pronto  me   acobardé — 
El   bonete  me   apreté 
Buscando  mejores  fines, 

Y  con  unos  bolantines 
Me  fui  para  Santa  Fé. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


39 


El    pruebista    principal 
A  enseñarme  me  tomó — 

Y  ya  iba  aprendiendo  yó 
A  bailar  en  la  maroma. 
Mas  me  hicierom    una   broma 

Y  aquello  me  indijustó. 

Una  vez  que   iba  bailando; 
Porque  estaba  al    calzón  roto 
Armaron   tanto  alboroto 
Que  me  lucieron  perder  pié: 
De  la  cuerda    me  largar 

Y  casi    me    descogolo. 

Ansí  me  encontré  de  nuevo 
Sin    saber   donde    meterme — 

Y  ya    pensaba     volverme 
Cuando  por  fortuna  mia. 
Me  salieron  unas  tías 
Que  quisieron  recogerme. 

(Ion  aquella  parentela, 

Para  mi  desconocida. 

Me  acomodé  ya  en  seguida. 

Y  eran  muy  buenas  señoras; 
Pero  las  mas    rezadoras 

<,>ue  he  visto  en  toda  m¡   vida. 

Con  el  (oque  de  oración 

Ya  principiaba  el  rosario;  — 
Noche  á  noche  un  calendario 
Tenían    ellas   que    decir. 

Y  á  rezar  solían  venir 
Muchas  de  aquel  vecindario 

Lo  que  allí  me  aconteció 
Siempre  lo  he   de  recordar — 
Pues    me    empiezo    á    equivocar 

Y  á  cada    paso  reíalo — 
Como  si  me  entrara  el  malo 
Cuanto  me  hincaba  a  rasar. 

Era  como  tentación 

Lo  que  yo   esperimentc— 

Y  jamás  olvidaré, 
(nanto   tuve   que    sufrir, 
l'orque  no  podía   decir 

Artículos    de    la     Fé 

Tenia  al  lao  una  mulata 
Que    era    nativa   de    allí — 
S«-    hincaba    cerca    de  mi 
Como  el   ángel   de  la  guarda — 
Picara,  y  era  la  parda 
La   (pie  me  tentaba  ansí. 

Rcsá   dijo   mi    tia. 
Xrtículos  de  la   I  Y- 
Quise    hablar   y    me   atoré. 


La   dificulta  me    aflijé — 
Miré  á  la   parda,  y  yo  dije 
Artículos    de    Santa    Fé 

Me  acomodó  el    coscorrón 
Que  estaba  viendo  venir — 
Yo  me  quise  corregir. 
A  la  mulata  miré 

Y  otra  vez  volví  á  decir 
«  Artículos   de  Santa  Fé 

Sin  dificulta  ninguna 

Resaba  todito  el    día, 

Yl  á  la  noche  ne  podía 

Ni  con  tin   trabajo  inmenso; 

Es  por  eso  que  yo  pienso 

Que  alguno  me  tentaría. 

Una  noche  de  tormenta, 

Vi  á  la  parda  y  me  entró  chuche 
Los  ojos — me  asusté  mucho. 
Eram  como  refocilo: 
Al    nombrar    á    San   Camilo, 
Le  dije  San   Camilucho. 

Está -me  dé  con  el  pié 

Aquela  otra  con  el  codo — 
Ah!   viejas. — por  ese  ni 
Aunque  de   corazón    riera  », 
Yo  las  mandaba  al   infiera  i 
Con  oraciones  j    t  do! 

Otra  vez  que  como  siempre 
La  parda    me    perseguía 
Cuando  yo  acordé,  mis  tías 
Me    habían    saeao    un    mech  ni 
Al  pedir  la  estirpacion 
De  todas  las   heregías 

Aquella    parda    maldita 
Me   tenia  medio  afligido, 

Y  ansí,    me    habia    sucedido, 
Que  al  decir  estirpacion  — 
Le  acomodé  entripacion 

Y  me  cayeron   sin  ruido — 

II  recuerdo  y  el  dolor 
Me  duraron  muchos  «lias 
Soñé  con  las  haregías 
Que  andaban  por   eslirpar 

Y  pedia  siempre   al  rasar 
La  estirpacion  de  mis  tías. 

Y  dale  siempre    rosarios, 
Noche  á   noche   y   sin  cesar— 
Dale    siempre    barajar 
Salves,  trisagios  y  credos, 

Me  aburrí  de  esos  enríedos 

Y  al   fin    me  mandé  mudar. 


40 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


22 


Andube   como   pelota, 

Y  mas  pobre  que  una  rata — 
(>uando  empecé  á  ganar  plata 
Se  armó  no  sé  qué  barullo — 
Yo  dije:    á  tu  tierra  grullo 
Aunque  sea  con  una  pala. 

Eran  duros   y    bastantes     # 
Los  años  que   allá  pasaron — 
Con  lo  que  ellos  me  enseñaron 
Formaba   mi   capital — 
Cuanto  vine  me  enrolaron 
En   la   Guardia    Nacional. 

Me  había  ejercitao  al  naipe. 
El  juego  era  mi  carrera; — 
Hice    alianza    verdadera 

Y  arreglé    una    trapisonda 
Con  el  dueño  de  una  fonda 
Que  entraba  en  la  peladera. 

Me  ocupada  con   esmeró 
En  floriar  una   baraja — 
El  la  guardaba  en  la  caja 
En  paquetes  como   nueva; 

Y  la  media  arroba  lleva 
Quien    conoce    la    ventaja 

Comete  un  error  inmenso 
Quien  de  la  suerte  presuma ; 
Otro  mas  hábil  lo  fuma. 
En  un  dos  por  tres,  lo  pela ;  — 

Y  lo  larga  que  no  vuela 
Porque  le  falla   una  pluma. 

Con  un  socio  que  lo  entiendo 
Se  arman  partidas  muy  buenas 
Queda   allí  la  plata  agena. 
Quedan  prendas  y  botones:  — 
Siempre  caen  á  esas  riunion.es 
Sonaos  con  las   manos  llenas. 

Hay    muchas    trampas    legales, 
Recursos  del  jugador — 
No   cualquiera  es    sabedor 
A  lo  que  un  naipe  se  presta — 
Con  una  cincha  bien  puesta 
Se  la  pega    uno  al  mejor. 

Deja   á   veces    ver  la    boca 
Haciendo  el   (pie   se  descuida  - 
.1  nega  el  otro  hasta  la  vida 


Y  es  seguro  que  se  ensarta, 
Porque  uno  muestra   un  caria 

Y  tiene  otra  prevenida. 

Al    monte,    las     precauciones 
No  han  de  olvidarse  jamas- 
Debe  afirmarse  á  demás 
Los   dedos   para    el   trabajo — 

Y  buscar  asiento  bajo 
Que  le  dé  la  luz  de  atrás. 

Pa  layar,  tome   la  luz — 

Dé   la    sombra    al    alversario — 

Acomódese    al    contrario 

En  todo  juego  cartiao — 

Tener  ojo  ejercitao 

Es   siempre   muy    necesario. 

El  contrario  abre  los  suyos, 
Pero  nada  vé  el  que  es  ciego- 
Dándole  soga  muy  luego 
Se  deja  pezcar  el  tonto — 
Todo  chapetón  cree  pronto 
Que  sabe  mucho  en  el  juego. — 

Hay  ombres   muy    inocentes 

Y  que  á   las  carpetas  van — 
Cuando   asariados  están, 
Les    pasa    infinitas    veces. 
Pierden  en  puertas  y  en  treses, 

Y  dándoles    mamarán. 

El   que   no   sabe,   no  gana 
Aunque  niegue  á   Santa  Rita. — 
En  la  carpeta  á  un  mulita 
Se  le  conoce  al  sentarse— 

Y  conmigo,  era   matarse. 

No  podían  ni    á  la   mancliila. 

En  el   nueve   y  otros  juegos 
Llevo  ventaia  no  poca — 

Y  siempre  que  dar  me  toca 
El  mal  no-  tiene  remedio. 
Porque  sé  sacar  del  medio 

Y  sentar  la  de  la  boca. 

En  el  truco  al  mas  pintas 

Solía  ponerlo  en   apuro; 
Cuando   aventajar    procuro. 
Sé  tener,  como  fajadas. 
Tiro  á  tiro  el  as  de  espadas 
0   flor,  ó  envite  seguro. 

Yo  sé  defender  mi  piala 

Y  lo  hago  como  el  primero, 
El  que  ha  de  jugar  dinero 
Preciso  es  que   no  se  atonte — 
Si  se  armaba  una  de  monte, 
Tomaba    parle   el    fondero 


LA  YCHLTA  DM  MARTIN  FIKRRO 


41 


l'n  pastel,  como  un  paquete. 
Sé  llevarlo  con  limpieza: 
Desde  que  á  salir  empiezan 
No  hay  carta  que  do  recuerde; 
Sé  cual  se  gana  ó  se  pierde 
En  cuanto  cain  á  la  mesa. 

También    por    estas    jugadas 
Suele  uno  verse  en  aprietas;  — 
Mas  yo  do  me  comprometo 

Porque  sé   hacerlo    con   arte. 

Y  aunque  les   corra  el  descarte 
No  se  descubre   el   secreto. 

Si  me  llamaban  al  dao 
Nunca  me  solia  fallar 
Un  cafgddo  que  largar, 

Un  cruzao  para  el  mas  vivo; 

Y  basta  atracarles  un  chivo 
Sin    dejarlos    maliciar. 

Cargaba  bien  una  taba 
Porque  la  sé  manejar; 
No  era  manco  en  el  billar. 

Y  por  fin  de  lo  que  esplico. 
Digo  que  basta  con  pichicos. 
Era  capaz  de  jugar. 

Hs  un  vicio  de  mal  fin, 
Kl  de  jugar,  no  lo  ni. 
Todo  el  que  vive  del  juego 
Anda  á  la  pezca  de  un  bol: 

Y  es  sabido  que  es  un  robo 
Ponerse    á    jugarle    á    un    c¡ 

Y  esto  di»  i   claramente 

Porque  he  dejao  de  jugar; 

Y  les  puedo  asigurar 

(lomo  que  luí  del  oficio — 

Mas  cuesta   aprender    un   vicio 

Une  aprender  á   trabajar. 


23 


Un   ñapóles   mercachifle 

Que    andaba    con    un    arpista. 
Cayó  también  en   la  lista 
Sin   dificulta   ninguna: 
Lo  agarré  á   la   treinta  y  una 
Y  le  daba   bola  vista. 

Se    vino    haciendo    el    chiquito, 

Por  sacarme  esa   ventaja; 

En  el  pantano  se  encaja 


Aunque  robo  se  le  hacia — 
Lo  cegó  Santa   Lucia 

Y  desocupó   las    cajas. 

Lo    hubieran    visl  >    afligido 
Llorar  por  las  chucherías — 

Ma  ganao  con  picardía 
Decía  el  gringo  y  lagrimiaba, 
Mientras  yo  en  un  poncho  alzaba 
Todita  su  mercheria. 

Quedó  allí  aliviao  del  peso 
Sollozando    sin    consuelo. 
Había  caído  en   el  anzuelo 
Tal   vez   porque   era  domingo, 

Y  esa   calida   de   gringo 
No  tiene  santo  en  el  ciclo. 

Pero  poco  aproveché 
De  fatura  tan   lucida: 
El  diablo  no  se  descuida. 

Y  á  mi  me  seguía  la  pista 
Un  flato  muy  enredista 
Que  era  Oficial  de  partida. 

Se  me  presentí)  á     esigir 

i.a  multa  en  que  había  incurrido, 

Que  el  juego  estaba  prohibido 

Que  iba  á  llevarme  al   cuartel — 

Tuve  que  partir  con  él 

Todo   lo  (pie    había   alquirído. 

Empecé  á   tomarlo   entre  ojos 
Por   esa    albítraríedá; 
#Yo    había   ganao.    es    verdá. 
Con  recursos,  eso  sí: 

Pero  él   me  ganaba  á  mi 
Fundan  en  su  autoridá. 

I  leeian  que  por  un  delito 
Mucho  tiempo  andubo  mal; 
l'n    amigo    servicial 
Lo  compuso  con  el  Juez, 

Y  poco  tiempo  después 

Lo  pusieron  de  oficial. 

Ln  recorrer  el   partido 
Continuamente   se   empleaba, 

Ningún    malevo    agarraba 
Pero  traía  en   un  carguero. 
Gallinas,    pavos,   corderos 

Que  por  hay  reootetaba. 
No  si>  debía   permitir 

El   abuso  á  Tal  estrene >: 
Mes  á  mes   hacia  lo  mesmo. 

Y  ansí  deeia   el   vecindario. 
Este  ñato  perdulario 

I  la    resucitao  el   diezmo. 


42 


l.\  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


La  echaba  de  guitarrero 

Y  hasta  de   concertado-i* : 
Sentao  en  el  mostrador 

Lo  hallé  una  noche  canlando- 

Y  le  dije: — co...rao...quiando 
Con  ganas  de  oír  un  cantor. 

Me  echó  el  ñato  una  mirada 
Que   me   quiso    devorar — 
Mas  no  dejo  de  cantar 

Y  se  hizo  el  desentendido — 
Pero  ya   habia    conocido 
Que  no  lo  podía  pasar — 

Una   tarde   que   me   hallaba 
De  visita...  vino  el  ñato, 

Y  para  darle  un  mal  rato 
Dije  fuerte...   «  Ña...to...  ribia 

No  cebe  con    agua  tibia  » 

Y  me  la  entendió  el  muíalo. 

Era  el  todo  en  el  Juzgao, 

Y  como  que  se  achocó 
Ay  no  mas  me  contestó— 

« Cuando  el  caso  se  presiente 

Te   lie  de   hacer  tomar  caliente 
«  Y  has  de  saber  quien  soy  yó  ». 

Por  causa  de    una  mujer 
Se  enredó  mas  la  cuestión 
Le  tenia  el   ñato  afición, 
Ella  era  mujer  de  ley, 
Moza  con  cuerpo  de  güey 
Muy    blanda   de    corazón. 

La  hallé  una  vez  de  amasijo 
Estaba    hecha    un    embeleso: 

Y  le  dije...    «  Me  intereso 

« En   aliviar   sus    quehaceres, 
« Y   ansi,  señora,    si   quiere 
«  Yo  le  arrimaré  los  güesos.» 

Estaba  el   ñato   presente 
Sentado  como  de  adorno — 
Por  evitar  un   trastorno 
Ella  al  ver  que  se  dijusta, 
Me  contestó...    «  si   usté  gusta 
Arrímelos  junto  al  horno. » 

Ay   se  enredó  la  madeja 

Y  su  enemista  conmigo: 
Se  declaró  mi    enemigo, 

Y  por  aquel   cuniplimicnlo 
Ya   solo   buscó   el  momento 
De  hacerme  dar  un  castigo 

Yo  veia  que    aquel   maldito 
Me   miraba   con    rencor — 
Buscando  el  caso   mejor 


De  poderme  echar  el  pial: 

Y  no  vive  mas  el  lial 

Que  lo  que  quiere  el  traidor. 

No  hay  matrero  que  no  caiga 
Ni  arisco  que  no  se  amanse — 
Ansi,   yo,    tiende    aquel    lance 
\"o   salía  de    algún   rincón- 
Ti  rao  como  el  San  Ramón 
Después  que  se   pasa  el  trance. 


24 


Me  le  escapé  con  trabajo 
En  diversas  ocasiones; 
Era  de  los   adulones, 
Me  puso  mal   con  el  Juez  ¡ 
Hasta  que  al  fin,  una  vez 
Me  agarró  en   las  eleciones. 

Ricuerdo  que  esa   ocasión 
Andaban   listas   diversas : 
Las   opiniones   dispersas 
No  se  podían  arreglar — 
Decían  que  el  Juez  por  triunfar 
Hacia  cosas  muy   perversas. 

('uando  se  riunió  la  gente 

Vino   á   proclamarla  el  ñato: 

Diciendo  con  aparato 

«Que   todo  andaría    muy   mal; 

«  Si  pretendía  cada  cual 

« Votar   por   un    canclilalo. 

Y  quiso  al  punto  quitarme 
La  lisia  que  yo  llevé, 
Mas   yo  se    la  mesquiné 

Y  ya    me    gritó...     (Anarquista 
«  Has  de  votar  por  la  lista 

«  Que  ha  mandao  el  Comiqué. 

Me  dio  vergüenza  de  verme 
Tratado  de  esa  manera; 

Y  como  si   uno  se  altera 

Ya   no  es  fácil  de  que  ablande 
Le  dije...    «mande  el  que  mande 
Yo  he  de  volar  por  quien  quiera. 

En  las  cárpelas  de  juego 
«  Y  en  la  mesa  electoral. 
«  A  todo   hombre    soy   igual. 
«  Respeto  al  que  me  respeta; 
«  Pero  al  naipe  y  la  boleta 

Naides  me  lo  ha  de  tocar  » 


LA  VUELTA  DE  MARTIX  FJKRRO 


43 


Ay    no   mas    ya    me    cayó 
A  sable  la  polccia. 
Aunque  era  una  picardía 
Me  decidí   á   soportar — 

Y  do   los    quise   peliar 
Por  no  perderme  ese  dia. 

Atravesao  me  agarró 

Y  se  aprovechó  aquel  flato; 
Uende   que   sufrí    ese   trato 
No   dentro  donde    no  quepo ;- 
Fi   á   ginetiar   en  el   cepo 
Por  cuestión  de   candilatos 

Injusticia    tan    notoria 
No  la   soporté   de  flojo — 
Una    venda  de   mis  ojos 
Vino  el  suceso   á  valuar 
Vi  que  teníamos  que  andar 
(lomo   perro  con    tramojo — 

Dende    aquellas    eleciones 
siguió  el    batiburrillo; 
Aquel  se  volvió  un  ovillo 
Del  que  no  había  ni   noticia ; 
[Es    señora    la    justicia... 

Y  anda   en    .incas  del  mas   pil 


25 


Después   de   muy    pocos   días. 
Tal  vez  por  no  dar  espera 

Y  que  alguno  no  se  fuera 
Hicieron  citar  la* gente. 
Pa   riunir   un    contingente 

Y  mandar  á    la   frontera. 

Se   puso  arisco   el   gauchage 
La  gente  está  acobardada, 
Salió  la   partida    armada 

Y  trujo  como  perdices 
Uno  cuantos  infelices 

QOe  entraron  en    la  voltiada. 

Decia  el  ñato  con  soberbia 
'  Esta  es  una  gente  indiana: 
Yo  los  radié  á  la  sordiana 
No  jiudieron  escapar; 
Y  llevaba  orden  de  arriar 
Todito   lo   que    camina. 

Cuando   vino   el    enmendante 

Dijeron         Dios    n<ts    asista 
Llegó,  y  h's   clavó  la  vista 


Yo  estaba  haciéndome  el  sonzo— 
Le  echó  á   eada   uno  un  responso 

Y  ya  lo  plantó  en  la  lista. 

"  Cuádrate,  le  dijo  á  un  negro. 
Te  estas  haciendo  el  chiquito — 
Cuando  sos  el   mas  maldito 
Que  se  encuentra  en  todt  d  pago. 
LTn   servicio  es   el  que  te  hago 

Y  por  eso  te  remito. — 

.   ,v     OTRO 

*  Yos   no  cuidas    tu   familia 
Xi   le  das    los  menesteres 
Visitas   otras   mujeres 

Y  es  preciso  calavera. 

Que  aprendas  en  la  frontera 
A   cumplir  con   tus  deberes. 

A      OTRO 

Yos    también    sos     trabajoso; 
Cuando  es  preciso  votar 
Hay    que   mandarte    llamar 

Y  siempre  andas    medio  alzao; 
Sos   un   desubordinao 

Y  yo  te   voy  á  filiar 

A       I 

¿Cuánto  tiempo  hace  que  vos 
Andas   en   este    partido? 
¿Cuántas   veces   has   venido 
A    la  citaciondel   Juez? 
N'o  te  he   visto  ni   una   vez 
lias  de  ser  algún  perdido 

\    orno 

EstC   es   otro    barullero 
Que  pasa  en  la  pulpería 
Predicando   noche  y    dia 

Y  anarquizando  á  la  gente. 
Irás  en  el   contingente 
Por   tamaña   picardía. 

A     OTEO 

Dende  la  anterior  remesa 
Yos    andas    medio    perdido; 
La  autoridá  no   ha  podido 
Jamas    hacerte    rotar, — 
Cuando  te  mandan   llamar 
Te  pasas  á   otro  partido 


44 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  CIERRO 


A      (lino 

Vos   siempre   andas    de   florcita, 
No  tenes  renta    ni  oficio; 
No   lias    hecho    ningún  servicio, 
No   has   votado    ni    una  vez — 
Marcha.... para   que   dejes 
De  andar   haciendo   perjuicio. 

A      OTRO 

Dame  vos  tu   papeleta 
Yo  te  la  voy  á  tener. — 
Esta   queda   en    mi   poder 
Después    la    recogerás — 
Y  ansí  si  te  resertás 
Todos  te  pueden   prender. 

A     OTRO 

Vos    porque   sos    eceluao 
Ya  te  queres    sulevar 
No   vinistes    á    votar 
Cuando   hubieron   eleciones — 
No  te  valdrán  eseciones. 
Yo  te  voy  a  enderezar. » 


Y  á   este   por  este  motivo 

Y  á  otro   por  otra  razón. 
Toditos,  en  conclusión 
Sin  que  escapara  ninguno, 
Fueron  pasando  uno  á  uno 
A  juntarse  en    un  rincón. 

Y  allí    las    pobres   hermanas. 
Las    madres    y    las    esposas 
Redamaban   cariñosas 

Sus   lágrimas   de   dolor; 
Pero'  gemidos   de    amor — 
No   remedian   estas    cosas. 

Nada  importa   que    una   madre 
Se   desespere  ó   se  queje — 
Que  un  hombre   á  su  mujer  deje 
En   el   mayor   desamparo; 
Hay  que  callarse,   ó  es  claro. 
Que  lo  quiebran  por  el  eje. 

Dentran  después  á  empinarse 
Con  este  ó  con  aquel  vecino; 

Y  como  en  el  masculino, 
El   que  no   corre,  vuela — 
Deben    andar   con    cautela 
Las  pobres  me  lo  imagino. 


Muchas   al  Juez   acudieron 
Por  salvar  de  la  jugada 
El  les  hizo  un  cuerpiada, 

Y  por   mostrar    su  inocencia. 
Les    dijo:     «  tengan    paceneia 

«  Pues  yo  no  puedo  hacer  nada. 

Ante    aquella   autoridá 
Permanecían    suplicantes — 

Y  después   de    hablar   bastante 
Yo  me  lavo,   dijo  el  Juez. 
Como  Matos  los   pies, 

'  listo  lo  hace  el  Comendante. 

De    ver    tanto    desamparo 
El  corazón  se  partía — 
Habia   madre   que    salía 
Con    dos,    tres    hijos    ó    mas — 
Por  delante  y   por  detrás — 

Y  las  maletas   vacias. 

Doiide  irán  pensaba  yo, 
A  perecer  de  miseria; 
Las  pobres  si   de  esta   feria 
Hablan    mal,    tienen    razón: 
Pues  hay  bastante  materia 
Para   tan   justa    aflicion. 


26 


Cuando  me  llegó  mi  turno 

Dije   entre   mi    «ya   me   toca)  — 

Y  aunque  mi  falta  era  poca 
No  sé  porque  me  asustaba:  — 
Les   asiguro   que    estaba 

Con  el  Jesús   en  la  boca. — 

.Me  dijo  que   yo  era   un  vago 
En   jugador,   un   perdido 
Que  dende   que    tí   al   partido 
Andaba   de    picaflor — 
Que  habia  de  ser  un  bandido 
Como   mi   ante    sucesor. 

Puede  que   uno    tenga  un  vicio, 

Y  que  de  él  no  se  reforme. — 
Mas  naides  esta   conforme 
Con  recibir  ese  trato: 

Yo  conoci   que   era   el    ñato 
Quien  le  habia  dao  los  informes. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FJI.KRO 


45 


Me  dentro  curiosidá 

Al   ver  que   de  esa   manera 

Tan   siguro   me   dijera 

Que  fué  mi   padre  un  bandido; 

Luego  lo  había  conocido. 

Y  yo  inoraba  quien  era. 

Me    empeílé    en    averiguarlo. 
Promesas  hice  á  Jesús — 
Tune  por  fin  una  luz. 

Y  supe  con  alegría 

Que  era  el   autor  de  mis  días, — 
El    f  Sargento    Cruz. 


El  que  sabe  ser  buen  hijo 
A   los   suyos    se  parece;  — 
Y. aquel   que    á   su   lado  crece 
Y  á  su   padre  no  hace  honor 
Como  castigo  merece 
De  la  desdicha  el  rigor. 

Con    un   empeño    costante 
Mis  tallas  supe  enmendar 
Todo  conseguí  olvidar. 
Pero  por  desgracia   mi.i. 
El  nombre  de  Picardía 
No   me   lo    pude   quitar. 


El  Contingente 


Yo   conocía    bien    su    historia 

Y  la    tenia    muy    presente — 
Sabia    que    Cruz     bravamente 
Yendo  con  una  partida, 

I  labia    jugado    la    vida 

Por  defender  á  un  valiente. 

Y  hoy  mego  á  mi  Dios  piadoso 
Que  lo  mantenga  en  su  gloria: 
Se  ha  de  conservar  su  historia 
En    el    corazón    del    hijo. 

El    al    morir    me    bendijo 
Yo   bendigo   su    memoria 

Yo  juré  tener  enmienda 

Y  lo  conseguí  deveras; 

Puedo  decir  ande  quiera 
Que  si   fallas   he  tenido 
De  todas  me   be  corregido 
Dende  que  supe  quien  era. 


Aquel   que   tiene    buen   nombre 
Muchos  dijustos  ahorra— 
Y  entre  tanta    mazamorra 
N        Ividen   esta    alvertencia: 
Aprendí  por  esperíencia 
Que  el  mal  nombre  se  borra. 


27 


— He  servido  en   la   t'r  miera 
Kn   un  cuerpo  de  milicias: 
Yo  por  razón  de  justicia 
Como    sirve   cualesquiera 
La    bolilla    me    tocó 

De  ir  á  pasar  malos  ratos 

Por   la   faculta   del   ñato; 
Que  tanto  me   persiguió. 


46 


LA  VUELTA  DE  MARTÍN  FIERRO 


— Y  sufrí  en  aquel  infiel' no 
Esa  dura  penitencia, 
Por    una    mala    querencia 
De   un   oficial    subalterno — 
— No  repetiré  las  quejas 
De  lo  que  se  sufre  allá. 
Son  cosas  muy  dichas  yá 

Y  hasta  olvidadas   de  viejas. 
— Siempre  el  mesmo   trabajar 
Siempre  el  mesmo  sacrificio 
Es   siempre  el  mesmo  servicio, 

Y  el  mesmo  nunca  pagar. 

— Siempre  cubiertos  de  harapos 
Siempre   desnudos   y    pobres., 
Nunca  le  pagan  un  cobre 
Ni  le  dan   jamas  un  trapo. 
— Sin  sueldo  y   sin  uniforme 
Lo  pasa  uno  aunque  sucumba. 
Confórmese   con   la    tumba— 

Y  sino....  no  se   conforme. 

— Pues    si    usté    se   ensobebece 

0  no  anda  muy  voluntario. 

Le  aplican  un  novenario 

De  estacas.... que  lo  enloquecen. 

— Andan   como   pordioseros 

Sin  que  un  peso  los  alumbre— 

Porque  han  l:>mao  la  costumbre 

De  deberles  años   enteros — 

— Siempre  hablan  de  lo  que  cuesta 

Que  allá  se  gasta  un  platal — 

Pues  yo  no  he  visto  ni  un  rial 

En  lo  que  duró  la  fiesta. 

— Es    servicio   estrordinario 

Bajo  el  fusil  y  la  vara — 

Sin  que  sepamos   que  cara 

Le  ha  dao  Dios  al  comisario. 

—Pues  si  vá  á  hacer  la  revista 

Se   vuelve   como    una   bala. 

Es  lo  mesmo  que  luz  mala 

¡¿'ara  perderse  de   vista — 

—Y  de  yapa  cuando  vá 

Todo  parece  estudiao — 

Ya  con  meses  atrasaos 

De  gente  que  ya  no  está 

— Pues  ni  adrede  que  16  hagan 

Podrán  hacerlo  mejor, 

Cuando  cai,  cai  con  la  paga 

Del  contingente   anterior. — 

— Porque  son  como  sentencia 

Para  buscar  al   ausente, 

Y  el  pobre  que  está  presente 
Que  perezca  en  la  endigencia. 

—Hasta  que   tanto   aguantar 
El  rigor  oon  que  lo  tratan, 
ü  se  resiertan,  ó  lo  matan, 
O  lo  largan  sin  pagar. 


— De  ese  moflo  es  el  pastel 

Porque  el  gaucho.... ya  es   un  hecho 

No  tiene  ningún  derecho 

Ni   naides   vuelve    por  él. 

— La   gente   vive    marchi  ¡a  ! 

Si   vieran  cuando   echan  tropa, 

Les  vuela  á   todos  la  ropa 

Que  parecen  banderitas. 

— De   todos   modos   lo  cargan 

Y  al  cabo  de  tanto  andar — 

Cuando  lo  largan,  lo  largan 

Como  pa  echarse  á  la  mar. 

— Si  alguna  prenda  le  han  dao 

Se  la   vuelven    á   quitar 

Poncho,  caballo,  reca  i, 

Todo  tiene  que   dejar. 

— Y  esos  pobres  infelices 

Al   volver  á   su  destino — 

Salen   como   unos    Longi 

Sin  tener  con  que  cubrirse. 

— A  mi  me  daba  congojas 

El  mirarlos  de  ese  modo — 

Pues   el   mas    aviao  de  todos 

Es    un    peregil    sin   hojas. 

—Ahora  poco  ha   sucedido. 

Con    un   invierno    tan   crudo. 

Largarlos    á    pié    y   desnudos 

Pa  volver  es  su  partido. 

— Y  tan  duro  es  lo  que  pasa 

Que  en  aquella    situación. 

Les  niegan  un  mancarrón 

Para  volver  á   su  casa. 

— ¡Lo  tratan  como   á  un  infiel!  ! 

Completan   su   sacrificio 

No  dándole  ni   un  pape! 

Que  acredite   su    servia  . 

— Y  tiene  que  regresar 

Mas  pobre  de  lo  que  jué — 

Por  supuesto  á   la  mercé 

Del  que  lo   quiere  agarrar. 

— Y  no  averigüe  después 

De  los  bienes   que  dejó — 

De  hambre,  su   mujer  vendió 

Por  dos— lo  que  vale  diez — 

— Y  como   están   convenidos 

A  jugarle  manganeta 

A  reclamar  no  se  meta 

Porque  ese  es   tiempo  perdido. 

— Y  luego  si  á  alguna  Estancia 

A  pedir  carne   se  arrima — 

Al  punto  le  cain  encima 

Con  la  ley  de  la  vagancia. 

— Y  ya  es   tiempo  pienso  yó. 

De  no  dar  mas  contingente — 

Si  el  Gobierno  quiere  gente 

Que  la  pague  y  se  acabó. — 


LA   VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


47 


— Y  saco  ansí  en  conclusión 
En  medio  de  mi  inorancia. 
Que  aquí  el    nacer  en  Estancia 
Es  como  una  maldición. 
— Y  digo,  aunque  no  me  cuadre 
Decir  lo  que   naides  dijo: 
La   Provincia  es    una   madre 
Que  no  defiende    á   sus   hijos. 
— Mueren  e:i  alguna   loma 
En  defensa   de    la  lev. 


El  gato  busca  el  jogon 

Y  ese  es  mozo  que  lo  entiende. 
— De   aquí   comprenderse    debe 
Aunque  yo  hable  de  este  modo. 
Que    uno    busca    su   acomodo 
Siempre  lo  mejor  que  puede. 
— Lo  pasaba  como   todos 

Este  pobre  penitente, 
Pero  salí  de   asistente 

Y  mejoré    en    cierto   nnxlo. 


La  vuelta  del   Contingente 


o  anda  to  mesmo  que  .-1  gátey 
todo   pa  que  otros  coman. 
—Y  he  de  decir  ansi  mismo, 
Porque  de  dentro  me  brota, 
Que  no  tiene  patriotismo 
Quien  n<>  cuida  al  compatr 


28 


Se  me  va    por  donde  quiera 
Esta    lengua   del    demoro 
Voy    á    d:i'ies    testimonio 
De  lo  que   vi   en  la   frontera. 
—Yo   sé    tpie    el    único    modo 
A  un  de  pasarlo  bien. 
Es  decir  á  todo  amen 
Y    jugarle   risa    a   todo. — 

-El   que   no   tiene  colchón 
En  cualquier  parte  se  tijnde  — 


-Pues    aunque   esas    privaciones 
sen  desesperación, 

Siempre  es  mejor  ei  j  • 
De  aquel   que   carga  galonea. 
De  entonces  en  adelante 
Algo  logré   mejorar. 

s   supe   hacerme   lugar 
Al  lado  del   Ayudante. 
— El  se  daba  muchos  aires, 
Pasaba   siempre  leyendo 
Decían  que  estalla  aprendiendo, 
l'a  recibirse  de  flaile. 

tanque   lo    pifiaban    tanto 
.(amas  lo  vi  dijuslao; 
Tenia  los  ojos   paraos 
Como  los  ojos  de  un  Santo. 

Muy  dehcao    dormía  en  cuja 

Y  no  sé    porque  seria 
La  gente  lo  aborrecía 

Y  le  llamaban  la  bruja. 
lamas   hizo  otro   servicio 

Ni  tuvo  otras  comiciones. 
Que   recibir   las    raciones 


48 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


De  víveres  y  de  vieios. 

— Yo   me    pasé    á    su    jogon 

Al  punto  que  me  sacó. 

Y  yá  con   él   me  llevó 
A  cumplir  su   comisión. 
— Estos  diablos  de  milicos. 
De  toilo  sacan   partido — 
Cuando  nos  vian  riunidos 
Se  limpiaban  los   hocicos. 
— Y  decian  en   los  jogones 
(lomo  por  chocarrería — 

Con  la  Bruja  y  Picardia, 

Van  á  andar  bien  las  raciones. 

— A  mi  no  me  jué  tan  mal 

Pues    mi    oficial    se    arreglaba: 

Les  diré  lo  que  pasaba 

Sobre   este   particular. — 

-Decían   (pie   estaba    de   acuerdo 

La   Bruja  y  el  proved  >r. 

— Y  que  recebia  lo  pior — 

Puede  ser — pues  no  era  lerdo. 

— Que  á  mas  en  la  cantidá 

Pegaba  otro  dentellón, 

Y  que  por  cada  ración 
Le   entregabau   la    mita. 

— Y  que  esto,   lo  hacia  del  modo 
Lomo  lo  hace  un  hombre  vivo: 
Firmando  luego  el  recibo 
Ya  se  sabe   por  el   todo. 
— Pero  esas   murmuraciones 
No  faltan   en    campamento: 
Déjenme  seguir  mi  cuento, 
O  historia  de  las  raciones. — 
—La    Bruja   las    recibía 
Lomo  se  ha  dicho,  á  su  modo — 
Las  cargábamos,  y    todo 
Se  entriega  en   la  mayoría. 
— Sacan    allí    en    abundancia 
Lo   que   les    toca   sacar — 

Y  es  justo  que  han  de  de  dejar 
Otro  tanto  de   ganancia. 

— Van  luego  á  la  compañía 

Las   recibe   el    comendanle; 

El  que  de   un  modo  abundante 

Sacaba  cuanto  quería. 

— Ansi  la  cosa  libiana, 

Vá  mermada. por  su  puesto — 

Luego  se  le  entrega  el  resto 

Al   oficial  de    semana. — 

— Araña,   quien  te    arañó".' 

Otra  araña  como  yó — 

— Este  le  pasa  al  sargento 

Aquello  tan  reducido — 

Y  como  hombre  prevenido 
Saca  siempre  con  aumento. 
—Esta  relación  no  acabo 


Si   otra   menudencia    ensarto; 
El   sargento   llama    al   cabo 
Para    encargarle    el    reparto. 
— El  también  saca  primero 

Y  no   se    sabe    turbar — 
Xaides   le  va    á   averiguar 
Si  han  sacado   mas  ó  menos. 
— Y  sufren  tanto  bocao 

Y  hacen   tantas    estaciones, 
Que  casi  ya  no  hay  raciones 
Cuando  llegan  al  soldao. 
— Todo  es   como    pan   bendito! 

Y  sucede   de    ordinario, 
Tener  que  juntarse  varios 
Para   hacer   un    pucherito. 
— Dicen  que  las  cosas  van 
Lon  arreglo  á  la  ordenanza — 
Puede  ser!   pero  no  alcanzan, 
Tan  poquito  es  lo  que  dan!  — 
—Algunas   veces  yo   pienso, 

Y  es  muy   justo  que  lo  diga. 
Solo   llegaban   las    migas 
Que  habían  quedao  en  los  lien^ 
— Y  explican  aquel  infierno 
En  que  uno   esta  medio  loco, 
Diciendo  que  dan  tan  poco 
Porque   no  paga   el  gobierno. 
— Pero  eso  yo  no  lo  entiendo, 
Ni  á  averiguarlo  me  meto; 
Soy    inorante    comp; 
Nada  olvido   y    nada   apriendo. 
— Tiene   uno  que   soportar 
El  tratamiento  mas   vil: 
A  palos  en   lo  civil, 
A   sable  en    lo  militar 
— El   vestuario — es  otro  infierno; 
Si  lo  dan,  llega  á  sus  manos. 
En  invierno  el  de  verano — 

Y  en  verano,   el  de  invierno. 

— Y   yo  el    motivo   no  «encuentro, 

\"i  la  razón  que  esto  tiene, 

Mas  dicen  que  eso  ya  viene — 

Arreglao  dende  adentro. 

—Y    <js    necesario    aguantar 

El  rigor  de  su  destino 

El   gaucho  no   es  argentino 

Sínó   pa   hacerlo    matar. 

—Ansi  ha  de   ser,  no  lo  dudo— 

Y  por  eso   decía   un  tonto: 
Si   los   han   de  malar  pronto, 
Mejor  es  que   estén  desnudos.  » 

—Pues    esa    miseria    vieja 
No  se  remedia  jamás; 
Todo  el  que  viene  detras 
Como  la  encuentra  la  deja. — 
—Y  se  hallan  hombres  tan  malos 


LA  VUELTA  DK  MARTIN  FIHRRO 


49 


Que  dicen  do  buena  gana — 
El  gaucho  es  como  la  lana 
Se  limpia  y    compone  á   palos. 

V  es  forzoso   soportar 
Aunque  la   copa    se   enllene: 
Parece  que  el    gaucho  tiene 
Algún    pecao    que    pagar. 


29 


Esto  cantó  Picardía 

Y  después   guardó    silencio, 
Mientras  todos  celebraban 
Con  placer  aquel  encuentro. 
Mas   una  casualidad. 

Come  que  nunca  anda  lejos, 
Entre   tanta  gente    blanca 
Llevó  también   á    un  moreno, 
Presumido  de  cant  a" 

Y  que  se   tenia  por  bueno — 

Y  como  quien   no  hace  nada, 
0   se  descuida   de  intento, 
Pues  siempre  es   muy  conocido 
Todo   aquel   que    busca    pleito — 

Otó  con   toda  calma 
Echo    mano    al    eslrumenlo 

Y  ya  le  pegó  un  rajido— 
Era  fantástico  el  negr  >. 

Y  para   DO  dejar  dudas 
.Medio    se    compuso    el    pecho. 

i   el   mundo   con 
La   intención  de   aquel  tpon 
Era   claro   el    desafio 
Dirijido    á    Martin    Fierro. 
Hecho  con   toda   arrogancia. 
De  un  modo  muy  altanero. 
Tomó  Fierro  la  guitarra, 
Pues  siempre  se   halla  dispuesto— 

Y  ansí  cantaron   los  dos 

En    medio   de    un   gran    silencio— 


30 


MARTIN  FIHRRO 


Mientras  suene  el  encoedao 
Mientras  encuentre  el   compás, 
Yo  no  he  de  quedarme  atrás 
Sin   defender  la   parada— 

Y  he  jurado  que  ¡¿unas 

Me  la   han   de  llevar  reliada. 

Atiendan  pues  los  oyentes 

Y  cállense   los    mirones — 
A  todos   pido   perdones 
Pues    á    la    vista   resalla. 
Que   no  está   libre  de   talla 

Quien  no  está  de  tentaciones. 

A  un  cantor  le  llaman  bueno, 
Cuando  es  mejor  que  los  piores 

Y  sin   ser  de  los   mejores, 

Encontrándose  dos  junios 
Es  deber  de  loa  cantores 
El  cantar  de  contrapunto. 

El  hombre  debe  mostrarse 

Cuando  la  ocasión  le  llegue— 
Hace  mal  el  que  se  niegue 
1  leude  que   lo   sube   hacer — 

Y  muchos  suelen  tener 
Vanagloria   en   que    lo   nieguen. 

Cuando    mozo    fui    cantor — 
Es   una  cosa   muy  dicha — 
Mas  la  siierle  se  encapricha 

Y  me  persigue   costante— 
De  ese   tiempo   en   adelante 
Canté  mis  propias  desdichas. 

Y  aquellos   años   dichos 
Trataré  de  recordar—" 

Veré  si   puedo  olvidar 
Tan  desgraciada   muda':/ 

Y  quien  se   tenga  confianza 
Tiemple  y  vamos   á  cantar. 

Tiemple  y  cantaremos  junios. 
Trasnochadas  no  acobardan — 
Loa  concurrentes   aguardan. 

Y  porque  el   tiempo  no  pierdan. 

Haremos  gemir  las  cuerdas 
Hasta    que    las    velas    no   ardan. 


50 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Y  el  cantor  que  se  presiente, 
Que  tenga  ó  nó  quien  lo  ampare. 
No  espere  que   yo  dispare 
Aunque  su  saber   sea  mucho — 
Vamos  en  el   mesmo  pucho 

A  prenderle  hasta  que  aclare. 

Y  .seguiremos  si  gusta 
Hasta  que  se  vaya  el  dia — 
Era  la  costumbre  mia 
Cantar  las  noches  enteras — 
Habia   entonces,   donde    quiera. 
Cantores  de  fantasía. 

Y  si  alguno   no  se  atreve 
A   seguir   la   caravana, 

O   si   cantando   no  gana 
Se   lo   digo    sin   lisonja — 
Haga  sonar  una  esponja 
O  ponga  cuerdas  ele  lana. 


FX     MORENO 


Yo   no    soy    señores    mios 
Sino  un  pobre   guitarrero- 
Pero  doy   gracias    al   cielo 
Porque  no  puedo  en  la  ocasión, 
Toparme  con  un  cantor 
Que  esperimente   á    este   negro. 

Yo   también    tengo    algo   blanco, 
Pues  tengo  blancos  los  dientes — 
Sé  vivir  entre  las  gentes 
Sin   que  me   tengan  en  menos— 
Quien  anda  en  pagos  ágenos 
Debe  ser  manso  y  prudente. 

Mi  madre  tuvo  diez  hijos. 
Los    nueve    muy    regulares — 
Tal  vez  por  eso  me  ampare 
La    Providencia  divina — 
En  los  güevos  de  gallina  . 
El  décimo  es  el  mas  grande. 

El  negro  es  muy  amoroso, 
Aunque  de  esto  no  hace  gala. 
Nada   á  su  cariño  ¡guala 
Ni  á  su  tierna  voluntó 
Es  lo  mesmo  que  el  maca 
Cria   los    hijos    bajo  el   ala. 

Pero   yo    he    vivido    libre 
Y  sin  depender  de  naides — 
Siempre  he  cruzado  á  los  aires 


Como  el  pájaro  sin  nido — 
Cuanto  sé  lo  he  aprendido 
Porque  me  lo  enseñó  un  flaire. 

Y  sé  como   cualquier  otro 

El  porqué  retumba  el  trueno — 
Porque  son  las   estaciones 
Del  verano  y  del  invierno 
Sé  también  de  donde  salen 
Las  aguas  que  cain  del  Cielo. 

Yo  sé  lo  que  hay  en  la  tierra 
En  llegando  al  mesmo  centro — 
En  donde  se  encuentra  el  oro. 
En  donde  se  encuentra  el  fierro- 

Y  en  donde   viven  bramando 
Los   volcanes   que   echan  juego. 

Yo  sé  del   fondo  del  mar 
Donde    los    pejes    nacieron — 
Yo  sé  porque  crece  el  árbol, 

Y  porqué   silva n    los    vientos- 
Cosas  que  inoran  los  blancos 
Cas   sabe   este    pobre   negro. 

Yo   tiro   cuando    me    tiran. 
Cuando  me  aflojan,   aflojo; 
No  se  ha  de  morir  de  antojo 
Quien  me  convide   á  cantar — 
Para   conocer   á    un  cojo 
Lo  mejor  es   verlo  andar. 

Y  si   una   falla  cometo 

En   venir   á    esta   ri  unión  — 
Cebándola   de  cantor 
Pido  perdón  en   voz   alta — 
Pues   nunca   se    halla    una   falla 
Que   no  esista   otra  mayor. 

De  lo  que   un  cantor  esplica 
No  falla   que    aprovechar — 

Y  se  le  debe  escuchar 

Aunque  sea  negro  el  que  cante— 
Apriende  el  que  es  inorante, 

Y  el   que  es  sabio  apriende  mas. 

Bajo  la  frente  mas  negra 
Hay  pensamiento  y   hay  vida — 
La  gente  escuche    tranquila 
No  me  haga  ningún  reproche — 
También  es  negra  la  noche 

Y  tiene  estrellas   que  brillan. 

Estoy  pues  á  su  mandao, 
Empiece  á  echarme   la  sonda 
Si   gusta,   que    le   responda. 
Aunque  con  lenguaje    tosco — 
En  leturas  no  conozco 
La    jota    por    ser    redonda. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


51 


MARTIN      I  IERRO 

Ah!    negro,  si   sos  tan  sabio 
No  tengas   ningún   recelo; 
Cero  lias  tragao  el  anzuelo 

Y  al  <x>mpás  del  estrument  o 
Has  de  decirme  al  momento 
Cual   es   el    cauto  del   cielo. 

I.l.     MORENO 

Cuentan   que   de    mi  color 
Dios  hizo  al   hombre  primero 
Mas    los    blancos    altaneros. 
Los  mesmos  que  lo  convidan, 
Hasta  de  nombrarlo  olvidan 

Y  solo  le   llaman   negro. 


Los  cielos   lloran   y  cantan 
Hasta  en  el  mayor  silencio- 
Lloran  al  cair   el   roció. 
Cantan    al   silvar    los   vientos — 
Lloran  cuando  cain  las  aguas 
Cantan  cuando  brama   el  trueno. 


MARTIN     FIERRO 

Dios  hizo  al   blanco  y  al  negro 
Sin  declarar  los    mejores 
Les  mandó  iguales  dolores 
Bajo  de   una    mesina  cruz; 
Mas  también   hizo  la  luz 
Pa   distinguir   los   colores. 


cifra,   de  contrapunta  entre   Martii 


Pinta  el  Wai  <  al  diablo. 

Y  el  negro  blanco  lo  pinta 

Llanca   la   cara   ó  retinta 

No  habla  en  contra  ni  en  favor 

De  los  nombres  el  Criador 

No   hizo   dos    clases   distinta.. 

Y'  después  de  esta  alvertencia 
Que  al  pres<  rae  á  peí 

Veré,   señores,  si    puedo. 
Sigun  mi  escaso  saber, 
Con  claridá  responder 

Cual    es    el    cant;i   del    CÍ 


Ansí  ninguno  se  agravie. 

No  se  traía   de  ofender— 

A   t,K.lo  se  ha  de  poner 

El    nombre    con    que    se    llama 

Y  á  nai.Ies   le  quita  fama 
Lo   que    recibió    al    nacer. 

Y  ansi    me    gusta    un   cantor 
Que  no  se   turba   ni  yerra 

Y  si    en    tu    saber   se   encierra 
EJ  de  los   sabios  projunx 
Décimo  cual  en  el  mundo 

Es    el    canto   de    la    tierra. 


52 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


EL    «MORENO 

Cs  pobre  mi   pensamiento 
Es   escasa   mi    razón — 
Mas    pa    dar    contestación 
Mi  inorancia  no  me  arredra — 
También  dá  chispas  la  piedra 
Si   la   golpea    el   eslabón. 

Y  le  daré  una  respuesta 
Sigun  mis  propios  alcances — 
Forman   un  canto   en  la  tierra 
El   dolor   de    tanta   madre, 

El  gemir  de   los  que  mueren 

Y  el  llorar  de  los  que  nacen. 


Como   si   el    mundo  temblára- 

Parece  que  se  quejara 

De  que  lo  estreche  la  tierra. 


MARTIN    FIERRO 


Toda   tu   sabiduria 

Has  de  mostrar   esta  vez — 

Ganarás   solo   que    estés 

En    vaca   con    algún   santo — 

La  noche  tiene  su  canto 

Y  me  has   de  decir  cual   es. 


MARTIN    FIERRO 


Moreno  alvierlo  que    trais 
Bien   dispuesta   la    garganta 
Sos   varón   y    me  espanta 
Verte   hacer   esos    primores— 
En  los  pájaros  cantores 
Solo  el  macho  es  el  que  canta. 

Y  yá  que   al  mundo  vinistes 
Con  el  sino  del  cantar, 
No  te  vayas    á  turbar 
No  te  agrandes   ni  te  achiques- 
preciso  que   me  espliques 
Cual  es  el   canto  del  mar. 


EE     MORENO 


EL     MORENO 

No  galope  que   hay  augeros, 
Le  dijo  á  un  guapo  un  prudente — 
Le  contesto  humildemente, 
La  noche  por   cantos   tiene 
Esos  ruidos  que  uno  siente 
Sin  saber  de  donde  vienen. 

Son  los  secretos   misterios 
Que  las  tinieblas    esconden — 
Son  los  ecos  que  responden 
A  la  voz   del  que  dá  un  grito, 
Como   un   lamento    infinito 
Que  viene  no  sé  de  donde. 

A   las   sombras    solo  el   Sol 

Las   penetra   y    las   impone — 

En   distintas    direciones 

Se  oyen  rumores  inciertos — 

Son   almas   de    los   que   han    muerto 

Que    nos    piden    oraciones. 


A  los  pájaros  cantores 
Ninguno  imitar  pretiende — 
De  un  don  que  de  otro  depende 
Naides   se   debe    alabar — 
Pues  la  urraca  apriende  hablar 
Pero  solo  la    hembra  apriende. 

Y  ^ayúdame  ingenio   mió 
Para  ganar   esta    apuesta — 
Mucho  el   contestar    me  cuesta 
Pero  debo  contestar — 
Voy  á  decirle  en  respuesta 
Cual  es  el  canto  del  mar. 

Cuando  la  tormenta  brama, 
El  mar  que  todo  lo  encierra 
Canta   de   un    modo  que   aterra 


MARTIN    FIERRO 

Moren.)  por  tus  respuestas 
Ya  te  aplico  cartabón, — 
Pues  tenes  disposición 

Y  sos  estruido  de  yapa — 

Ni   las   sombras    se   te   escapan 
¡'ara    dar    esplicacion. 

Pero  cumple  su  deber 

El   leal  diciendo  lo  cierto— 

Y  por  lo   tanto  le  alvierlo 
Que  liemos  de  cantar  los  dos — 
Dejando  en   la    paz   de   Dios 

Las    almas   de    los   que   han   muerto. 


LA   VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Y  el   consejo   del  prudente 

No   hace  falta  ^en  la   partida — 
Siempre   ha  de   ser  comexlida 
La  palabra  de   un  cantor — 

Y  aura  quiero  que  me  digas 
De   donde    nace    el   amor. 


EL     MORENO 


A  pregunta  tan  escura 
Trataré  de  responder — 
Aunque  es  mucho  pretender 
De  un  pobre   negro  de  Estancia- 
Mas  conocer  su    inorancia 
Es  principio  del  saber. 

Ama  el  pájaro  en  los  aires 
Que  cruza  por  donde  quiera — 

Y  si  al  fin  de  su  carrera 
Se  asieida  en  alguna  rama. 
Con  su  alegre  canto  llama 

A   su   amante   compañera. 

La   fiera  ama   en  su  guarida 
De  la  que  es  rey  y  señor  - 
Allí    lanza  con    fu 
Esos    bramidos   que    espantan — 
Porque  las   fieras   no  cantan 
l.as    fieras    braman    de   amor. 

Ama  en   :•!    rondo  del   mar 
El  pez  de  lindo  color— 
Ama   el    hombre    con   ai- 
Ama    todo    cuanto    viví 
De  Dios  vida  se  recibe 

Y  donde   hov    vida,    hay    amor. 


MARTIN    FIERRO 


El.     MORENO 


Hay   muchas   dotorerias 
Que  yo  no  puedo  alcanzar — 
Dende  que  aprendí    á   inorar 
De  ningún  saber  me  asombro — 
Mas    no   ha    de   llevarme   al    hombro 
Quien    me    convide    á    cantar— 

Yo   no   soy    cantor  ladino 

Y  mi  habilidá  es  muy  poca — 
Mas  cuando  cantar  me  toca 
Me  defiendo  en   el  combate  — 
Porque    soy    como     los    mates: 
Sirvo  si   me   abren   la   Ixica. 

Dende    (pie    elige    á    su    gusto 
Lo    mas    espinoso    elige — 
Pero  esto   poco   me  aflige 

Y  le   contesto   á   mi   modo — 

I. a    ley    se    hace    para    lodos 
Mas    solo    al    pobre    le    rige 

La    ley    es    tela   de    aran. 
En  mi   inorancia   lo  esplico, 
No  la   tema   el   hombre  rico — 
Nunca   la   tema   el  que  mande— 
Pues  la   ruempe   el  vicho  grande 

Y  solo  ehrieda  á  los  chi 

Es   la   ley   como  la  lluvia 
Nunca    puede    ser    parej; 
El  que  la  aguanta  se  queja, 
Pero  el   nsunio  es  sencillo — 
La   ley   es    como  el   cuchillo 
tfiende  á  quien  lo  maneja. 

Le   suelen   limar   espada 

Y  el  nombre  le  viene  bien — 

que    la    gobiernan    ven 
A  donde  lian  de  dar  el  tajo 
raí   al    (pie   se   halla   abajo 

Y  corla  sin  ver  á   quien, 


Me  gusta   uegro  ladino 
L<»  que  acabas    de  esplicar- 
Ya   te  empiezo  á  respetar 
Aunque  al  principio  me  rey 
Y  te  quiero  preguntar 
Lo  q  s  por  la 


Hay    muchos   que    son   dolores 

Y  de   su    cencia    no   din, 
Mas  yo   soy    un   negro  rudo 

Y  aunque  dé   esto  poco  entiendo. 
Estoy  diariamente  viendo 

aplican    la    del    embudo. 


54 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


MARTÍN      FIERBO 


Moreno  vuelvo  á  decirle 
Ya  conozco  tu  medida- 
Has   aprovechío  la   vida 

Y  me  alegra  de  esle  encuentro- 
Ya   veo   que    tenes    adentro 
Capital    pa    ésta     partida 

Y  aura  te   voy   á  decir 
Porque   en    mi    deber    está — 

Y  hace  honor   á  la  verdá 
Quien   á  la   verdá  se  duebla. 
Que   sos   por    juera    tinieblas 

Y  por    dentro    claridá. 

No  ha  de  decirse  jamás 
Que   abusé  de    tu   pacencki 

Y  en    justa    correspondencia 
Si  algo  querés  preguntar — 
Podes    al    punto    empezar 
l'ues   ya   tenes    mi  licencia. 


EL     MORENO 


No  le  trabes  lengua  mia. 
No  te  va3ras  á  turbar — 
Naide  acierta  antes  de  errar— 

Y  aunque  la   fama  se  juega— 
El    que    por    gusto   navega 
No  debe   temerle    al   mar 

Voy  hacerle  mis  preguntas 

Ya   que   á    tanto   me   convida — 

Y  vencerá  en  la  partida 

Si  una  esplicacion  me  dá, — 
Sobre  el  tiempo  y  la  medida. 
El   peso  y   la  cantidá — 

Suya  será  la   Vitoria 

Si    es    que     sabe    contestar — 

Se  lo  debo  declarar 

Con    claridá.    no    se    asombre. 

Pues    hasta   aura    ningún    hombre 

Me  lo  ha  sabido  esplicar — 

Quiero  saber  y  lo  inoro, 
Pues   en  mis   libros   no  está, 

Y  su   respuesta    vendrá 

A   .servirme  de   gobierno — 
Para   que   fin    el   Eterno 
Ha    criado    la     cantidá. 


MARTIN      FIERRO 


Moreno   te   dejas    cair 
Como  carancho   en    su    nide; 
Ya    veo   que    sos    prevenido 
Mas    también    estoy     dispuesto — 
Veremos    si   te    contesto 
Y    si    te    das    por    vencido. 

Uno    es    el     sol  —  uno    el    mundo. 

Sola   y   única    es   la   luna 

Ansi    han   de    saber    que    Dios 

No   crió    cantidá    ninguna. 

El   ser  de   todo  los   seres 

Solo  formó  la  unida — 

Lo  demás   lo    lia   criado   el    hombre 

Después    que    aprendió    á    contar 


EL     MORENO 


Veremos    si    á    otra    pregunta 
Dá    una    respuesta    cumplida — 
El   ser   cpie    ha   criado   la   vida 
Lo  ha  de   tener  en  su  archivo — 
Mas    yo    inoro    que    motivo 
tuvo   al   formar    la   medida— 


MARTIN      FIERRO 


Escucha   con   alenci  »n 

Lo   que   en    mi   inorancia    arguyo: 

La  medida  la  inventó 

El  Jiombre,    para    bien    suyo— 

Y  la  razón    no  le  asombre. 

Pues    es    fácil     presumir — 

Dios    no    tenía    que    medir 

Sino    la    vida    del    hombre. 


El       MORENO 


Si    no   falla    su    saber 
Por  vencedor  lo  confieso — 
Debe    aprender    lodo    eso 
Quien    á    cantar    se    dedique— 
Y   aura   quiero   que   me   esplique 
Lo    que    sinifica    el    peso. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


55 


MARTIN      FIERRO 

Dios  .guarda    entre    sus    secretos 
El    secreto   que   eso   encierra. 

Y  mandó   que    todo   peso 
Cayera  siempre  a    la  tierra— 

Y  sigun    compriendo    yo. 
Uende   que    hay    bienes    y    males. 
Fué  el   peso   para   pesar 

La   culpa   de    los   mortales. 


KI.     MORENO 

Si  responde  á  esta  pregunta 
Tengase    por    vencedor — 
Doy  la  derecha  al  mej  ir 

Y  respóndame  al  momento 
Cuando  Formó   Dios    el   tiempo 

Y  porque    lo    dividió 


MARTIN      FIERRO 

Moreno,    voy    á    decir, 
Singun    mi    saber    alcanza 
El  tiempo  s  do  es  tardanza 
De   lo  que    está    por   venir— 
\o    tuvo    nunca     principio 

Y  jamas    acabara 

Porque  el   tíemp  i  es  una   r 

Y  rueda    es    eternidá— 

Y  si   el    hombre    lo   divide 
Solo   lo   hace    en    mi    sentir — 
Por    saber    lo    que    lia    vivido 
0    le   resta    que   vivir. 

Ya    te    he    dado    mis    respuestas 

Mas  no  gana  quien  despunta. 
si   tenes   otra    pregunta 
0   de   algo    te   has   olvidao 

Siempre    estoy    á    tu    mandan 
Para     sacarle    de     dudas. 

Nfo    procedo    por    soberbia 
Ni  tampoc  por  jatancáá, 

Mas    oo    ha     de    Tallar    costancia 
Cuando   es    preciso    luchar 

Y  te  convido  á  cantar 
Sobre  cosas  de  la   Estancia — 

Ansi  prepara  m.< 
Cnanto  tu  saber  encierre 

Y  sin    que    tu    lengua    yerre. 


Me   has   de    decir   lo   que   empriende 
El   que  del    tiempo   dependa. 
En  los  meses  que  traen  erre. 


KI.     MORENO 


De    la    inorancia    de    naides 
Ninguno    debe    abusar — 

Y  aunque    no    puede    doblar 

Todo  el  que  tenga  mas  arte. 
No   voy    á    alguna    parte 
A    dejarme    maclietiar. 

He    reclarao   que    en    lelura 
Soy.  redondo  como   jola  — 
No    avergüenze    mi    redóla 
Pues   con    claridá    le    dL 
No  me  gusta    que  c  ramig  < 
Naides  juege  á    la  pelota 

En    buena    ley    que   el    mas    ler 
Debe   perder   la    carrera — 
Ansi   le   pasa    á   cualquiera 
Cuando  en  competencia   se  halla 
Un  cantor  de  media   talla 
Con    otro   de    talla    entera. 

No  han  visto  en  medio  del  Campo 

Al    hombre    que    anda    perflido 

Dando    güeltas    afluido 

Sin    saber    donde     iiimbiar — 

Ansi    le    suele    pasar 

A    un    pobre    cantor    vencido. 

También    los    árboles    crucen 
Si  el  ventarrón  los  azota — 

Y  sí    aquí    mí    queja    brota 
(Ion  amargura,  consiste 

En   que  es    muy   btrga   y   muy   triste 
La  noche  de  la  red  ita. 

Y  dende    hoy    en    adelante. 
PongO    de    testigo    el    cíelo 
Para   decir    sin    recelo 

Que   sí   mi    pecho   se   inflama, 
No  cantaré   por    la    fama 
Sino    por    buscar    consuelo. 

Vive    ya    desesperado 
Quien    no   tiene   (pie   esperar 
A    lo    (pie    no    ha   de   durar 
Ningún  cariño  se   cobre 
Alegrías   en    un    pobre 
Son   anuncios  de   un  pesar. 


56 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Y  osle    triste    desengaño 
Me  durará  mientras   viva 
Aunque   un   consuelo    reciba. 
Jamas    he  de   alzar  el  vuelo — 
Quien  no  nace  paraa  el  cielo 
De  valde   es    que  mire   arriba. 

Y  suplico  á   cuantos   me  oigan 
Que  me  permitan  decir. 

Que   al    decidirme    á   venir 
No   solo   jué    por  cantar, 
Sino   porque   tengo    á   mas 
Otro  deber  que  cumplir. 

Ya  saben  que  de  mi  madre 
Fueron  diez  lo   que  nacieron — 
Mas  ya  no  esiste  el  primero 

Y  mas   querido   de  todos — 
Murió  por  injustos  modos 

A  manos  de   un  pendenciero. 


MARTI  X     FIERRO 


Al  fin-  cerrastes  el  pico 
Después  de  tanto  charlar, 
Ya  empezaba  á  maliciar 
Al  verte  tan   entonao 
Que  traías   un   embuchao 

Y  no  lo  querías  largar. 

Y  ya  que   nos  conocemos 
Rasta  de  conversación; 
Para  encontrar   la   ocasión 
No  tienen  que   darse  priesa- 
Ya  conozco  yo   que  empieza 
Otra  clase  de  junción. 


Los    nueve   hermanos    restantes 
Gomo   güeríanos    quedamos — 
Dende  entonces  lo  lloramos 
Sin  consuelo,  creanmenló — 

Y  al  hombre  que  lo  mató 
Nunca,  jamás  lo  encontramos. 

Y  queden  en  paz  los  güesos 
De  aquel  hermano  querido — 
A    moverlos    no    he   venido. 
Mas  si  el  caso  se  presienta — 
Espero  en   Dios    que  esta   cuenta 
Se  arregle  como  es  debido. 

Y  si  otra    cansion  payamos 
Para   que    eslo    se   complete, 
Por  mucho  que  lo  respete 
Cantaremos    si    le    gusta — 
Sobre  las  muertes   injustas 
Que  algunos  hombres  cometen 

Y  aquí    pues,    señores   míos 
Diré  como  en    despedida. 
Qué  todavía   andan   con  vida 
Los    hermanos   del    dijunto — 
Que  recuerdan   este   asunto 

Y  aquella  muerte    no  olvidan. 

Y  es  misterio  tan  pro  jando 
Lo  que  está   por  suceder. 
Que.  no  me  debo  meter 

A  echarla  aqui  de  adivino: 
Lo  que  decida  el  destino 
Después   lo   habrán    de   saber. 


Yo  no  se  lo  que  vendrá. 
Tampoco    soy    adivino — 
Pero  firme  en  mi  camino 
Hasta  el  fin  he  de  seguir — 
Todos  tienen  que  cumplir 
Con  la  ley   de  su  destino. 

Primero  fué  la   frontera 

Por   persecución   de    un  juez — 

Los  indios  fueron  después. 

Y  para   nuevos    estrenos — 
Ahora  son  estos   morenos 
Pa  alivio  de  mi  vejez. 

La  madre  echó  diez  al  mundo, 
Lo  que  cualquiera  no  hace— 

Y  talvez  de  los  diez  pase 
Con    iguales    condiciones — 
La  mulita  pare  nones 
Todos  de  la   mesma  clase 

A    hombre  de    humilde  color 
Nunca  sé  facilitar, 
Cuando  se  llega  á  enojar 
Suele  ser  de  mala  entraña — 
Se  vuelve  como  la  araña 
Siempre    dispuesta    a    picar. 

Yo   he   conocido    á  toditos 
Los   negros   mas    peliadores — 
Habia   algunos   superiores 
De  cuerpo  y  de  vista...   ayjuna 
Si  vivo,  les  daré  «una... 
Historia  de  Los   mejores. 


LA  VUELTA  DE  MARTIN"  FIERRO 


57 


Mas  cada  uno   lia  de  tirar 
En  el  yugo  en  que  se  vea: 
Yo  ya  no   busco  peleas 
Las   contiendas    no    me   gustan- 
Pero   ni  sombras   me   asustan 
Ni   bultos  que   se  menean. 

La  creía  ya  desollada 
Mas  todavía  falta   el  rabo— 
Y  por  lo  visto  no  acabo 
De   salir  de   esta   jarana 
Pues  esto  es  lo  que  se  llama 
Remacharle  ú   uno  el  clavo. 


31 


Y  después  de  estas  palabras 
Que  ya  la  intención  revelan. 
Procurando    los    presentes 

Que    no    se    armara    pendencia, 
Se    pusieron  de    por   medio 

Y  la   cosa    quedó  quieta 
Martín  Fierro  y  los  muchachos 
Evitando  la  contendía, 
Moldaron  y  paso  á  paso 
Gomo  el  que  miedo  no  lleva. 
A   la  cosía  de  un  arroyo 
Llegaron  á  echar  pié  á  tierra. 
Desencolaron    los    pingos 

sentaron  en  rueda. 
Refiriéndose  entre  sí 
Infinitas    menudencias: 
Porque    tiene    muchos    cuentos 

Y  muchos  hijos  la  ausencia. 
Allí   pasaron   la    n .¡che 

A  l:i  luz  de  las  estrellas. 
Porque  ese  es  un  cortinao 
Que  lo  halla  uno  donde  quiera, 

Y  el  gaucho  sabe  arreglarse 
Comí»    ninguno    se     arregla  — 
El    colchón    son    las   caronas 
El   lomillo  es  cabecera 

El  coginüio  es   blandura 

Y  con  el   poncho  ó  la  gerga 
Para   salvar   el    roció 

Se  cubre    hasta    la   cabeza 
Tiene   SU    cuchillo   al   lado. 
Pues  la  precaución  es  buena: 
Freno  y  rebenque  á  la  mano, 

Y  teniendo  el    pingo  cerca. 
Q)uc  pa   asigurarlo   bien 

l   ,    are  Ha   del    lazo   entierra 


Aunque  el  atar  con  el  lazo 
Da  del   hombre  mala  idea — 
Se  duerme  ansi   muy   tranquilo 
Todita  la  noche   entera— 

Y  si   es    lejos   del   camino 
Como   manda   la    prudencia. 
Mas  siguro  (pie  en  su  rancho 
l  no  ronca  á  pierna  suelta. 

Pues  en  el  suelo  no  hay  chinches, 

Y  es  una  cuja  camera 
Que  no  ocasiona  disputas 

Y  que  naides  se  la  niega — 
Ademas  de  eso,  una  noche 
Lo   pasa    uno    como   quiera. 

Y  las   va    pasando  todas 
Haciendo  la  mesma  cuenta— 

Y  luego  los  pajaritos 

.Yl    aclarar    lo    dispiertan. 
Porque  el  sueño  no  I  >  agarra 
A   quien   sin   cenar  se   acuesta. 
Ansí.    pues,    aquella    noche 
Jué   para  ellos    una   tiesta 
Pues   todo   parece    alegre 
Cuando  el   corazón    se   alegra. 

pudiendo  vivir   juntos 
Por    su    estado    de    pobreza, 

Resolvieron    separarse, 

Y  que  cada    cual   se   juera 
A   procurarse   un    rel'ujio 
Que  aliviara   su    miseria. 

Y  antes  de  desparramarse 
Para  empezar  vida  nueva, 
Ln   aquella   soledá 

Martin  Fierro  con    prudencia— 
A  sus  hijos  y  al  de  Cruz 
Les  habla  de  esta  manera. — 


32 


!'n    padre  que   dá   consejos 

Mas  que  Padre   es   un   amigo. 

Ansi  como  lal   les  digo 

Que    vivan    con     precaución — 

Naides  sabe  en   que  rincón 

Se  (¡culta    el    que  es   su    enemigo 

Yo   nunca   tuve   otra  escuela 
Que   una    vida    desgraciada 
No  eslrañen   si   en   la   jugada 
Alguna    vez    me    equivOC 
Pues    debe    saber    muy    p 
Aquel  que  no  aprendió  nada. 


58 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Hay  hombres  que  de  su  cencía 
Tienen  la  cabeza  llena; 
Hay  sabios  de  todas  menas. 
Mas  digo  sin  ser  muy  ducho — 
Es  mejor  que  aprender  mucho 
Kl   aprender  cosas   buenas. 

No  aprovechan  los  trabajos 
Sino  han  de  enseñarnos  nada 
El  hombre  de   una  mirada 
Todo  ha  de  verlo  al  momento — 
El   primer  conocimiento 
Es   conocer   cuando    enfada. 


Ni   el   miedo   ni  la  codicia 

Es  bueno  que   á  uno  lo  asalten- 

Ansi   no  se   sobresalten 

Por  los  bienes  que  perezcan 

Al  rico  nunca  le  ofrezcan 

Y  al  pobre  jamas  le  falten. 

Bien  lo  pasa  hasta  entre  pampas 
El  que  respeta  á  la  gente— 
El  hombre  ha  de  ser  prudente 
Para  librarse  de    enojos — 
Cauteloso  entre  los  flojos 
Moderado  entre   los    valientes. 


Martin    Fierro    dando    consejos   á    sus    nij-is 


§u   esperanza  no  la  cifren 
Nunca  en  corazón  alguno — 
En  el  mayor  infortunio 
Pongan  su  confianza  en  Dios — 
De  los  hombres  solo  en  uno. 
Con  gran  precaución  en  dos — 

Las  faltas  no   tienen  límites 
Como  tienen  los  terrenos — 
Se  encuentran  en  los  mas  buenos. 
Y  es  justo  que  les  prevenga;  — 
Aquel  que  defetos  tenga  : 
Disimule  los  aganos — 

Al  que  es  amigo,   ¡amas 
Lo  dejen  en   la  estacada, 
Pero  no  le   pidan  nada 
Xi   lo  aguarden   todo  de  él — 
Siempre  el  amigo  mas  fiel 
Es    una    conduta    honrada 


El   trabajar  es  la  ley 
Porque    es    preciso    adquirir— 
No  se   espongan    á   sufrir 
Una    triste    situación — 
Sangra  mucho  el  corazón 
Del  que  liene  que  pedir. 

Debe    trabajar   el    hombre 
Para  ganarse  su   pan; 
Pues   la  miseria   en  su  afán 
De   perseguir  de  mil  modos 
Llama  en  la  puerta  de  todos 

Y  entra  en  la  del  haragán. 

A    ningún    hombre    amenacen 
Porque    naide    se    acobarda 
Poco  en   conocerlo   tarda 
Quien   amenaza   imprudente— 
Que  hay  un  peligro  presente 

Y  otro  peligro   se  aguarda 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


59 


Para  vencer   un   peligro. 

Salvar    de    cualquier    abismo. 

Por   espérentela   le    afirmo. 

Mas  que  el  sable  y  que  la  lanza — 

Suele    servir   la    confianza 

Que  el  hombre  liene  en  si  mismo. 

Nace  el   hombre   con  la  astucia 
Que  ha  da  servir  de  guia — 
Sin    ella    sucumbiría. 
Pero  sigun   mi    esperenc.ia — 
Se    vuelve   en    unos   prudencia 

Y  en  los  oíros  picardía. 

Aprovecha   la  ocacion 

El  hombre  que  es  diligente 

Y  ténganlo  bien  presente, 

Si  al  compararla  no  yerro — 
I. a   ocasión    es    como   el    fierro 
Se  ha  da  machacar  caliente 

Muchas  cosas  pierde  el  hombre 

Que  á  veces   las  vuelve  á   bailar — 
Pero   les   debo    enseñar 

Y  es  bueno  que  lo  recuerden — 
Si    la  vergüenza    se  pierde 
.lamas  se  vuelve  á  encontrar 

hermanos  sean    unidas. 
Porque  esa  es  la  ley  primera 
Tengan    unión   verdad 
En  cualquier  tiempo   que  sea — 
Porque  si  entre  ellos  pelean 
Eos  devoran  los  de  ajuera. 

Respeten  á   los   ancianos. 
El  burlarlos  no  es  hazaña — 
Si  andan  entre  gente  estraña 
Deben  ser  muy  precabid 
Pues    por    igual    es    tenido 
Quien  con  malos   se  acompaña. 

La   cigüeña    cuando    es   veija 
Pierde   la  vista —  y  procuran 
Cuidarla   en   su    edá   madura. 
Todas  sus  hijas   pequeñas — 
A  priendan    de    las    cigüeñas 

Este  ejemplo  de  ternura. 

Si    les    hacen    una    ofensa 
Aunque  la  ceben  en  olvido, 
Vivían   siempre   prevenidos; 
Pues  ciertamente  suoe  i< 

Que  hablará   muy    mal  de   ustedes 

Aquel   que  los    lia   ofendido 

El  que  obedeciendo  vive 
Nunca  tiene  suerte  blanda 

Mas   con  su   soberbia   agranda 


El  rigor  en    que   padece- 
Obedezca  el  que  obedece 

Y  será  bueno  el  que  manda 

Procuren  de  no  perder 
Ni  el  tiempo  ni  la  vergüenza — 
('orno  lodo  hombre  que  piensa 
Procedan   siempre  con    juicio — 

Y  sepan  que  ningún  vicio 
Acaba  donde  comienza. 

Ave  de  pico  encorvado 

l.e  tiene  al  robo  afición — 
Pero  el  hombre  de  razón — 
No  roba  jamas   un  cobre 
Pues  no  es  vergüenza  ser  pobre 

Y  es    vergüenza    ser    ladrón, 

El  hombre  no  mate  al   hombro 
Ni   pelee  por   fantasía 
Tiene  en   la    desgracia    inia 
En   espejo  en    que   mirarse — 
SalxT    el    hombre    aguardarse 
Es  la  gran  sabiduría. 

Ea  sangre  (pie  se  redama 

No   se  olvida    basta  la  muerte 

Ea    impresión   es   de   tal   suerte, 

Que  a  mi    pesar,  no  lo  niego - 

Cai  como  golas  de  fuego 

En  la  alma   del  (pie  la  vierte. 

Es  siempre,  en    toda  ocasión. 
El   trago  el   pior  enemigo 
Con   cariño   se   los   di 

lenló  con   cuidad 
Aquel   que   ofiende    embriagado 
Merece  doble  castigo- 
Si  se  arma  algún  revolutis 
Siempre  lian  de  ser  los  primeros 
No  se  muestren  altaneros 
Aunque  la  razón  les  sobre 
En    la    barba    de    los    pobrOS 
Aprienden  pa  ser   barberos 

Si  enlriegan  su  corazón 
A   alguna  mujer  querida. 
No  le   hagan    una  partida 
Que  la  ofienda   á  la  mujer — 
Siempre  los  ha  de  perder 
l'ná   mujer  ofendida 

Procuren,  si  son  cantores. 
El  cantar  con  sentimiento 
No   tiemplen    el    estrumento 

Por    solo   el    gusto    de    hablar 

Y  acostúmbrense  á  cantar 
En   cosas  de   jundamento. 


60 


LA  VUELTA  DE  MARTIN  FIERRO 


Y  les  doy  estos  consejos 
Que  me  ha   costado  adquirirlos, 
Porque  deseo  dirijirlos, 
Pero  no  alcanza   mi  cencía 
Hasta  darles  la  prudencia 
Que  precisan  pa  seguirlos. 

Estas   cosas   y    otras   muchas, 
Medité  en  mis  soledades — 
Sepan  que  no   hay  falsedades 
Ni  error  en  estos  consejos — 
Es  de  la  boca  del  viejo 
De  ande  salen  las  verdades. 


33 


Después  á  los   cuatro  vientos 
Los  cuatro  se   dirijieron — 
Una  promesa  se  hicieron 
Que  todos  debían  cumplir — 
Mas  no  la  puedo  decir 
Pues  secreto  prometieron. — 

Les  alvierto  solamente, 

Y  esto  á  ninguno  le  asombre, 
Pues  muchas  veces  el  hombre 
Tiene  que  hacer  de  ese  modo — 
Convinieron  entre   torios 

En  mudar  alli  de  nombre. 

Sin  ninguna  intención  mala 
Lo  hicieron,   no  tengo  duda. — 
Pues  es  la  verdá  desnuda, 
Siempre  suele  suceder — 
Aquel  que  su  nombre  minia 
Tiene  culpas   que   esconder. 

Y  ya  dejo  el  estrumento 
Conque  he  divertido  á  ustedes—» 
Todos   conocerlo   pueden 

Que    tuve   costancia    suma — 

Este  es  un  botón  de  pluma 

Que  no  hay  quien  lo  desenriede. 


Y  con  esto    me  despido 

Sin  espresar  hasta  cuando— 
Simpre  corta  por   lo  blando 
El  que  busca  lo  siguro — 
Mas  yo  corto  por,  lo  duro. 

Y  ansi  he  de  seguir  cortando. 

Vive  el  águila  en  su  nido. 
El  tigre  vive  en  la  selva, 
El  zorro  en  la  cueva  agena. 

Y  en  su  destino  incestante, 
Solo  el  gaucho  vive  errante 
Donde  la  suerte  lo  lleva. 

Es  el  pobre  en  su  horfandá 
De  la  fortuna  el  desecho — 
Porque  naides  toma  á  pechos 
El  defender  á  su  raza — 
Debe  el  gaucho  tener  casa, 
Eseuela,    Iglesia   y    derechos.— 

Y  han  de  concluir  algún  día 
listos  enriedos  malditos — 

La  obra  no  la  facilito 
Porque  aumentan  el    fandango. 
Los  que  están  como  el  chimango 
Sobre  el  cuero   y  dando  gritos. 

Mas  Dios  ha  de  permitir 
Que  esto  llegue  á  mejorar 
Pero  se  ha  da  recordar 
Para  hacer  bien  el  trabajo. 
Que  el  fuego  pa  calentar 
Debe  ir  siempre   por  abajo. — 

En  su  ley   está  el  de  arriba 
Si   hace  lo    que  le  aproveche — 
De   sus   favores    sospeche, 
Hasta  el  mesmo  que  lo  nombra— 
Siempre   es    dañosa    la   sombra 
Del  árbol  que  tiene  leche. 

Al  pobre  al  memor  descuido 
Lo  levantan  de  un  sogazo  - 
Pero  yo  oompriendo  el  caso 

Y  esla    consecuencia    saco — 
El  gaucho  es  el  cuero  flaco 
Da   los  tientos   para  el  lazo. 


(Ion  mi  deber  he  cumplido — 

Y  ya  he  salido  del  paso, 

Pero  diré,   por   si  acaso, 

Pa  que  me  entiendan  los  criollos 

Todavía  me  quedan  rrollos 

Por  si  se  ofrece  dar  lazo. 


Y  en  lo  que  esplica  mi  lengua 
Toilos  deben  tener  fé — 
Ansi.    pues,    entiéndanme, 
Con  codicias   no   me  mancho — 
No  se   ha   de   llover  el   rancho 
En    donde   éste    libro   esté. — 


LA  VUELTA  DE  MARTIX  FIERRO 


61 


Permítanme   descansar, 
Pues   he   trabajado    tanto! 
En  este  punto  me  planto 

Y  a  continuar  me  resisto — 
Estos  son  treinta  y  tres  cantos. 
Que  es  la   mesma  edá  de  Crista. 

Y  guarden  estas   palabras 
Que  les  (ligo  al  terminar — 
En    mi  obra   he  de  continuar 
Hasta    dárselas    concluida — 
Si   el  ingenio   ó  si  la  vida 
Xo  me  llegan  á  faltar. 

Y  si  la   vida  me  talla. 
Ténganlo  todos  por  cierto, 

Que  el  gaucho,  hasta  en  el  desierto 
Sentirá  en  tal  ocasión — 
Tristeza  en  el  cora 
A]  saber  ¡¡¡.>-   \ o  esl  >\    muerto. 


Pues  son  mis  dichas  desdichas 
Las  de  todos  mis  hermanos — 
Ellos    guardarán    ufanos 
En  su  corazón  mi  historia — 
Me  tendrán  en  su  memoria 
Para  siempre  mis   paisanos. — 

Es  la  memoria  un  gran  don. 
Calida   muy   meritoria — 

Y  aquellos  que  en  esta  historia 
Sospechen    que   les    doy    palo- 
Sepan  que  olvidar  lo  malo 
También  es  tener   memoria. 

Mas  oaides  se  crea  ofendido 
Pues  á   ninguno   incomodo — 

Y  si  canto  de  este  modo 
Por   encontrarlo  oportuno — 

NO    ES    PARA    MAL   DE   NINGUNO 

Sotó  taha  bien  de  todos. 


N 


CONTIENE    ESTE    LIBRO 


Higs. 

Cuatro    palabras   conversación    con    l;>s    lectores o 

1.  Introducción    <le   Martín    Fierro 5 

2.  Martín    Fierro    refiere    mi    viajo    ai    desierto  7 

3.  Cuenta  su  vida  en  la  Pampa '.) 

4.  Invasiones  de  los  indios 10 

.").  Regreso    de   las   invasiones,   liislr ¡luición    del    botín    y    Restas  12 

i;    Cruz .13 

7    Los   lamentos        .  1") 

8.  l.:>    cautiva   refiere    sus    trabajos                             16 

9.  Pelea  ile  Martín  Fierro  con  un   indio  17 

10.  La   vuelta  de   Martín    Fierro 21 

11.  Martín   Fierro  hace   la   relación   delmoao  como  encontró  a  dos  de  mis  hijos      2:¡ 

12.  La    « Penitenciaria  a   —    por  el  hijo  mayor  <le   Martín    Fierro  ;               21 

13.  El  hijo  segundo  de  Martin  Fierro  empieza  a  coatar  su  vida  21) 
1  I    El  viejo  Viscacha      .                .  29 

15  Consejos  del  viejo  Viscacha  .  31 

16  Muerte  del  viejo  Viscacha 

l"    l-.l  inventario  de  sus  bi<          34 

El    entierro             :¡"> 

l!)    Remedios   para  un   amor  desgraciado  36 

20.  Relación   en  que  apárete  un  nuevo  per  38 

21  Picardía      .     . 

22  ÉJ  jugador  MJ 

23  I  I  de  Parti  I;  11 
21  Las  elecciones  12 
25    El    contigente  c> 

icardío    descubre   •  '  i 

27    Lo  que  rió  en  la  frontera  15 

2!S    Historias    de    las    raciones 17 

en  la   que   aparece  un    n<  19 

auto  de  contrapunto  entre  Martín   I  19 

31     Mártir.    Fierro    y    sus    hijos    se    retir  57 

1(2    Consejos   de  Martín   Fierro  a  sus   hij   s  >7 

... 


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PQ 
7797 
H3K3 
1894 


Hernández,  José 

El  gaucho  Martin  Fierro 


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